Generalmente las crónicas de viajes que publico son fieles, pero en lo referente al asunto mujeres en ocasiones me dejo llevar por la fantasía, particularmente cuando conozco a tipas atractivas, interesantes o simplemente literarias (el género de las mujeres literarias está constituido por personas del bello sexo —permítaseme el neomachismo al que me veo obligado para no incurrir en repeticiones— que están dispuestas a hablar, a cooperar con el escritor, a fantasear, o incluso a ir más allá de lo socialmente conveniente). No olvido que en New Platz, pequeña ciudad al norte de Nueva York, conocí a una nicaragüense extremadamente simpática, con la que tuve una aventura imaginaria, que en el papel relaté como si fuera real, y que lo hice con tal arte, que mi esposa después de leer el texto (en un famoso suplemento literario mexicano llegó a enojarse. Alguna lectora sintió insultante el relato, porque según ella yo estaba vanagloriándome de los cuernos que le ponía a mi mujer. Tampoco olvido la aventura que llamé «El poder de la distancia» en la que reproduje la noche que pasé recluido en una habitación de un hotel en Indiana, Pensylvania, hablando de amor, erotismo y lo que haríamos si nos atreviéramos, con una bella gringa de Tallahasse. Ni olvido lo que sucedió en Quebec, donde conocí a una chica a la que llamé Polly, con la que tuve largas conversaciones, que me sirvieron para escribir varios artículos y luego un relato en el que exploro el erotismo femenino.
Gracias a la computadora he llegado a una cómplice y productiva conciliación: de cada tema que me ofrece la vida saco en limpio por lo menos tres versiones que guardo y/o publico. Una versión es la crónica periodística, que publico (publicaba) generalmente en el suplemento, para cubrir mi cuota semanal; la otra es un cuento o relato largo, bien desarrollado y trabajado durante meses; y la tercera es un cuento lo más sintético posible. Esto me hace pensar que la computadora me ha convertido en una especie de tablajero, que agarra un tema (la res) y de él saca todo el provecho posible. Lo mismo me está sucediendo con las novelas: por lo menos llego a aceptar como definitivas dos versiones: una larga y otra corta.
Y ya con los años me ha sucedido tener tres versiones de una novela y no saber (o no estar dispuesto) a renunciar a una de ellas. De modo que las guardo, y si, andando los años, vuelvo a leerlas, encuentro a veces que he publicado una que me parece inferior a la que guardé. Hay tantos manuscritos viejos en mis baúles, que si una vez muerto la posteridad descubre que soy un genio literario relegado, podría dar por hecho que mi familia dispondría de una pequeña fortuna… Si es que antes no han sido remitidos mis papeles a la piedad del fuego.
