Antonio Sanz Oliva (Tortosa, Tarragona, 1965), muy pronto se traslada a Xàtiva (Valencia) donde pasa su niñez y juventud. Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Valencia, ciudad donde se afinca, se convierte en funcionario de la Generalitat Valenciana y después de trabajar durante largos años en la sede valenciana de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo y, brevemente, en el gabinete del Consejero de Educación valenciano, se traslada a Almenara (Castellón), donde reside y trabaja actualmente en el instituto de enseñanza secundaria Almenara. Después de ganar con Diablos en un Mural en el 2011 el XXXIII premio literario Joan Fuster que organiza el Ayuntamiento de Almenara y publicar con la editorial El Bullent el libro infantil en valenciano Ioli Complements en 2012, entra en 2016 a formar parte de los escritores de uno de los sellos digitales de la editorial Penguin Random House, donde publica varias de sus novelas (Papel de Armenia, La Cizaña en el Trigo, El fiordo de la Quimera y Te espero en Arborea). En el año 2017 queda finalista en el V premio digital de novela romántica de HQÑ (HarperCollins Ibérica) con La Órbita de los Planetas. En el 2018 autopublica en la editorial de Amazon el libro infantil La princesa Nisunin y la novela titulada Las tristes riberas del Hooghly, cuya edición en inglés está en preparación. En 2019 toma contacto con Alberto Santos y firma con él la publicación de La Condesa de Castiglione con su sello IMAGICA.
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Yo soy yo, y estoy orgullosa de mí misma; no quiero nada de los demás o para los demás.
Valgo mucho más que todos ellos. Reconozco que no parezco buena, dado mi carácter ardiente,
franco y libre, lo que me hace ser a veces cruda y dura. Seguro que me odian, pero no me importa.
No me interesa complacer a nadie.
VIRGINIA OLDOINI, condesa de Castiglione
CAPÍTULO 1
París, 1.º de noviembre de 1899
El invierno, a pesar de estar todavía en otoño, parece que ha llegado a París con toda su crudeza. El vaho de mi aliento se manifiesta cual espectro y el frío se ceba con mis maltrechos huesos, pero ya nada me importa, porque siento el fin cada vez más cerca, como si la festividad de Todos los Santos fuera una premonición. No me asusta la muerte, la siento como una liberación para este lánguido paso del tiempo que se ha convertido en una tortura para mí. Recluida aquí, en mi casa, la espero con entusiasmo, como lo más excitante que me aguarda ya en la vida.
La bujía que me alumbra crepita titilante para lanzar su última llama antes de apagarse. Hasta para iluminarme necesito de la conmiseración de la pobre Odette, mi doncella. Su lealtad hacia mí va más allá del deber de una sirvienta hacia su ama; la verdad, no sé cómo todavía viene a asistirme. Le pago lo mismo que hace cuarenta años, y jamás ha rechistado por eso. La saqué de las calles, donde hubiera terminado en un burdel de mala muerte cuando solo era una ingenua jovencita que pedía limosna en la escalinata de Nuestra Señora de la Asunción y, sin pensarlo dos veces, la puse a mi servicio. He prescindido sucesivas veces de ella: cuando tuve que salir de Francia por diversas razones o cuando me alojé en el Hotel Alma durante varios años, pero, sin saber por qué, nunca me abandonó. Una y otra vez recurrí a ella cuando me hizo falta y siempre me mostró gratitud con su dedicación. Ha sido la única persona, junto con un puñado de fieles amigos, que jamás me abandonó, ni en los peores momentos. Nunca la traté como a una igual, ni le pedí parecer sobre asuntos en los que me hubiera podido aconsejar mucho mejor que otros de mayor categoría. Sin embargo, siempre supe que me comprendía y no noté en su semblante un mohín de desagrado, excepto cuando tenía que cumplir con sus obligaciones; yo nunca fui amante de las limpiezas a fondo.
Cuando me mudé a la plaza Vendôme volví a reclamar sus servicios y ella, solícita, se despidió de la casa donde servía para volver conmigo sin rechistar, pero ahora, al cambiar a este modesto inmueble de la calle Cambón, encontré innecesario que me acompañara en aquella muerte en vida a la que no pensaba arrastrarla. Aun así, de vez en cuando, se hace cargo de mí y de esta ruina al ser incapaz de convencerla de lo contrario.
