Cuentan que un resignado Rimski-Kórsakov, obligado a viajar a París luego de interminables negativas y ya resignado, escribe una postal a su empresario donde le dice “si vamos, pues vayamos, le dice el loro al gato que le arrastra por la cola escaleras abajo”.
En “El ruido del tiempo”, breve, fascinante y terrible novela de Julian Barnes (Anagrama, Mayo 2016), donde el autor reconstruye la vida del gran compositor ruso Dmitri Shostakóvich, sostiene que el músico había llegado al ocaso de su vida sintiéndose como el loro de Kórsakov, permanentemente arrastrado golpeando la cabeza contra los escalones, por parte de un gato todopoderoso, vesánico, omnipotente y omnipresente, dispuesto a someter a todos los loros nacidos y por nacer. Por las buenas si fuere posible, o por las malas aún mejor. Afanado en el delirio de hacer que los loros se arrancaran las plumas y caminaran a cuatro patas para parecerse al Gato mayor.
Que el totalitarismo no nació con Stalin parece claro, tanto como que nadie como “el Gran Jardinero” había logrado nunca en la historia, tal grado de perfección. Todo un arsenal de garrotes y zanahorias puestas al servicio de un proyecto de exterminio del individuo en detrimento de la masa dirigida por la vanguardia encarnada en el ojo avizor y el dedo acusador del Gran Líder que todo lo puede, todo lo sabe. La más refinada maquinaria, el más sofisticado sistema ideado para doblegar voluntades, indignas e incompatibles con la sociedad socialista donde nacería el “hombre nuevo”.
Tan cierto ello, como que, desgraciadamente, tampoco murió con él. Apenas si, sus émulos posteriores, se han visto necesitados de metamorfosearse un poco por allí, otro poco por acá, para adaptarse a los tiempos pero manteniendo la esencia: el miedo como arma.
A menudo Shostakóvich ha sido visto, y sometido a escarnio, como el paradigma del intelectual doblegado por el régimen: el loro travestido tratando de parecer gato. Para ello, desde siempre, el Régimen contó con sus propias armas, su particular ejército de propagandistas y detractores, y el inefable concurso de los papistas de fuera. Sartres y Picassos nunca faltan. Sin embargo, Barnes se adentra en un mundo bastante más complejo: el del ser humano y el artista enfrentado a dilemas que no buscó, a la necesidad de sobrevivencia, sobre todo en las dolorosas decisiones que tuvo que tomar en momentos históricos tan sombríos, en el miedo y la culpa, en la dificultad de vivir con honestidad en tiempos de barbarie y en la difícil supervivencia del arte bajo un régimen dispuesto a destruirle o doblegarle.
Barnes nos muestra a un individuo atormentado por la culpa, perseguido por sus propios demonios -ahogados en alcohol- que le señalan como traidor, desprovisto de la más mínima dignidad, capaz de someter su propio arte a lo que, creía, eran los designios del Poder, sabiendo que ni aún así jamás podría llegar a estar a salvo de sus veleidades.
El estalinismo produjo decenas de millones de víctimas, muertos en hambrunas y destierros, guerras y paredones. A cambio, produjo también muchos héroes, auténticos mártires, capaces de sacrificar todo en aras de preservar su íntima condición de hombre. Producto del estalinismo son los Solzhenitsyn y tantos otros millares de intelectuales, escritores, músicos, científicos, que prefirieron el martirio de la tortura, la reclusión, el trato inhumano más feroz, antes que doblegarse ante el Poder. Para ello, se necesita pasta. Pasta de héroe, de la que, lamentablemente, la mayoría de los seres humanos carecemos.
Esa mayoría, la masa, fue la segunda gran víctima del delirio totalitario. Seres obligados a delatar familiares, vender amigos, inventar traiciones, rebajarse al grado de ratas de laboratorio para no perder la vida. El Gulag propio, íntimo, el más doloroso.
