La ardua construcción del propio refugio moral:
años de aprendizaje

Carlos Enrique Cabrera

«Adquirir el hábito de la lectura y rodearnos de buenos
libros es  construirnos un refugio  moral que
nos protege de casi todas las miserias de la vida. »
Somerset Maugham

«No leas, como hacen los niños, para divertirse,
o como hacen los ambicioso, con el propósito
de la instrucción. No, lee para vivir»
Gustave Flaubert

¿Cómo y por qué y cuándo empecé a leer, a amar los libros, a buscarlos con ilusión y entusiasmo en librerías y bibliotecas o donde quiera que éstos se encontrasen?

Empecé a leer muy joven,  en mi pueblo natal, La Vega. De esa primera época (años 60 del pasado siglo) recuerdo títulos como El tío Tom, Azul de Rubén Darío, María de Jorge Isaac, Tabaré,  El Enriquillo de Manuel de Jesús Galván, la enciclopedia Lo sé todo (de la cual tenía un tomo que había adquirido  con mis propios recursos y que aún hoy conservo como una auténtica reliquia…). Pero sobre todo, claro, en esos años iniciales leí muchas  tiras cómicas (los llamados  “paquitos”): Chanoc, Tarzán, Batman y Robin, Supermán…, así como  las revistas  que llegaban a casa: El Reader Ditgest y Life, la  revista Ahora, eventualmente alguna cubana (Bohemia), argentina (Billiken) e incluso una que otra española y el misterioso Almanaque de  Bristol

Con mis  incursiones en la lectura pronto   empezó a manifestarse en mí  la inclinación e interés por la escritura, como que una cosa lleva por lo general a la otra, y así redacté mi primer cuento –en realidad una estampa  costumbrista que recogía el comportamiento de la gente del pueblo ante la exequias fúnebres de un señor de gran prestigio en la comunidad. Luego fundé un periódico, El Planeta, en el cual yo desempeñaba los papeles de director,  reportero y redactor (a la manera de Clark kent), impresor, distribuidor, vendedor y sagaz captador de anuncios. ¡Todo en uno!

No fue hasta cuando me hube radicado en España (1969) que me convertí de verdad en un lector atento, voraz e insaciable. Llegué  a aquel maravilloso país a los dieciséis años con la idea de estudiar Medicina en  la Universidad de Sevilla.

Durante el tiempo  en que asistí a la Facultad  de Medicina mi principal interés y mi verdadera pasión fue la literatura y mis lecturas preferidas fueron las literarias.

Así que además de las severas obras científicas (voluminosos manuales y tratados de fisiología, bioquímica, anatomía, farmacología, microbiología, etc.) cuyo estudio  me imponía el  riguroso programa académico, durante aquellos años leí con fruición  a autores como Dostoyevski, Tolstoi, Flaubert, Kafka, Hesse, Samuel Beckett, Virginia Wolf, Papini, Willian Faulkner, James Joyce,  Knut Hamsun, etc., etc.

Como en  Sevilla no eran demasiadas las librerías por aquel entonces (estaba la Antonio Machado, quizá la más emblemática…) me suscribí al Círculo de Lectores. Aquí  por una cuota mensual el socio podía  elegir las obras de un atractivo catálogo, solicitarlas y recibirlas en la comodidad de su hogar. Eran obras siempre bien encuadernadas en pasta dura y con una impecable presentación, letra de buen tamaño y buenas y cuidadas ediciones y traducciones que hacían que uno se sintiera como un auténtico privilegiado al tenerlas entre las manos.

Leía sin parar, de noche y de día, de suerte que muchas veces, como a Don Quijote, se me pasaban “las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio”, y el alba me sorprendía todavía despierto y terriblemente cansado, pero lleno de una ilusión y  entusiasmo muy especiales.

Era capaz de salir de un examen en la tarde y quedarme leyendo todavía sin dormir toda la noche. En alguna ocasión llegué a concluir  hasta tres obras en una sola jornada de ininterrumpida  lectura nocturna.