Ya el año pasado le dije que solo viniera un día a la semana para que pudiera buscarse una casa mejor que le asegurara al menos un lugar digno donde cobijarse y pasar sus últimos años; me cansé de verla revolotear por aquí, así como la gente se cansó de verme a mí. Le di las mejores referencias. Al menos, el nombre de la condesa de Castiglione serviría para algo más noble que haber sido conocida como el coño de oro imperial. Ese fue uno de tantos epítetos con los que me regalaron las malas lenguas durante mis fastuosos años de cortesana en el París de Napoleón III, aunque de eso hace tanto tiempo que su recuerdo solo consigue arrancarme un esbozo malicioso de sonrisa.
He enajenado todo cuanto me ha sido posible, y eso que no me hacía falta para poder subsistir con cierto decoro. Ahora que mi vida toca a su fin ya nada necesito, aunque todavía conservo algunas joyas, las más ostentosas, a las que reservo un digno final. Quiero presentarme ante el Altísimo con todas mis alhajas, para que me reconozca por su fulgor nada más aparecer por las puertas del paraíso. Porque Dios, cuando me creó, se quedó tan prendado de la criatura que había hecho que tuvo que tomarse varios días de descanso para poder recuperarse, o al menos así necesito creerlo.
Lo tengo todo pensado para mi mortaja, pues ha de ser digna de la vida que tuve. En mis últimas voluntades he dejado por escrito que quiero que me entierren en algún lugar de la Villa de Isola, en La Spezia, y que me vistan con aquel voluptuoso camisón, casi transparente, que utilicé la primera vez que estuve con el emperador en el palacio de Compiègne; cabía todo él dentro de mi puño, de tan sutil como era. «Una nube de seda verde», así lo llamaba. Lo guardé dentro de una ampolla de cristal, como si fuera una reliquia, y durante un tiempo lo exhibí con extrema profusión delante de mis invitados, cuando todavía me frecuentaban. Siempre dije que con esa tela debería haberse confeccionado la tricolor, puesto que yo había hecho con ella más por la unificación italiana que el mismísimo Garibaldi con todas sus campañas, o el propio Cavour, mi primo, al que todos consideran el padre de la patria.
Lo único que no quiero es que me den sepultura junto al que fue mi esposo, ni tampoco con mi hijo; ellos tuvieron su vida y yo, la mía. Tan solo deseo descansar tal como fue mi existencia, a mi antojo. No quiero cruces ni iglesias ni sacerdotes; no deseo servicios religiosos, flores o velas; no suspiro por la ausencia de nobles, cónsules o embajadores, ni siquiera por no tener herederos. No me hace falta una necrológica ni la noticia de mi muerte en un periódico. Se acabaron los antojos y los disparates.
Es curioso, pero precisamente ahora no puedo dejar de evocar cuán diferente y caprichosa fue mi vida desde la infancia. Mis padres siempre estuvieron al tanto de complacer cualquiera de mis deseos y aquello fue mi perdición. Incluso, a fuerza de ruegos, mis abuelos compraron una torre en las cercanías de Florencia para mí. Las extravagancias crecieron conmigo, aunque fue durante mi juventud cuando me convertí en una manirrota, gastando a espuertas como si nunca fuera a salir el sol. Todos mis amantes, incluido mi esposo, siempre se mostraron solícitos conmigo, pero ahora, la verdad es que ya todo me es indiferente. ¿Quién iba a darse cuenta?
De lo primero que me deshice fue de mis maravillosos trajes, sobre todo de aquellos que tanto deslumbraron en los mejores salones parisinos y que empezaban a ser devorados con avidez por las polillas. Algunos se los regalé a Odette para que los vendiera y otros simplemente los rasgué con saña porque me recordaban momentos que prefería olvidar. Jamás quise que se convirtieran en fetiches para que alguien intentara vivir, a través de ellos, mi propia vida. Pero lo que sí conservo son los retratos que me hice con ellos. Su contemplación es lo único que me hace sentir bien, lo que conforta mis largos días de tedio y agonía. Quizás, aunque sea el último acto de mi vida, haga una exposición con ellos; me encantaría. Las nuevas generaciones deberían conocer a la que fue la auténtica reina de París. Ya lo decía el malogrado doctor Émile Blanche, mi querido amigo y vecino, un reputado médico alienista, que mi carácter narcisista iba a ser mi perdición. Es curioso, y ahora me río al recordarlo, pero estaba en lo cierto.
