Ismael Sambra (Santiago de Cuba, 1947). Santiago de Cuba, 1947. Fue un fundador del primer grupo de escritores y artistas independientes cubanos conocido como «El Grupo». Autor prolífico en los géneros de poesía, cuento, crítica, artículos y ensayos. Ha sido traducido a varios idiomas. y ha publicado, entre otros libros, Las cinco plumas y la luz del sol (cuento para niños), Hombre familiar o Monólogo de las confesiones (poesía), The art of growing wings (cuento para niños), Los ángulos del silencio (Trilogía poética), Vivir lo soñado (cuentos breves), Bajo lámparas festivas (poesía), El único José Martí. Principal opositor a Fidel Castro (ensayo), The five feathers (cuento para niños), L’histoire des cinq plumes (cuento para niños), El color de la lluvia (relato para niños, edición bilingüe), Cuentos de la prisión más grande del mundo (cuentos para adultos), Family man (poesía), Queridos amantes de la libertad (periodismo), Monologue des confessions (poesía, edición bilingüe). Es co-autor de la selección Cuentos erróticos (cuentos para adultos). Es Académico Correspondiente de la Academia de Historia de Cuba-Exilio y Miembro de Honor del PEN Club de Escritores de Canadá. Más información: www.SambraFamilyArt.com
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Allá ustedes si no me creen
Los que te tienen, oh libertad, no te conocen. Los que no te tienen no deben hablar de ti, sino conquistarte.
José Martí
…No se confundan conmigo que los hombres somos parecidos pero no iguales…
Dijo muy serio alzando más la voz para que todos oyeran. Dijo, y siguió repitiendo después con diferentes palabras a medida que contaba su historia como si fuera el estribillo de una canción.
…Eso fue cuando yo trabajaba como operador de calderas del central de Santa Cruz del Norte en La Habana. Y más nunca lo olvidé, porque perder por aprender nunca es perder…
Tenía una forma de narrar bastante coherente a pesar de su inseguridad. Su voz era algo engolada, pero limpia, con alguna resonancia de bajo, sobre todo cuando sacaba frases de su archivo personal.
Yo estaba sorprendido por su repentina inspiración, porque era un hombre de poco hablar. Tenía unos 35 años y exhibía ya una graciosa calvicie con un solitario y encaracolado moñito negro en el centro de la cabeza, casi pegado a la frente. Dormía cerca de mí, arriba, en una litera de hierro, de dos camas forradas con sacos de azúcar prieta, sin colchón, sin almohada, y con la única muda de ropa que tenía, que era la misma que llevaba puesta el día que lo trajeron de nuevo a la prisión; porque no repartían uniformes, que por la escasez, que por el bloqueo, que por el “Período especial” que se estaba viviendo…
Usaba unos botines de cuero negro, semirotos, que no se los quitaba ni para dormir. Y se tapaba con un pedazo de saco prieto; porque la única sábana que le entregaron sorpresivamente, ante la inminencia de una inspección de la provincia, se la había cambiado a otro preso por un jarrito de azúcar y un pedazo de pan. «Yo estaba amargo, reeducador», explicó cuando el jefe del destacamento, un negro gordo de dientes parejos, le preguntó que por qué había vendido la sábana. Y “estar amargo” quería decir en el lenguaje presidiario «que tengo hambre, que no aguanto más».
El reeducador interpretó la frase sincera como un chiste de mal gusto, y todos rieron menos él. La trágica realidad que vivían los prisioneros la veía como algo natural. Y por el chiste destemplado y el “chiste” de cambiar la sábana por comida, el infeliz fue enviado a la celda de castigos donde los enormes mosquitos y el cemento frío masacraron tanto su mente débil como su cuerpo desnudo durante cuarenta y dos días de aislamiento y oscuridad. ¡Pobre animal!
