Cordialmente, Monique

Cuento perteneciente a un libro de próxima aparición

Johan Ramírez


Johan Ramírez - Foto: DW

Johan Ramírez – Foto: DW

Johan Ramírez (Venezuela, Periodista venezolano, ejerce de forma independiente desde 2008. Actualmente trabaja para la agencia alemana Deutsche Welle. Inició su formación en la Universidad central de Venezuela, donde realizó la Licenciatura en Comunicación Social y continuó su especialización en Ciencias Políticas en la Universidad de la Sorbona. Ha colaborado para medios en toda América Latina, como El Universal de Caracas, el diario La Nación de Argentina, la revista Avianca de Colombia, Ocean Drive, de Panamá y Puerto Rico, Sala de Espera, de República Dominicana, Food&Travel, de México, y la edición en español de National Geographic Traveler, que se publica en todo el continente. Como fotógrafo ha realizado dos exposiciones individuales en la ciudad de Málaga, España. El cuento que aquí presentamos pertenece a un libro actualmente en preparación, que será publicado este 2020 por la editorial germano-cubana Ilíada Ediciones.

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Cordialmente, Monique

El contenido de aquella carta era particularmente inquietante. Durante los últimos dos años había mantenido con su madre una relación de correspondencia. No la veía desde las Navidades de 2014. Y no porque él lo hubiera decidido así ―en realidad él no decidía casi nada― sino porque su madre no había vuelto a proponerle que viniera a visitarla. Paul era su único hijo. Tuvo dos, pero Samuel falleció a los siete años ahogado en las aguas traicioneras del pequeño lago Walscheid, en las montañas de Lorena. Paul, por su parte, nació con una discapacidad genética de la que nunca se habló abiertamente en la familia. Lo cierto es que padecía ataques de epilepsia y vivía en un estado de perenne lentitud. Era tardo para pensar, para hablar, para entender. Sistemáticamente, cada vez que alguien le dirigía la palabra él respondía un automático ¿Ah?, de manera que todo había que decírselo dos veces. Con frecuencia se perdía a mitad de una conversación, y no era por maleducado o desprevenido, sino porque simplemente algo en su cabeza se desconectaba dejándolo flotando en el vacío de una charla de oficina o de una discusión de café. Por eso en el trabajo lo consideraban poco para los proyectos importantes. Y por eso mismo, en todas las etapas de su vida se fue quedando relegado a los puestos posteriores, porque él no sabe, porque él no entiende, porque a él le faltan pilas: porque Paul es un pendejo. Apenas si terminó el primer año de Derecho. Desde el día número uno supo que jamás podría ejercer una profesión que exigía tanta claridad mental. Y si no abandonó la carrera de inmediato fue porque Paul es lento, de manera que comprenderlo le tomó dos semestres de frustraciones. Pero la característica mayor de su lerda personalidad era que el pobre, como ya se dijo antes, decidía muy poco o nada en su vida. Por alguna razón patológica carecía de la voluntad propia, inherente a la mayoría de los seres humanos, de inclinarse por tal o cual elección. De modo que al hallarse antes dos posibilidades, quedaba paralizado, como sorprendido por una emboscada sin salida. Había tratado el asunto con incontables psicólogos y psiquiatras desde la adolescencia, sin que ninguno hubiera dado con el eslabón que lo mantenía atado en el punto medio de alguna encrucijada interminable. Sin embargo, desde hacía algunos meses un prodigio de nuestro tiempo le simplificaba la existencia cotidiana: WhatToChoose, una aplicación para Android que llegado el momento le decía, guiado por el azar de algún algoritmo inescrutable, qué elegir entre A o B, entre tomar café o té al desayuno, entre almorzar italiano o vietnamita, entre leer o mirar una película, entre ducharse por la noche o dejarlo para mañana. Así lograba esquivar los imperativos sin relevancia: una victoria insignificante pues la verdad es que seguía bloqueado en cuanto al resto de la vida, incapaz de emprender lo que fuera, de tomar una iniciativa personal, de organizar nada a menos que alguien se lo pidiera. Por eso, la razón por la que no veía a su madre desde las Navidades de 2014 era sencilla: porque ella no lo había invitado de nuevo.

Monique Dubreuil, por su parte, había cambiado mucho durante los últimos años. La vejez, pero sobre todo la intempestiva separación, habían hecho de ella una mujer irreconocible. Durante sus cuarenta y ocho años de matrimonio fue siempre irreprochable, esposa diligente, ama de casa esmerada, madre abnegada, servicial, elegante, religiosa. Siempre lamentó haber tenido hijos tan temprano, porque eso le impidió hacer con su marido los viajes por el mundo que desde niña soñó. Admiraba a la gente que hablaba otros idiomas, lo que consideraba como el signo irrefutable de la inteligencia. También a aquellos que podían tocar instrumentos musicales y cantar, o leer libros enteros. Ella no tenía la paciencia para eso. Era de naturaleza curiosa y podía hablar de todo, pero únicamente en francés —había intentado aprender otros idiomas pero las palabras se le enredaban en la boca—, y quedaba muda cuando surgía algún tema de política. Dos cosas le provocaban semejante aversión: uno, era algo que no lograba discernir; dos, era conservadora por convicción, tanto así que no votó hasta 1981 en las elecciones que hicieron presidente a François Mitterrand. Y es que más de treinta años después de que el sufragio femenino fuese autorizado en Francia, seguía pensando que la política era cosa de hombres.