Leía  con pasión, con voracidad. Lleno de expectación, curiosidad y asombro. Un autor me llevaba a otro. Discípulo fiel y aplicado, le seguí  los pasos a grandes y avezados lectores (Borges, Octavio Paz, Nabokov, Lezama Lima) acogiéndome al pie de la letra a sus sabias y acertadas sugerencias  de lectura.

Fue así como descubrí,  maravillado, a los escritores del  Boom (Cortázar, Vargas Llosa,  Cabrera Infante, García Márquez), novelistas en su práctica totalidad, y como luego, viajando  hacia atrás en el tiempo, llegué, con el más absoluto deslumbramiento, a Borges, Macedonio Fernández, Felisberto Hernández, Juan Rulfo, Horacio Quiroga, Miguel Ángel Asturias, para  a seguidas alcanzar las altas cumbres  de los grandes poetas del continente: Octavio Paz, Lezama Lima, el mismo Borges, Vicente Huidobro, César Vallejo, Pablo Neruda, Nicanor Parra…

La poesía (a la que había acercado solo de manera tangencial y esporádica y sin demasiado énfasis) fue ahora una revelación, el descubrimiento de un muy especial y particular territorio cuya portentosa capacidad de  sugestión y belleza, logradas a través de un lenguaje quintaesenciado, me ganó ya para siempre.

Muy rápidamente   fui incorporando al acervo propio la obra de poetas de la cultura universal tan relevantes como  Keats, Yeats, William Blake, Novalis, Isidore Ducase, Baudelaire, Mallarme, Rimbaud, Verlaine,  Fernando Pessoa, Constantino Cavafis, Walt Witman,  Ezra Pound, George Eliot, William Carlos William, Luis Cernuda,  García Lorca, Vicente Aleixandre, Jorge Guillén, José Ángel Valente…

Con el  tiempo, un buen día ––estaba en cuarto año de carrera–,  caí en la cuenta de que la Medicina  no era mi verdadera vocación y la abandoné. Me matriculé entonces en la Facultad de Filosofía y Letras, división de Filología Hispánica. Cursé unos años de la nueva carrera en la Facultad de Sevilla, pero en un momento determinado transferí mi matrícula a la Universidad Autónoma de Madrid.

Llegar a Madrid, radicarme en Madrid (1975) fue sin duda fundamental para mi desarrollo  como lector y, en suma  para mi integral crecimiento humano, dada la rica vida cultural de la ciudad y la gran disponibilidad de publicaciones que estaban ahí al alcance del lector curioso. El gran número de librerías y bibliotecas públicas (que se incrementaría de forma notable  con la llegada de la democracia), además de los numerosos kioskos de prensa siempre bien surtidos de publicaciones donde era posible adquirir fascículos, libros de bolsillos y  las más variada representación  de revistas culturales y  literarias.

Durante aquellos años (1975-)  leí con regularidad La revista de Occidente, Vuelta de Octavio Paz (la adquiría en la librería del Fondo de Cultura Económica), La gaya ciencia, Quimera, Camp de l’Arpa,  Papeles de Son Armadans, De lIbros, El paseante, Poesía, Nueva Estafeta, Los Cuadernos del Norte, El Viejo Topo, Ajo Blanco, etc…

Muy pronto, acuciado por tan maravillosos estímulos,  un grupo de amigos fundamos  en la facultad  nuestra propia revista literaria: Solemne el gordo, de la que llegaron a ver la luz tres números y donde yo publiqué mis primeros trabajos de escritor en ciernes.

El rico y plural espacio de las librerías (nuevas y de viejo y de ocasión, así como los mercadillos de libros y las ferias del libro) me atraía con auténtica  fascinación…  las conocía todas, las visitaba y recorría todas…

Podía pasarme  las horas muertas en una  de aquellas  bien provistas librerías madrileñas  revisando sus exhibidores, anaqueles y estanterías, conversando con el siempre bien informado  y más que atento librero.