… Nos fueron a buscar para arreglar la caldera de la fábrica de ron de Santa Cruz, La Ronera como le decían…, imagínense, allí estaba todo el ron de Cuba y desde que llegamos fue tomando y tomando sin parar hasta la borrachera total…
Mientras narraba, se ajustaba inquieto el puño de la manga como si quisiera abotonarla. Pero me di cuenta enseguida que su camisa no tenía botones en ninguna de las dos empuñaduras. Sin embargo, insistía nerviosamente en la operación.
Todos escuchábamos incrédulos su historia, porque pensábamos que él tenía ciertos trastornos mentales. Incluso, los que dormían en el suelo, entre litera y litera, y aun bajo las literas (porque era demasiado el hacinamiento), también lo atendían con aire de ingenuidad, semiocultos en la penumbra creada por la débil luz del único bombillo colocado en el mismo centro del pasillo central.
Se hacía llamar Chichi Molina, aunque también respondía cuando le llamaban “loco”. A mí no me parecía ni muy muy ni tan tan. Pero después que me contaron que rompió una teja del techo, aprovechándose de uno de los reiterados apagones, no me cupo duda de que tenía que tener algo de loco; porque había que estar loco para intentar fugarse de allí.
La prisión, tipo campamento, tenía cuarenta literas de dos y de tres camas alineadas a ambos lados para formar un pasillo largo y estrecho. Las paredes eran de bloques y estaban pintadas con cal. El piso, de cemento gris sin mucho pulir. El techo, de palos de monte y tejas delgadas de fibrocemento, sin ninguna seguridad, como invitando constantemente a que lo rompieran. Realmente todo invitaba a la fuga. Al parecer cualquiera podía escapar.
Cuando rompió la teja y logró salir, brincó después una tapia de concreto de más de tres metros de altura que encerraba, en un gran cuadro, a los cinco campamentos de la prisión. Todo podría salir muy bien de no ser por las postas o garitas ubicadas en cada esquina y cada cincuenta metros, con hombres siempre alertas y armados de ametralladoras AKM las 24 horas del día. Evidentemente podían meterle una ráfaga a cualquiera; porque tenían orden de tirar a matar, y no era ningún alarde para crear temor, ya que habían matado recientemente a dos en el intento, el Día de las Madres del año 1993.
Cuentan que por la mañana recogieron los cadáveres y los metieron en las cajas que trajeron dos carros fúnebres. Dos muertos que nadie pagó; porque el homicida, un tal sargento Chacón, fue ascendido más bien a subteniente y a plantilla fija del orden interior, dicen que para evitar que los familiares de las víctimas lo lincharan en la calle después que terminara de cumplir sus dos años de Servicio Militar General.
Chichi Molina se jugó la vida y por poco la pierde en el juego; porque las balas le picaron muy cerca, y lo salvó la suerte más que la oscuridad. Pero fue inútil; porque fueron ingenuas sus intenciones; porque se dejó coger pocas horas después, sentado como un santo en la sala de su casa, mansito como un pollo, en los momentos en que se tomaba un plato de sopa como si nada pasara en el mundo.
No opuso resistencia alguna cuando lo sorprendieron. Y eso precisamente fue lo que lo salvó. Tenía que estar demasiado desesperado o muy loco para después de tales riesgos irse a sentar donde seguro lo irían a buscar. Y mucho más aún para llevarse una calabaza en la escapada, de esas sembradas en el patio y que él había divisado desde la ventana, dijo que para la sopa que pensaba hacer cuando llegara, porque «pensé que en mi casa no había nada que comer», dicen que dijo, y me dijo lo mismo a mí cuando le pedí que me contara la historia que a casi nadie quería contar. ¡Increíble!
…¡Y qué clase de borrachera cogí, señores! Ya les digo, allí estaba todo el ron de Cuba, y mientras más tomaba, más quería tomar; porque era buen ron y no cualquier aguardiente de caña…
Cuando comenzó su relato, no le presté mucha atención; yo estaba terminando de escribir mi cuento “Pequeño análisis de dos opositores en prisión” a pesar del constante escándalo, y me había quedado muy angustiado con el final. Pero cuando empezó a hablar de los principios del hombre y de que somos parecidos pero no iguales, fue que comencé a atender su explicación; porque pensé que para algo podría servir su historia.