En el 32 Avenue de la Paix, en Estrasburgo, Monique instaló durante casi cinco décadas un mundo cuadriculado en el que todo estaba en su lugar y ella lo sabía. Tenía una suerte de inventario mental que le permitía ubicar de memoria dónde se encontraban los documentos originales del auto, el duplicado de las llaves de la bicicleta de Paul, el ejemplar de Paris Match del 16 de agosto de 1969, donde se anunciaba la llegada del hombre a la Luna, el mantel heredado de la tía Augustine, la crema contra las picaduras de avispas, los binoculares de montaña, las medias de lana para el invierno. Era la satisfacción ilusoria de tenerlo todo en orden, todo a la vista, todo, menos el corazón de su marido. Una noche de marzo de 2010, Benoît le anunció sin preámbulos que se iba de la casa, que la dejaba, que en la gaveta del escritorio estaban ya los papeles del divorcio, que todo había comenzado como un desliz ocasional, pero que desde hacía once años estaba enamorado de su secretaria, y que a estas alturas de la vida le parecía una tontería imperdonable seguir ignorando los designios del amor. Sintió que su matrimonio y que todo lo que hasta entonces era su mundo implosionaba en un segundo. La noticia la devastó. Sobre todo la humillaba el no haberse dado cuenta de que durante todos esos años había habitado una ilusión. Se sintió ridícula, vieja y fea. El destino le tendía con mezquindad el más desleal imponderable. Resistió como pudo, y con la compostura de sus años más severos asumió el nuevo estado de las cosas. Y lo hizo sin piedad: tiró a la basura todo lo que durante cuarenta y ocho años acumuló y que pudiera recordarle la existencia del esposo, incluyendo la vajilla de Limoges que hubiera pertenecido antes a otras dos generaciones, y que debía pasar de mano en mano como un testigo familiar por los siglos de los siglos. También botó los álbumes de fotografías que con esmero había confeccionado la pareja, ordenando las imágenes por año, y los años por meses y los meses por semanas. Hasta del anillo de bodas se deshizo: se lo dejó a un anticuario de la rue Oberlin a cambio de una marquetería de 150×90 firmada por Spindler, al tiempo que negoció a pérdida el servicio de 48 cubiertos de plata de Christofle por trescientos euros y una alfombra persa. Solo conservó dos cosas de toda aquella parafernalia: una instantánea del Benoît de quien se enamoró, joven y tenso en uniforme militar durante su servicio obligatorio en la guerra de Argelia, y el apellido Dubreuil. Y esto último lo hizo más para evitar la engorrosa burocracia del Estado y menos por propia voluntad, o al menos eso fue lo que dijo. Con el marido cortó todo contacto, y lo mismo hizo Paul, herido como la madre tras la revelación del engaño.

Con el dinero que le correspondió por la venta del apartamento de la Avenue de la Paix, Monique se compró un terreno en Molsheim, a unos veinte kilómetros de su natal Estrasburgo. Con ímpetu renovado hizo restaurar la vieja glorieta de dos pisos que allí sobrevivía. En la planta alta dispuso la alcoba con una camita de monja, estrecha y dura con espacio para una persona, y en la pared colgó un rosario de madera, un retrato de Samuelito a los cinco años y una fotografía de Juan Pablo II. En el nivel inferior instaló la cocina, la salita de estar atiborrada de sillas, y el cubículo angosto del cuarto de baño. En total, entre muebles, banquetas y taburetes, en toda la casa podían sentarse 37 personas. Una prueba de cuán ambiciosas eran las aspiraciones sociales de aquella Monique que, haciéndose teñir el cabello de castaño, comenzaba 2011 con una agenda limpia, dispuesta a llenarla con los nombres y números telefónicos de todos los amigos que a partir de aquel año habría de depararle el camino. Finalmente, detrás de la casa compuso un jardincito modesto que prometió llenar de violetas y narcisos cada primavera. Y a la entrada de su nuevo hogar mandó colgar una placa de madera en la que se leía en bajo relieve Gloriette des Anges. Allí estableció su nuevo reino, un matriarcado en soledad donde sin gatos ni perros ni hijos ni marido, ella gobernaba solo para sí misma.

Pero los buenos aires de aquel renacimiento duraron muy poco: al comienzo del verano Monique sufrió una caída que le fracturó el fémur en dos partes, con lo cual debió someterse a una operación que la obligó luego a guardar reposo durante siete meses. A diario recibía la visita de dos enfermeras pagadas por la seguridad social, quienes le daban sus medicamentos, la ayudaban en las tareas básicas de higiene y verificaban los progresos de su recuperación. A cambio de una paga simbólica, la señora Zimmermann, su vecina, se ocupaba gentilmente de traerle almuerzo y cena de lunes a viernes. En tanto que Paul venía a verla desde Dijon todos los fines de semana. Cada vez que se despedían antes de que él regresara a Dijon, le daba un beso en la frente y teniéndole la cara entre las manos le decía: On se voit samedi prochain, n’est-ce pas ?, y entonces él prometía que sí, que el sábado siguiente volvería a visitarla. Y no podía ser de otra manera: él no tenía el carácter para decir que no, ni la voluntad para hacer unos planes distintos a los que ella le imponía. Así fue hasta diciembre de 2014. Tras la despedida su madre rompió el ritual habitual y luego del beso le dijo: On s’écrit ? Y él respondió: Sí, si quieres mejor nos escribimos. Desde entonces comenzó entre ellos esta relación por correspondencia. Ella le mandaba una carta por semana, y él respondía enseguida. Monique le contaba generalidades de su estado de salud, a veces me duele el fémur, ahora me empezó a doler la tibia, me duele la tercera costilla izquierda, siento que tengo arenilla en el páncreas, ayer el médico me ordenó usar un bastón bariátrico para caminar, cuando el tiempo es bueno salgo a dar vueltas en el jardín, las enfermeras vienen siempre, una en la mañana y otra en la noche, son amables pero se quejan porque el gobierno les paga muy mal, no tienen plata, y para colmo una de ellas se está divorciando, la pobre, los hombres son unos cabrones. Un día le escribió contándole la mala noticia de que a partir de ahora la seguridad social solo le pagaría la visita de una sola enfermera. El gobierno dice que no tiene plata, de modo que Valentine viene únicamente por las noches y junto a la cama me deja listas para tomar las pastillas de la mañana siguiente. Ella hace lo que puede… todo es culpa del puto François Hollande, salaud !

Por su parte Paul le contaba los pormenores de su rutina, y al hacerlo constataba con resignación cuán anodina era su existencia: el lunes retomé las sesiones de fisioterapia, hoy me inscribí en clases de chachachá, el psicólogo me dijo que me ha visto mejor que la semana pasada, cambié los bombillos del apartamento por luces ahorradoras de energía, el Departamento de archivos de la planificación urbana de Dijon se mudó a un edificio de la rue du Rosoir, junto al Parque Darcy, y ahora comparto allí una oficina con una muchachita asignada a mi servicio como pasante por tres meses. Qué vida tan aburrida, le contestó su madre alguna vez. En las cartas que ella le mandaba podía reconocerse a leguas el carácter regio que dominó en la Avenue de la Paix. Siempre severo, a veces rudo. Pero en alguna misiva de abril de 2016, Paul sintió que algo estaba cambiando. La releyó tres veces, y en cada vuelta se quedó con el mismo sabor de boca: no habría podido decirlo de otra forma, pero tenía la certera impresión de que su madre, al escribirle en esta ocasión, estaba sonriendo. En las siguientes misivas encontró nuevas y más inequívocas señales: alguna palabra inusual por aquí, algún tono más ligero por allá, la evocación de un episodio lejano, casi rebuscado en los anales de la familia, y la mención repentina de Thatcher, una gata sin pedigrí que había adoptado como animal de compañía: guiños sueltos que aún para Paul, un tipo sin perspicacia, eran la prueba de que su madre estaba cambiando en los estertores de la vejez.

