Dos filmes realizados en México entre mediados y fines de la década de 1950’s, adquieren una rara actualidad más de medio siglo después con los actuales elevados índices de crímenes de “violencia de género” contra las mujeres en América Latina, tipificados en los diferentes códigos jurídicos internacionales como “feminicidios”.
Ambos filmes fueron rotulados con largos y llamativos títulos para atraer a los espectadores a las salas de cine. El primero en orden cronológico fue Ensayo de un crimen, basado en una novela del escritor mexicano Rodolfo Usigli, quien a su vez colaboró en el guion.
P
ara la exhibición mundial, el título se cambió a uno más publicitario para su distribución: La vida criminal de Archibaldo de la Cruz (1955), del director español radicado en México Luis Buñuel.
Y el segundo, igualmente un ejercicio intertextual, se basa en el relato El misterio de Islington, del autor galés Arthur Machen, que fuera llevado al cine con guion de Luis Alcoriza y bautizado con el espeluznante título de El esqueleto de la señora Morales (1959), del director mexicano Rogelio A. González.
El término “feminicidio” se hizo popular sobre todo a partir de la década de 1990. En su formulación teórica intervino una verdadera autoridad en la materia, la escritora feminista y activista social sudafricana Diana Russell (Ciudad de El Cabo, 1938).
Russell ha dedicado medio siglo de su vida a recopilar información sobre violaciones, incesto y las relaciones entre pornografía y violencia sexual.
Feminicidio implica para ella un crimen de odio contra las mujeres que a su vez tipifica como un acto de discriminación y de violencia de género.
La fuerte carga dramática que posee en la vida real el asesinato de mujeres se relativiza en los filmes con fuertes dosis de humor negro, género cinematográfico en el cual ambos filmes clasifican en lugares destacados.
Cierto, a los criminales se le somete a la crítica y se les desmitifica de forma festiva y absurda. O se hace de ellos unas figuras simpáticas a través de la parodia de sus acciones criminales. Pero, sobre todo, abundan en ambos filmes una fuerte carga de misoginia, sexismo y humor negro.
Los asesinos que vemos en pantalla ─tanto Archibaldo de la Cruz como Pablo Morales-, son figuras atípicas de la criminalidad femenina.
En la vida real, un criminal vulgar actuaría guiado por el instinto y su crimen, de carácter patológico, se configuraría al morir la víctima; en los filmes mencionados, el feminicidio o los feminicidios efectuados, son complejos en su planeamiento y ejecución.
Se configuran primero en las mentes de los criminales de manera obsesiva y su realización se basa en el odio o en oscuras motivaciones que tienen más de sicopatologías freudianas de “crimen y castigo” que del perfil policial de “asesinatos en serie cometidos a sangre fría”.
En el filme La vida criminal de Archibaldo de la Cruz, el feminicidio no tiene carácter íntimo; se trata de un criminal que no ha tenido relaciones sentimentales con las víctimas, ni siquiera las conoce y sus “crímenes” son obra de la casualidad y de la fantasía y no del ámbito de la realidad.
En El esqueleto de la señora Morales, el feminicidio es íntimo, la víctima tenía o había tenido una larga relación sentimental con el asesino que, en este caso, era la esposa del criminal.
Brevemente, en montaje paralelo, explicaremos la motivación fundamental en los feminicidios de ambos filmes.
Archibaldo de la Cruz es testigo de la entrada en el pueblo de gente armada durante la Revolución Mexicana (1910-1917). Es un niño de familia rica al que su madre le regaló una cajita de música con una extraña leyenda que le cuenta su institutriz: un emperador oriental fue el dueño de la cajita de música que materializa los deseos.
Al terminar de contar la historia, la institutriz cae derribada de un balazo perdido; inerme, en el suelo, la sangre inunda las piernas y los muslos ante la mirada del niño que quedará fijado en la idea de que el sexo acompaña a la muerte y ambas “punciones mentales”, le provocan la obsesión de asesinar mujeres.
Pablo Morales es de oficio taxidermista en un pueblo de México en el que “nunca pasa nada”. Es un esmerado disecador de animales que exhibe como trofeos en la vitrina del establecimiento mientras que el interior de la casona en la que habita con Gloria, su mujer, está lleno de iguanas, pájaros y culebras disecadas o que esperan el momento para ser destripadas.
