El útero, San Vito y la plaga danzarina

Arturo González Dorado


El 14 de julio de 1518 Frau Troffea, honorable burguesa de Estrasburgo, no sé si por la mañana o ya de tarde, salió a la calle frente a su casa, una casa medieval de sueño o cuento de hada, y empezó a bailar. No había música alguna, ni tampoco Frau Troffea cantaba o tarareaba algo, solo bailaba y bailaba y bailaba, y pasaban las horas y seguía bailando y su marido, primero asombrado y muy pronto preocupado por semejante pasión súbita de su mujer por la danza, le pregunta qué le pasa, le dice que pare, le ruega que pare, le grita que pare, pero nada, ella sigue bailando y bailando hasta que se cae sobre los adoquines de la callejuela que había hecho sonar largas horas con sus suecos, rendida de puro cansancio. Al otro día Frau Troffea está de nuevo bailando con los pies hinchados sin que parezca que el dolor, el hambre o la sed existan para ella, sin que las súplicas de su marido, mesándose los cabellos y desesperado, le hagan efecto alguno. Al tercer día el baile de Frau Troffea ya no tiene solo el público de su atribulado marido, y hemos de suponer de sus vecinos, sino que una multitud creciente y variopinta, mendigos, porteros, halconeros, sacerdotes, monjas, peregrinos, probablemente algún estudiante de teología, le hacían corro mientras bailaba. Al sexto día de los bailes sin otra interrupción que los derrumbes de total fatiga, y no tengo claro si incluso volvió a caerse de puro cansancio o bailó las noches también, las ya asustadas autoridades de Estrasburgo deciden tomar cartas en el asunto. Agarraron a la imparable bailarina a la fuerza y la mandaron en un vagón a la vecina Saverne, a unos 40 km de distancia, al santuario de San Vito, quien tenía que ser el culpable del baile de San Vito, la enfermedad que aquejaba a Frau Troffea.

No obstante, mientras Frau Troffea iba en su vagón, sin duda alguna bailando y contorsionándose, a ser encomendada a la misericordia de San Vito, algunos de los espectadores de sus bailes en la calle, ya sea porque realmente Frau Troffea era una bailadora irresistible, o más probable porque el mal de San Vito había hecho presa de ellos, andaban también bailando por toda la ciudad, bailando sin descanso, durante horas y horas y horas, y días y noches.

Frau Troffea debe haber sido una mujer muy robusta, a juzgar por su resistencia danzarina, pero no todos los nuevos bailadores lo eran, algunos no se caían al piso de puro cansancio, sino realmente muertos por haber llevado sus cuerpos al límite.

Según más y más hasta entonces sensatos y apacibles (asumo que los mendigos y vagabundos eran también sensatos y apacibles en sus respectivas ocupaciones), habitantes de Estrasburgo se iban contagiando con la manía bailadora, más y más se angustiaban las autoridades como podemos imaginar. El clero, no todos estaban bailando, sostenía que la maldición de San Vito había caído sobre ellos por sus pecados, y que la solución era asunto de su incumbencia y del Santo, pero los consejeros no estuvieron del todo convencidos y fueron a buscar a los médicos, quienes dijeron que el baile de San Vito, la plaga bailadora que se extendía rápidamente por la ciudad era una enfermedad natural, que les correspondía a ellos, los científicos de su época, explicar y curar. Y eso hicieron. La causa de la manía danzaría, según la ilustre guilda de los médicos de Estrasburgo, era un exceso de calor en la sangre. Hipócrates, Galeno, Averroes y la teoría humoral que habían aprendido en la universidad les decían eso, y, en consecuencia, el tratamiento debía ser aplicarles una sangría. Pero al parecer los médicos de Estrasburgo, cosa que su profesión sigue manteniendo en la actualidad en cuanto se encuentra con algo que no entiende bien, decidieron “innovar”, o no exactamente innovar, sino aplicar el tratamiento dado en el pasado a otras víctimas de la bizarra enfermedad. No siguieron pues los consejos de Hipócrates y compañía y, algo que no sé por qué me recuerda mucho la psicoterapia y otras modas muy modernas y postmodernas con lo de la auto expresión, la autenticidad, la tolerancia a la diversidad por más demente que sea y puede el lector poner el resto, decidieron que los pacientes debían dejarse llevar por su baile, debían bailar para librarse del baile.

Contrario a lo que puede creer un lector prejuiciado con la Alta Edad Media, entonces como ahora las autoridades sí les hacían caso a los expertos, y especialmente a los médicos. El consejo de Estrasburgo ordenó inmediatamente construir plataformas en el mercado de caballos y de granos, a plena vista de todos —algo muy moderno también, ¿qué más actual que mostrar la auto expresión, la diferencia, incluso la intimidad a todos?— para que los aquejados del mal pudieran bailar a gusto. Además, para facilitar el tratamiento y acelerar la cura, pagaron a docenas de flautistas, violinistas, tamboreros, y en fin a todos los músicos de la ciudad, junto con bailarines sanos para que motivasen a los enfermos que lo necesitaran.