…Tomé ron de varias clases, hasta coñac de siete y nueve años, de esas que son sólo para la exportación, de las que son así aplastadas…
Hizo el gesto con las dos manos indicando el tamaño y la forma de la botella, abandonando momentáneamente la acción de abotonarse las mangas sin botones.
… Y en la borrachera que cogí, no sé qué me pasó, ni por qué me llevé una caja de ron…
La fábrica quedaba muy próxima de la desembocadura del río, y la cerca del fondo estaba muy pegada al mar. Dijo que amarró la caja con unos pedazos de poliespuma para que flotara y que la tiró después al mar por encima de la cerca.
…Pero me había visto el CVP que vigilaba la fábrica y después que me dormí y refresqué, el CVP me llamó aparte y me lo dijo…
El CVP: Estuve esperando que fueras a recoger la caja para cogerte con las manos en la masa; pero te voy a dar una oportunidad, carajo, que no me gusta meter preso a nadie y menos por esa mierda.
…Cuando me dijo así me quedé frío y reconocí mi culpa. Le dije que me perdonara, que eso fue producto de la borrachera, compay, tú sabes cómo es eso, que uno no sabe lo que hace cuando está así…
El CVP: Bien, ve y búscala y ponla nuevamente en su lugar, que yo me voy a hacer como el que no he visto nada. Eso queda entre tú y yo por esta vez.
…Era buena gente el tipo y parece que le caí bien. No estaba para eso, como otros, para hacer el daño, para no entender. Entonces crucé la cerca y me metí en el agua hasta el cuello…
Narrador: Pero la caja como era de cartón se rompió. ¡Lógico! Y las botellas se regaron, y en el momento en que Chichi Molina las estaba organizando en la orilla para poderlas cargar…
Chichi M: …me cogió el jefe del personal en pleno movimiento y con las manos en la masa. Pero yo le dije la verdad, de que me iba a llevar la caja…
Narrador: …pero que el CVP vio todo y le dijo que la buscara, que me voy a hacer el de la vista gorda —le dijo—, que no había problemas si la ponía otra vez en su lugar. ¡Entienda, por favor, que a cualquiera le puede suceder en una borrachera!
Chichi M: …Que fue cuestión de la borrachera, que yo no soy un ladrón, señor.
Narrador: Pero el hombre no entendió; porque no son todos los que comprenden y más bien algunos gozan con chivatear y asegurarse en sus puestos como defensores de “las propiedades del pueblo trabajador” y poder en el futuro conseguir un carnet de comunista; porque se ganaron así la confianza del partido como fiel servidor. Pero son ellos los primeros ladrones, los jefes, los del partido y hasta los CVP…
Chichi M: …Que yo no soy un ladrón… seguro que no…
Narrador: Así fue que se lo llevó detenido y lo acusó por robarse una caja de ron y como probable autor de todas las que hasta la fecha se habían robado. ¡Jamonero! ¡Extremista! ¡Oportunista! ¡Maricón…! Aprovechaste para incluir todas las que te habías robado tú…
Chichi M: …Me sentí mal con lo ocurrido, porque yo no tenía necesidad de hacerlo…
Narrador: En el central donde él trabajaba tenía todo el alcohol que quería, porque allí mismo se fabricaba de la caña de azúcar, y mientras hacía su trabajo en la caldera se la pasaba tomando sin ningún problema…
Chichi M: …Yo les digo que fue cuestión de la borrachera, porque en la casa tenía ron, y también alcohol del central y yo no lo vendía en el mercado negro. De verdad que fue la borrachera. Yo nunca me había llevado una caja de ron, sólo algunas botellas de alcohol del central, cuando más, y eso todo el mundo lo hacía, para eso nos reventábamos trabajando, y en la tienda no había para comprar…
Narrador: Y se pasó una semana sin ir al trabajo.
