Alberto Garrido: la leve gracia de la escritura

Sobre su legado literario

José M. Fernández Pequeño

jose-m-fernandez-pequeno-dossiergarrido-otrolunes43José M. Fernández Pequeño (Bayamo, Cuba, 1953). Se graduó de Licenciatura en Letras en la Universidad de Oriente, de Santiago de Cuba, centro de educación superior donde en distintos momentos impartió Literatura General, Teoría y Crítica Literaria, Historia del Cine y Cine Cubano. Tiene una maestría en Ciencias de la Educación, mención investigación, por la Universidad de Camagüey, en Cuba, y la Universidad APEC, en República Dominicana. Estuvo entre los fundadores de la Casa del Caribe de Santiago de Cuba, donde trabajó durante 18 años, fundó y editó la revista Del Caribe. Comenzó su carrera de escritor como crítico literario, pero luego se fue desplazando hacia la narrativa y el ensayo. Ha publicado catorce títulos de crítica literaria, ensayo y narrativa. Durante cerca de treinta y cinco años se ha desempeñado como profesor universitario de Literatura, Cine y Comunicación. Gestor cultural, estuvo entre los fundadores del Festival de la Cultura Caribeña, la Casa del Caribe y la revista Del Caribe, en Santiago de Cuba. Fue Gerente de Programas Culturales del Centro León, en Santiago de los Caballeros.

–***–

Alberto Garrido pertenece a la primera oleada de narradores nacidos dentro de la revolución cubana, un grupo numeroso de creadores que comienza a manifestarse con fuerza y pertinencia indiscutibles en los años ochenta, para consolidarse en la década siguiente. Son escritores que crecen en un medio educacional expandido; acunados u observados con recelo (pero, de cualquier manera, estimulados) por los espacios culturales de la época; y cuyo contacto con las técnicas escriturales se produce muy temprano. Esas circunstancias, más el reacomodo de las estrictas políticas culturales que desde el poder habían depredado la década de los setenta y la avidez de nuevos aires en la narrativa cubana de entonces, permitieron a muchos miembros de esta promoción desarrollarse con gran rapidez. Pocos de ellos fueron tan precoces como Garrido.

Ya he contado en otra ocasión mi encuentro con el escritor nacido en Santiago de Cuba y luego trasplantado a Las Tunas y Santo Domingo. Eran los años ochenta, estaba yo como jurado en un encuentro de talleres literarios junto al inolvidable Jorge Luis Hernández, y todavía recuerdo la viva impresión que nos causó a ambos aquel cuento escrito por un muchacho de apenas dieciocho o diecinueve años. Costaba trabajo creer que alguien tan joven hubiera escrito un texto así de maduro, atrevido y suelto. “Este no será, este es ya, ahora mismo, un narrador”, le comenté a Jorge Luis, y el autor de Un tema para el griego me contestó: “Es fácil distinguir a los escritores con talento cuando aparecen porque siempre escogen los asuntos más enyerbados y difíciles”. Aquel cuento era, como ha sido toda la obra posterior de Garrido, un trayecto humano escabroso, un intento muy retador, incluso para alguien con más años de trabajo y un oficio consolidado en la literatura.

Hoy, cuando el tiempo ha confirmado aquella sorpresa inicial, sigo disfrutando en la narrativa de Garrido esencialmente de las mismas cosas que entreví aquella mañana en un hotel del complejo Baconao. En primer plano, su capacidad para trabajar sobre la realidad más palmaria y próxima sin que su desafuero creativo sufra un ápice. Y es así, ante todo, porque Garrido posee una notable capacidad de fabulación, que muchísimas veces copula limpiamente con lo fantástico y lo lúdico, pero que está siempre acompañada de una técnica muy precisa, en ocasiones ejemplar. Si a estos elementos se suma su cultivo de una poesía raigal, es posible entender, primero, por qué sus personajes y conflictos resuenan tan humanos y, segundo, la forma en que su literatura ha podido mantenerse a distancia, tanto del sociologismo que contaminó a muchos de sus compañeros generacionales, como de un cierto barroquismo hueco y artificial, que gira verbalmente sobre sí mismo, alejándose de la penetración en la vida que es para mí la sal y la pimienta del texto narrativo.

Libros como El muro de las lamentaciones, cuentos, o la novela El círculo de los infieles tienen esa corporeidad sutil de los textos que parecen estar siendo creados en el mismo momento que el lector los recorre con sus ojos. Proponen una aventura intelectual cuya profundidad no excluye, sino todo lo contrario, lo apasionante porque nada puede serlo tanto como la necesidad de dialogar honestamente consigo mismo a través de historias marcadas por la riqueza experiencial y el atrevimiento. En este sentido, si es cierto que ya en aquellos años iniciales era posible vislumbrar al autor de La leve gracia de los desnudos, también lo es que la convivencia posterior de Garrido cerca del narrador tunero Guillermo Vidal funcionó para él como un catalizador perfecto. Fabulador de los más altos en las letras cubanas a partir de los años setenta, el Guille era la persona ideal para transmitirle esa fe en la creación que convierte el talento en esfuerzo denodado, único modo de hacer carrera en cualquier ámbito de la vida, mucho más en el arte.

Todo escritor auténtico es un creador que asume el reto de sí mismo. De sus posibilidades, pero también de sus intuiciones afortunadas y sus tremendas caídas. Ese reto se va haciendo, si cabe, mayor para aquellos que comenzaron la carrera literaria muy temprano. A estas alturas, cada paso futuro de Alberto Garrido siempre estará marcado por una implacable y fecunda necesidad de superarse. Estoy seguro de eso.