Gloria no resiste la presencia de los animales muertos ni el olor a carne putrefacta que asegura brota de sus cuerpos. Le ha prohibido a Pablo que coma carne y que mantenga relaciones sexuales con ella.
Gloria físicamente es un ser imperfecto. Es coja, pero tiene buena figura y Pablo la desea y cada vez que se le acerca con intención erótica se sale con la misma respuesta:
─Ve al baño, lávate las manos y ponte alcohol antes de tocarme.
Años después de la trágica muerte de la institutriz, Archibaldo es el dueño de un taller de alfarería, recupera la cajita de música en una tienda de antigüedades y empieza a planear fríamente cuatro feminicidios que serán el material del resto del filme.
El primer feminicidio lo realiza contra una monja armado de una navaja ─ambos elementos, monjas y navajas, son temas recurrentes en la filmografía de Buñuel.
La monja escapa “de la muerte anunciada con navaja”, pero cae al abismo al entrar en un elevador vacío y Archibaldo, como siempre confundido y/o atrapado entre la imaginación y la realidad, se declarará culpable ante la justicia que lo absuelve con una frase salomónica.
─Si arresto a todos los que desean matar a alguien ─asegura el juez─. La mitad de la humanidad estaría en prisión.
El segundo feminicidio será contra una mujer que anda en líos con su amante. Archibaldo se aprovecha y de nuevo con empleo de navaja intenta degollarla. Pero el amante llega a tiempo, impide el crimen y al día siguiente el comisario de la policía visita a Archibaldo para decirle que la mujer se suicidó y el hecho, en lugar de absolverlo, refuerza su culpabilidad de asesino.
El tercer feminicidio es contra una mujer casada a la que ama en silencio y al mismo tiempo quiere asesinar, pero el marido no le concede el divorcio y no se puede casar con él. Archibaldo disfruta la idea de asesinar a la mujer tras casarse, pero el verdadero marido se le adelanta y otra vez queda frustrado el plan de feminicidio.
Y llegamos al cuarto y más interesante de los feminicidios. Se trata de una modelo de maniquíes de ropa de boutiques de nombre Lavinia (actriz Miroslava Stern) que perturba por completo a Archibaldo.
La ve por primera vez en un bar entre los reflejos de las llamas de un trago que prepara el barman.
─¡Tan linda, me gustaría verla arder en llamas…! ─dice.
Su enajenación llega al punto de que en el taller de alfarería guarda un maniquí réplica de Lavinia que planea arrojar al horno. Mientras llega el momento de abrasar en llamas a la Lavinia original o a la réplica, se entretiene en acariciar al maniquí como si fuera su amante.
Tiene que decidir: ama a Lavinia o al maniquí. Confuso en sus deseos, le dice que prefiere al maniquí. La llegada de turistas al taller interrumpe el feminicidio. Lavinia se marcha y Archibaldo arroja al maniquí al horno alfarero para que lo devore el fuego.
Las relaciones domésticas entre Pablo y Gloria Morales van de mal en peor. Hay un “in crescendo” cuando Pablo ve cómo las beatas del pueblo y el padre Familiar convierten su casa en una prolongación de las misas y los sermones de la iglesia.
Sin otro recurso a mano que la ironía, ante la pléyade de beatas que lo acusan de falta de religiosidad por disecar animales, le dice al padre Familiar:
─Salvar el alma de un pecador debe ser tarea más ardua que disecar una iguana, padre …
Pablo busca refugio en un grupo de amigos borrachos con los que frecuenta la cantina para escapar de prohibiciones sexuales y tabúes religiosos de Gloria, el padre Familiar y las beatas.
Junto a los borrachos, planea un “feminicidio perfecto”: un asesinato en el cual, tras ser juzgada, una persona quede absuelta evitando la culpa que de otra manera lo pondría en evidencia.
Pablo comienza a inyectar veneno con una jeringa a huevos, frutas, leche y licor. Gloria morirá y Pablo, hábil en el uso del bisturí, la descuartizará y guardará los pedazos en una bolsa y los echará al fuego o en sitios distantes.