Miraba y repasaba las viejas obras clásicas en sus sucesivas reediciones y las más recientes novedades editoriales de la literatura universal… Aquí tenía otra guía inestimable para la lectura, para conocer y descubrir, para aventurarme con valentía y curiosidad intelectuales renovadas con autores nuevos o simplemente desconocidos para mí.

Se fueron así ampliando y enriqueciendo mis gustos e inclinaciones y mis conocimientos, de día en día iba incorporando nuevos autores de todas las culturas y de todos los continentes. Escritores árabes, chinos, japoneses y muchos de los magníficos escritores de centro Europa.

Asimismo, de la forma más natural, nada forzada,  me fui convirtiendo en un lector de obras completas que agotaba la totalidad de la producción de un autor  cualquiera fuera su género, incluidos sus diarios y  su correspondencia. Lo hacía de principio a fin, de forma sistemática.  Y además me procuraba ensayos, estudios y análisis críticos sobre la obra de los mismos  así como buenas biografías y libros de entrevistas.

De forma gradual y paulatina  fui igualmente ampliando  el campo de conocimiento y el contenido intelectual de mis lecturas, acometiendo con entusiasmo  el estudio de obras de Psicología (Freud, Jung), marxismo (Rosa Luxemburgo, Marta Harnecker, Lenin, Marx y Engels, Mao), anarquismo (Bakunin, Kropotkin),  los autores del socialismo utópico (Saint Simon,  Charles Fourier), Antropología, Historia (Arnold J. Toynbee) esoterismo (Jacques Bergier, Fulcanelli) y mucha, mucha filosofía…

Leer aquellas obras notables suponía anotar palabras, oraciones y frases, comentar  párrafos y pasajes, hacer anotaciones en los márgenes, subrayar con cuidadoso esmero e inteligencia… realizar búsquedas constantes en diccionarios generales de lengua y especializados.

Por su parte en la  Facultad se me revelaban tesoros esenciales y maravillosos que estudié  en ediciones anotadas, en sus textos originales y en el castellano original. Las grandes obras de la literatura medieval española (poema de Mío Cid, El Libro de Buen amor, el Romancero, etc.) las del renacimiento (la CelestinaEl Lazarillo, los versos de Boscán, Garcilaso,  Aldana y Herrera), la barroca con Góngora y Quevedo, Lope y Gracián y Cervantes, la mística (San Juan, Santa Teresa…) y la ascética (Fray Luis de León…).

Fue en la Universidad Autónoma  de Madrid donde empecé a tomarme de verdad en serio la carrera de Filología Hispánica y a tomarle gusto  a la lectura de  estudio y  de investigación.

Estimulado por el ambiente y de forma particular por los magníficos profesores que tenía (Rodríguez  Puértolas, Mario Hernández, Rodríguez Marín, María Eugenia Rincón, Pablo Jauralde Pou, entre otros) me aficioné a los trabajos de investigación que realizaba siempre con gran entusiasmo  y poniendo el mayor empeño en  con el pertinente acopio de bien seleccionada y rigurosa bibliografía. Se trataba claro está, en la mayoría de los casos, de artículos de crítica y sesudos y bien documentados estudios y análisis de revistas especializadas españolas y extranjeras. Visitaba con asiduidad, entre otras, las bibliotecas del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, la del Instituto Iberoamericano de Cultura, etc.

