Borges y Cortázar frente a frente

José Manuel Costas Goberna


Aquella tarde risueña del otoño parisino iba yo detrás de la pipa de Simenon por la rue de Mouffetard, peatonal, llena de tiendas, bares y gentes variopintas, cuando de pronto me veo en la plaza de la Contrescarpe, muevo la vista en las cuatro direcciones y no encuentro la figura del creador de Maigret por ningún lado. Había desaparecido de manera incomprensible. Y yo tenía que verlo, era urgente; necesitaba hacerle unas preguntas y obtener cierta información para continuar la novela que estaba escribiendo sobre la tragedia de su hija Marie-Jo. Para salir de tal confusión, además de relajarme la mente, entré en el café más próximo, el del gran toldo rojo. Y allí, ¡oh, dicha, dioses del Olimpo!, me tropecé con la aparición milagrosa de Julio Cortázar, ¡cuan grande era!, sentado a una mesa ocupada por un libro, un cuaderno, una pluma, una taza de café vacía y una copa con su güisqui habitual, Chivas Regal 12 años. Me acerqué a saludarlo. Me presenté imitando su guasa, diciéndole que yo, además de profesor de lengua y literatura y escritor premiado, era hijo de gaucho y gallega. Sonrió y me dijo: “¿Un gaucho de dónde?” Y yo le contesté con otra sonrisa: “Pues… de algún lugar de la Gauchera, o Gauchería, como Cafrune”. Sin dejar de reír me preguntó: “¿Jujuy?” Le contesté: “Por allá, sí”. Se echó a reír como un tonto. Al cabo de un rato me dijo: “Gracias por la broma. Estoy bastante enfermo y necesito cosas para reírme”. Me invitó a sentarme con él y a tomar lo que quisiera. Le pedí al camarero un café y una copita de coñac. Brindamos con un sonoro latinajo: ¡Salutem!

Cortázar empezó diciéndome que ya no le restaba nada más que ajustar cuentas con su vida y su obra. Se había quedado solo y la leucemia se lo estaba comiendo. Enseguida saltó en su cara el semblante depresivo, y procuré desviar rápidamente la conversación hacia la literatura. Como tenía yo mucho interés en que me hablara de algunas cosas muy concretas, abrí mi carpeta, quizá por mis manías profesorales, y puse delante de los ojos un folio con unas palabras que Borges había pronunciado hacía poco sobre algunos aspectos de la obra de Franz Kafka. Cortázar tan solo dijo: “Encantado”. Inmediatamente leí para los dos las oraciones siguientes: “Kafka tiene textos, sobre todo en sus cuentos, donde se establece algo eterno. A Kafka podemos leerlo y pensar que sus fábulas son tan antiguas como la historia, que esos sueños fueron soñados por hombres de otra época sin necesidad de vincularlos a Alemania o a Arabia. El hecho de haber escrito un texto que trasciende el momento en que se escribió es notable. Se puede pensar que se redactó en Persia o en China y ahí está su valor.”

Al terminar la lectura le puntualicé a Cortázar que más de un comentarista había entendido que ese texto de Borges, como tantos otros suyos, escondía una trampa; es decir, explicando ciertos valores de Kafka, Borges está hablando de él mismo, en una especie de autoconsagración implícita. “Yo también lo veo así”, me dijo Cortázar; “el juego literario de Borges es maravilloso en todo momento, algo realmente insuperable”.

Todos sabemos que tanto Borges como Cortázar escribieron cuentos, relatos, obras varias que trascienden el momento en que se escribieron. Hay en ellos algo eterno, que los convierte en clásicos, y por eso volvemos a ellos de modo constante. Ahora bien, no se mezclen ni confundan cualidades y valores, ya que los dos son diferentes en todo: vida, pensamiento, estilo, obra literaria. Apenas los une un rasgo general: la reiterada preferencia por el género fantástico. Y, aun en este punto, hay diferencias muy notables entre los dos. Borges vive siempre en una biblioteca. La vida de Cortázar se desarrolla en la calle con la gente, en los cafés, en los bares y tabernas, en todos los lugares públicos. Borges describe el hecho fantástico desde la lejanía de lo mítico y Cortázar lo envuelve en lo cotidiano. Borges se remite a los arquetipos de la fantasía, al acervo universal de leyendas, a las fábulas, a los modelos del cuento literario; alude siempre a lo prodigioso, a espacios como laberintos, a libros apócrifos, a “Las mil y una noches”, a la cábala, a lo misterioso y sagrado, a la filosofía, a la metafísica; anula siempre toda confusión entre literatura y realidad. Por el contrario, los personajes de Cortázar son nuestros semejantes, vecinos, amigos; protagonistas que podríamos ser nosotros mismos.

Aquí tenemos la gran metáfora que Borges va repartiendo en sus textos: el Universo es un gran Libro; cada fenómeno natural y mental que tiene lugar en él posee un significado. El mundo es un inmenso alfabeto. La realidad física, los hechos de la historia, todas las cosas creadas por los hombres son, como si dijéramos, sílabas de un mensaje constante. Estamos rodeados de una red ilimitada de significación, cada uno de cuyos hilos tiene una palpitación de existencia. Todo ello desemboca en un enigmático relato de gran fuerza que se titula “El Aleph”.

Para Cortázar, lo fantástico no era una forma de evasión de lo humano, sino una ruta para explorar más a fondo lo humano. En sus relatos aparece siempre una especie de milonga que se arma en Buenos Aires y se desarrolla en París, ciudad que en la cabeza de Cortázar es una estructura literaria. Todo esto, más allá de sus cuentos, lo tenemos condensado en “Rayuela”, uno de los mundos narrativos más influyentes del boom hispanoamericano.

Borges disfrutaba de un talento prodigioso y de una gran erudición. Era un monstruo universalista de sabiduría porque leía y hablaba con soltura varias lenguas: inglés, francés, alemán, italiano, portugués, además de su español materno, todo lo cual lo convertía en agudo observador del mundo de las letras.

Borges y Cortázar son los dos escritores argentinos con mayor proyección universal del arte de escribir del último siglo. Es prácticamente imposible considerar la literatura hispanoamericana del siglo XX sin su presencia, y así lo han reconocido no solo la crítica especializada, sino también las sucesivas generaciones de escritores, que vuelven con insistencia sobre las obras de Borges y Cortázar como si fueran canteras inextinguibles del arte de escribir.

Borges es un mito, Cortázar es un invento. Borges es una isla solitaria en medio del océano, Cortázar es un velero atestado de amigos que van navegando por el océano.

Del Autor

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José Manuel Costas Goberna
(España, 1941). Catedrático de Lengua y Literatura Española en Instituto de Bachillerato. Ha publicado los libros Muerte de Venus (premio Ateneo de Valladolid de novela, 1974), El cazador de sueños (premio Ciudad Real de novela, 1975), Mis amores con Anna Freud (premio Ciudad de Irún de novela, 1987), Ladis (premio Ciudad de Irún de cuento, 1987), Luna de agosto (premio Félix Urabayen de novela, 1988), Llanto en Isla Negra (premio Casino de Mieres de novela, 1990), Viaje al fin del arte (2º premio del Concurso Internacional de Cuentos Miguel de Unamuno del año 1999), Cuerpos salvajes (premio de novela Ciudad de Badajoz, 2002), La piel del agua (premio de novela Carolina Coronado, 2004), Mujer de largos vientos (2013) y El puto país (2014). Su novela más reciente es La herencia Kafka, publicada en 2019 en Ilíada Ediciones.