La llama se ha apagado y ya no me quedan más cabos de vela para alumbrarme. No me importa, hace demasiado tiempo que vivo en la oscuridad más absoluta, en un universo negro como la más espantosa de las pesadillas, pero ya conozco el camino a mi alcoba, hasta con los ojos cerrados podría llegar a ella. No hay apenas muebles con los que tropezar y los gruesos cortinajes de terciopelo oscuro que me separan del mundo no dejan que traspase la exigua luz que alumbra las calles, pero así tampoco tengo que ver la decrepitud del ambiente que me rodea. Muchas veces, aunque Odette se empeña en limpiar este cuchitril, la echo de casa para que no tenga que recoger mis miserias; ya me he acostumbrado a este olor nauseabundo y no quiero que nadie recuerde en lo que me he convertido.
A pesar de ello, todavía puedo rememorar, y lo hago más de lo que debiera, el momento en el que me instalé de nuevo en París después de obtener el «perdón» del emperador. Alquilé una lujosa villa en el exclusivo barrio de Passy, en el 51 de la calle Nicolo, en los que fueron los años más felices de mi vida y en los que coseché mis mayores éxitos como mujer, aunque ya no fuera la favorita real. Luego, con mi decrepitud, llegaron los cambios a peor, hasta llegar a mi pequeño infierno, cuando ocupé este entresuelo en la que será, si Dios quiere, mi última morada.
París siempre tuvo ese irresistible imán que acabó por atraparme para siempre y, no teniendo escapatoria, deseché la idea de quedarme en mi país, Italia, donde hubiera gozado de una vejez mucho más confortable y anodina, pero vejez al fin y al cabo. Fue el momento de la proclamación de Vittorio Emanuele II como rey de Italia y la culminación de mis desvelos por la patria, pero, en el fondo, seguía siendo aquella muchacha aventurera y casquivana que quería comerse el mundo hasta ponerlo a sus pies. Sentía que mi lugar estaba aquí, en esta ciudad que ahora llaman de la luz. Vi su transformación de una ciudad antigua, de barrios sucios y malolientes, a una urbe de amplias calles y frescos bulevares llenos de vegetación.
La alegría era mi acicate. Siempre en la cuerda floja, pero eternamente victoriosa. No me interesaba la vida de ilustre matrona, compendio de todas las virtudes sociales, pero epítome del aburrimiento. Entonces me juré a mí misma que ya nada volvería a ser lo mismo, ni cometería los mismos errores. Esta vez las conquistas serían para mí sola y no en beneficio de ninguna causa, por muy noble que fuera.
Volví a probar fortuna y no me fue mal durante mucho tiempo; siguió desfilando por mis salones gente de posibles: banqueros, políticos, nobles y príncipes, con y sin corona. Yo era su faro de Alejandría y ellos, mis Midas, dispuestos a convertir en oro reluciente los caprichos de mi alocada vida.
A pesar de mi soledad era feliz. Ya no tenía un marido aburrido a mi lado que me recordara las obligaciones maritales, aunque eso nunca supuso un problema para mí. Pude entregarme al juego de la seducción con mayor dedicación si cabe y no me importó haber perdido parte de mi antiguo protagonismo, porque seguía siendo irresistible para mis amantes y el dinero fluía para culminar cualquiera de mis fantasías.
Pero todo se torció en un momento, justo cuando el declive de mi vida coincidió con la decadencia de la sociedad de la que formaba parte. Tengo siempre presente aquellos recuerdos, a pesar de que mi cabeza comience a mostrar síntomas claros de sufrir los nubarrones del extravío. El mundo que conocía comenzó a derrumbarse a mi alrededor cuando los vientos de guerra barrieron todo atisbo de la belleza que tanto admiré a mi llegada a París.
Corría el año 1871, a mediados del mes de mayo creo recordar. Yo me encontraba a salvo en Florencia, lejos de aquella guerra que, con torpeza, emprendió el emperador y también de aquellos «comuneros» que, como aves carroñeras, se llevaron por delante todo lo que les recordaba a un régimen tan caduco como yo misma, ya en el declive de mi vida, marchita por el propio abandono. En algún momento, mucho después, deseé haber estado allí y perecer a manos de las hordas. No hubiera sido un mal fin acabar de aquella manera tan épica, como lo habían hecho grandes figuras de la historia, pero el destino me había reservado un desenlace mucho más cruel y despiadado para mí: el olvido.
