Me aburría mucho de niño. Vivía en el apartamento de mi abuela y, desde su balcón, veía con envidia a los muchachos ir y venir en libertad, llenando su tarde de aventuras. Mi mamá no me dejaba bajar por mucho que insistiera y, cuando le decía que estaba aburrido, siempre me respondía lo mismo: “lee un libro”. No le hice caso hasta muchas tardes de aburrimiento después.
Mi mamá, que nos dejó para siempre antes de esta pandemia, en enero, vino a mi mente con la frase recurrente y perseguidora el día que anunciaron que, en efecto, había que encerrarse en casa, “confinarse”, ponerse en “cuarentena”, y, desde el interior, desde el alma triste, bendije su recuerdo y su fórmula. En mi casa de hoy, más amplia y con menos estrecheces, los libros no dejarán que el aburrimiento se cuele ni por el aire.
En estos días, leyendo “Una invitación a la lectura”, encuentro esta frase de Emilio Lledó, cuyo texto “Necesidad de la literatura”, le sirve de prólogo: “Esta abundancia de comunicaciones ofrece, sin duda, una extraordinaria posibilidad de enriquecimiento, de amplitud y libertad; pero también, por los intereses políticos que las dominan y orientan, puede hacer que la inteligencia resbale por significaciones y perspectivas, para embotarse y enajenarse. Porque los cauces por los que confluyen las imágenes y las palabras nos conforman a sus semejanzas ⸺a las determinadas semejanzas que nos agobian⸺ y nos hacen conformistas”.
“Confinados” en el aburrimiento, estamos a merced de las comunicaciones y sus sesgos peligrosos (todos los sesgos lo son). Se informa al servicio de los intereses de unos y de otros y todos quieren contar con nuestro miedo y dejación del deber de criterio. En las estrategias de comunicación de los de aquí y de los de allá observamos un muy parecido objetivo: ensayar una desconexión de las libertades y comprobar si la vieja sentencia que le escuché a Aranguren es viable: “Las personas prefieren la seguridad a la libertad”. Parece que el ensayo está dando los resultados esperados: conformistas.
Mi mamá no lo sabía, pero su fórmula para vencer el aburrimiento en los ochenta presagiaba este tiempo, el tiempo de los libros, y dialoga con Lledó a pesar de la distancia y el tiempo. En el fondo ella no quería que nos conformáramos a la dejadez y al derrotismo que se podía respirar en algunas esquinas. Lledó afianza la fórmula de mi mamá tirando de etimología: “conformista debe querer decir algo así como conformarse con lo que hay e, incluso, aceptar que ‘no hay quien dé más’… Conformarse es perder, en parte, la forma propia para sumirse, liquidarse, en la ajena”.
La falsedad de una “nueva normalidad” confirma que más que nunca los libros serán el aliado principal del ser humano. Ante la construcción de un mundo menos libre pero más seguro, en el que disentir, pensar con otros colores o palpar distintos olores, leer es “el más asombroso principio de libertad y fraternidad”, dice Lledó, advirtiendo sin pontificar, hablando de necesidad, de necesidad de la literatura, de los libros, de la lectura como agente transformador del criterio y de las relaciones humanas.
Ante la trillada comunicación, ante los paquetes informativos con sesgos de colores, la lectura va a jugar un papel fundamental en la formación de nuestra manera de mirar lo que nos sucede. Al aburrimiento, seguirá por cansancio el conformismo. Nuestro deseo de seguridad hará el resto. Yo, por si acaso, voy a hacerle caso a Lledó. Y también a mi mamá.