A partir de julio de ese año, Monique comenzó a presentarse como no lo había hecho nunca antes, develando cada semana una faceta desconocida para el hijo: su verbo ligero y despreocupado, su pluma elocuente, su vena narradora. Así le contó eventos familiares que jamás había relatado. Como que de niña, durante el Régimen de Vichy, su familia se vio obligada a comer comida descompuesta a causa de las precariedades económicas acarreadas por la guerra. Le contó que su padre, para la época un empleado de la oficina de correos, terminó uniéndose a la resistencia liderada desde Londres por Charles de Gaulle, y formado a las carreras en las artes peligrosas de los explosivos, cada noche salía a escondidas con una banda de camaradas para volar puentes y destruir caminos, y entorpecer así el avance de los alemanes. Antes de salir, su padre le decía al oído: Si esta noche escuchas que suena Boom, y que la tierra tiembla, no te asustes, porque papá tiene todo bajo control. Y en efecto, un Boom apoteósico la despertaba de golpe en la madrugada haciendo crujir puertas y quebrando los vidrios de las ventanas. Le dijo que tras la liberación por parte de los aliados, su padre recibió de manos del propio Vincent Auriol, primer presidente de la cuarta república francesa, la Médaille de la Résistance, la más alta condecoración otorgada a las fuerzas clandestinas que lucharon contra la ocupación nazi. Paul leyó aquello con asombro, pues nunca antes su madre se lo había contado. Y le extrañó aún más que ni siquiera el abuelo le hubiera relatado jamás el episodio, quien por pura lógica habría sido el primero en contar y volver a contar el mayor honor que habría tenido a lo largo de su existencia. Al contrario, haciendo memoria encontró a Joseph Moineau como siempre lo había encontrado, y no solo en sus recuerdos sino en la vida real hasta el día de su muerte, cuando Paul tenía apenas nueve años: un anciano reposado, redondo, con sus pantalones de cartero y sus tirantes de colores, fumando la pipa en su sillón de funcionario retirado mientras se acariciaba la barba rala y larga de viejo Tolstói. Una imagen que contrastaba radicalmente con esta que su madre le acababa de presentar: la de un héroe de la Segunda Guerra Mundial, intrépido, corajudo y ducho en bombas y cachorros de dinamita.

En otra carta le contó sobre los años locos que pasó yendo de teatro en teatro por toda Alsacia y por toda Lorena con la La Manivelle du Haut-Rhin, que había comenzado como compañía de danza y terminado como cabaret donde volaban plumas y tetas a la luz de las copas de champán. Monique se extendió relatándole cómo, para 1959, la habían nombrado bailarina principal del colectivo y protagonista del número del cancán, baile que la desfachatez del Molino Rojo de París hizo famoso en todo el mundo. Cada noche, el cancán de la Manivelle con Monique a la cabeza servía de colofón del espectáculo que el maestro Hummel, a la sazón director de la compañía, tituló Nuit des songes et de Miss Tère. Ella era Miss Tère, un nombre que combinando el francés con el inglés se prestaba al juego fonético: Miss Tère (Señorita Tere) y Mystère (Misterio). Y subíamos al escenario con nuestros trajes de burlesque. ¡Y cómo bailábamos! Y la gente aplaudía, y nosotras sonreíamos, y las otras muchachas me veían, y yo las veía para que no nos perdiéramos el ritmo, y una pierna, y luego otra, y una pierna, y luego otra, y la música, ¡qué música! Pom Pom Pom Pom, traca traca traca traca traca, Pom Pom Pom Pom, traca traca traca traca trá”. Paul leía cada línea con fascinación. Eran dos cosas las que le maravillaban: la primera, la ansiedad con que devoraba las misivas de su madre, porque estaban tan bien redactadas y le contaban un mundo tan desconocido y al mismo tiempo tan excitante, que se le hacían irresistibles; la segunda, la inverosimilitud de cada historia. Él conocía bien a su madre y sabía de sobra que ella, ni de joven ni de vieja, se habría prestado jamás para semejante espectáculo. Monique, que a los 30 años no respaldó las manifestaciones del célebre Mayo Francés y que usó corsé hasta los 38, ¿bailando semidesnuda a los 21 años, levantando las piernas para enseñarle a quien fuera los encajes de sus pantaletas de utilería? Eso era imposible, como imposible también era que para aquel año, 1959, se hubiera convertido en la bailarina principal de alguna compañía de cabaret que recorría el este de Francia. Primero, porque en aquel año su padre había sido transferido a la oficina de correos de Toulouse, donde toda la familia se instaló y donde ella culminó su licenciatura en Letras, carrera que nunca ejerció. Y segundo, porque si un talento no tenía Monique era el baile, lo cual quedó en evidencia una y otra vez en las numerosas fiestas familiares a las que a lo largo de sus años de serio matrimonio asistió sin poder nunca acompañar a su marido ni siquiera en un vals de tres tiempos.

En las Navidades de 2017 le contó que acababa de hacer bredelés para treinta personas. He conocido mucha gente en los últimos meses. Preparé bolsitas de cinco galletas para cada una, ciento cincuenta piezas en total, unas en forma de arbolitos, otras en forma de estrellas fugaces, otras en forma de Papá Noel, y dos adicionales en forma de ratoncitos para Thatcher. Igualitas a las que hacía cuando ustedes eran niños. Y de nuevo Paul, recurriendo a la memoria distante, no encontró un solo recuerdo infantil en el que comiera por diciembre las galletas de su madre. Fue en aquella misiva en la que notó también que la escritura que llenaba los folios se volvía más imprecisa y temblorosa con cada nueva correspondencia. Sintió ganas de ir a visitarla y así comprobar por sí mismo cómo se encontraba, pero la naturaleza de su discapacidad no le permitió plantearse la posibilidad de hacer el viaje, ni de sugerirle a su madre la idea de un encuentro. Solo sintió ganas de verla, pero nada más.

