Corrección política y lenguaje

Jorge Chavarro

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La autocensura es la máxima expresión de la opresión, la aceptación de ponerle grilletes a las ideas para ser bien visto, leído o escuchado.  Mientras el mundo se mantuvo separado por mares, cordilleras y distancia, los pueblos pudieron construirse a sí mismos y ser utópicamente libres en sus identidades de etnia, lengua y religión. 

La globalización lo destruyó todo, pretendiendo un mundo unidimensional, que hasta ahora ha sido imposible, ha logrado algunas victorias importantes pero de manera igualmente notoria acentuó las diferencias. Caso más evidente el enfrentamiento entre cristianismo e islam, heredero directo de la bipolaridad (tripartita) de primero, segundo y tercer mundos, hijos de la Churchiliana visión de la cortina de hierro.

Como hubo presencia, si no simultánea, si de sucesión entre el comienzo de las primeras victorias de los movimientos por los derechos civiles y la catástrofe del socialismo soviético, hay alguna relación etiológica entre ellos, el movimiento políticamente correcto y la visibilidad de su hijo (¿o engendro?), el lenguaje políticamente correcto.

El lenguaje políticamente correcto, hace más de tres décadas que se metió de lleno en el ámbito universitario norteamericano hasta convertirse a nivel de la sociedad global en general en la forma de mandar a callar al disidente.  La incorreción es el abono de la creatividad a partir del desafío de lo preconcebido, transgredir es libertad y producción.

Luego de poco más de una década de avances hacia el pensamiento liberal, la universidad y por tanto los jóvenes decidieron dar marcha atrás, y eso no quiere decir desaprovechamiento de las nuevas tecnologías, por el contrario, se están utilizando para evitar la disidencia, disfrazar el anarquismo de pensamiento liberal, y mantener un único enfoque frente a los temas que señalen la diferencia; una política de pensamiento apoyada en la labor policial de los medios y las redes sociales.

A dos meses de la elección presidencial en Estados Unidos de América, el discurso de Donald Trump es lo relevante en el debate. Su andanada diaria de agresiones a las minorías hispana y musulmana, no ha dejado de alarmar también a la minoría negra (y no me disculpo por no decir afro-americana).

El de Trump es sin duda un discurso fascista con el mejor abrigo de la identidad republicana, pero de ahí uno de los problemas; los riesgos de no utilizar los códigos señalados como buenos a través de las “advertencias gatillo” usadas para enseñar lo que es correcto decir, lleva a ser señalado como izquierdista, lo que en las sociedades calvinistas y católicas de América, significa ser hijo del demonio.

Al discurso del billonario no se le condena por su contenido sino por la negativa al eufemismo; tan es así, que el proyecto de Ted Cruz, hijo predilecto del GOP, era más excluyente que la perorata de Trump; la ausencia de adjetivos injuriosos le permitió ganar la bendición del sínodo republicano, sin embargo esa imposición de manos no fue suficiente para quienes, a pesar de los medios y las redes sociales, querían una información fidedigna y completa de los propósitos que enmarcan la identidad del grupo, y hoy tiene contra las cuerdas a la ex secretaria de estado.

Lo más grave en estos desarrollos es la exigencia de bendiciones a los discursos académicos, con mayor frecuencia censurados por estudiantes usuarios de las redes que por las mismas autoridades académicas.  Hemos llegado al punto en que el usuario de las redes sociales, no quiere o no puede entender la diferencia entre un planteamiento racista, misógino u homofóbico y el razonar sobre esos mismos discursos.

Del Autor

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Jorge Chavarro
Medico colombiano residente en Houston, Texas. En diciembre de 2014 se graduó en la maestría de español y literatura hispanoamerica en la Universidad de Sam Houston de Huntsville, Texas. En la actualidad es estudiante del programa de doctorado en literatura del Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Texas A&M en College Station, también en Texas.