 

El viajero que llegase en esos días a Estrasburgo podía pensar a primera instancia que arribaba a una de las ciudades más alegres del mundo, en pleno carnaval. En medio de los mercados de caballos y granos, bajo el ardiente sol de julio, tarimas llenas de gente de toda edad, sexo y ocupación dando brincos, saltando en una pierna, bailando en círculos y aullando al son de decenas de flautas y tambores y cuanta cosa sirviese para hacer música. No obstante, muy rápidamente hubiera notado que era un carnaval muy peculiar. Si se observaba más de cerca a los danzarines, se veía enseguida que no solo no paraban de bailar, sino que los cuerpos convulsionaban espasmódicamente, que el sudor les corría a chorros, que sus ojos están vidriosos y sus miradas perdidas, los pies hinchados y sangrantes en sus botas de cuero y suecos. No se encontraba frente a bailadores en pleno jolgorio sino frente a “coreomaníacos”, estaba asistiendo a la más famosa y documentada epidemia de danza de la historia.

Una crónica de 1636 nos la describe así: “El año de 1518 ocurrió entre los hombres una notable y terrible enfermedad llamada el baile de San Vito, en la cual los hombres en su locura comenzaron a bailar día y noche hasta que cayeron inconscientes y sucumbieron a la muerte.”

Pero volvamos al “tratamiento”. El resultado no se hizo esperar, aunque, también en algo que me recuerda a modelos de contagio y predicciones más actuales, el efecto no fue el esperado por los ilustres galenos. Lejos de curarse los pacientes bailadores, lo que sucedió fue que el contagio aumentó estrepitosamente, y en poco tiempo el número de aquejados sobrepasaba los varios cientos de enloquecidos bailadores dando saltos y aullando hasta caerse al piso de extremo agotamiento o muertos.

En vista de ello, las autoridades decidieron rebelarse contra los expertos, mandaron a demoler las tarimas y prohibieron toda danza y música en la ciudad hasta septiembre. Hicieron una excepción, no obstante, la cual me trae, tampoco sé bien por qué, fuertes asociaciones con el presente, dispusieron que se podía bailar en bodas y celebraciones, pero en privado, en las casas, y sin usar tambores o panderetas o percusión alguna, solo con instrumentos de cuerda.

Agarraron a los bailadores más graves y los mandaron a hacer el mismo recorrido que Frau Troddel, quien, curiosamente, se había curado por lo que todo parecía indicar fue la intervención del Santo.

Los sacerdotes pusieron pequeñas cruces en las manos de los coreomaníacos, quienes presumiblemente seguían dando brincos y contorsionándose como energúmenos, y les calzaron zapatos rojos, rociaron con agua bendita las suelas y empeines de sus nuevos zapatos, rezaron e invocaron la misericordia de San Vito, todo entre incienso, velas y oraciones en latín. El efecto ahora sí fue notable. Los bailarines empedernidos empezaron a tranquilizarse inmediatamente y poco a poco se durmieron plácidamente para despertar molidos de cansancio pero normales, curados.

En cuanto en Estrasburgo supieron la noticia, Frau Troffea curada y el primer envío de danzarines maníacos en situación crítica de regreso a sus cabales, mandaron al resto de los aquejados a ponerse bajo los buenos oficios de San Vito y en más o menos una semana no quedaba ya ningún coreomaníaco, y podemos imaginar que tampoco nadie tendría muchas ganas de bailar en Estrasburgo bastante más allá de septiembre, ni en bodas, ni cumpleaños ni ceremonias privadas o públicas.

La plaga del baile había durado algo más de un mes, y aunque no sabemos el número exacto de casos fatales, sí que en el pico llegó a haber 15 muertes diarias, lo que nos lleva a asumir que deben haber sido varios cientos en total.

 

La primera referencia a la enfermedad del baile es del siglo XI. La Noche Buena de ese año un grupo de personas se pusieron a bailar frente a una iglesia en el pueblo alemán de Kölbigk en vez de entrar a oír la misa. El cura no podía oficiar por el barullo fuera, de modo que salió a decirles que se tranquilizaran y lo dejaran oficiar, pero los bailarines no le hicieron caso alguno, por el contrario, gritaron más, aplaudieron y arrancaron a cantar al unísono. El sacerdote, nos cuenta la crónica por la que conocemos el caso, montó en cólera y los maldijo, tendrían que bailar todo un año como castigo a sus impertinencias. Y así fue, hasta la Noche Buena del próximo año estuvieron los malditos bailando.

