Sindo Pacheco (Cabaiguán, 1956). En 1990 recibió el Premio de Narrativa de El Caimán Barbudo; en 1994 el Premio Casa de las Américas con la novela María Virginia está de Vacaciones; y en 1995 el premio Bustar Viejo, de Madrid, España, por su cuento “Legalidad Post Mortem”. Ha publicado el libro de cuentos Oficio de Hormigas (1990), y las novelas Esos Muchachos y María Virginia está de Vacaciones, reeditada varias veces y que recibiera además el premio anual La Rosa Blanca que concede la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, y el Premio de la Crítica a las mejores obras publicadas en Cuba durante 1994. En 1998 la Editorial Norma, de Colombia, publicó su novela juvenil María Virginia, mi amor (finalista del Premio Norma-Fundalectura); y en 2001 su novela Las raíces del tamarindo resultó finalista del Premio EDEBÉ, y fue publicada por esta editorial en Barcelona. En 2009 publicó Mañana es Navidad por la editorial Iduna, de Miami, y en el presente año, en Cuba, El Beso de Susana Bustamante, novela para niños ambientada en la Isla.
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A Garrido lo conocí en aquellos primeros seminarios que a fines de los años 80 y principios de los 90, el Ministerio de Cultura ofrecía cada tres meses, y en el cual participábamos aspirantes a escritores de todas las provincias. Allí nos veíamos los que entonces éramos considerados jóvenes narradores, y que terminamos siendo una familia, donde cada triunfo de uno, era un triunfo de todos. Guillermito Vidal, Amir Valle, Jorge Luis Arzola, Ángel Santiesteban, José Miguel Sánchez, Alberto Guerra, Andrés Jorge, Mario Brito, Raúl Aguiar, Sergio Cevedo, Alfredo Galeano, y muchos más.
Ya desde entonces, era Garrido casi un maestro. Tenía un poderoso ritmo narrativo y, junto con Guillermo Vidal, era un especialista en lo que considero más difícil de la narrativa: los diálogos.
Mientras nosotros andábamos hurgando en la realidad social para mostrar aquellas zonas menos conocidas y más crueles, o enfrascados en buscarle la quinta pata al gato, o el humor a cada cosa, Garrido se enfocaba con una agudeza tenaz pero serena, en los pequeños dramas personales, revelando una zona riquísima del insondable interior del ser humano.
Lo recuerdo con su candor de siempre, con su eterna sonrisa a flor de labios. Ahora, con el paso del tiempo, creo que Garrido era como Esmé, el pirata de Peter Pan y Wendy, que el capitán Garfio no quería perdonar porque a Esmé lo querían los niños. Garfio sospechaba que Esmé tenía ese «buen tono» que él no conseguía. A Garrido lo querían los niños y, sobretodo, las niñas. No entendíamos por qué todas las muchachas del mundo querían estar al lado suyo, lo mismo por la mañana, que en las tardes o las noches, bajo techo que a la intemperie. Ir con él a cualquier sitio, casi que garantizaba una buena velada. Acaso Garrido todavía conserva ese «buen tono» que lo ha distinguido siempre, y que hoy pasea por esas vecinas tierras de Quisqueya. Ojalá Santo Domingo lo quiera como Cuba.
