El país de acogida (I)

Uriel Quesada

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¿Quién recuerda el primer migrante que conoció en su vida?  ¿Qué rasgos tenía esa persona? ¿Qué la convertía en migrante?  Esas preguntas que parecen retóricas me son muy cercanas.  Yo he sido ese primer migrante para muchos durante los 19 años que he vivido en Estados Unidos.  Mi característica principal, lo que me denuncia y me hace pasar a una categoría distinta, es mi acento y mi pronunciación del idioma inglés.  Sea  como parte de una conversación amistosa, o como una exploración de algún peligro no muy claramente identificado,  me he topado con gente que quiere saber más de mí.  Llevo mucho tiempo en Nueva Orleans. Cuando alguien pregunta de dónde uno viene, la respuesta usual es la ciudad donde vive. No en mi caso, ni el de otras personas que conozco.  Nosotros siempre venimos de otro país. Quizás los que sufren más este malentendido son los méxico-americanos.   Recuerdo las quejas de amigos –algunos de ellos de familias que se asentaron en lo que hoy es Estados Unidos muchas generaciones atrás – a quienes sus interlocutores les admiran su muy buen inglés y les preguntan dónde lo aprendieron.  “En mi casa, en la escuela, yo creí hablando inglés”,  suele ser la respuesta para sorpresa de sus interlocutores.

Estoy tratando de llevar la experiencia a mi propia historia de vida, no como migrante, sino como el que interactúa con un migrante. ¿Cuándo tuve plena conciencia de relacionarme con alguien que no fuera de Costa Rica?  La respuesta inmediata sería en la universidad, cuando tenía unos 17 años. Lo que me caracterizaba a mí, no a ellos, era un desconocimiento casi total de las circunstancias que pudieron haber motivado que esas personas dejaran su país de origen.  Casi todos se reunían a “hablar cosas” o tenían un podio desde donde nos decían “cosas” a mis compañeros de generación y mí.  En general no entendíamos y optábamos por ignorarlos o criticarlos,  sobre todo si lo que decían reflejaba algún nivel de descontento hacia Costa Rica.

Sin embargo, las primeras personas de familia migrante no las conocí en la universidad sino en la escuela.  Eran un chino, un nicaragüense y un mexicano. De todos ellos, el más cercano fue mi amigo Man Sai Acón.  Fuimos compañeros de clase por varios años en la primaria, y luego nos volvimos a encontrar en la secundaria.  Man Sai era en realidad costarricense, quizás de tercera o cuarta generación,  pero no podía quitarse de encima la extranjería asociada al origen de sus mayores.  No recuerdo si sus padres eran profesionales,  aunque tengo la impresión que sí.  También tenían negocios –el estereotipo de los asiáticos como business people que acumula dinero sin gastarla sigue hasta nuestros días– en los que mi amigo tenía que ayudar. Uno era una estación de servicio en Guápiles, en el Caribe costarricense, y el otro era un restaurante en el centro de Cartago, mi ciudad natal.  Los Acón eran una familia próspera, bien establecida. Si tenían dinero no hacían alarde de ello.  Pudo haber sido también una familia común y corriente, pero eran chinos –es decir, de origen asiático–,  lo que para muchos significaba una categoría diferente,  donde los rasgos físicos y culturales –muchos asumidos– marcaban a las personas.  Podría decir que Man Sai no era católico,  pero en la escuela no lo eximían de ir a las clases de religión. El único que estaba exento era un muchacho de apellido Cabezas. Él representaba otra diferencia, quizás tan peligrosa como la de ser chino: era protestante.  En aquella época, quienes no eran católicos podían ausentarse de las clases de religión.  Así perdíamos la posibilidad de conocer y entender otras creencias, de paso convirtiéndolas en una ausencia, un vacío.  Con Cabezas, tal y como ocurría con los otros niños evidentemente diferentes,  se les invisibilizaba.  Fuera su forma de practicar el cristianismo o cualquier otro rasgo propio de una comunidad en particular no se nombraba y así el niño entraba y salía de la comunidad nacional que representábamos los demás.

En el restaurante nos reuníamos a estudiar, a matar la tarde y a comer.  Ahí probé los dumplings,  pero debía tener cuidado de no hablar al respecto.  Los chinos tenían fama de poco aseados, y se nos enseñaba que, si tenían restaurante,  se comía rata, gato y perro.  Ese prejuicio era un tormento para muchas de nuestras madres,  pues ellas también llegaban al restaurante y eran recibidas con generosidad.  En ese lugar se hicieron eventos para recoger dinero para nuestra graduación de la primaria,  igualmente muchas reuniones para planear la gran fiesta con la que nos despediríamos de la escuela y de la niñez.

El restaurante estaba ubicado en una casa enorme. Estaba decorado con algunos elementos que se suponían tradicionales de China,  pero lo que más nos intrigaba era unas estatuillas de porcelana que representaban a tres sabios sonrientes, de larguísimas barbas,  a quienes los chiquillos llamábamos los tres reyes magos.  Al fondo estaba la casa donde convivían varias generaciones.  Según nuestro amigo,  su abuela solamente hablaba chino y su tía abuela con dificultad articulaba algo del español.  Él se comunicaba con ambas en el idioma de sus mayores, así que le pedimos que nos enseñara algún vocabulario básico: malas palabras o partes del cuerpo. Todo era parte de un juego que tarde o temprano topaba con una pared que separaba una esencia de lo nacional de esa otra foránea, la que por fuerza debía adaptarse y quizás hasta desaparecer lentamente.

