“Livia, no olvides el tiempo que hemos pasado juntos”, dijo Augusto Cesar a su esposa de tantos años justo antes de morir; un poco antes había citado el final usado en las comedias latinas, miró a quienes le rodeaban en su lecho de muerte y dijo: “si he actuado bien, aplaudidme”. Palabras finales, el adiós a este mundo, palabras a veces muy triviales, en otras resumen de una vida; a veces frases entrecortadas, a veces el silencio, pero siempre memorables.
Cuando quien muere es un artista las frases, los momentos, las obras finales son obviamente de mayor importancia para los demás.
Gustav Mahler dijo “Mozart…” y una nota del alma de Mahler, poco visible en su música, una nota esencial sonó en su despedida al mundo: Mozart había estado más presente en su visión musical de lo que pudiera pensarse al oírlo, pero más quizás, la afinidad del genio, la espera —¿certeza?— de que iba a reunirse con la esencia de eso que en la música de Mozart fue también la esencia de su vida. Wagner, más prosaico, dijo “me siento sucio”.
Bach en su lecho de muerte, ciego ya, hizo que un amigo tocara su coral Estamos en la Mayor Aflicción, pero no puedo evitar hacerle correcciones a la partitura y renombró el himno como Ante Tu Trono Aparezco Ahora. Bach murió sereno, como su música. Gozó de una salud excelente durante toda su vida. Sólo en el final su salud mermó, perdió la vista. Quedó inconclusa su grandiosa Arte de la Fuga. Sintiendo la inminencia del final dejó su nombre, la única vez que lo hizo, en la notación alemana, las notas Bb-A-C-B.
Mozart en su penúltimo día saludó a su cuñada diciéndole “debes estar aquí y mirarme morir. Tengo el gusto de la muerte en mi lengua”. Sabía Mozart que iba a morir, quizás aun cuando trabajaba no en el Réquiem sino en la exquisitamente ligera La flauta Mágica. Estaba finalizando el Réquiem al final, cierto, pero no fue encargado por su rival Saliere como se cuenta en la película Amadeus. Aunque muy probablemente sí lo consideró su propio Réquiem. En realidad la obra fue encargada por el Conde Von Walsegg y Mozart no lo concluyó. Un asistente suyo, quien había estudiado con Saliere, fue quien lo terminó luego de la muerte de Mozart. Beethoven, por cierto, también estudió con Salieri.
Mozart como la mayoría de los compositores clásicos no era amante de extremos románticos, o trágicos, tampoco de las exaltaciones religiosas, sublimes exaltaciones de Bach. Sus misas, exceptuando el Réquiem por supuesto, no son sus mejores producciones. El Réquiem sí que es la mirada de un hombre genial a la muerte, y a la eternidad. Es, sin dudas, el réquiem por antonomasia, y bastaría con que solo hubiese compuesto esa obra para estar entre los más grandes artistas de todos los tiempos.
Sin dudas se nota algo especial en las últimas producciones de los artistas que saben o presienten que van a morir. No necesariamente un tono sombrío, ni trágico, puede ser de extrema serenidad. En Beethoven por ejemplo, poco hay en sus últimas obras que dejen entrever la inminencia de la muerte o sus grandes sufrimientos físicos. La archiconocida Oda de la Alegría, aunque no fue escrita al final de su vida, sí lo fue cuando Beethoven estaba casi totalmente sordo, sufrimiento inimaginable para un compositor. Pero ahí su música cobró una fuerza particular, una belleza etérea, una culminación de su genio. La Novena Sinfonía completa, no sólo la famosa Oda, es un ejemplo de esto. Según su cuerpo se negaba a responderle su música se hacía más compleja y simple al unísono, más perfecta, más íntima y grandiosa a la vez.
Ya a las puertas de la muerte finalizó el Cuarteto Op. 130. Y luego de semanas de sufrimiento, con toda probabilidad cirrosis hepática, tuvo un momento de alegría. A los amigos que lo rodeaban les dijo palabras parecidas a las dicha por Augusto: “Aplaudan amigos, la comedia se ha acabado”. Dos días más tarde, cuentan testigos presenciales, en medio de una tormenta salió del coma en que estaba, sacudió el puño al cielo luego de que retumbó un trueno y murió.
