Intento de cadáver exquisito, con fondo de coronavirus

Francisco Alejandro Méndez


Vivo o sobrevivo en Guatemala, América Central, en la meseta central, a unos 30 km de la capital. Rento una granja, en la que comparto con casi una veintena de perros, de raza Pointer Inglés, Weimaraner, Gran Danés y Pastor Malinois. La casa es de madera, construida hace más de 50 años, con dos chimeneas, un río y árboles por todos lados.

A partir del pasado 16 de marzo, en mi país se inició la cuarentena, precisamente cuando se diagnosticó el primer caso de coronavirus.

Las medidas de prevención se han ido incrementado de tal manera que este 15 de mayo, hay un toque de queda total, es decir que nadie, salvo excepciones, puede salir a la calle. El país está en un 90% cerrado, pues los casos “oficiales” se incrementan casi todos los días. Pues es parte de lo que hay que hacer debido a esta pandemia, que afecta a casi todo el mundo.

En mi caso, el primer mes no pude concentrarme para leer o escribir algunas líneas. Para ver si podía hacerlo, recurrí a los ejercicios de los vanguardistas, especialmente los surrelistas, cuando ejercitaban el famoso Cadáver Exquisito. No funcionó. Quizá, pensé junto a mi discurso interno, que el tiempo no está para sumergirme con mis personajes y acompañarlos en sus aventuras.

Opté por ver películas. Tal vez miré unas 250, de las cuales doscientas eran policiales. El insomnio es un aliado, que me acompaña, no desde ahora, si desde ya hace un tiempo que es tan largo que no recuerdo.

Otra parte de mi tiempo la he ocupado en ver noticias de los países que más me interesan (adquirí Sky), lo que provocó gran tristeza en mí, aunado a lo que ocurre en Guatemala, país en el que hasta los ateos creen en dios. Aquí mueren más personas por ataques armados o niños por desnutrición, que personas contagiadas por Covid-19.

Algunos otros hechos me han provocado alejarme del teclado. Entre ellos, la muerte de colegas, de artistas que he admirado y que los tengo guardados en lo más profundo de mi corazón y, además, tienen un espacio ganado en el almario, donde recojo fragmentos de las obras de cada uno.

Luis Sepúlveda (Chile, 1949 – España, 2020).

Sin lugar a dudas, la partida de Luis Sepúlveda fue un duro golpe; a los pocos días falleció Rubem Fonseca, uno de mis héroes literarios y a quien me hubiera gustado sobarle el hombro para que del cinismo, algo se me pegara. Cómo no recordar a Luis en Madrid, cuando nos encontramos junto a varios escritores, que fuimos antologados en Líneas Aéreas, publicado por Lengua de Trapo. Luego sostuvimos una amistad virtual, hasta que coincidimos en Lyon. Sus libros son pulcros, son una esperanza y un adelanto a las series de Animal Planet. A través de sus peculiares personajes, conocemos lo peor de los seres humanos y lo mejor de los animales.

Rubem Fonseca (Brasil, 1925 – Brasil, 2020).

De Fonseca, qué no puedo decir. Una tesis posdoctoral sería poca, para acercarme a ese mundo caótico que nos muestra en cada uno de sus libros. Pero he de decir que sus relatos, como “Paseo nocturno 1 y 2”, “Corazones solitarios” deben formar parte de cualquier antología universal. Por cierto, esos cuentos forman parte de su libro Feliz Año Nuevo (1975), que fue recogido por las autoridades brasileñas, las que querían enviar a la cárcel, incluso a quienes lo hubieran leído. El senador Dinarte Martiz acusó: “Suspenderlo fue poco. Quien escribió aquello debería estar en la cárcel y quien le dio acogida también. No conseguí leer ninguna página. Bastaron media docena de palabras. Es una cosa tan baja que el público ni siquiera debería leerlo”.

De sus otras obras, como el El gran arte (1983), Bufo & Spallanzani (1985); publicada en español como Pasado negro, Vastas emociones y pensamientos imperfectos (1988) y Agosto (1990). Puedo decir que son magistrales. Desde el primer día que comencé a leer su obra ya no fui el mismo.

Pues como quien no dice nada, ya volví a teclear algo. La ilusión de volver a Otrolunes y aprovechar la bondad de Amir Valle me ha motivado. Ahora espero editar y enviar el texto, para regresar con el comisario Wenceslao Pérez Chanán, a quien he tenido abandonado. Por cierto, se encuentra recluido en una sala de intensivo de un hospital nacional, tras recibir una bala en el cabeza. Wenceslao está inconsciente, pero en ese estado en el que se encuentra acaba de despertar en el Oeste guatemalteco, a principios del siglo XX, se ve vestido a lo vaquero y está próximo a buscar a unos forajidos que asaltaron un banco. A mí me toca ahora, ver si le consigo un médico, un sacerdote o lo acompaño en ese Western.

Del Autor

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Francisco Alejandro Méndez
Nieto del famoso escritor guatemalteco Francisco Méndez (1907-1962). Se graduó de periodista por la Universidad de San Carlos de Guatemala y obtuvo el título de Doctor en Letras por la Universidad Nacional de Costa Rica. Trabajó de periodista de medios escritos y televisivos guatemaltecos. Ha publicado los libros Graga y otros cuentos. (Editorial Serviprensa Centroamericana, Guatemala, 1991), Manual para desaparecer (Arco Iris, El Salvador, 1997),Sobrevivir para contarlo (Ed. Praxis, México, 1999), Crónicas suburbanas (Editorial X, Guatemala, 2001), Ruleta rusa (Fondo de Cultura Económica, México-Guatemala, 2001), Completamente Inmaculada (Perro Azul, San José de Costa Rica, 2002), Reinventario de Ficciones. Católogo marginal de bestias, crímenes y peatones (La Tatuana, Guatemala, 2006) y Les ombres du Jaguar et autres nouvelles (Éditions equi-librio, París, 2009). También la publicado los libros de ensayos: América Central en el ojo de sus críticos (Universidad Rafael Landívar, Guatemala, 2005), Hacia un nuevo canon de la vanguardia en América Central (Ed. Cultura, Guatemala, 2006) y Diccionario de Autores y Críticos de Guatemala (La Tatuana, Guatemala, 2010). Su obra más reciente es la novela policíaca Saga de libélulas.