A esto debo sumar el inapreciable estímulo que supuso asimismo para mi personal formación intelectual y literaria en aquellos años de facultad (y durante todo los años que viví en Madrid, en suma) la asistencia asidua a charlas, coloquios, ciclos de lecturas y de conferencias organizados por Facultades, Fundaciones (recuerdo con particular cariño y admiración la Fundación Juan March), colegios mayores y otras instituciones culturales y educativas de la capital española, donde era posible escuchar (e interactuar con naturalidad y libertad) con reputadísimos intelectuales y escritores nacionales e internacionales. Que recuerde  acudí a conferencias y charlas de Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Jaime Gil de Biedma, Juan Gil Albert, Juan Goytisolo, Carlos Bousoño, Fernando Savater, Carlos Edmundo de Ory, Agustín García Calvo y un largo etcétera. Así como  (ya en Seminarios especializados)  a magistrales ponencias  de los más reconocidos hispanistas: Francisco Rico, Domingo Ynduráin, Rafael Lapesa, Víctor García de la Concha, Claudio Guillén, Francisco Marcos Marín, Alberto Blecua, T. Zahareas, J.O. Crosby, Maurice Molho, Maurice Chevalier, etc.

Ahora se aunaban en un solo haz  la pasión lectora que se había despertado en mí en la adolescencia  con el rigor, el método y la sistematización de lo que habría de ser mi profesión, la actividad con la que habría de ganarme gozosamente de por vida el material sustento. Con esto mi pasión se vio acrecentada de forma notable y sustancial.

II

Pero ¿de dónde me vino aquella pasión por la lectura, por qué leía, que me motivaba a hacerlo con tal entrega y dedicación? Y no sólo ¿por qué leía?, sino y, sobre todo, ¿por qué leo hoy todavía con fervor, tan ilusionadamente, más allá de las lecturas que sean estrictamente de la profesión?

Desde luego (y sin duda en primerísimo lugar) Hay un intenso placer en la lectura. Leer es  una actividad gratificante y gozosa. Es extraordinario el  disfrute que proporciona una historia bien narrada, sumergirse en las peripecias y andanzas de los personajes, en las maravillosas descripciones de objetos, seres y paisajes; dejarse envolver  por ese maravilloso lenguaje de gran efectividad  y deslumbrante belleza.

Conjuntamente con el disfrute estético  está en la lectura el disfrute intelectual. Percibir las ideas –que se mueven con su propia lógica y su propia autónoma energía–  desplegándose, alzando el vuelo, encadenándose las unas a las otras, confrontándose, contrastándose, avanzando de forma cohesionada y coherente, desarrollándose a plenitud con precisión y elegancia hasta eclosionar en una conclusión novedosa y brillante… La lectura nos enseña a pensar. Nos enseña a manejar ideas, conceptos, abstracciones, a entender, decodificar y comunicar mensajes complejos.

Cuando se trata de acopiar saberes y conocimiento los libros son sin la menor duda la fuente ideal. Organizados desde las ópticas y sensibilidades más disímiles  y diversas, brindan  las más variada y rica visión de la realidad. Extrema pluralidad de los libros  llenos de contrastes y matices que no se encuentra en ninguna otra fuente o soporte. Desde muy joven  sentía que la lectura me nutria, que algo muy  valioso me proporcionaba, que algún nutritivo sedimento iban dejando en el subsuelo de mi ser aquellas heterogéneas voces que yo despertaba y revivía al abrir las páginas de los libros. Esto se iba manifestando en frases geniales, párrafos luminosos, pasajes magistrales, brillantes, reveladores, certeros, páginas que parecían hablar desde la más aquilatada y enjundiosa sabiduría. Auténticos hallazgos deslumbrantes, verdaderas pepitas de oro –y a veces vetas enteras del áureo metal– que reverberan con luz propia y cuyo rastro convenía seguir porque nos revelaban lo que sabíamos o intuíamos  desde siempre pero nunca habíamos sido capaces de expresar con tanta claridad y precisión.

Expande, amplia y enriquece la lectura la humana experiencia. Se comparten las vivencias, las experiencias, la vida en suma (una vida plena, intensa y encima completa, total y acabada y, por tanto, comprensible y ya perfecta) de los otros. Peripecias existenciales que se viven como propias a través de la empatía y del reconocimiento… Una aventura  humana que se comparte y que de ninguna otra forma sería posible vislumbrarla y vivirla como no sea gracias precisamente a las grandes construcciones literarias, librescas.

