Se dice que salir con el pie izquierdo (hasta para salir es mala la izquierda), o cruzarse con un gato negro, trae mala suerte.
Pero, en estos momentos de desasosiego hasta los comunistas quieren salir con el pie derecho (en el fondo saben que salir con la izquierda les augura la cagá).
Y, verdaderamente, es mejor estar claro con qué pie vamos a salir a la calle, viendo cómo están las cosas.
Contrario a lo que dicta la lógica en tiempos de Coronavirus, las calles están llenas de gente. Gente suicida, que no tiene otro remedio que salir (no tienen tiempo de pensar con cuál pie van a enfrentar la realidad acoquinante). Gente que va y viene como hormigas locas.
El surrealismo te come por una pata.
Estás obligado a seguir buscando, subsistiendo, superviviendo, pues, en esta peli de ficción (basada en hechos reales), no tienes nada que te ampare, solo los libros que te apaciguan la tristeza, la poesía…
Y piensas en Hemingway en Paris, Virgilio Piñera en Buenos Aires y La Habana, Reinaldo Arenas en sus años habaneros hasta que logró escapar por el Mariel, y otros tantos.
No dejas de pensar en los amigos que has dejado de ver, los seres queridos que la pandemia te prohíbe abrazar, en los amigos, que se han pasado la mayor parte de su vida viviendo en el desastre y el estercolero de una pandemia perenne.
En alguno de mis viajes me lo encontré en el parque de esta ciudad. Freddy Laffita, escritor y trovador, nos presentó una tarde.
David usaba términos en inglés, al llegar y al despedirse (excelente inglés, por cierto). Poco a poco fui descubriendo al ser extraordinario, profundo y único que resultó ser David Montero Figueredo, al que muchos rechazaban, un marginado, incomprendido.
Imagino que algo parecido sentiría Maxwell Perkins, cuando conoció a Thomas Wolfe.
Eran los 90 del siglo pasado, David Montero Figueredo rebasaba los veinte años, era joven y quería comerse al mundo.
Descendiente de Perucho Figueredo, (bayamés compositor del Himno Nacional de Cuba).
David, a quien todos en la ciudad ven como perro apaleado, la desandaba con sus amigos, roqueros o no, sobreviviendo al agitado período especial, entre el tracheo del heavy metal y el camino de la perdición, la promiscuidad y otros vicios.
El descendiente del patriota bayamés (apela a su pie derecho), funda La Paliza, proyecto performático, donde se fusionaban música, literatura, artes plásticas, audiovisuales y teatro; agrupó a escritores y artistas jóvenes de su entorno, con la marcada intención, de darle movilidad, un vuelco total al arte que se ponía de manifiesto en las diferentes manifestaciones, como lo hicieran los artistas de la plástica con La Campana.
Para ellos el arte de su ciudad (aldea natal), Las Tunas, había caído en un estatismo con marcada complacencia hacia las instituciones gubernamentales que aupaban a escritores y artistas a no salirse de las disciplinas establecidas.
Con este proyecto lograron tantas polémicas como seguidores, por lo que el grupo desde su nacimiento fue malmirado por las instituciones gubernamentales y maldecido por el poder político y cultural.
La propuesta de La Paliza fue, junto con el resto de los muchachos, lo suficiente agresivo y renovador, como para caer mal al poder estatal desde su primera propuesta artística.
La banda ofreció conciertos.
Ganaron premios como artistas plásticos; sus materiales audiovisuales también se alzaron con lauros, y sus libros fueron premiados en concursos que fueron convocados, incluso, por las mismas instituciones culturales a las que ellos se enfrentaban con su arte de vanguardia.
El grupo fue marcado, apartado y censurado desde su nacimiento.
El peso mayor del castigo recaería sobre el cabecilla, David Montero Figueredo, tanto es así que, hasta el día de hoy su vasta obra poética, narrativa y pictórica, permanecen inéditas.
Su vida y obra giran alrededor de la sociedad que le ha tocado malvivir, el tormento se recicla en su cabeza para ir a parar a sus dibujos, poemas, cuentos, novelas.
Estamos en presencia de un artista auténtico, honesto con lo que crea y lo que cree.
Su poesía es una fina manera de decir y seducir al lector, que se arriesgue a escalar el castillo gótico que ha construido con sus manos y su ingenio encima de la casa materna.