 

Claro que aquí estamos dentro de la leyenda, pero, aunque el cronista haya añadido de su cosecha, hay un núcleo de verdad en su relato. Crónicas posteriores nos narran brotes de la plaga danzarina, a veces afectando a cientos o miles de personas a la vez. En 1374 asoló la Alemania occidental, los países bajos y el noroeste de Francia. Miles de personas, nos dicen las crónicas, bailaban sin parar por días y semanas, gritando que tenía horribles visiones e implorando que les salvasen sus almas. Posteriormente a la epidemia de 1518 hubo otros brotes pero de menor envergadura. Individuos aislados o familias poseídas por el mal de San Vito en los siglos XVI y XVII en Suiza y el sur del Sacro Imperio Romano. Luego la plaga se desvaneció.

Aunque en una variante sureña no solo continuó subrepticiamente hasta tiempos recientes, sino dio origen a la tarantela, la danza tradicional más típica del sur italiano. En Italia es aún creído por algunos que la mordedura de la tarántula, la viuda negra, solo se cura si el afectado empieza a bailar frenéticamente. De ahí el nombre de la tarantela, la terapia para curar la mordedura de la tarántula. Pero el baile compulsivo es el remedio, no la enfermedad.

 

Paracelso se interesó mucho en la plaga del 1518. Viajó a Estrasburgo ocho años después. Por él sabemos que el primer caso fue el de Frau Troffea, y fue quien introdujo el término de coreomanía, del griego choros (baile) y mania (locura), de ahí también el trastorno neurológico corea, o chorea santi Vito (baile de San Vito), disquinesia, movimientos involuntarios y anormales de los pies y manos. Desarrolló una teoría sobre sus causas, el origen era mental, que anticipa a Freud y sus interpretaciones de la histeria.

Y lo más probable es que sí, fuese histeria colectiva. Otras explicaciones causales, drogas alucinógenas por ejemplo, no coinciden con las descripciones que nos llegan. Pero quiero pensar que, además de la histeria colectiva, sí hay algo misterioso en la plaga del baile. No quiero llevarme a mí ni llevar al lector a las explicaciones psicológicas o antropológicas. Ahora no, ahora quisiera que nos quedásemos con el misterio, la fascinación, el poder de San Vito. Histeria y misterio unidos, terror sagrado, fascinación. Histeria y no la clasificación actual, enfermedad psicogénica de masas. Semejante nombre me hace amar a Foucault y sus elucubraciones sobre la medicina. Al lado de histeria, palabra que lleva no solo su connotación negativa, sino a Freud y divanes psicoanalíticos, a mujeres gritando y contorsiones lascivas, palabra poética, fascinante, evocadora y perturbadoramente excitante, enfermedad psicogénica es más que deplorable, es síntoma clínico de que algo anda mal en nuestra cultura, incapaz ya de sentir la magia de la medicina, el escalofrío poético, y erótico, de la enfermedad mental. (Histeria proviene de hystera, útero en griego. Nos cuenta Heródoto que los sacerdotes egipcios creían que el útero se movía por el cuerpo y producía crisis y aspavientos. Los griegos e Hipócrates aceptaron la explicación.)

Quedémonos pues, en medio del confinamiento de la plaga actual, por un momento abiertos a la seducción del misterio: Frau Troddel bailando en su Estrasburgo medieval, San Vito castigando con danzas mortales, el temblor erótico y lascivo de los aquejados por el mal, las trampas seductoras de la histeria, el baile de la muerte, pero también de la fascinación; quedémonos abiertos al ensueño y a la magia de lo sagrado que, como el ritual que curó a los danzantes de Estrasburgo, es ahora como entonces, como siempre, capaz de sanar nuestra alma, de devolver el sentido, de hacernos vivir en medio de plagas y catástrofes, de llamar a nuestra humanidad a su razón última de haber venido al mundo; quedémonos mirando la plaga como literatura, fascinados y curiosos, humildes ante el poder de lo desconocido y aventureros del ensueño, un poco maniáticos, poseídos por otro tipo de baile, el del ensueño que nos hace humanos, capaces de derrotar los mayores sufrimientos y tragedias, de tomar de la mano a la muerte e invitarla a danzar para que nos revele su misterio.

Del Autor

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Arturo González Dorado
(Cienfuegos, 1971). Narrador y ensayista. En 1991 fundó en su ciudad natal, junto con un grupo de amigos, un movimiento artístico llamado “Movimiento Extropista”. A causa de ello fue expulsado de las universidades cubanas definitivamente.

Ha obtenido numerosos premios en concursos literarios dentro de Cuba. Colabora frecuentemente con revistas literarias y culturales de España y Estados Unidos. Actualmente reside en Londres.Tiene publicada la novela Taedium Vitae I (Editorial El barco ebrio, España, 2012).