Alberto Garrandés (La Habana, 31 de enero de 1960) es un escritor, cuentista, novelista, ensayista, investigador y editor cubano. Es licenciado en Filología en 1983. Entre 1995 y 1999 fue editor-jefe en la Editorial Letras Cubanas del Instituto Cubano del Libro. Ha publicado, entre muchos otros Las potestades incorpóreas (novela, Editorial Letras Cubanas, 2007. Premio Alejo Carpentier de novela 2007), El concierto de las fábulas (ensayos, Editorial Letras Cubanas, 2008. Premio Alejo Carpentier de ensayo 2008), Días invisibles (novela, Editorial Oriente, 2009. Premio Plaza Mayor de Novela), La lengua impregnada (ensayos, Editorial Letras Cubanas, 2011), Las nubes en el agua (novela, Ediciones Unión, 2011. Premio Italo Calvino de novela 2010) y El ojo absorto. Notas sobre el cuerpo en el cine (ensayos, Ediciones ICAIC, 2014).
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Desde que ciertos escritores sectarios, que lo fueron gracias al hecho de que también eran maravillosos sectarios en la lectura, toparon con las ojeras de Lady Ligeia, la figura Annabel Lee, las formas susurrantes de Morella, las manos afiladas de Millarca y, más acá, con Beardsley el exquisito, Lesbia Brandon la indefinible, Man Ray disfrazado de mujer y con un turbante marcado por una estrella de mar, y las fotos que hizo Günter Blum del Imperial Club, la metáfora del erotismo ha solido comportarse como una construcción tributaria de un tipo trascendente de conocimiento, un conocimiento que interroga a la identidad humana y explora sus arrabales, su periferia, como sucede en La leve gracia de los desnudos, novela erótica de Alberto Garrido.
El texto, breve e intenso, supera las aspiraciones que, con un estilo poseedor ya de una ductilidad plausible, había logrado en su relato «Los tejedores de Anna Welsel», incluido en una antología de cuentos eróticos que preparé bajo el título de El cuerpo inmortal. Allí había un ambiente de festival, una atmósfera de electrizada jocundia. En La leve gracia de los desnudos un humo espeso asciende de la tierra y escapa de las obsesiones del pintor protagonista.
Nos hallamos en presencia de la historia de un éxito. Lo que vemos en la novela es la intrahistoria del estilo de un pintor cuyo mundo, integralmente edificado, se nos muestra al par que se nos oculta. Intrahistoria —espacio interior, espacio exterior— de las formas concebidas desde la obsesión del arte y, también, desde una obsesión vital (y también artística): el sexo.
¿Qué aspecto posee la intrahistoria de ese estilo? En principio su estructura —la dimensión fonocéntrica, de las palabras, integrándose en la dimensión audiovisual— nos revela la existencia de un teorema que no necesita solución, puesto que cada una de sus partes es una mutación de las otras. El teorema en sí ejerce en nosotros la seducción del tornasol y nos propone un tema con algunas variaciones. El tema es la creación de algo que, por sus rasgos, se asemeja al absoluto. Sin embargo, ese absoluto no es de estirpe romántica; no lo deja todo a la obra, no descansa (ni confía, lo que es más importante) íntegramente en ella. Se trata de un híbrido, un compuesto de vida y artificio. De experiencia vital y experiencia estética.
Entre el principio y el final de la novela hay una identidad de situación y de lugar —el pintor se halla en una galería extranjera, disfrutando meditativo de su fama— que condiciona y pone en marcha la estructura orbicular de la narración. Lo que hay en ese lapso, que no es más que un recuerdo bien hilvanado, una retrospectiva, pertenece al pretérito del artista y constituye la verdadera trama de un relato que Garrido desovilla mediante capítulos no numerados, ni divididos por espacios, sino titulados a la vieja usanza. Estos capítulos ostentan una cómoda brevedad: permiten el acendramiento formal y la concentración, a voluntad, del significado.
En lo concerniente a la prosa de La leve gracia de los desnudos habría que decir que Garrido mantiene a raya la aparición de cierto estilo enjoyado, que lo sería porque se refiere, en primer lugar, a un mundo donde las abstracciones deben explicarse por medio de formas vivas, y en segundo lugar porque esas formas, disfrazadas de cotidianidad, tienen la textura de lo fantasmagórico y la calidad de lo onírico. Para modelar el estilo apropiado el autor se ha visto, creo, en la necesidad de controlar las ondulaciones y el léxico de su lengua de manera que nunca llegue a ser una lengua del barroco, pues esta novela se sostiene en una cavilación congruente con modos expresionistas y simbolistas.
