Divagaciones leves y sin gracia

Sobre la novela La leve gracia de los desnudos

Nelton Pérez

nelton-perez-dossiergarrido-otrolunes43Nelton Pérez (Manatí, Las Tunas, 1970) Ha obtenido importantes premios a nivel nacional en los géneros cuento, novela y poesía. Ha publicado los libros de narrativa: El Viaje (Ediciones Áncoras); Desvaríos mágicos (Ediciones El Abra); Apuntes de Josué 1994 (Ediciones Coliseo de El Escorial, Madrid, España) y En la noche (Ediciones El Abra). Es autor, además, del poemario Soledades concurridas y de la novela El enigma y el deseo (Editorial Letras Cubanas, 2006). Varios de sus cuentos han aparecido en antologías de Cuba y el extranjero. En 2015 obtuvo el Premio Alejo Carpentier de novela con su obra Infidente.

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La leve gracia de los desnudos,(Editorial  Letras Cubanas, Premio de Novela Erótica 1998 “La Llama Doble” y Premio de la Critica 2000) de Alberto Garrido, se me antoja más ser un cuento largo que una novela. Esta historia, estructurada como un cubo mágico, con episodios cortos y de aparente independencia puede hacernos pensar que entre el primer y el último capítulo  el resto de la historia flota en una suerte de andamiaje virtual y paranoico. El relato avanza, sutil y entre líneas. El personaje-narrador va de manera escueta y precisa haciendo una fotografía del mundo circundante, en lo social, por cierto, bastante estrecho, propio del artista que ya a penas vive en sus creaciones. También por esta vía nos lleva a ver sus obsesiones pictóricas y a través de estas que son laberintos comunicantes con otras te muestra una geografía femenina, que irradia erotismo y sensualidad. Siempre contraponiendo el pincel y la navaja. Dos instrumentos que simbolizan más que el bien y el mal, la vida y la muerte, lo eterno y lo fugaz.

Ahora permítanme regresar a que para mí La leve gracia de los desnudos es más un cuento largo que una novela –noveleta, pensarán siempre los que la calculen por la cantidad de cuartillas. ¿Qué me hace creerlo así? Pues, a pesar de que la narración como es de naturaleza –cuasi– obligada en el cuento no tiene el rumbo de una flecha, gracias a su construcción, que en apariencia la disgrega, si podemos sentir el pulso de un experimentado cuentista tras el narrador. No es sólo precisión sórdida de las palabras, su engranaje visceral, su trote germánico por la página, lo que confiere intensidad y tensión, es también el trazo finísimo de los personajes, mostrados más por sus acciones que por una caracterización profunda o descriptiva del autor. Y, si por otras razones, contundentes y no a la vista para mí debiera retractarme, entonces para librarme de la catedrática inquisición literaria me escudo en el término nouvelle, acuñado por los franceses para denominar este tipo de narraciones cortas, de tan confusos y confundibles límites.

Las imágenes son el gran logro de esta obra. El derroche de luz y sombra. Las asociaciones de lo cotidiano con obras clásicas y cuadros naturales. Vemos pintar lo que llama el proceso estruendoso de un dolor de cabeza como:

un espectro de luces vacilantes se abría y cerraba sobre los
párpados”.

En cuanto a la trama y el argumento, debo confesar –ya lo hice a su autor– que por largos meses temí, tuviera ciertos cabos –generacionales y temáticos– con El enigma y el deseo, novela que escribía yo, cuando ya La leve… había visto la luz editorial. En ambas, el narrador es un pintor que ha cometido un crimen y esto es anunciado en La leve gracia de los desnudos, desde sus primeras líneas. Por ello no concluí su lectura hasta poner punto final a la mía. Cuando hube hecho esto respiré tranquilo. Garrido, opina que el erotismo de mi novela es tropical y elegante. El de la suya confieso con sana envidia es un erotismo lírico, de linaje:

Los senos de mamá apuntaban hacia el cielo raso como dos cúpulas y aquella contraluz producida entre su cuerpo y la bombilla formaba, bajo el contorno que remataban sus pezones oscuros, dos lunas de sombra”.

El túnel de Ernesto Sábato, pudo habernos deslumbrado a Garrido y a mí, pero no fuimos sus deudores más que en la coincidencia de que el narrador de nuestras historias, muy personalísimas, fuera un pintor. Los dos pretendimos ser pintores en nuestra niñez, y al parecer a los dos nos fue más económico el mundo de las palabras que el de las acuarelas, oleos, lienzos y pinceles. Desgracia que esperamos invertir en un siglo XXI donde la palabra deba ser mejor cotizada. Hecha esta salvedad, trataré de continuar mis divagaciones en torno al antecedente de este narrador-pintor de La leve gracia de los desnudos. Pienso en Crimen y Castigo, del gran Fiodor Dostoievski. Claro que no por el lenguaje y primera persona utilizada por Garrido que tiene una gran lucidez y madurez que sólo por el ritmo y el tono, enunciador de un trasfondo más que sórdido, nos hace aceptarle una prosa cimentada en un bien digerido Onetti. No, lo que me empuja a Dostoievski es que el personaje de La leve gracia de los desnudos –que Garrido se abstiene de nombrar– es otro Raskólnikov en su tesis, basada en la trágica historia del hombre-idea. Ambos se empeñan en demostrar en su choque con el mundo un experimento  a partir del crimen. En Garrido, lo filosófico es mediante el pincel, el hombre sufre y se esfuerza no importa el precio por palpar la belleza, no importa que el camino sea el dolor, el sacrificio de un semejante. La belleza es tan necesaria al artista (hombre-idea) como el aire que oxigena los pulmones. Los dos personajes son nihilistas, de personalidad superior. Raskólnicov, dice a Sonia Marmeládova:

Si hubiera asesinado sólo por hambre… ahora… ¡Sería feliz!”