Chichi M: Por la pena que sentía, director…, por eso…
Narrador: Y se le metió en la cabeza pedir la baja.
Chichi M: Mi mujer fue la que me salvó la situación, porque yo tenía mi mujer. Ella fue a hablar con el director y le contó lo que me ocurría y en el estado de desesperación en que yo me encontraba…
Narrador: Entonces el director lo mandó a buscar.
Chichi M: …Y cuando fui ya había roto los papeles de la acusación y me dijo que no tenía por qué sentirme abochornado, porque cualquiera comete un error. Y se me puso él mismo de ejemplo.
Director: Mira, cuando yo era jefe del personal de esta fábrica, tuve que celebrar los quince de mi hija, y me llevé un tanque plástico lleno de ron. Imagínate que la botella estaba a ochenta pesos en el mercado negro, y no era todo el mundo el que se podía empatar con una. Pues esa vez me cogieron en el brinco, como se dice, con las manos en la masa. No me acusaron, pero me castigaron y estuve seis meses trabajando y ganando como auxiliar de limpieza hasta que pagué todo. Yo me sentí muy mal, porque uno no es un ladrón. Ya yo era militante del partido y secretario del núcleo y me llevaron suave por eso, porque me arrepentí de lo que hice y me autocritiqué. Yo no debí haber hecho eso, claro; pero no tuve más remedio, porque de lo contrario no hubiera podido celebrar la fiesta, y sólo se cumple quince una vez en la vida. ¿Me entiendes?
Narrador: ¡Claro! Porque la necesidad obliga… porque todo lo exportan… para la obtención de divisas… ¿y para el pueblo qué, eh?, nada; porque aumenta cada vez más la escasez…, ¿verdad?
Director: ¡Claro!, eso estuvo mal, porque nadie debe coger lo que no es suyo y lo que no nos dan. Mejor es pedirlo, uno se puede siempre arreglar.
Narrador: ¡Seguro que no hay que robar!, por mucho relajo y descontrol que veas a tu alrededor. Pero, yo no entiendo eso de “arreglar”, explícate, cómo es eso de que «se puede siempre arreglar».
Director: Sí, el cubaneo, ya sabes. Y mira, pasó el tiempo y ahora soy el director, y nadie se acuerda de eso, porque yo he sabido enmendar mi error. Yo sé lo que es la necesidad. ¿Me entiendes? Cuando tú quieras ron me vienes a ver que yo sé cómo arreglar las cosas. Hoy por ti y mañana por mí.
Narrador: Y le regaló allí mismo una botella de ron de exportación, de esas que tenía para resolver sus ne-ce-si-da-des y las necesidades de los amigos…
Chichi M: …Yo la cogí porque insistió en eso, en que yo la cogiera, y que vi que el hombre me había tratado bien y me había hablado como a un hijo; pero no me la tomé. Yo no me tomé esa botella ni ninguna más en mi vida. Todavía tengo mi vicio del cigarro, pero de ron no, y el cigarro en cualquier momento lo dejo también; porque uno se cansa de estar recogiendo colillas y brevas del piso…
Narrador: Porque los presos no tenemos dinero para estar comprando cigarros en los precios exagerados que nos lo venden, porque nos han condenado a muchas cosas más que a privación de libertad…, nos condenaron a cosas que no estaban escritas en la sentencia.
…Yo no he tomado más desde esa vez, señores, créanme, no me miren así. Al principio me lo impuse como castigo y me acostumbré. Ya hace tres años y no tomo más, porque tengo vergüenza. Se les juro que es la verdad, porque los hombres somos parecidos, pero no iguales…
Quizás en esto último exageró, en eso de que más nunca en su vida se tomó un trago. Pero lo dijo con tanta seguridad que se le aguaron hasta los ojos, y yo al menos me lo creí. Porque no hay que estar dudando de la palabra de un hombre cuando habla así, sin más ni más, por sólo hablar, sin cálculos de que si gana o pierde.
