Despierta sudando. No puede recordar su sueño pero sabe que la pesadilla ha aparecido de nuevo. Se levanta y se dirige al baño. Mira en el espejo un rostro pálido. La barba es por lo menos de tres días. Siento que he dormido demasiado, piensa. Se dirige a la cocina y devora los restos refrigerados de una cena informal. Entonces se percata. ¿Y el ruido? Echa de menos los motores de los automóviles que desde tempranas horas fatigan la avenida donde queda su casa. Mira el reloj sólo para confirmar su escándalo. Las once de la mañana y ni un solo ruido. Sale a la calle. Está desierta. Pero no como otras veces. Ahora luce despojada por entero de movimiento. Mira la esquina, el crucero donde su avenida alimenta otra avenida más amplia y vertiginosa. Nada. No hay vehículos raudos ni peatones ni la tienda abierta ni el puesto de periódicos instalado ni el perpetuo movimiento de la fonda. Sólo el semáforo brinda la ilusión de movimiento con el juego de los colores que se alternan. Qué extraño, piensa, esto es como para una fotografía. Avanza hacia el crucero para tener un panorama más abierto. Nadie. Nada se mueve. Silencio. Se inquieta. Regresa a la casa y llama a Julia. Nadie responde. Llama a Cabrera y lo mismo. Llama a la madre al sobrino al cuñado a la amante al terapeuta al videoclub al servicio de lavandería. Agota el directorio. No consigue ni una sola voz.
Julio leyó el párrafo. Tampoco le gustó. El dedo medio de la mano derecha atacó de nuevo la tecla larga en la que antes figuraba una flecha apuntando hacia la izquierda y que ha sido borrado por el uso frecuente. Es absurdo, se dijo, pero eso no es lo peor. Lo peor era, según él, el estilo. Las formas. Tampoco es verosímil la reacción del hombre solo. ¿Cómo reaccionaría la gente en esta circunstancia? No lo sabe. Ha perdido contacto con la gente. El aislamiento, el claustro del oficio. El teléfono desconectado, la novia que se cansó de esperar. El padre que lo atenaza con reproches. Que la última vez, en la comida, le dedicó la canción, la que dice vas muriendo en mi recuerdo. ¿Cómo reacciona la gente sola que advierte, como yo, que está sola? El hombre está solo porque todos se han ido. Mi experiencia no sirve. Soy yo el que se fue a la mierda.
Camina hasta el supermercado. Está abierto pero desolado. Entra, recorre un pasillo, el de los licores. Necesita un tequila. Se sorprende a sí mismo rastreando el más conveniente por el precio. Sonríe. Busca entonces entre los más caros y localiza uno que ambicionaba. Bebe de la botella. Vuelve a taparla, la lleva consigo y busca la salida. Al pasar por las cajas se apodera de un paquete de cigarros. Mira la caja registradora, está abierta. Toma los billetes y se los lleva. Hace lo mismo con otras dos cajas vecinas. En el estacionamiento distingue un auto con la portezuela abierta y las llaves en el interior. Lo aborda. Arranca y se dirige al centro. Intenta sin éxito sintonizar alguna estación de radio. A su paso va mirando las calles desiertas, algunas tiendas vacías, plazas despobladas, jardines solitarios. Qué está pasando, es una pesadilla.
Julio se detuvo. Encendió un cigarro. Se levantó. Trató de impartir orden al motín de ideas que lo asaltaba. ¿A dónde llevo este personaje? ¿A dónde me lleva él? Paseó un poco por el departamento. Se sirvió un trago de tequila. Tequila barato, qué bien le vendría a mi buen gusto que la gente desapareciera para así poder tomar cuanto quisiera del tequila más caro y luego pasar por la caja y tomar dinero en vez de tributarlo. Y las librerías, pensó Julio, qué banquete. Y el cine. Una sala completa sin la desagradable proximidad de la gente. ¿Por qué no me aterra la idea?