Es la criatura humana que se debate y reflexiona en los libros sobre su propia existencia, la criatura que sufre y padece y disfruta, sueña y anhela, la que nos muestra diferentes opciones, diversos caminos posibles, actitudes y aptitudes que nos resultaban inéditas e insospechadas. Magnífico laboratorio de vida que la literatura pone a disposición del lector… enriqueciendo de forma notable  la propia existencia con experiencias, sensaciones, emociones, percepciones, trascendentes, relevantes…

Se encuentra  uno a sí mismo en los libros. Busca uno entender  y entenderse y comprender la vida y la realidad toda que nos rodea, busca uno entender el sentido profundo e íntimo de las cosas, que se nos revele sin más el sentido último de la existencia. E igualmente la lectura nos calma y serenaba,  nos centra, nos ayuda, por tanto, a estructurarnos  y organizarnos mucho mejor por dentro, internamente.

No hay pues mejor modo de adquirir los conocimientos, destrezas y habilidades necesarios, el conjunto de saberes indispensables para tener un óptimo dominio de la escritura que a través de la lectura. Leyendo se aprende a escribir.

Y yo  –además de filólogo o conjunta y complementariamente con ello–  quería ser escritor. Esta era mi meta, la pasión que dirigía mi vida. Miraba y pensaba y me movía en la cotidianidad como un escritor (o como yo entendía que debía hacerlo un escritor) y me pasaba los días, cuando no estaba leyendo, emborronando cuartillas como un poseso.

La imitación de los modelos fue durante largo tiempo mi fuerte, mi principal tendencia estilística, mi modo habitual de acción escritural… hacer mano, acometer ejercicios de estilo… Y por ahí en mis cajones andan todavía algunos pastiches “a la manera de” Sartre, de Samuel Beckett…  y de Willian Faulkner…

Hoy, muchos años después, con un bagaje de copiosas lecturas a mis espaldas y algunos libros publicados, pienso que estoy en el mismo punto de partida que aquel adolescente que se fue a estudiar Medicina a España con apenas dieciséis años y  se pasó luego a Filología Hispánica. Que sé tan poco de la vida y de la realidad y de la condición del hombre  como  aquél, que sigo igual de desvalido, asombrado, y tan ávido de saberes, conocimientos y emociones como lo estuve en aquellos años…  Que sigo siendo irremediablemente el mismo  joven lector voraz y letraherido…

Del Autor

carlos-enrique-cabrera

Carlos Enrique Cabrera
(La Vega, República Dominicana). Se licenció en Filología Hispánica en la Universidad Autónoma de Madrid (España) y realizó estudios de Bibliotecología y Documentación en instituciones educativas de esa capital europea. Durante años se desempeñó como funcionario de la Red de Bibliotecas Públicas de la Comunidad Autónoma de Madrid y como colaborador externo de importantes editoriales españolas (Editora Nacional, Plaza y Janés, Alfaguara, Playor). En 2001 fundó la revista de letras, artes y pensamiento Caudal, que bajo su dirección dio a la luz, de forma ininterrumpida, 29 números. Ensayos y cuentos suyos han aparecido en diversos medios impresos y digitales y son de su autoría los libros Reflexiones de bolsillo (2002), Tiempos difíciles (2010) –recopilación de ensayos– y el conjunto de microrrelatos: Conjuros y otros microcuentos (INTEC, 2013). Es también coautor de la obra didáctica Español Universitario (Santillana Universitaria, 2006) y el de información turística Ciudad Colonial Santo Domingo (Tando Editora, 2011). Asimismo, mantiene en la Red varios blogs: Conjuros en “La Comunidad” del diario madrileño El País, y en Blogger el personal Carlos Enrique Cabrera (CEC) y el promocional de la revista Caudal, así como el educativo: Español CEC. Desde 1994 es profesor a tiempo completo del Área de Ciencias Sociales y Humanidades del Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC).