Dejarse llover

Pedro Crenes Castro

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Volví a Isla Grande después de muchos años. Temprano por la mañana salí de Ciudad de Panamá con la complicidad acogedora de mí prima Mabel Castro y con mi esposa y mis niñas rumbo a la aventura. Un viaje rumbo a la tristeza de los amigos fallecidos allí en el año 1990, una vuelta que significaba volver al recuerdo de aquellos muchachos que perdieron su vida y que están más presentes en mis pensamientos de lo que creía.

En La Guaira, a pie de Atlántico, un chofer de moto-lancha, de nombre Abigail (el travestismo nominal no es fruto de un desorden creativo), nos llevó hasta la gran isla. Siete minutos después, más o menos, estábamos atracando en una pequeña pasarela a modo de puerto de llegada, de maderas robustas y vencidas por el sol, la sal y el agua. Se movían bajo nuestros pasos, sin quejas, y desde ellas se veía el limpio azul de las aguas que la rodean.

Nos acomodamos ante el Atlántico manso, distinto de aquel que se tragó a mis amigos en el año 90. Una brisa inocente hacía que el almendro que nos compartía su sombra dejara caer, con peligro de “cocorrón” aéreo, sus frutos maduros que nadie iba a recoger. Mi familia en el agua, bajo el sol callado pero picante del Atlántico, transmitía una paz paradisiaca de postal.

Del horizonte, una amenaza de lluvia. Fuimos saliendo del agua y las primeras gotas comenzaron a inyectarme la memoria: mi tío Juan bajo un aguacero en el parque, un español que no aguantó el calor panameño. Fuimos a guarecernos bajo un gran bohío, arreciaba la tormenta gris, los truenos arriba hacían temblar la isla y recordé los arrullos atronadores en la casa de mi abuela, la casa de mi infancia, y el sopor que me inundaba cuando llovía, y yo salí al aguacero, a dejarme llover encima a sabiendas de que cada gota activaría un recuerdo: futbol en el lote baldío de atrás de mi casa, todos enlodados hasta las cejas; Reinaldo, haciendo canastas imposibles en nuestra calle mientras todos le admirábamos al verle jugar bajo el agua; la corredera desde la escuela hasta la parada de los buses para volver a casa y Mabel me preguntó, mientras miraba la lluvia caerme encima, que si tenía más ropa para cambiarme, no que va, le contesté, y la lluvia me trajo el recuerdo de leer en casa de mi abuelita, mientras el zinc del techo cantaba a golpe de lluvia su arrullo, su sinfonía de calma inclemente.

Abigail volvió a recogernos bajo la lluvia. La aventura se prolongaba más allá de lo que hubiésemos imaginado. Desde mi interior madrileño, pensé, esto no se puede vivir y quise inventarme leyendo en casa de mi abuelita Chela, una novela de unos aventureros que iban en lanchas rápidas hacia… y mis niñas me miraban con cara de diversión y una pizca de miedo sobre el Atlántico gris de vuelta a La Guaira.

Y la lluvia sobre la piel del recuerdo, el frío de alfiler de esos aguaceros de mi tierra, esa súbita toma de la calma paradisíaca para atronar sobre el olvido.

Me dicen algunos que ando recordando mucho. Quizás sea mi resistencia a dejar pasar la vida sin mirar para atrás, como hacemos al leer. Cuando escribimos, trazamos un plan contra la desmemoria. Al leer activamos el artefacto y bombardeamos el olvido que estamos siendo, rescatamos de la indiferencia nuestro espíritu.

Me dejé llover, de vez en cuando hace falta volver por la vía de los sentidos a una memoria que la rutina en el interior nos arrebata. “Aquí no hay playa, vaya”, decimos en Madrid. Para eso está el avión, para salirle al encuentro a los mares, a la lluvia y al viento que azota la calma tantas veces indolente de nuestra vida.

Para esos están los libros, para serle fiel a la ficción que, a pesar de ser derrotada tantas veces por la “realidad”, ofrece las mejores vistas al espíritu. Y recordé la tristeza de mis compañeros muertos allí en Isla Grande y se me prendió al alma un relato que lleva queriéndose contar desde hace tiempo. Luego escampó cuando estábamos lejos del mar, y comencé a echar de menos la lluvia.

Del Autor

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Pedro Crenes Castro
(Panamá, 1972). Desde 1990 vive en Madrid donde publica críticas y reseñas literarias en la revista digital Papel en blanco además de colaborar con el diario digital El Librepensador. Forma parte del equipo docente de los Talleres Literarios en Panamá.  Ha sido incluido en la antología “Los recién llegados” (2013) en Panamá y en Francia, en la antología “Lectures du Panama” de la Universidad de Poitiers (2014). Ha publicado la colección de cuentos “El boxeador catequista” (2013) en la Editorial Foro/taller Sagitario de Panamá. Mantiene una columna semanal, “Desde Madrid”, en el suplemento literario “Día D” del periódico Panamá América. Acaba de publicar el libro de microrrelatos “Microndo” en la editorial Casa de Cartón de Madrid.