
Herman Hesse (Calw, Wurtemberg, Imperio alemán, 2 de julio de 1877 – Montagnola, Cantón del Tesino, Suiza, 9 de agosto de 1962).
La obra de Hermann Hesse sigue presente en el mundo cincuenta y cuatro años después de su muerte, cumplidos el pasado agosto, a pesar de que como autor resulta amado y odiado al mismo tiempo, paradoja que explicaría su grandeza.
Así, sus detractores ven al autor de El juego de abalorios y El lobo estepario, en el mejor de los casos, como un escritor sensiblero y, en el peor, como ave de mal agüero que canta el fin de la civilización.
El crítico Marcel Reich-Ranicki, este sí sensiblero, más bien sonso en su academicismo, sostiene por ejemplo que Hesse, al escribir Demian, escribió «un libro nazi sin darse cuenta».
Los defensores de Hesse, por otro lado, suelen ver en sus obras un llamado a despertar en cada ser humano sus potencialidades psíquicas más allá de los trillados maniqueísmos al uso y de los convencionalismos que lastran la libertad individual.
Nacido en Calw, Alemania, en 1877, pero con nacionalidad suiza desde 1924, Hesse murió en Montagnola, Suiza, el 9 de agosto de 1962, dejando una obra de altas ventas a nivel mundial, con unos 140 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo, de los cuales solo una sexta parte corresponde a las ediciones en alemán.
De modo que junto a Thomas Mann y Stefan Zweig, es el autor de lengua alemana más leído en el mundo y uno de los dos únicos autores suizos, junto a Carl Spitteler, que han sido galardonados con el Premio Nobel; en el caso de Hesse en 1946.
En 2012, por su cincuenta años de muerto, dos biografías, una de Heimo Schwilk, La vida del jugador de los abalorios, y otra de Gunnar Decaer, El caminante y su sombra, se acercan a la figura de Hesse y coinciden en su esfuerzo por cuestionar la imagen del autor de El lobo estepario como un símbolo de la generación contestataria de los sesenta; lo que quizá hubiera no sólo asombrado, sino asustado al mismísimo autor.
Las dos biografías destacan que en la última novela de Hesse, El juego de abalorios, se plantea una utopía donde la realización personal es posible en la subordinación a un orden, un orden culto y mesurado, un futuro que vuelve a una suerte de Edad Media mejorada, luego de una gran catástrofe ocurrida a la humanidad, una oportuna advertencia ante la banalidad de lo moderno, lo que parece alejarse del tono díscolo de las otras obras de Hesse, pero que en el fondo no sería más que la rebeldía absoluta ante la domesticación que impone la sensiblería socialistode de estos tiempos. Una novela que parece vislumbrar un nuevo espíritu de época, un espíritu antimoderno, que ahora, como ha señalado el autor de este artículo en el libro Los naipes en el espejo, podría estar tocando a nuestras puertas.
Frente a un mundo donde todos pretender ser buenos, bellos y saludables, Hesse alertaba sobre los peligros del alma relegada, del dolor sepultado por la sonrisa sosa o socarrona. Su biógrafo Schwilk apunta: para escribir Hesse necesitaba ser infeliz, el dolor… Era un hombre que siempre estaba a la fuga de su propio cuerpo, que trataba de salvarse también a través del ascetismo… Y alguna vez pudo reconocer que para él el caos espiritual y el dolor eran constitutivos para la escritura”.
Hesse fue, desde el comienzo, un poeta y un escritor de la rebelión y la crisis pero también un escritor que aspiraba a la reconciliación, sobre todo a la reconciliación con el sí mismo; cada uno con su sí mismo. Para, entonces quizás, lograr eso que los abanderados del buenismo a todo trance y a veces en trance, llaman reconciliación política, político-social.
El inicio de la historia de la rebelión de Hesse contra su familia, contra la tradición protestante y contra las normas burguesas podría tal vez fijarse en su fuga del seminario de Maulbronn, ocurrida en marzo de 1892, con lo que abandona el férreo camino que le habían trazado sus padres como pastor protestante.
Hesse trabajó de joven en una librería y se dedicó al periodismo independiente, lo que le inspiró su primera novela, Peter Camenzind, 1904, que es la historia de un escritor bohemio que rechaza a la sociedad para acabar llevando una existencia de vagabundo.
Pero, la verdad es que el tema medular de la mayoría de sus obras no es otro que el hombre enfrentado a su destino o, mejor, a la búsqueda de su destino y, por lo mismo, lo que emana de una lectura alerta y no superficial de sus obras serían las oscuridades del alma y la necesidad de inmersión hasta el fondo de esas oscuridades con el objeto último de emerger hacia la luz o, mejor, hacia un pacto en los claroscuros.
En 1933 escribió en su diario que “en resumen, en teoría soy un santo que ama a todos los hombres, y en la práctica un egoísta, que quiere que lo dejen en paz”. Cuenta el poeta y ocultista chileno, Miguel Serrano, que Hesse para espantar a los visitantes, tenía tallado sobre la puerta de entrada de su morada en lo alto de los Alpes suizos un viejo poema chino que decía: “Cuando uno ha llegado a viejo y ha cumplido su misión, tiene derecho a enfrentarse apaciblemente con la idea de la muerte. No necesita de los hombres. Los conoce y sabe bastante de ellos. Lo que necesita es paz. No está bien visitar a este hombre, hablarle, hacerle sufrir con banalidades. Es menester pasar de largo delante de las puertas de su casa, como si nadie viviera en ella”.
En una era dominada por el materialismo más ramplón, el buenismo, la bobería, la banalidad y el baile, por no hablar de las matanzas mecanizadas, alienta saber que Hermann Hesse visionó que el futuro puede ser también una vuelta al pasado, un renacer, un rejuego del alma en los abalorios.