Garrido cuestiona, por ejemplo, la relación del erotismo real, por así llamarle, con el erotismo conceptual. (Acabo de hacer una distinción de splitting hairs; qué le vamos a hacer.) El protagonista, un joven separado, dispuesto a entregarse sólo a sus zozobras y desvelos creativos, hurga en la posibilidad de pintar su deseo y su erotización cotidianos de manera que, al hacerlo o intentar hacerlo, sus actos retroalimenten aquel deseo real y lo condicionen, situándolo en mitad de un debate de ideas que siempre sería el debate de su yo. Observada desde esa perspectiva la novela se aproxima, pues, a las inquietudes de un cuento como «El retrato», de Pedro de Jesús López, donde el costado audiovisual de una historia también se pone en tensión.
La búsqueda del placer queda enfocada, así, como un análogo de otras búsquedas en el plano de la creación. La veracidad del deseo y de su cumplimiento no tiene nada que ver, por ejemplo, con el realismo de un cuadro (teñido acaso de figuración, de legibilidad figurativa), sino con la energía que él sea capaz de prodigar. De cierto modo, La leve gracia de los desnudos es un ensayo de carácter ficcional —o, mejor, una ficción de alcance ensayístico— sobre esa disputa que, en un artista, cobra vida cuando el estilo de una obsesión no se aviene con las formas que dicha obsesión usa para asediarlo.
Las prácticas amorosas del personaje central organizan a su alrededor, y también dentro de sí, un discurso erótico que necesita expandirse en términos de arte. Su experiencia toda es, a la larga, de índole intelectual. Y cuando, dentro del curso de la acción, topamos con la muerte —la joven muerta de la novela, ese cuerpo del deseo cuya carne oscila entre la ilusión y lo tangible—, nos percatamos enseguida de que la presencia de Edgar Allan Poe en el texto no es una mera referencia (un epígrafe), sino un modo casi gentil de advertirnos que ese Poe padre de Baudelaire, y además, transitivamente, de Mallarmé y de Valéry, es, aunque haya muerto en 1840, tan finisecular —y tan del fin del milenio, si pensamos en nuestra experiencia en torno a él— como finiseculares fueron, en espíritu y condición, los prosistas del simbolismo y el decadentismo.
El fantasma de Poe en la novela de Garrido —obra decadente en el mejor sentido, el sentido en que el spleen y la necesidad del artificio son síntomas de la repugnancia que un sujeto siente por el mundo— nos invita a realizar consideraciones en torno a la vecindad del texto con el erotismo ligado a la muerte y la enfermedad. Sentimientos de desarreglo y afección, de dolencia física, agonía y asolamiento, rondan al pintor de La leve gracia de los desnudos, que se esfuerza en disipar (él, una especie de Gustave Moreau de fines del siglo veinte) la obvia neurosis que lo acomete en su pesquisa. La vivencia de la enfermedad y la muerte es erótica en tanto compulsa a la representación y aviva la imaginación. La escualidez morbosa, por ejemplo, tiene un toque de incitación sexual que Garrido ha captado muy bien: entre las muñecas de Kokoshka y las brujas lascivas de Willem de Kooning. Y si su modelo es Poe, hizo una elección inmejorable: la raíz de la modernidad.
Entre todos estamos, supongo, escribiendo una literatura que, sin ser ajena al goce —sea erótico o no—, es crepuscular, de lo que se agota y, al mismo tiempo, nos impulsa desde ese mismo agotamiento a una búsqueda interior. Francisco de Oraá redactó, desde la alucinación numinosa, La parte oscura; Atilio Caballero ha acreditado el mundo de la antiutopía con Naturaleza muerta con abejas; yo mismo, con «Mar de invierno», inserté el erotismo dentro de un rito de muerte, y Amir Valle, del homenaje a la apropiación, reescribe Aura, de Carlos Fuentes, y la convierte en Muchacha azul bajo la lluvia. Pero es Garrido quien alcanzó a disolver la frontera entre arte y vida con una historia de espectros acuciantes.