En la primera carta de 2018 Monique le contó que había pasado el Año Nuevo en el castillo del Marqués de Weisenbach, en las montañas de Baden-Wurtemberg. Paul no había escuchado nunca ese nombre, pero ella se lo introdujo con la naturalidad de quien habla de los amigos de siempre. Y en dos páginas esmeradas le describió el lugar con tanta nitidez que él tuvo la impresión de ver las imágenes saliendo del papel, hasta formarse delante de sus ojos un manoir en miniatura, como una maqueta en tres dimensiones que flotaba ante sí terminada hasta en los mínimos detalles. Es un espacio en el que el tiempo se detuvo, con 26 habitaciones decoradas con refinamiento y un tropel de servidores prestos para atender a los visitantes. En los descansos de la escalera de piedra, en los corredores de las alcobas, en los rincones de la biblioteca, junto a las ventanas del refectorio: por todos lados hay jarrones de China, enteros, relucientes, algunas piezas muy raras que han sido recientemente restauradas: el Marqués tiene una colección maravillosa de sesenta y siete modelos, además de doce espadas de la Edad Media y una loriga de legionario proveniente de la Antigua Roma que ―dice él, aunque yo no termino de creerle― perteneció al Emperador Otón. También le habló del Salón Printemps, donde yacen, rozagantes como si estuvieran vivos todavía, los cuarenta y un trofeos de caza que acumulan los Weisenbach desde jaguares y leones hasta rinocerontes y gacelas. Y con el rigor de un crítico de arte se refirió el llamado Salón de los Hombres, donde conviven eternizados al óleo los diez patriarcas que han gobernado la casa desde 1689 hasta 2013, cuando Herr Konrad Walter falleció a la edad venerable de 111 años, dejando el imperio y el honor del apellido en manos de su hijo Gerhard, ahora convertido en Marqués de Weisenbach, un tipo espigado, de manos largas y finas en cuyo anular derecho lleva siempre el troquel oficial con que el castillo sella sus comunicaciones importantes desde los tiempos en que se fundó el marquesado. Dos cosas le son muy suyas: un pañuelo de seda alrededor del cuello, y una parsimonia elegante que parece bajarle el ritmo a la premura de todas las cosas. Al castillo también vino Monsieur Bessins, el heredero de una larga casta de comerciantes de vino. Es un señor muy particular, con decirte que se viste todavía como si anduviera en 1900, con su traje de paño negro y su camisa de cuello almidonado, una chistera reluciente, esos bigotes con las puntas engominadas, una leontina de oro colgando de la faltriquera del chaleco, y en la mano siempre una copa de Pinot noir servida a la mitad. Posee una cultura admirable, una finura natural en cada gesto, en fin: un caballero, una personalidad deliciosa.

En aquella carta también le habló de Madame Grosmont, duquesa de Leicester, quien igualmente los habría acompañado en las fiestas de Año Nuevo. De ella resaltó su pasión por los caballos, su debilidad por los hombres jóvenes y su avidez por la lectura. Era ella quien le había prestado The Importance of Being Ernest, de Oscar Wilde, y un ejemplar de la primera edición de Brief einer Unbekannten, firmado en la contraportada por el propio Stephan Zweig. Y mientras hablaba del primer texto dejaba colar entre frase y frase algunas palabras en inglés, novel’s core, perfectly heartless, cleverness, e incluso se permitió la citación de un pasaje que le pareció muy acertado: The good ended happily, and the bad unhappily. That is what fiction means. Y cuando se refirió al texto de Zweig hizo lo mismo: me encantó la Leidenschaft con que escribe el autor, hay una cierta Unabhängigkeit de los personajes, te lo recomiendo con los ojos cerrados, además es ist schnell gelesen. Todo aquello daba la clara impresión de que Monique quería decir sin decirlo que había leído ambos libros en su idioma original, algo absolutamente imposible.

Después de varios meses, aquellas cartas se convirtieron para Paul en un motivo de preocupación. No necesitaba contar con las capacidades plenas de su agudeza para deducir que su madre se perdía irremediablemente en los confusos laberintos de la demencia, donde se cruzaban entre sí los pasillos de la realidad con los de la imaginación. También la escritura de Monique dejaba ver que el desgaste no era únicamente mental. Las letras perdían la precisión de su otrora caligrafía intachable, los trazos se habían vuelto débiles y zigzagueantes, los párrafos desordenados, las sangrías irregulares y los márgenes caóticos. Sin embargo, el tono era cada vez más amable, cada vez más distendido y afectuoso, casi cariñoso, era como si en la medida en que por un lado perdía en sensatez, por el otro ganaba en maternidad.