—¡Ah, pero deja esa descarga, loco —le dijo Vitín, un preso que presumía de guapo y tenía avasallado a muchos en el destacamento—. ¿Qué tú no has tomado más? Sí, sí, sí…, me imagino que leche de mi-pa-lo.
Y se agarró los güebos con las dos manos por encima del pantalón como para reafirmar a qué palo se estaba refiriendo. Y todos soltaron una estruendosa carcajada.
—Pero miren, si hasta cara de borracho mamalón tiene… —dijo Güancho, un jovencito demacrado y ojeroso que le lavaba los calzoncillos a Vitín.
—¿Entonces, te metieron preso por gusto…, loco? —preguntó irónico el mandante, alto, de brazos fuertes, que había matado a martillazos a su mujer, porque pensaba que le estaba haciendo brujerías. Era un individuo muy raro, porque se la pasaba dibujando constantemente a lápiz cuerpos femeninos con círculos y espirales alrededor. Pensé escribir algo sobre él, pero era muy hermético, muy taimado, hasta en la forma de caminar.
—¡Claro!, por gusto no, fue porque ayudó a una vieja a cruzar la esquina para que no la arrollara una guagua… ¡Mírenlo, un santico, el niñito mamalón! —puntualizó Vitín con sorna, con una mueca que le desfiguraba más su rostro desfigurado por una enorme cicatriz.
Todos se burlaron. Todos menos yo.
Vitín aprovechó para hacerle un gesto de complicidad al mandante del destacamento. Quería quitarle el puesto, adueñarse del mando, pero le temía. Había ganado fama de bugarrón y destructor de menores, y también de chivato, de ser informante directo del teniente Ramoncín, jefe del orden interior, quien utilizaba a elementos como éste para sembrar la desconfianza y tenernos controlado.
No valía ni medio. Me cayó mal desde siempre. Se hizo el chistoso, el figurín, el centro, ensañándose a gusto precisamente con el más infeliz.
Chichi Molina titubeó indefenso y se le vio como acorralado, al borde de la asfixia frente al ataque. Pero nada podía hacer. Nadie podría contradecir. Todos buscaban siempre a alguien con quien poder divertirse, con quien poder hacer alguna fiesta. En realidad no había otra diversión.
Después de su inútil y sorpresiva historia, empecé a mirarlo con otros ojos; porque “el loco” tenía más concepto y más moral que muchos de los que se le burlaban en su propia cara. Empecé a mirarlo diferente, como algo digno de apreciar. No como al preso escurridizo y silencioso que parecía ser, por eso de no querer hablar con nadie y pasársela todo el tiempo encaramado en la litera con los ojos pegados al techo, esquivando cualquier conversación.
Cuando le preguntaban que cuántos años le habían echado, solía responder «a mí lo que me queda son unas horas aquí». Pero ya habían transcurrido cinco meses desde que lo trajeron y lo metieron en la celda de castigo después de una soberana paliza.
Yo compartía algunas golosinas con él, de esas que mi esposa me llevaba, cuando se lo permitían, con las cuales podía aliviar en algo mi hambruna; pero él casi nunca me las aceptaba. Su orgullo era más que elemental.
Pocas veces su madre, anciana y enferma, lo iba a ver, y él se conformaba con nada. Su delgadez era cada vez más extrema y más preocupante. Aunque la desnutrición era generalizada, en algunos se acentuaba más. Él no aceptaba nada, ni de mí ni de nadie. Era un personaje bastante complejo, que sufría solo su soledad; pero que presumía frente al imperativo de tratar de sobrevivir en las miserables condiciones de vida del cautiverio.
Fueron muchas las veces que lo vi comer ramas de verdolaga que recogía en las zanjas del patio en las ocasiones que nos sacaban a coger el sol. Él, sin ninguna pena, se las comía después de picotearlas en su plato y echarle tal vez un poco de sal. Algunos lo imitaban o él imitaba a algunos, pues no se sabía quién inició primero la acción. Algunos se burlaban, pero él siempre respondía sin titubear «peor es meterse a maricón para comer».
