En el ámbito literario peruano se hace más frecuente encontrar en los últimos años novelas bajo la temática de la violencia de género y de la guerra interna acaecida en décadas anteriores. Obviamente se desarrollan también otras temáticas que son estimulantes para sus autores. Y como suele pasar, hay argumentos –como los primeros que menciono- que llaman la inmediata atención de la crítica y la academia universitaria. Hasta aquí todo va muy bien. Son temas de los cuales conviene discutir, visualizar, proponer estéticas, políticas, etc. Sin embargo veo igualmente que esta crítica y academia van imponiendo estas temáticas como si se trataran de tareas pendientes de los escritores; como si volviéramos a las antiguas consignas de la función de la literatura dentro de nuestras sociedades. En otras palabras, nos quieren hacer volver a las buenas intenciones. De pronto muchos escritores son bendecidos por el canon debido al “tratamiento honesto” a sus temas. ¿Por qué tendría que ser honesta la literatura? ¿Qué significa eso? ¿Desde cuándo la quieren convertir en una ONG o en un colectivo cívico? Fuera de la valoración del libro mismo, por qué tendría que importarme que el escritor sufrió, se desgarró o perdió tres dedos en la redacción de tal o cual novela? Termino este texto con una obviedad: la calidad de la novela no puede medirse en función de los buenos propósitos del autor. Pero lo obvio, señores, qué lejos se agazapa.
Querido y honesto escritor
Ricardo Sumalavia