En la carta fechada del 16 de febrero de 2018, Monique le contó sobre los viajes que hizo con Benoît. Tras la luna de miel en Corsa la joven pareja se prometió repetir una aventura similar cada diez años para celebrar así los aniversarios importantes. En 1972 fuimos a Venezuela. Era un país extraordinariamente rico, con un lujo que ni en París habíamos visto, con unos restaurantes que servían las excentricidades más exquisitas del momento: medallones de llama marinados en vino de Burdeos, unas mini tapitas de salmón ahumado con alcaparras servidas sobre una cama de caviar de pez volador, filetes de piraña fresca cocidos en Riesling y aderezados con sal marina y un macerado de hormigas culonas del Amazonas. Y coronando la montaña de Caracas, un hotel de cinco estrellas nombrado en honor a Alexander von Humboldt. Imagínate la ostentación que adentro tenía una pista de patinaje sobre hielo con vista al Mar Caribe. Viajamos a un sitio alucinante llamado el Relámpago del Catatumbo, por allá a mitad del Lago de Maracaibo en el occidente del país. Dormimos en unas casitas construidas sobre cuatro palos en el agua que los locales llamaban palafitos, y pasamos una noche serena hasta eso de las once, cuando de la nada comenzaron a emerger en el horizonte unas ráfagas de rayos que nos cegaban con cada metrallazo: ciento treinta mil voltios que en un instante iluminaban el mundo a nuestro alrededor, todo blanco, todo al descubierto, los peces sorprendidos en el aire a mitad de una pirueta, los pájaros que dormitaban sobre los pilares de alguna extinta barraca, el viejo marinero que se había sentado a fumar su tabaco de hechicero en la barca para no molestarnos con los humos de sus conjuros. Benoît se divirtió contando cuántas centellas caían por minuto, y luego de media hora calculó que en promedio eran unas ochenta, es decir, más de un lamparazo por segundo. Los locales nos explicaban que el fenómeno obedecía a la física producida por los inmensurables pantanos de petróleo ocultos bajo las profundidades del lago, mientras el viejo chamán nos insistió con la sobriedad de los sabios que conocen la verdad, que aquello no era sino el reflejo de la lucha sempiterna entre las fuerzas paralelas de Olodumare y el Diablo. De allí nos fuimos a un sitio llamado Canaima, un lugar sacado de los libros del jurásico, con sabanas infinitas salpicadas de rocas monumentales que parecían haber caído del cielo por aquí y por allá, tal vez víctimas de una explosión inmemorial; y en el horizonte se alzaban esas mesetas que los venezolanos llaman tepuis, unas montañas de paredes verticales y cumbres planas cuyos misterios inspiraron hace un siglo la novela The Lost World de Sir Arthur Conan Doyle. Allí sobrevolamos el Salto Ángel, la catarata más alta del mundo. Lo hicimos a bordo de una avionetica precaria que se tambaleaba incluso con el resoplido de nuestra respiración. Era un cubículo claustrofóbico con espacio para tres personas: parecía más bien un Volkswagen con alas. Venezuela era una nación maravillosa, y mira lo que ha pasado ahora: una banda de delincuentes convirtió a ese país en un burdel.

En 1982 fuimos a Tailandia. Hacía un calor espantoso y tu papá se evaporaba en las calles de Bangkok. Varias veces tuvo que quedarse en el hotel, porque no tenía fuerzas para caminar bajo esos 38° a la sombra. Entonces yo me iba a pasear sola, pero en cada esquina me abordaban las masajistas de mala vida para ofrecerme tratamientos de relajación con derecho a otros favores, haciéndome guiños sensuales que yo evadía con un cortés Kop khun kha. Y viajamos en tren durante dos semanas, al norte, al sur, y dormíamos en unas cabinitas angostas provistas de unas cortinitas para ofrecer privacidad. Por la ventana mirábamos esos paisajes exuberantes, dueños de un verdor tan puro, tan único, tan resplandeciente aún en la oscuridad de las noches más cerradas, que uno sentía que por primera vez estaba viendo la naturaleza de verdad. Y atravesábamos pueblecitos pobres donde se apiñaban casuchas de madera, cinc y miseria. Y el vagón era invadido por un tufo a orines mezclados con tierra mojada… ese olor tan típico de la pobreza. Pero cuando digo que los atravesábamos quiero decir que los rieles pasaban literalmente por la mitad del caserío, tanto que el tren debía reducir la velocidad y entonces salían los vecinos de las casas como una jauría de cazadores detrás de la presa, gritando cuanto podían para atraer la atención de los curiosos que mirábamos a través de las ventanas, ofreciéndonos toda clase de baratijas y objetos y todo lo que te puedas imaginar por un dólar: frutas irreconocibles, arañas asadas, saltamontes empalados, monitos dormidos, máscaras talladas, chales tejidos a mano, tapices de Qom, elefantes de madera, bolsos de cuero, Rolex de mentira. One dollar, one dollar, gritaban. Y luego la calma volvía y uno se dormía, pero al despertar en la madrugada nos encontrábamos con una decena de cucarachas caminando sin orden por el techo, a cuarenta centímetros de nuestra cama, moviendo sus largas antenas como si trataran de hallar el rumbo perdido. Benoît no las soportaba y tenía que dormir arropado de pies a cabeza para evitar que le caminaran por encima. Y sudaba a chorros en aquel tren que hervía entre los vapores de la locomoción y la modorra estancada en las noches sin aire acondicionado.

En 1992 fuimos a Perú. Llegamos antes del golpe de Estado. Uno sentía la tensión política en las calles, pero no podíamos imaginar que al cabo de unas semanas comenzaría en el país una dictadura llena de horrores. Arrancamos nuestro viaje en el norte, en Trujillo, y desde allí fuimos en bus hasta la capital. Para la época el bus era una aventura indecible. Nos tomó 34 horas llegar a Lima: terminamos con las nalgas molidas. Y luego emprendimos una travesía de locos: Pisco, Ica, Ayacucho, Uripa, Cusco, Pisac, Calca, Urubamba, Ollantaytambo, Aguas Calientes, y finalmente Machu Picchu. Fue durante ese viaje que me tatué el árbol en la espalda. En aquel momento Paul detuvo la lectura. Podía aceptar las crónicas imaginadas de los viajes soñados, ya que en el fondo eran relatos agradables que le dejaban imágenes de lugares lejanos y desconocidos. Pero el cuento del árbol tatuado… esa mentira no podía tragársela sin que le causara dolor: era evidente que su madre se precipitaba en caída libre hacia un final desgarrador, la demencia total, el olvido absoluto de la realidad, la ausencia cabal de la mente. El alma le quedó marcada por un domingo reciente en que asistió de voluntario a la casa para ancianos La Providence de Dieu. Fue una actividad organizado por el Departamento de archivos de la planificación urbana de Dijon, una suerte de servicio civil que todos los funcionarios públicos debían cumplir por directivas del gobierno regional. La visita duró apenas cuatro horas, pero suficientes para romperle el corazón. La imagen de aquellos viejitos postrados en silla de ruedas, tirados en una cama, estando sin estar, desorientados en frases ininteligibles, sueltas y sin sentido… eso era algo que no lo dejaba dormir desde hacía dos semanas. No podía evitar pensar que así terminaría Monique tarde o temprano, que pronto sus cartas perderían los últimos vestigios de coherencia, que los relatos se volverían sosos, y que entonces se encontraría leyendo los disparates de una chiflada, hasta que un mal día dejara de escribirle, o lo confundiera con alguien más y en lugar de llamarlo Paul le dijera Jean-Eric, o Francis, o Gastón o Gustavo. Durante los días que siguieron tuvo el humor descompuesto. En las horas de trabajo estaba más distraído y negligente que nunca, y en cambio pasaba las noches releyendo las últimas misivas. Y mientras más leía, más se sentía desconcertado: Monique daba muestras de una pérdida general del buen juicio, y sin embargo escribía con una lucidez y un estilo y un empleo de los recursos literarios que no dejaban entrever el menor desequilibrio intelectual. Eran dos elementos que parecían no encajar. Después de todo, tal vez su condición no era tan grave. De pronto lo asaltó un pensamiento inusual: el 23 de febrero su madre cumpliría ochenta años. ¿Y si la llamaba? La propia idea le alteró el pulso. Él no estaba acostumbrado a este tipo de iniciativas. ¿Cómo podía hacerlo? No era capaz de decidirlo. Aquel pensamiento le quedó rondando en la cabeza, torturándolo, exigiéndole una respuesta. Dos días más tarde, hastiado de tanto acoso, recurrió a WhatToChoose para formularle la pregunta. ¿Debo llamar a mi madre por el día de su cumpleaños? La aplicación se tomó los dos segundos de rutina para que los códigos de su programación encontraran la respuesta: Sí. Cerró los ojos y lanzó una exhalación de alivio.