«Sí, es mejor que coma hierba como los animales antes que se ponga a robar o caiga en el descaro de la sodomía o se ponga a hacer pajas nocturnas por un poquito de azúcar o un pedazo de pan». Decía yo con rabia para defenderlo, para justificar su determinación.
Chichi Molina nos había relatado un pasaje de su vida sentado en su litera como actor supremo, debajo del bombillo, y su rostro se hizo casi espectral. Sus palabras fueron un sorpresivo acontecimiento para mí que nunca lo había visto tan elocuente. Casi ni hablaba, ni siquiera para quejarse de alguna extraña fiebre o de las condiciones infrahumanas que sufríamos. Yo sí. Yo siempre se las restregaba en la cara de los funcionarios que nos visitaban, para que supieran que a nadie podían engañar con el truquito del “bloqueo yanqui…” en sus intentos de justificar las desgracias del país. Chichi Molina no, él parecía estar como ausente. Sólo a veces se le oía silbar o canturrear “Himno al amor” imitando la fina voz de Demis Roussos, o algunos versos sobre el brillo del sol, creo que inventados por él.
Chichi Molina se había quedado como alelado y endeble frente a las burlas. Cualquiera hubiera estallado frenético ante semejante conspiración. La veracidad de sus palabras había quedado cuestionada. Por eso se me quedó mirando indefenso, confundido, sin saber qué más podría hacer o decir.
Había enflaquecido más aún. Sus ojos oscuros y brillosos parecían salírseles de las órbitas por la inquietud y por el contraste que hacían entre sus pómulos abultados y sus mejillas flácidas y hundidas. Entonces, engoló más la voz y dijo con indiferencia, estirando las palabras antes de ponerles el punto final.
—¡Allá ustedes si no me creen…!
Y se acostó bruscamente y se tapó con el saco prieto hasta la cabeza a pesar del insoportable calor, porque apenas había ventanas en el infierno.
¡Ah, Chichi Molina!, llegué a cogerte afecto y hasta un poco de lástima. Sobre todo después que empezaste a querer salir por la puerta, como si la puerta de la prisión fuera la puerta de tu casa.
Cuando uno menos lo esperaba, cogía su vasito y su plato plástico, como únicas pertenencias, las echaba en un bolsito y se sumaba a la fila del comedor. Sólo que él no llevaba intenciones de ir a comer, sino de seguir de largo hasta la salida donde siempre vigilaba con su ametralladora un centinela.
El sargento Petillo y el teniente Chacón lo llamaron para detenerlo, pero Chichi Molina pegó una carrerita sin mirar atrás. Y el mismo Chacón, que mató a dos que intentaban escapar, corrió, lo alcanzó y le cayó a bastonazos ensañándose a gusto con el ridículo fugitivo. Demostraba una vez más su franca vocación de esbirro al aprovecharse de la buena oportunidad que se le había presentado.
Otra vez Chacón, el mismo Chacón practicante del invento de esposar a los presos en las cercas del patio y dejarlos colgados toda la noche, desnudos y con la mitad de la ración de la ya racionada y apestosa comida.
Torturas, golpizas y los presos se auto agredían, con clavos, cuchillas y cepillos de dientes afilados y nylon derretidos con candela e inyecciones de mierda y orine con lamentables defunciones como la del recluso apodado Laliebre del destacamento cinco, asfixiados, desesperados, para protestar, para que me atiendan, para que me dejen ver a mi familia, para comer mejor en el hospital, para salir un rato de la asfixia de las rejas, que me matan coño, abusadores, asesinos…
Y la prisión Moscú, que así se llamaba porque fue construida en el campamento donde vivían los rusos que construyeron la represa, iba tomando con razón el sobrenombre de “Moscú no cree en lágrimas” rememorando el título de una película soviética exhibida por la década de los 70.