Su escritura además de reveladora, es caótica, porque caóticos son sus días. Una cuna de metáforas que ilumina zonas vedadas para la poesía cubana actual. El poeta arma el desconcierto en que la sociedad se encarga de hundirlo y él se empeña en seguir a flote.
Su tabla de salvación es el arte, su pequeña hija, un reducido círculo que conformamos amigos y admiradores.
Su voz no se empeña en ser cadenciosa, sí áspera y recóndita.
Testimonia los afanes de un poeta imbuido en este tiempo convulso. Aprovecha la posibilidad de un diálogo entre cortado y sustancioso para proponernos una mirada rápida y profunda a las turbulencias que lo acompañan.
Su fortaleza reside en un universo de visiones que se multiplican para dar a luz a una poética reveladora, contundente, colmada de laberintos repletos de vasos comunicantes, donde nos detenemos a degustar el hongo alucinógeno que es la vida.
Lo cotejo en la balanza con poetas como:
Walt Whitman, T.S. Eliot, Kerouac y la generación beat, César Vallejo, Nicanor Parra, Pablo de Rokha, Rafael Alcides, María Elena Cruz Varela, Manuel Díaz Martínez, Heberto Padilla, Ángel Escobar, Tomás Harris, Zoelia Frómeta, José Kozer, Andrés Conde, Felipe Gaspar Calafell, Rafael Almanza, Carlos Augusto Alfonso, Luis Felipe Rojas, Raúl Tápanes, Carlos Esquivel, Rito Ramón Aroche, Eduard Encina e Ismael González Castañer. Poetas y poéticas disímiles, difíciles y entrañables.
Los invito a palpar las huellas de un iluminado que viene a enriquecer el acervo poético de una nación.
Autor que posee la rara cualidad de haberse logrado y salvado a sí mismo.
Escritor único.
Su poética del infinito nos llevará al terreno de lo mítico-místico.
Ha vivido como un freelance para poder subsistir, sin saber que está llamado a ser uno de los escritores más importantes de lo que va de Siglo.
Yo me precio de tener la dicha de conocerlo, como conocí al gran Guillermo Vidal, como conozco a José Alberto Velázquez, Frank Castell, Carlos Esquivel y Alberto Garrido. Escritores de nuestra generación. Y que son mis amigos.
David Montero es la reencarnación de otros escritores malditos.
Él es único.
Como es única la crónica de su estancia en la tierra y en mundos paralelos donde se refugia buscando salvación. Rehuyendo de las miserias humanas.
Escribe sobre la realidad, la abrumadora realidad circundante.
Un escritor incorrecto, que desobedece las preceptivas impuestas. Es adsorbente, se lee de un tirón y de forma compulsiva porque lo que nos cuenta resulta doloroso y adictivo.
Sobreviviente de todas las guerras, nada detendrá su marcha triunfante en esta carrera de solitario en que, conscientes o inconscientes, lo hemos abandonado a su suerte.
Su manera de narrar se codea con narradores como: James Joyce, Samuel Beckett, Thomas Wolfe, Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy, Virgilio Piñera, Juan Carlos Onetti, Guillermo Rosales, Carlos Victoria, Edmundo Desnoes, Ezequiel Vieta, Iain Banks, Paul Auster, Manuel Gayol Mecías, Abilio Estévez, Amir Valle, Orlando Luis Pardo Lazo, Antonio Benítez Rojo, Reinaldo Arenas, Frédéric Beigbeder, aunque sus lecturas a veces van por otros derroteros.
Bienaventurados los que se acerquen a este ser de luz.
Su obra encontrará el lugar que merece, con toda seguridad.
Lucy Maestre, Ángel Téllez, Ana Rosa Díaz Naranjo, Argel Fernández Granado, Eduardo René Casanova, y quien suscribe estas palabras, hemos fungido en ocasiones, como defensores, editores y correctores de sus textos, aun inéditos.
Aleluya, por Abrazo a un búcaro sin flores, el primer libro de David Montero Figueredo (Cuba, 1969, pintor naif, poeta, narrador, músico autodidacta, artista performático, graduado de Lengua Inglesa). Un primer regalo para el autor y sus lectores que esperamos ansiosos, dado a la luz por Editorial Primigenios.