Aquel viernes 23 de febrero Paul se sentía nervioso, como si tuviera una cita impostergable con la verdad. Esperó la pausa del mediodía, aguardó hasta quedarse solo en la oficina, entonces cerró la puerta, repasó de memoria las palabras que había preparado, las preguntas ingenuas con que pretendía dar los primeros pasos de la conversación, la forma en que abordaría el tema de las cartas, y si la plática no avanzaba como él lo esperaba, le preguntaría sin dudar: ¿Qué te está pasando, mamá? ¿De dónde salen todas estas historias que me cuentas? Tú bien sabes que no existe el tal Marqués de Weisenbach. Escucharse a sí mismo lo paralizó. Era sorprendente cuán lejos lo estaba llevando esta situación, obligándolo a sopesar los hechos, a hacerse juicios de valor, a premeditar la ruta de la llamada que estaba por hacer, algo impensable ante los límites de su discapacidad genética. Levantó la bocina y marcó el número de Molsheim. Del otro lado el teléfono repicó sordamente, una y otra vez, una y otra vez sin que Monique pudiera escucharlo entre el escándalo de la música y las voces que en aquel momento llenaban la Gloriette des Anges. Y estaba tan atareada ocupándose de servir Crémant en las copas de sus invitados, que tampoco sintió cuando en la bolsa de su delantal vibró en vano su celular. Tres días después ella le escribió. Vi que me llamaste. Lamento no haberte contestado, pero tenía mil cosas pendientes. Ese día celebramos mi cumpleaños. Vino mucha gente. Algunas caras que tenía años sin ver. Todo fue una sorpresa urdida magistralmente por El Matador. ¿Te acuerdas de él? Don Arturo Fernández de las Casas, el guitarrista español que Benoît y yo conocimos por casualidad en un bar de Burgos hace dieciséis años, cuando hicimos el Camino de Santiago. Sigue teniendo el talento incomparable de la primera vez. Tendrías que escucharlo puntear el Capricho Árabe. Nada más recordarlo se me vuelven a salir las lágrimas: Dara dara darán, darán darán, darán darandarandarararán.

En la carta le contaba que habían prolongado la parranda hasta las tres de la mañana, y que si entonces apagaron la música fue porque madame Zimmermann vino por cuarta vez a pedirles que dejaran ya de hacer ruido, amenazándolos sino con llamar a la policía. La señora Zimmermann ha envejecido mucho, es como si se le hubiera muerto el espíritu. Pero aquella esquela tenía una novedad insalvable: había sido mecanografiada. Monique le explicó que Lukas Lévêque Pelletier, antiguo director del diaro Les Nouvelles d’Alsace, le había traído una máquina de escribir como regalo. A Lévêque Pelletier no lo conoces. Es un nuevo amigo que me presentó el padre Gaillard. Es un tipo inteligente, un veterano reportero que en los últimos años ha publicado sin éxito un par de novelitas de suspenso, teniendo el buen tino de firmarlas como L. L. P., anticipando así que, en caso de descalabro, no se viera perjudicado su nombre en la prensa. Es una muy buena persona, excelente periodista, pero un pésimo escritor. Si no fuera tan malo te enviaría un ejemplar para que lo leyeras. Y entonces llegó el párrafo cuya irracionalidad superó todos los absurdos anteriores. ¿Sabes quién más vino a mi cumpleaños? El capitán Mapplethorpe. Sé que estarás pensando que es una amistad que no me conviene dada su mala reputación de pirata. Pero sí, tal como te lo digo, el capitán estuvo en la Gloriette y a mí me alegró mucho verlo. Hace dos semanas terminó su última travesía por los siete mares del mundo, y ha vuelto cargado de tesoros, objetos raros y animales recogidos durante su periplo de cuatro años. Llegó como en sus días de esplendor, con su traje de gala rojo, su camisola blanca de cuello Jabot, unas botas impecables de cuero negro y el sombrero de ala grande puesto de medio lado, dejando al aire el fárrago de sus rulos aún olorosos a las aguas y los soles de otros continentes. Y siempre con su risa estrepitosa y el cuento apasionante de una aventura en altamar en la que estuvo a punto de perder la vida, un motín de marineros, un ciclón apocalíptico, o las apariciones de bestias imposibles que asoman sus lomos escamosos sobre las olas trasatlánticas, mientras penan los barcos fantasmas cargados de esqueletos en las noches gélidas del océano Índico. ¿Y a que no adivinas qué me trajo de regalo? Un guacamayo jacinto. Azul como los piélagos más profundos que el capitán ha navegado, e inteligente como jamás he visto otro animal. Con decirte que toca melodías simples en el piano saltando de sostenidos a bemoles, e incluso tipea en la máquina de escribir las cartas que le dicto. Esta, por ejemplo, es obra suya. La epístola terminaba también con una inesperada novedad: Estás invitado a una fiesta que organizo el 10 de marzo en la Gloriette. El capitán Mapplethorpe partirá nuevamente de viaje. Asegura que ha encontrado el lugar exacto donde yace el tesoro de Nuestra Señora del Juncal. Vendrán todos los amigos para despedirlo. Te espero sin falta a partir de 15h. Cordialmente, Monique.