Había también un niño al que identificábamos también por su nacionalidad: “el nica”.  Se parecía demasiado a nosotros, su casa era como la de otros compañeros de escuela con un poco más de dinero. Tenían varios carros en el garaje.  Creo que nunca aprendimos nada de su cultura a pesar de la proximidad entre Costa Rica y Nicaragua. Tampoco curioseamos mucho cuando por un breve tiempo se unió al grupo un mexicano. En fin, de México sabíamos todo por la televisión y las revistas.  O tal vez no podíamos racializar a esas personas con la facilidad con la que lo hacíamos con el chino.  En otras palabras, el grupo de chiquillos creaba las diferencias –tal vez simplemente como un eco del mundo de los mayores– y a partir de nuestras concepciones de lo otro, lo extraño, lo foráneo, establecíamos una relación con los niños que se integraban al imaginario nacional desde una cultura que no nos era familiar. De todas maneras, en aquellas épocas, eran aspectos como el color de la piel o lo mariconcito lo que realmente ponía a los chiquillos a un lado.

El origen nacional, sin embargo, se hizo más evidente o adquirió mayor peso cuando yo ya estaba en la universidad.  Eso ocurrió en parte porque no estamos hablando de una persona aislada en una comunidad,  sino grupos de personas, quienes además hablaban de política o representaban en sí mismas un asunto político.   Otra característica era que su estadía en Costa Rica era o planeaba ser temporal. Esto en sí provocaba una distancia hacia Costa Rica como país de acogida, que muchas veces era crítica y lúcida, pero que en otras guardaba una amargura que nosotros los locales no lográbamos comprender y  más bien la identificábamos como ingratitud.   No hace mucho leí un artículo que planteaba una hipótesis interesante al respecto: los migrantes no llegan a un país real, sino a uno imaginado. No sabría decir si “imaginado” se da en los términos de Benedict Anderson, aunque no lo creo pues Anderson se refiere a la idea nación y a una extensión de la comunidad inmediata,  la conocida. Tampoco quiero usar “imaginado” como equivalente de “imaginario”; en este caso indicaría que la expectativa del migrante puede estar totalmente disociada de la realidad, lo que no necesariamente ocurría en los ochentas en Costa Rica.

El primero de esos grupos lo hallé en un taller literario. Como eso de ser escritor ya lo había decidido, en mi primer año en la Universidad de Costa Rica tomé un curso de creación literaria que dirigía el narrador salvadoreño Manlio Argueta.  Manlio era un hombre afable, de hablar discreto, de gran corazón.  Ese curso debió ser una tortura para él.   En su mayoría, mis compañeros de clase estaban ahí porque la clase se ajustaba mejor a su horario o porque no habían logrado cupo en lo que realmente les interesaba.  Escribir les resultaba una tarea tan horrorosa y traumática como lo era para mí la gimnasia.  También llegaban de cuando en vez otras personas. Eran mayores que el resto de nosotros, “muy viejos” desde la óptica de un chiquillo de 17 años. Algunos presentaban un poema o un cuento, pero evidentemente asistían al taller principalmente para hablar entre ellos y con Manlio.  También era evidente que se comunicaban a nivel al que los otros estudiantes no teníamos acceso.  Poco a poco me fui enterando que venían de El Salvador y Guatemala, refugiados políticos o desplazados a causa de la guerra.  Sus conversaciones giraban en torno a familiares y amigos que quizás estaban en peligro, o cuyo paradero no estaba muy claro, o malvivían  en el exilio.

De repente la guerra estaba ahí,  lejana y a la vez tan próxima, y quienes sufrían persecución podían dar testimonio.  También Centroamérica y su realidad política se me presentaban por primera vez en carne y hueso, con sus víctimas y sus historias. Claro que un estudiante de provincias como yo no entendía muchas cosas,  además el mundo propio era más importante que la tragedia ajena. Yo miraba a esas personas con timidez y cierta distancia.  Todas parecían tener  una educación –o al menos eso recuerdo– lo que me causaba empatía y sorpresa.  Pero, ¿por qué alguien educado habría de abandonar su país?

 

Del Autor

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Uriel Quesada
(Costa Rica, 1962). Escritor. Estudió en la Universidad de Costa Rica, New Mexico State University y Tulane University, donde obtuvo un doctorado en Literatura Latinoamericana. Es autor de los libros Ese día de los temblores (cuentos, Editorial Costa Rica, 1985), El atardecer de los niños (cuentos, Editorial Costa Rica, 1990; Premio Editorial Costa Rica y Premio Nacional Aquileo J. Echeverría 1990), Larga vida al deseo (cuentos, EUNED, 1996), Si trina la canaria (novela, Editorial Cultural Cartaginesa 1999), Lejos, tan lejos (cuentos, Editorial Costa Rica, 2004; Premio Áncora de Literatura 2005) y El gato de sí mismo (novela, Editorial Costa Rica, 2005; Premio Nacional Aquileo J. Echeverría 2005). Actualmente vive en Baltimore, Maryland, y enseña en McDaniel College.