¿Y qué pinta en todo este frangollo, Ángel Santiesteban?. Trataré de explicarme.
Ángel Santiesteban es cubano, escritor, periodista e intelectual (un cóctel demasiado difícil de compaginar para quienes el destino quiso poner en la Isla después de 1959), y es, desde hace unos años, uno de los rehenes favoritos del régimen castrista, versión caribeña del estalinismo soviético.
Los mismos métodos, los mismos objetivos. Una satrapía vestida de utopía socialista, aunque de ella solamente le queden los jirones, destinada a perpetuar una dinastía corrupta que necesita, para ello, mantener preso del miedo a su pueblo en virtual libertad condicional. Para peor, ayudados por la geografía –se sabe desde siempre que los tiburones son castristas-, y cómo no, la complacencia y complicidad de la izquierda progre del mundo entero.
Rehén sí, porque para secuestrarlo una y otra vez, sin razón ni tiempo ni explicación, se necesita apelar a los métodos predilectos del Poder totalitario: la invención de causas prohijadas por una justicia que es mero brazo ejecutor. Entonces tanto da se le invente una conspiración, la condición de agente del Imperio o de golpeador de mujeres o vulgar estafador. Aunque, llegado el caso, mejor para el régimen de las últimas, porque con ello se le quita al sujeto de la persecución la dignidad de preso de conciencia, para ser, un “delincuente común”.
Si aquél, Shostakóvich, fue el paradigma del individuo rendido al Poder, capaz de dejar de lado toda cuestión moral en aras de sobrevivir, y en Santiesteban es lo contrario, una persona que ha hecho de la resistencia cuestión de fe, sin doblegarse al terror del régimen, ¿cómo y en qué podrían compararse?
La cuestión radica, desde mi punto de vista, en que dentro del Régimen totalitario perfeccionado por el estalinismo, nadie deja de ser víctima. Todos lo son, más tarde o más temprano, pagando con la vida o la libertad unos, con la dignidad otros. Pero todos, un escalón por debajo del Gran Timonel, en peligro de caer en desgracia y ser llamados, mañana o dentro de un año, a la Lubianka donde el terror le mide el aceite a los valientes.
Dedo para abajo y fin de la historia. Y el Régimen necesita de todos. Incluso de los rehenes, porque ellos son el espejo en el cual mirarse para los que no tienen el temple de mártires. Así como Stalin tuvo sus Jrénnikov, con los Santiesteban el castrismo domestica a tantos Prietos y Retamar, como andan poblando tribunas y emborronando panegíricos, temerosos les caiga la condena que ellos han contribuido a señalar en otros. Con los Silvios y Galeanos el régimen les muestra a los rebeldes, que sabe compensar a los fieles capaces de vivir como ratas amaestradas respondiendo a los estímulos del poder.
Quienes hemos crecido y vivido en la “libertad burguesa”, no tenemos autoridad moral para juzgar a unos u otros. No, no la tenemos no habiendo sufrido en carne propia esa disyuntiva a la que Shostakóvich se rindió y a la que tantos otros resistieron aún a costa de cárcel y tortura. Tenemos sí, no solamente autoridad moral sino un deber ético, de reclamar para los otros, lo que es natural para nosotros, y de rechazar en ellos (los tantos Santiesteban) lo que no aceptaríamos para nosotros mismos.
Dice Barnes que Dmitri Dimitróvich, inundado de alcohol y mala conciencia, se quejaba amargamente de los connotados personeros del Stalinismo, como el “bastardo y cobarde” de Picasso, cómodamente repantingado en sus cafés parisinos, exclamando que “qué fácil ser comunista sin haber vivido nunca bajo el comunismo”.
Así las cosas, aunque nos repugnen los loros travestidos tratando de parecerse a los gatos, los seguirá habiendo para vergüenza de quienes prefieren verse colgados de las patas antes que arrancándose las plumas.