Pero en el proceso de ocultamiento de los restos del cadáver, deja tras de sí una huella delatora con toda intención: en la vidriera del establecimiento se exhibe un esqueleto humano con un trozo de hueso torcido a la altura de la rodilla.
Pablo es arrestado y juzgado, pero absuelto al determinar el peritaje médico que la deformación no era ósea.
Se produce entonces el momento cumbre del filme, Pablo le confiesa al padre Familiar que, aunque absuelto, él ha sido el asesino.
─Me estoy confesando yo, no usted, padre ─le dice.
El padre Familiar no le cree y le pregunta por qué se lo ha contado.
─Para que tenga en qué pensar. Y para que rece y pida perdón por mí porque yo no puedo. Yo no estoy arrepentido.
Conclusiones
Ambos filmes se inclinan por la heterodoxia en la representación de los feminicidios.
En el primer filme (La vida criminal de Archibaldo de la Cruz), la heterodoxia viene dada por las dudas espirituales -casi teológicas- del protagonista que, ingenuamente, vacila entre la libertad interior que le concede el libre albedrío del pensamiento y la existencia externa de una realidad que, de cometer los crímenes, le hará pagar con la cárcel el desenfreno imaginativo.
Estamos en presencia de una contradicción filosófica ancestral: la causalidad … representada por el criminal que planea a la perfección sus crímenes y la casualidad … motivos de último minuto que le impiden realizarlos.
El personaje cinematográfico de Archibaldo de la Cruz se nos convierte en una suerte de jansenista de los deseos prohibidos.
En el filme, está condenado o predestinado desde niño a desear a las mujeres solo por el placer de asesinarlas después.
El pecado original, la depravación sexual, la búsqueda de la gracia, el arrepentimiento, el perdón divino y la predestinación, serán los componentes esenciales de la extraña conducta de Archibaldo de la Cruz.
A lo largo de la trama, ambos elementos (causalidad y casualidad), están permeados por las dudas religiosas del presunto homicida, quien se siente culpable solo por pensar en algo que desea hacer, pero que nunca se atreve.
Ante nuestros ojos de espectadores incrédulos, Archibaldo de la Cruz, el archi homicida, se transforma en algo así como un Adán del siglo XX que teme perder el paraíso terrenal en el que vive planeando crímenes perfectos de mujeres a las que ama u odia.
En el último momento, a punto de que el paraíso terrenal se convierta en paraíso perdido, la mano o el espíritu de Dios lo libra de caer en el pecado (homicidio) y lo devuelve a la tranquila existencia del paraíso recobrado.
En el segundo filme (El esqueleto de la señora Morales), el tono no es ingenuo como en “La vida criminal de Archibaldo de la Cruz” sino de desafío abierto a las reglas y costumbres impuestas por la sociedad y la religión.
Con el derecho de mártir que le asiste tras haber sufrido durante quince años las iniquidades de su relación marital con Gloria, Pablo Morales, decide eliminarla.
Pero la eliminación física no basta, pese a la tranquila existencia que lleva como taxidermista en un anónimo pueblito del interior de México, Pablo Morales es lo que Albert Camus define en sus escritos como un “hombre rebelde”.
Una criatura cuyas dudas terrenales o teológicas no lo abaten como a Archibaldo de la Cruz.
Pablo Morales, sobra decir, es un hombre que no se detiene ante nada.
En lugar de terminar como Archibaldo de la Cruz en una especie de “pacto secreto” con la sociedad en el que sus inclinaciones homicidas se quedan encerradas en el cerebro, las de Pablo Morales estallan y desafían en conjunto a la sociedad y a la religión.
Él no solo comete un feminicidio, sino que, aunque lo absuelven, insiste ante la justicia de los hombres y la del representante de Dios que él es el asesino de Gloria.
Y le hace saber claramente al padre Familiar, en una declaración que encierra orgullo y rebeldía de iconoclasta, que no teme ni al paredón de fusilamiento de la justicia humana ni a las llamas inquisitoriales de la justicia divina: él, Pablo Morales, no está arrepentido.