Los desarrapados, agitando banderas rojas y gritando como posesos, se abalanzaron sobre los barrios más elegantes, incluso iban con ellos decenas de mujeres hombrunas portando armas y vestidas al estilo de la milicia, ¡menudo despropósito! Venían de incendiar varios inmuebles en la calle Saint-Honoré, camino de la plaza Vendôme. Según contaban, el griterío era ensordecedor y se oían estallar los cristales de cientos de escaparates al paso de las turbas. Entre los exaltados se distinguían varias lenguas. París, desde hacía bastante tiempo, se había convertido en una suerte de santuario para cualquiera que huyese de sus respectivos países por cualquier motivo, encontrando refugio en aquella ciudad de acogida; por eso no entendí que aquellos expatriados colaboraran en su destrucción.
Estuvieron bastante ocupados durante toda la mañana; pretendían derribar la maravillosa columna que mandó erigir el glorioso Napoleón, el primero de la dinastía, para conmemorar sus victorias en toda Europa y que presidía la plaza. Aquello les recordaba los desmanes de la monarquía y tal vez tuvieran razón. Yo, modestamente, también había contribuido a ello, cuando la política se despachaba en las alcobas en lugar de las cancillerías. Fuimos muchas las que, con los encantos que la vida nos había regalado, manejamos a nuestro antojo los entresijos de la diplomacia europea. Lo que no sabíamos entonces era que también fuimos títeres en manos de hombres con muchos menos escrúpulos. ¡Qué ingenuas!, aunque no me arrepiento de nada; al menos fui feliz. Sí, porque la felicidad, según yo la concebía, era hacer lo que me venía en gana y siempre me salí con la mía.
Un gran estruendo precedió a los cientos de vítores que festejaron la caída de la columna. Luego se subieron al pedestal vacío y empezaron a agitar sus banderas con alborozo. Quizás el populacho pensó que había culminado su pírrica venganza, pero durante varios días más, los desmanes se sucedieron entre densas humaredas negras y un penetrante hedor a gasolina y aguarrás. Utilizaron cualquier cosa para acabar con todo lo que oliera a perfección y hermosura, y, por tanto, ser susceptible de ser considerado como antirrevolucionario. Ardió el ayuntamiento de París y con él, su biblioteca y los archivos; sucumbió el Palacio de Justicia; varios teatros fueron pasto de las llamas: el Bataclan, el Châtelet, el de la Ville y el de Puerta San Martin. ¡Qué desperdicio! El palacio de Orsay y el de la Legión de Honor también se convirtieron en humo, pero por el único que derramé mis lágrimas fue por el de las Tullerías; era tan hermoso. Allí fui presentada oficialmente al emperador acompañada de mi esposo, el conde Francesco Verasis de Castiglione. Todavía recuerdo el revuelo que se armaba cada vez que anunciaban nuestra presencia; nos precedía una fama que mi buen primo, el conde de Cavour, se encargó de propagar a los cuatro vientos para sus intereses y que yo agrandé hasta límites insospechados.
Una soberbia escalera diseñada por Fontaine daba acceso a sus fabulosos salones. Mientras que en la planta baja el gabinete que ocupaba el emperador resultaba de lo más espartano, en el primer piso los apartamentos de la emperatriz Eugenia se habían reformado al estilo Luis XVI-Emperatriz: el salón verde, el salón rosa y el azul, que servían de salón de damas, antecámara y salón de audiencias, respectivamente; era el verdadero corazón del palacio. He de decir que, para mi gusto, la mezcla de antigüedades y muebles modernos, con profusión de tapicerías capitoné, no dejaban de ser un pastiche excesivamente ecléctico, aunque realmente cómodo.
Desde la restauración del imperio aquel edificio sufrió numerosos cambios, pero mientras los soberanos residieron allí fue centro de magníficas fiestas y recepciones. Por donde se posara la vista, solo se veían las letras doradas E y N, las iniciales de Eugenia y Napoleón, que lo presidían todo bajo un enjambre de águilas napoleónicas. La familia imperial se empeñó en gobernar a los franceses desde el mismo corazón de París, supongo que para atarlos en corto, y no volvieron a ocupar los salones de Versalles, de tan infausta memoria, aunque alternaron sus estancias en distintas residencias según la época del año: el castillo de Saint-Claude al inicio de la primavera; a partir de junio, en Fontainebleu; en agosto se trasladaban a tomar las aguas de Vichy o Plombières; en setiembre, por expreso deseo de la emperatriz, los baños de mar en Biarritz y en otoño, a Compiègne.