El 22 de marzo de 1832 Goethe sostenía la mano de su nuera Ottilie, le habló de los paseos que le gustaría tomar en los meses del verano que se aproximaba; habló de una joven a quien amó en su juventud, suspiró el nombre de su gran amigo, muerto ya hacía bastante, Schiller, y mirando a la persiana que un sirviente había abierto dijo su famoso “!Más luz!” Su dedo trazó una palabra en el aire se hundió en su silla y se durmió. Un poco después había muerto.
Si hay una frase que resuma una vida es esta. La vida de Goethe fue una constante búsqueda de la luz, y la logró.
Cuarenta años antes, en una batalla entre las fuerzas revolucionarias francesas y el ejército prusiano, Goethe anduvo vagando por las calles en pleno bombardeo de Valmy. Estaba estudiando los efectos de la luz producida por las explosiones en el ojo, de la luz en el polvo. Sus descubrimientos irían luego a formar parte de sus obras en varias ciencias, anatomía, biología, botánica, geología. Pero sobre todo fueron otra manera de encontrar los “signos divinos”, el plan de la historia, y de su propósito, su lucha titánica por convertir al idioma alemán en un “tejido vivo”. Otra manera de decir “luz, más luz”.
En los meses finales de su vida Goethe completó su autobiografía y lo que llamó su “principal negocio”, la Segunda Parte del Fausto.
Ciego ya, próximo a morir, Fausto de pronto ve la luz espiritual: “…aquí la sabiduría habla su palabra final, y su verdad”.
Luego de finalizar una de las más grandes obras de la literatura mundial Goethe dijo: “La vida que me queda la veo como un puro don, y es en el fondo inmaterial lo que haga, y si hago algo o no”.
Franz Schubert empezó a perder el cabello a la mitad de sus veinte años, sus huesos le dolían, erupciones aparecían en su boca y garganta. La etapa secundaria de la sífilis se hacía evidente en él. Viviría cuatro años más, pero claramente sabía que su fin no demoraría mucho. Continuó, no obstante, componiendo con su furia de siempre. La calidad y la cantidad de la música de su periodo final es asombrosa. La intensidad creció, la herencia de Beethoven fue asimilada y totalmente personalizada. La música fue para Schubert toda la vida, la que le quedaba y la vida en sí. Y tiene momentos de una alegría sobrecogedora, una alegría extraña para un hombre que sufría constantemente, y que sabía que muy pronto iba a morir.
Ya en el siglo XX Alban Berg terminó su Concierto para Violín, su última pieza completa, en cuatro meses de un lento trabajo. Es una de las composiciones más celebradas del siglo XX, y es profética, fue inspirada por la muerte. Berg dedicó el concierto “A la memoria de un Ángel”. Manon Gropius, una joven que murió a los 18 años, hija de Alma Mahler, una de las esposas de Gustav Maheler y del arquitecto Walter Gropius. Berg trabajaba en la composición de su ópera Lulú. Luego de un comienzo que evoca a la joven en su belleza, en el concierto entra la catástrofe basada en una coral de Bach titulada Basta. No terminó Lulú, cuatro meses después había muerto, al parecer por la infección que le provocó la picada de un insecto.
Arnold Schoënberg, el maestro de Berg dijo de su última gran obra El trio para Cuerdas, que era una transcripción musical de sus delirios por la diabetes que lo afectaba y acabó por matarlo en 1951.
Por su parte Béla Bartók, emigrado a USA al igual que Schoënberg, cuando sintió que la enfermedad se abatía sobre él se consagró a una serie de proyectos musicales, el más importante para él su Tercer Concierto para Piano, escrito como un legado a su esposa la pianista Ditta. Estaba terminando la orquestación de los últimos 17 compases cuando la ambulancia llegó. Ya en el hospital le susurró al médico “Solo lamento irme con mi maleta llena”. Ditta nunca pudo tocar el concierto, una pieza de excepcional belleza.
De los momentos finales se pueden sacar conclusiones. Para un gran artista todo es material de creación, necesidad de expresión, fáustico deseo de asir algo que se escapa pero no puede evitarse. A menudo cuando la muerte se aproxima la obra alcanza su culminación, y aunque sea desde la desesperación es, al menos para los que quedamos, una variación de las palabras de Goethe “luz, más luz”.