Pero en todas era igual. La prisión Moscú era una réplica más de lo que estaba sucediendo en las prisiones, típicos almacenes de hombres, de enfermedades y desgracias de todo tipo, principales centros de violaciones de derechos y degradación humana.
Todavía tengo tu imagen, Chichi Molina, tu cuerpo largo y enclenque tirado en la tierra, derrumbado en el polvo del camino desde el primer manotazo sobre tu nuca, sobre esa atontada carrerita final hacia lo imposible, hacia la imposible puerta ubicada en las mismas garras de tus perseguidores.
Yo les grité «no le peguen más», que no te peguen más, loco, que no te peguen, coño, que no me gusta el abuso, que estabas a punto de morirte ya sin saberlo. Y el mismísimo Chacón me contestó que tú estabas filmando de loco para que te dieran la libertad.
A lo mejor, le dije, pero hay que darle tratamiento; porque cualquiera se vuelve loco en este cochino lugar. Y agregué, como para que el primer teniente, segundo jefe de reeducación, un barrigón que estaba fabricando su casa a costilla del trabajo de los presos, me oyera bien, pues se había parado con indiferencia delante de la brutal escena, donde también el sargento Petillo jugaba su papel, «él no duerme de noche, él está muy mal y se puede morir». Yo trataba, loco, de justificar tu enfermiza acción.
Nunca pude convencerte de que todo sería inútil. Mira, loco, debes resignarte. Porque mira, cuando tú veas que te dejen la puerta libre para que salgas, entonces no des ni un paso más, porque te van a matar.
Pero no, siguió intentándolo sin entender. Y siguieron los golpes y las celdas de castigos. «Es que ya estoy de libertad, déjenme ir que ya cumplí mi condena…». «No, Chichi Molina, recuerda que te echaron cuatro años más por tu fuga espectacular, un año más por romper la propiedad del Estado y seis meses más por robarte una calabaza del patio».
Y pensar que sólo habías entrado por cinco meses, por un supuesto delito de receptación; porque no quisiste decir quién fue el que te vendió la carne de res que te ocupó la policía y que te hacía mucha falta para que tu madre enferma pudiera comer, pudiera sobrevivir en medio de las desgracias del “Período especial”, del derrumbe y el absurdo lema de “socialismo o muerte” que el dictador acababa de dictar. Es verdad lo que dicen los presos «a la prisión uno sabe cuándo entra, pero no cuándo sale».
Tú nunca querías hablar de tu problema. «La libertad es algo muy serio», solías decir cuando te preguntaban, algunos hasta con aire burlón; porque conocían tu evasiva respuesta. Y cuando te pregunté me dijiste un pensamiento de Martí que no sabías bien, pero que hablaba de la libertad, de lo terrible que es hablar de ti, libertad, para el que no te tiene.
Porque mira, mi hijo mayor también es un prisionero político de conciencia, y siempre que te veo pienso en él, que lleva seis meses en una celda de castigo, que lo amarraron, que lo golpearon y afeitaron a la fuerza, que está en rebeldía; que, aunque no es escritor, sabe diferenciar muy bien entre libertad y opresión, que para eso no hay que pasar la universidad, que él está lejos de mí, de la familia, que no sé lo que le pueda pasar, que hasta loco se me puede volver…
—¡No es fácil, político, no es fácil…!
Me dijiste como para sacarme el dolor, como si adivinaras mis turbios pensamientos.
—¡Claro que no es fácil, Chichi Molina, pero tampoco es difícil!
Pero ya para entonces tú parecías no entender el sentido de las palabras…
¡Chichi Molina, descansa en paz! Cuando me trasladaron para el hospital de la prisión de Boniato, porque Amnistía Internacional, porque el PEN de Canadá, porque Periodismo sin Fronteras abogaron por mi libertad, te dejé en esa situación incierta de equilibrista mortal, danzando en el filo de la vida y la muerte; sin embargo, me cuesta ahora trabajo creerlo y me duele, me duele mucho la noticia.
Prisión Moscú-Prisión de Boniato, diciembre de 1996.
