“Ser inocente a fuerza de culpabilidad; romper para siempre, por sus excesos, la norma, la ley que hubiera podido juzgarlo”.
Maurice Blanchot
“La historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa”. Esta frase, con la que Karl Marx comienza su obra El 18 de brumario de Luis Bonaparte, es a su vez una adaptación o complemento de la frase de Hegel, en la que indica que todos los grandes hechos de la historia universal aparecen dos veces. Curioso es, que Todd Phillips la escogiera para ponerla en boca de su personaje El Joker, adaptándola por segunda vez, en esta ocasión al contexto, precisamente, de una oscura comedia que bucea en la violencia social y política de nuestra época.
El Joker es tal vez la mejor comedia de los últimos tiempos, tanto, que sufre el riesgo de no parecerlo. Lo que sucede es que Todd Phillips parece tomarse el humor en serio, y en esta cinta nos prepara largo rato para que la ironía, finamente afilada, nos punce en lo más profundo del inconsciente. El humor, cargado de contenido, no es un humor fácil. Nos deambula como fantasma esa frase final: “No lo entenderías”. La esencia de la cinta no está en la superficie, puedes navegar seguro sobre ella y hasta entenderla en primera instancia, pero si pretendes reír dolorosamente debes escarbar algunas capas. En una segunda lectura cobran sentido, incluso los chistes horrendos.
La película está en clave psicoanalítica: Repetir, recordar, reelaborar. La risa compulsiva del protagonista es un síntoma, revela y esconde un trauma. La risa incontenible es el escape de ese hecho traumático atrapado, es su reiteración. Freud planteaba, que el neurótico que había sufrido un trauma, un abuso por ejemplo, por un lado bloqueaba el hecho traumático, rechazando cualquier elemento o situación que lo recordara, y por otro lado, se volvía a poner en riesgo para repetir el hecho reprimido. Eso es Arthur Fleck, el hombre que repite incesantemente sin querer repetir, quien recuerda cada vez que ríe sin querer recordar. Su pasado vuelve siempre en un “instante de peligro”, su trauma reprimido se ha transformado en compulsión de repetición, como toda compulsión: impropia, inadecuada.
La historia de Arthur Fleck es una seguidilla de abusos que se van poco a poco reconstruyendo, desde su infancia hasta el presente, aunque la memoria esté bloqueada o adulterada. El abuso es una de las repeticiones constantes en la cinta, dos veces por ejemplo a Fleck lo golpean en el suelo, pero el abuso, ya sea verbal o físico, siempre aparece en el modo humillación-burla. Quizás la mayor degradación es la exhibición del video que muestra el fracaso de Fleck en un espectáculo de comedia, el video es pasado una y otra vez en el programa televisivo de Franklin Murray, conductor de un late e imagen paterna simbólica del protagonista, Murray se ríe a expensas de Fleck, lo humilla, ese video se vuelve viral, otro símbolo de repetición, luego, por consecuencia, se vuelve viral la muerte de Murray: primero es una comedia, luego una tragedia. Aunque para ser más precisos, la muerte de Murray es también la tragedia hecha comedia. En la entrevista, previo a ser asesinado, el conductor del late le recrimina al Joker la falta de remates de sus chistes, sin saber que el remate final es irónicamente un remate brutal: -¿Qué obtienes cuando cruzas un solitario mentalmente enfermo con una sociedad que lo abandona y lo trata como basura? (pregunta El Joker) -¡Te diré lo que obtienes! ¡Obtienes lo que te mereces! (disparo-remate).
La repetición es la oportunidad para reelaborar. La risa de Fleck por tanto es muy simbólica, o su risa se adapta a las exigencias del mundo o el protagonista se adapta a su risa, esto es entregarse por completo a la pulsión que la empuja. Esa es la razón por la que Joaquín Phoenix nos regale en la escena final una risa sincera, adecuada, no descalzada ni con la situación ni con el ser que se ríe. Otro símbolo de reiteración son las escaleras, que una y otra vez debe subir penosamente, pues la vida del personaje siempre va cuesta arriba, hasta que deja de intentarlo: el Joker las baja danzando livianamente, en una de las tomas más liberadora de la película.
Las pulsiones empujan al ser humano a satisfacer alguna tensión interna, el deseo de Fleck es ser acogido, sus visiones oníricas representan a un padre que lo abraza (Franklin Murray) y a una madre que lo comprende y acompaña (Sophie Dumont), ese deseo choca con el principio de realidad. Fleck deja de intentarlo (vivir) y se deja llevar por su verdadera pulsión, la única que, de acuerdo a Freud, no busca superar la tensión, sino que reducirla. El Joker es la pulsión de muerte encarnando en la pantalla un héroe del mal. La tensión es “cuesta arriba” El Joker quiere ahora volver al estado inorgánico, anterior a las tensiones, anterior a la vida, que es donde arrastra la pulsión de muerte, por eso debe separarse nuevamente de su madre (la mata) y posteriormente se introduce en la nevera en posición fetal (útero), desandando el camino, iniciando su viaje de retorno: “Solía pensar que mi vida era una tragedia (cuesta arriba), pero ahora me doy cuenta, es una comedia (cuesta abajo)”
Podríamos considerar El Joker como un gran trhiler psicológico sobre un individuo desdichado, pero las alusiones y personajes representativos de la sociedad nos dan señas que Phillips pensó en una radiografía social: la asistente social (el Estado), Thomas Waine (la clase empresarial y política), Franklin Murray (la industria de las comunicaciones), etc. Gotham es el embrión de nuestras sociedades de consumo (años 80), con características hoy muy reconocibles: corrupción, individualismo, desinterés, divorcio entre clase gobernante y ciudadanía, banalización de la cultura. Cuando la cinta se estrenó en Chile en octubre, casi al unísono se produjo el estallido social que hizo de todas las ciudades del país una escenografía amplificada de Gotham, con multitudes llenando las calles, incendios y una clase política y medios sin capacidad de respuesta. Chile es como Arthur Flecks, un país que ha negado su trauma pasado, que propicia la amnesia para vestirse de oasis, pero su pasado doloroso vuelve como fantasma oscuro obligándole a repetir, a ponerse en riesgo: militares en las calles, estado de excepción, toque de queda. Chile siempre está al borde, en su inconsciente, de un golpe de estado. Desde octubre hasta la fecha, en mitad de la revuelta, me he preguntado si Todd Phillips nos está mirando desde su ordenador o cualquier otra pantalla, ahora que como país comenzamos a existir. Gotham, al igual que Chile es el escenario donde chocan dos violencias, una de ellas racional, y conservadora de privilegios, la otra, gestada desde el inconsciente, a propósito de abusos naturalizados y que sale a escena (al estilo de Benjamin) convertida en un monstruo que no pide sacrificios, si no que los acepta.