El contenido de aquella carta era particularmente inquietante. Paul no podía entender cómo, en algún momento de la vejez, su madre comenzó a extraviarse por los vericuetos de este derrotero sin salida. Pero en el fondo, la seguía reconociendo. Allí continuaba el carácter inflexible de la Avenue de la Paix, la personalidad regia que no propone ni sugiere, sino que afirma, que ordena, y que aún en el espeso ponto de sus ochenta años expresa voluntades como enunciados performativos que no dejan lugar sino para la obediencia. Eso le daba algo de esperanza, pero al mismo tiempo alimentaba la contradicción entre una persona completamente perturbada que sin embargo conserva intacta la índole de su ser. Para su consuelo, una puerta se abría finalmente: ella lo convidaba a venir a verla, la ocasión que tanto esperaba para poder evaluar de primera mano hasta qué punto habían sido inclementes los embates traicioneros del tiempo. Se preparó con la seriedad que la situación demandaba, y el sábado 12 de marzo a primera hora salió de Dijon hacia Estrasburgo. La compañía de trenes francesa vivía aquel fin de semana una nueva jornada de huelgas que dejaba a medio país paralizado, de modo que Paul debió reservar su viaje a través de una aplicación de autos compartidos. El conductor estaba de muy buen ánimo, y aunque recurrió a una decena de temas de conversación durante las primeras horas del trayecto, no logró entablar con él alguna charla consistente. La verdad es que no tenía ni las ganas ni la prestancia de espíritu para hablar. Al contrario, estaba sumergido en su teléfono celular pues durante la noche anterior le cayó del cielo una idea: cómo era posible que, si todas esas cartas estaban llenas de mentiras escritas por una anciana hundida en la demencia, hubiera en ellas tantos datos a simple vista verosímiles, nombres, acontecimientos, fechas, lugares. Se propuso cotejar en internet el contenido de las últimas correspondencias, y mientras más verificaba más aumentaba su desconcierto: la Médaille de la Résistence sí existió y sí fue el más alto reconocimiento que en su tiempo entregó el Estado francés a sus héroes de guerra, también había existido el cabaret La Manivelle du Haut-Rhin, y encontró el sitio web de la Bodega Bessins, una vieja casa de vinos reputada sobre todo por el primor de su Pinot noir. Efectivamente, el hotel Humboldt coronaba desde los años cincuenta la ciudad de Caracas, y el Relámpago del Catatumbo era un derroche de centellas que caía sobre el occidente venezolano con una potencia de ciento treinta mil voltios por descarga, tal como Monique le había contado. ¿Cómo era posible que su madre supiera que Perú sufrió un golpe de Estado en 1992, o que Gracias en tailandés se dice Kop Khun Kha? De manera que todo lo que había en aquellas cartas descocadas era verificable. Quedó sin palabras.

Protestas a lo largo del camino retrasaron notablemente el viaje hasta Estrasburgo. El gobierno anticipaba un aumento del impuesto al combustible, y los franceses salieron a las calles de todo el país a exigir no solo que se suprimiera la medida, sino que se establecieran mejoras salariales, se decretara un incremento de las pensiones y una mayor inversión social, sobre todo en el sector salud. Monique lo padecía a diario: su enfermera venía cada vez más deprisa, cada vez más cargada de trabajo y peor remunerada. Y Paul lo sufría en la distancia, no solo estaba de manos atadas a causa de su maldita discapacidad, sino que la precariedad de su salario no le permitía tampoco mayores libertades para ayudar a su madre. Llegó a Estrasburgo después de las cinco de la tarde, y luego emprendió una travesía agotadora subiendo y bajando de trenes regionales hasta desembarcar por fin en Molsheim. Eran las seis y cincuenta. Cuando salió de la estación sintió que su ansiedad había atenuado. Estaba a tan solo cinco minutos de la casa de su madre: la proximidad del momento temido parecía devolverle el coraje. Caminó de memoria las calles, atravesó el cauce angosto del río Bruche, cruzó a la izquierda en la calle Maire Wernet, y luego a la derecha siguiendo la angosta rue du Kling, que conducía hasta la Gloriette des Anges. Apenas encaró esa última calle se tropezó por puro azar con la señora Zimmermann. Esta lo miró sorprendida porque hacía mucho que no lo veía. Bonjour Paul, Bonjour madame. Venía precisamente de la casa de su madre. Desde hacía meses también le llevaba de comer los fines de semana. Me alegra que venga: más que nunca su mamá necesita compañía.

Las noches de febrero son frías en Alsacia, y el viento cortante hizo que aquel encuentro se limitara a las cortesías más elementales. Se despidieron y Paul emprendió los últimos metros hasta la glorieta. El tiempo había llegado de afrontar la realidad, aunque cruel fuera. Sonó el timbre… esperó un rato… esperó…volvió a sonar y por fin oyó en el interior un rezongo y la pesadez de unas pantuflas que se arrastraban. La puerta se abrió y entonces apareció aquella viejecita endeble, doblada, apoyada… no, más bien asida como un náufrago a su bastón bariátrico. Tenía los párpados agotados, la piel magra, la cabellera completamente blanca. Carecía del aplomo de otrora, ese garbo con que alguna vez estableció un reinado familiar donde todo menos ella era prescindible. Ahora, aquí estaban los restos de lo que un día fue. Paul le dio un beso en cada mejilla y pasó. El descuido dominaba la Gloriette, olía a guardado, había objetos y papeles tirados sin orden. Allí estaban todas las sillas que recordaba de la última visita, todos los muebles, el sofá, los taburetes, las banquetas de madera: todas vacías. Llegas tarde, la fiesta terminó. Él le explicó las causas de su retraso, los trenes cancelados, las manifestaciones en las carreteras, el trayecto caótico. Todo es culpa de Macron, respondió ella, salaud !