Después de dos días en los que las llamas consumieron cuadros, molduras y muebles, todo aquello se convirtió en un mal recuerdo de un tiempo pasado que jamás iba a volver. Los «petroleros», comandados por Brunel, uno de los jefes de la Comuna, se despacharon con inquina antes de sucumbir ante las fuerzas del Gobierno republicano comandado por mi buen Adolphe Thiers, que fue acorralando al populacho armado hasta el cementerio de Père-Lachaise, donde masacró la última resistencia.
Sin embargo, en el fondo de mi corazón entendía las razones que los habían llevado a cometer aquellos desmanes. Detrás del trampantojo de la corte, de las crueles guerras travestidas de noble causa, solo había miseria, penurias y desdichas provocadas por la mezquindad de una casta de la que yo formaba parte y que solo jugaba al poder sobre mapas sin importarles quién vivía bajo las líneas que trazaban sobre ellos. Pero no, yo jamás hubiera podido unirme a esa chusma iconoclasta. Estaba hecha de una pasta mucho más etérea, a la que no le afectaba el hambre ni la sarna, era del material del que está hecha la hermosura, divinidad sublime que solo sucumbe ante su cruel deterioro.
Después de la guerra y de la captura del emperador en Sedane, los prusianos barrieron cualquier atisbo de resistencia y todo se desmoronó como un castillo de naipes. La familia imperial salió hacia el exilio inglés, al igual que todo aquel que había sido alguien durante el imperio. Ya no me quedaba ningún valedor aunque, de haberlos tenido, no había nada por lo que implorar. Afortunadamente, mis encantos me procuraron otras de las más variopintas tendencias, pero, después de un tiempo, todo se convirtió en un recuerdo del pasado. Tan solo restaban los pálidos reflejos de mi juventud en forma de retratos, que no paraba de admirar día tras día hasta amargarme en mi inane conmiseración.
Entonces lo supe, comprendí el destino que me aguardaba e hice lo que tenía que hacer. Amaba demasiado la belleza y por eso mismo decidí recluirme en soledad; no quise afrentar a la gente con el declive de mi senectud. Comencé por espaciar las visitas al igual que mis salidas, hasta hacerlas siempre de noche y protegida por un largo velo negro para pasear a mis perros, los únicos a los que no parecía importarles mi decrepitud, pero aquello no fue suficiente para mi narcisismo herido y acabé por tapar los espejos de toda la casa para ahorrar el tener que verme todos los días en ellos. Fue entonces cuando me gané mi postrer apelativo, el de «la loca de la plaza Vendôme», que nunca más me abandonó.
Estoy sola y cansada. Quiero permanecer así, muerta y enfadada con la vida. Hubiera deseado destruir aquel mundo que se fue dejándome hundida y humillada, pero ya que no puedo, solo me queda destruirme a mí misma con la fuerza de la desgana. Ya nada me alimenta y solo vomito el veneno de mi propia rabia.
Ahora que ya no me queda nadie, el vívido recuerdo de mi querido Giorgio se hace cada vez más patente como una tortura implacable. Es cierto que no lo quise como debiera haberlo hecho una madre y en el fondo no lo culpé por haber huido de mi lado, avergonzado por mi actitud y despechado por mi falta de atenciones. A pesar de todo, reniego de la manera en que murió. La viruela se cebó con él de la manera más cruel, privándolo de un futuro prometedor. Él se hubiera convertido en el único motivo para seguir adelante, pero no dejo de reconocer que si echo la vista atrás, a la única que quise de verdad fue a mí misma.
Intento arroparme entre las mantas que cubren mi cama, pero las sábanas están demasiado frías como para conciliar el sueño. Mañana, cuando venga Odette, dejaré que me haga la cama. Así, hecha un revoltijo, parece que el aire se cuela por todos los rincones y también le pediré que me compre unas libras de carbón para que al menos haya algo de calor en la cocina y así se pueda caldear la casa. Todas estas incomodidades provocan que me asalten los recuerdos antes de dormir, como si fueran espectros para atormentarme al llegar la noche.
Es curioso, pero de lo que más me acuerdo es de los maravillosos años de mi niñez. En Italia, cualquier época del año es una explosión de la naturaleza y yo siempre fui una joven alegre y vitalista. Lo que más me gustaba, antes de que me convirtiera en una mujer casadera, eran mis visitas a La Spezia. Allí podía disfrutar de largos paseos por el campo mientras mi cabeza volaba entre amoríos platónicos esperando a un príncipe azul que jamás llegó.
