«A esta alameda muriente
he traído mi cansancio,
y estoy ya no sé qué tiempo
tendida bajo los álamos,
que van cubriendo mi pecho
de su oro divino y tardo.«
Gabriela Mistral
Mi vieja costumbre de salir a caminar. Salir a andar por las calles del limeñísimo centro de mi ciudad para pensar, es decir, caminar sin observar nada. Circulación autónoma y anónima, o como la de cualquier sencillo número de una contribuyente de impuestos más. Disfrutar del paseo sola en medio del amontonamiento de ciudadanos apurados. Esquivar, no necesariamente, un codazo, un roce, un estornudo, una tos, ni tampoco incluso a un carterista, a un bolsiqueador, a un listo. Caminar sin que me importe nada y sin ser reconocida por nadie, porque en las grandes urbes los infiernos son diminutos, y se puede ser feliz marchando así.
De pronto, sentir la necesidad una tarde de oír el mecer de las ramas por el aire, el rish-rash de las hojas removidas por el viento. Dirigirse, entonces a la alameda, al boulevard, a la avenida con palmeras. Lima es grande y hay espacio para todo tipo de calles y avenidas, paseos peatonales y jirones, con o sin árboles de cedro, casuarinas, poncianas, o eucaliptos. En una alameda de Barranco concentrarse en el trino de los pájaros y olvidar la gentil urbanidad. O en el Paseo de La Punta, al pie del mar, cruzarse con igual cantidad de gentes e ignorarlas. Sentirse así, anónima también, en la frontera entre cemento y naturaleza.
En un lance de dados, mudarse a otro continente; y trocar esas veredas citadinas, de cemento, de empedrados, con o sin vegetación, o brisa marina, por un apacible y retirado lugar cerca a un bosque centroeuropeo. Cambiar la acera metropolitana por los caminitos de una gigantesca floresta, senderitos que llevan todos al mismo claro de un bosque en una geografía en que las estaciones se suceden diferenciadas con exageración. Mis ojos, acostumbrados a colores como el gris, el arena beige, el pardo donde todos los gatos limeños eran iguales, se trastocan entonces. Los colores nuevos, en lugar de difuminarse se vuelven nítidos, me enceguecen. Se ofuscan mis ojos, no saben si asombrarse o bajar la mirada ante tamaña visión. Las plantas y arbustos florecen en la primavera, en el verano todo se torna color lechuga, y más tarde el rojo en todas sus tonalidades, desde naranja a ocre colorado, anuncia el otoño, para poco después dar paso al blanco del invierno. Caminitos despoblados del Perlacher Forst donde se aprende a conocer la verdadera soledad al hacer camino. Pasear por ellos durante una hora y no cruzarse con nadie. Senderitos solitarios y desolados.
En otro giro de ruleta, experimentar en la paz de estas afueras, junto al bosque, de esta ciudad moderna la maligna visita de microscópicos seres invisibles e incógnitos, llegados de otros lares. Viajeros mortales a lomo de virus, dicen que esparcidos por todo el mundo. No saber si entrar en pánico por el despoblamiento que se avecina, o por la invasión. En un desierto humano devendrán calles, alamedas y boulevards porque quedarse dentro es lo mejor para resguardar el bienestar corporal, se nos ha dicho. Poco después, la rectificación: conviene mejor salir a hacer deporte, por ser óptimo para la salud mental confrontada a una encerrona.
De pronto, mi acostumbrado caminar solitario por las vías forestales de estas afueras citadinas se puebla de improvisados wanderer, donde muchos no han concebido mejor idea que estrenarse y debutar en el jogging, el footing, el trekking semiurbano. Los caminos del bosque se han vuelto alamedas pobladas de almas arrepentidas por sus tantos años de malas e insalubres costumbres. Mis senderitos floridos, otrora desolados, están hechos unos masivos boulevards de caminantes con miedo a una muerte que amenaza con el carácter, más fortuito que nunca, de su guadaña. Ahora me es imposible pasear como una autómata y sin esquivar. Lo que ayer fue indiferencia hacia los pasantes se me ha transformado en inevitable y necesaria empatía con el miedo del otro.