El pintor de La leve gracia de los desnudos  agoniza en sus meditaciones:

Siento esa forma implacable del amor y le temo porque huele a posteridad,  a juicio”.

Su propio éxito lo aterra.

Al igual que en Crimen y Castigo, sobre La leve gracia de los desnudos flota un falso aire de policiaco,  que ha mi parecer lejos de hacerle superficial, ayuda a imantar al lector que se lanza página tras página como un sabueso. Hay un detalle de más peso, y es las visitas del inspector, el investigador, del pesquisidor con manos de mujer; el susodicho que sospecha de la culpabilidad del protagonista, lo acecha, incluso para decirle que ya han encontrado un culpable de las muertes, pero le deja ver su incredulidad. El pintor criminal no niega su asesinato, entabla con el inspector que lo vigila un juego neblinoso, como queriendo a ratos ser descubierto. El inspector le aconseja salirse del grupo experimental de sus colegas pintores, luego cierra su exposición y de ello más tarde pide excusas, y hasta se ofrece para agilizar los trámites de visado. A mediados del capítulo V de la tercera parte de Crimen y Castigo, en medio de un diálogo mantenido por Razumijin, Raskólnikov y Porfiri Petróvich, el investigador que le acaba de conocer y desafía con sospechas, Dostoievski, escribió, tomando parte al lado de su protagonista:

–¿De verdad? ¿En pleno delirio? ¡Es inconcebible! –repuso Porfiri, moviendo la cabeza con gesto afeminado.

El narrador insiste una y otra vez en las manos de mujer del investigador. ¿Acaso es sólo que todo artista ve en un militar a un homosexual en potencia, que decide uniformarse y someterse a un régimen de reglas para mantener a raya y en forma su virilidad? Y otro elemento es el río. Raskólnikov, esconde las prendas robadas a la vieja usurera que asesina a la orilla del río y la esposa del pintor de La leve gracia de los desnudos aparece muerta de un tajo limpio de navaja a la orilla del río. La esposa representa la fealdad, la incomprensión que dormía a su lado, el tiempo robado por un matrimonio usurero. Raskólnikov, no es un héroe, el pintor de Garrido tampoco. A pesar de sus éxitos recientes el pintor de La leve gracia de los desnudos, nos hace saber que era pobre, y acaso siempre lo será, por el ambiente miserable en que se movía y que podemos vislumbrar a través del barrio, un reparto de edificios estresantes, una sociedad estanca y cerrada en la que sus amigos, un grupo de pintores han sido aplastados, asfixiados por la censura y la mediocridad de una remota provincia, y ya no crean más que acciones plásticas, performances, experimentos ciegos que no cambian su realidad. Todos parecen ser los habitantes de un pozo, los herederos de la desidia. Raskólnikov, al final de Crimen y castigo se confiesa culpable, y es su conversión al cristianismo y el amor a Sonia Marmeládova su éxito, el triunfo ético, su intento estéril. En el personaje de  Garrido no hay arrepentimiento, las últimas líneas de esta historia nos remiten a las primeras, dejándonos ver que vuelve a iniciarse el ciclo, como un cruel ritual de sacrificios humanos para lograr fertilidad en los lienzos. Pienso que es la “guerra florida” en un México prehispánico, cuando los guerreros aztecas salían a cazar víctimas humanas, motecas, para sacrificar a sus dioses en la pirámide el Teocalli. Pesadilla muy bien recreada en ese cuento maravilloso de Julio Cortazar que es La noche boca arriba o es Jack, el destripador, versión tropical llevada a escala de la ciudad de Las Tunas. Tales se me ocurren podrían ser algunos de los vasos comunicantes de esta novela de Alberto Garrido. Para su pintor asesino y visionario, Dios es esa lucidez pictórica, esos demenciales espejos que el pincel traza para los ojos. Pero es también el diablo quien se asoma a la dualidad sublime de la belleza de los cuerpos femeninos, que en su desnudez afloran en las telas, iridiscentes y terribles. La leve gracia de los desnudos, es la gloria y el infierno de un ser humano, atormentado por un ángel letal y azul, como el que se le cruzó en el camino a su difunto padre:

Una muchacha rubia de ojos increíblemente azules”.

La belleza, y su aliento fúnebre en un lienzo breve, sugerente e intenso como la desnudez azul de un pincel y una navaja.

Así concluyo mis divagaciones y dejo a un costado de mi escritorio, como si desechara un sueño tan vivido como una pesadilla que preferimos no haber contado, la navaja, quise decir mi bolígrafo.