Ha estacionado el auto en el carril central de la Avenida Juárez. Se ríe de su hazaña. Pero su hazaña es pálida en medio de esa circunstancia de silencio y quietud. Entra al viejo edificio de la calle de López donde vive Julia. Toca la puerta, luego la golpea con fuerza, la aporrea y termina por cansarse. Nadie sale. Abandona el edificio. Mira la Alameda: Ofrece una imagen espectral. Ya no sabe lo que busca. Entra al Palacio de Bellas Artes. Cuando recorre los pasillos, sólo se escucha el eco de sus pasos en el suelo de mármol. Mira uno de los cuadros. Nunca le gustó Frida. Es el autorretrato con el changuito. Sigue sin gustarle. Aun así, lo descuelga. Ya es mío, dice. Suena una alarma. Eso le gusta. Si nadie viene a defender a Frida es que de verdad estoy solo en el mundo. Con el cuadro bajo el brazo, sale de Bellas Artes. Entra al auto. Se dirige al Zócalo.
Es delirante y falto de ingenio, pensó Julio. Se le insinuaba ya el dolor de cabeza que a las seis de la tarde lo obligaba a cargar el café y tomar dos analgésicos. La soledad no puede ser sólo eso. Tiene que ser más aterradora que la muerte. Sólo hay una cosa más adversa que morir, morir sin compañía. Siempre que pienso en esto, recuerdo la noche que me dejaron solo. Despertar a los cuatro años y vagar por los patios interminables de una casa en la noche. El terror de estar con uno mismo. El pavor de no poder repartir la propia conciencia insoportable. Después de eso, ¿qué es la compañía? Bebió el último sorbo de café y sintió que sus manos temblaban. Era el peor de los destinos para el niño que fui, que me dejaran solo.
¿A dónde se fueron todos?, grita. Está parado en el Zócalo. El grito se ahueca, reverbera, se reproduce en ecos vibrantes. Se desgarra. Avanza crispado, vuelve a gritar. Su garganta se adelgaza. Sólo escucha su propia voz como maullido. Tengo ganas de encontrar aunque sea un hombre, una mujer, aunque sea al último ser viviente, para hacerlo pedazos. ¿Por qué me hacen esto? Sube al auto. Hay que telefonear a otras ciudades, a otros países, no puedo ser el último hombre. No quiero. Entra al departamento. Veinte llamadas, treinta. Números conocidos, números al azar, números cabalísticos. La televisión, la radio. Nadie.
Se habían ido a la feria, recordó Julio. Me dejaron solo, dormido, para irse a la feria. Para consolarme, me regalaron una pequeña alcancía de lata con forma de reloj. ¿Será por eso que no ahorro? ¿Por eso no entiendo el tiempo? No se había percatado de que ya era de noche. Encendió la lámpara. Les niego mi presencia, los dejos solos, dejo al mundo solo sin mi compañía.
Avanza caminando por el centro de la calle. No puede gritar más. Se ha asomado a todas las ventanas, ha allanado todas las viviendas, todos los lugares en los que sospechó algún signo de vida. Sólo camina.
Llamaré a mis padres, decidió Julio. Marcó el número. No hubo respuesta. Marcó diez, veinte números. No hubo respuesta. Meditó un rato. ¿Y mi personaje?, pensó repentinamente. Lo dejé solo.
Llega caminando hasta un panteón. Dobla por una calle con nombre de playa. Distingue una luz en una ventana. Cree ver movimiento dentro. El corazón se acelera. Trepa por una reja, conquista una azotea. Mira a través de la ventana. Dentro hay un hombre escribiendo.
Creyó escuchar ruidos. ¿Un asalto? Ojalá. Incluso esa visita sería bienvenida. Aguzó el oído. Interrumpió la escritura.
Algo lo detiene. El interior del departamento se vuelve borroso.
Se asomó por la ventana. Nadie. Quizás era un gato. Mejor tratar de dormir, estoy nervioso. Cerró el archivo, apagó la máquina, tomó dos somníferos.
Mira a través de la ventana. El hombre que escribía ahora duerme. Decide regresar a la calle, llevarse su soledad, caminar sin rumbo por la ciudad desierta.