Paul se sentó y comenzó a mirar en torno suyo. Era desolador. La pasamos muy bien, vinieron todos mis amigos, y el capitán Mapplethorpe se sintió muy querido. Paul la escuchó sin mirarla, no tenía corazón para encarar tanto dolor. Entonces lo sorprendió un absurdo pensamiento: habría preferido que todo fuera cierto. Sí, habría querido llegar y escuchar desde la calle el barullo de muchas voces provenientes de la casa de su madre, y el campanear de unas copas que brindaban por este o por aquel. Habría querido que al tocar el timbre la puerta se abriera y tras esta no apareciera la imagen enclenque de Monique, sino la de un hombre de aspecto inmaculado, vestido de paño negro, con los bigotes engominados, un sombrerito de principios del siglo XX y una copa de vino en la mano. Que no fuera ella quien le dijera que llegaba tarde sino él, Meurice Bessins, el heredero de la Bodega Bessins, quien mirando la hora en su leontina de oro le dijera Se ha perdido usted buena parte de la fiesta, pero llega a tiempo para un Pinot noir. Adentro habría querido encontrar todo lo que no estaba allí ante sus ojos, una multitud de pie, todas las sillas ocupadas, la Gloriette a reventar, y así, mirando en derredor, reconocería uno a uno a los invitados. Sería fácil identificarlos: verlos sería como releer las descripciones vívidas de las cartas de su madre. Sí, allí, mira, allí está madame Grosmont, la duquesa de Leicester con sus botas de jinete y en la mano un poemario de Rilke; el flemático marqués de Weisenbach, un metro noventa y tres de pura elegancia, con un plastrón de seda en el cuello, y al estrecharle la mano sentiría la solidez del troquel de oro de las correspondencias del castillo; y allí, sí, allí está con sus anteojos de marco dorado y su chaquetica de reportero Lukas Lévêque Pelletier, el patético L. L. P., que basta verlo para intuir que puede ser muy bueno en muchas cosas pero sin duda un malísimo escritor; y de fondo se escuchan como pinceladas los acordes de una guitarra, y allí está con su escabel y su capo y su instrumento reluciente El Matador, don Arturo Fernández de las Casas interpretando con arte y sin esfuerzo Recuerdos de la Alhambra; y reconocería también al padre Gaillard que va en camisa clerical, y al maestro Hummel, convertido ahora en un anciano venerable que con un gesto de reverencia dejaría ver que no ha perdido todavía, ni siquiera a los 108 años, un ápice de la soltura con que dirigió en sus tiempos los montajes ambiciosos de la Manivelle du Haut-Rhin. Con toda el alma habría deseado que aquellas visiones de desespero fueran ciertas, y que entre el tropel de invitados apareciera el controvertido pirata, soberbio con su sombrero rojo, oloroso al Mar de Tasmania, con una sonrisa amplia y la tez tostada por los soles de todas las latitudes, y los pelos alborotados y los ojos agudos que han visto lo que muy pocos. Capitán, le diría inclinando la cabeza, y este le haría un saludo de marinero con su garfio de plata. Y solo entonces escucharía la voz de su madre, firme, sólida, entera, rodeada por una camarilla de curiosos que admiraba el espectáculo inaudito de la hora del dictado. Frente a ella, el guacamayo jacinto lanzaría picotazos sobre las teclas de una antigua máquina de escribir. El pajarraco giraría la cabeza para mirarlo con su ojo derecho, y entonces Monique se levantaría de un salto para abrazarlo con los brazos enteros de los años lúcidos de épocas que se marcharon para no volver nunca más. Pero no, nada de eso había ocurrido. La verdad, irrebatible y lacerante, es que la casa estaba íngrima y que a su lado ella permanecía en silencio, reducida a unas carnes enjutas y a un jadeo lastimoso. Paul seguía mirando en torno suyo con avidez, buscando algún indicio apodíctico, la prueba aunque fuese minúscula, aunque fuese subjetiva, aunque fuese forzada, ya daba lo mismo, pero la prueba al fin y al cabo de que aquellas cartas estaban llenas de verdades, que su mamá no se había vuelto loca, que no había inventado nada, que la vida no se le había convertido en este señorío de desamparo, sino todo lo contrario, qué diablos, que todo cuanto le había contado en aquella colección de epístolas había existido. Pero no encontró nada, ni una guitarra olvidada, ni una estola de cura, ni un casco de equitación, ni un libro en alemán, ni un libro en inglés, ni un libro en el idioma que fuera, maldita sea, nada, ni un sombrero de pirata, ni un grano de sal sobre la mesa, nada, nada, ni una pluma azul tirada en el suelo, ni una cagarruta reseca de pájaro, ni un solitario comedero para gatos. Aunque fuese un bredelé en forma de estrella le habría bastado para dar por sentado que todo era verdad. Aquello era inaceptable: otras madres podían sucumbir ante la demencia, víctimas de la melancolía, pero no la suya, y en cualquier caso las historias de aquellas cartas eran después de todo hermosas, emocionantes, estaban llenas de la alegría de haber vivido y de seguir viviendo, un gozo ausente ahora, y no solo en la Gloriette esa noche, sino ausente en estas vidas desde hacía mucho, en la suya y en la de Monique, sí, desde hace mucho, tal vez desde que el imprudente Samuelito se hundió, asustado y solo, en las aguas perras del lago Walscheid. De modo que esas cartas, esos recuerdos fantásticos, no podían ser falsas. Serían ciertas, pues, ciertas, aunque sus verdades fuesen a existir solo para ellos dos. La mano trémula de su madre sostenía la empuñadura del bastón medicinal, y Paul, iluminado por una clarividencia divina recordó el pasaje perdido de alguna misiva lejana en la que ella le contó que tras la lesión del fémur el médico le prescribió la muleta. Esa era entonces la prueba solicitada. No hacía falta nada más. Allí, una verdad, ¡una verdad! Expiatoria, salvadora, liberadora. Finalmente la miró, y eligió lo que quería creer, investido ahora de una resolución que no había tenido nunca antes en la vida, dueño por vez primera de su propia voluntad. Se sentía emancipado de toda preocupación y convencido de que la vida no es un destino que se nos impone, sino una página en blanco que hasta el último segundo tenemos la potestad de escribir como nos venga en gana. La miró, la rodeó con su brazo, y le hizo la pregunta más dulce, más cargada de amor y más redentora que hubiera podido hacerle jamás: Cuéntame mamá, ¿cómo está tu amigo, el Marqués de Weisenbach? Los ojos de Monique se llenaron de lágrimas y su cuerpo pareció recobrar un aliento sagrado. Lo miró con ternura, con agradecimiento, con complicidad, y con una sonrisa que convirtió en polvo el peso de sus ochenta años recién cumplidos contestó: Está bien, muy bien, y te manda muchos saludos.