Historia de una novela

Antonio Álvarez Gil


Una tarde de finales de 1985 fui invitado a una reunión en los locales de la TV cubana. El canal 6 tenía la intención de realizar un serial dramático sobre la vida de José Martí, y un colega, familiar de un funcionario, había dado mi nombre  para colaborar en el guion. Ciertamente no éramos muchos los reunidos en la oficina del sexto piso del ICRT. Cuando nos pidieron que propusiéramos temas, yo me decidí  inmediatamente por la etapa guatemalteca de Martí. Confieso que no me movía tanto el afán de recrear el país que lo había acogido como a un hijo, ni los afanes pedagógicos del apóstol, sino más bien la curiosidad que en la mayoría de los cubanos despierta el idilio amoroso de Martí con María García Granados, La Niña de Guatemala del célebre poema homónimo.

Como muchos de mis compatriotas, yo nunca había podido sustraerme a la idea, más o menos generalizada, de que nuestro Héroe Nacional era un impenitente picaflor, poco menos que el castigador eterno de cuanta mujer hermosa se cruzaba en su vida. A medio camino entre el drama y la leyenda, aquella historia de amor frustrado  –muerte incluida del personaje femenino– fue, como todos sabemos, recreada por el mismo Martí en el bello poema al que me he referido más arriba. Comoquiera que sea, la versión tomada de los versos y su hálito de tragedia romántica han sido debidamente conservados en la memoria colectiva del pueblo cubano, con todo lo que puede haber en ella de realidad o fábula.

Recuerdo que en la reunión del canal 6 nos hicieron saber que una directora de programas venía desde hacía algún tiempo preparándose para dirigir la serie. Trabajaba acompañada por Enrique Molina, el actor elegido para representar a Martí. Nos informaron también que la próxima reunión sería en su casa, es decir, en la casa de la futura directora. En efecto, a los pocos días me presenté junto a unos pocos colegas en el apartamento de J y 19, en el Vedado, donde vivía una de las personas más inteligentes, dulces y honestas que me ha tocado en suerte conocer. Se trataba de la actriz y realizadora de TV Lilian Llerena, una mujer que hasta hacía pocos años se había distinguido como actriz en teatro y TV. Su exitosa puesta en pantalla de un serial sobre la vida de Lenin había tenido, al parecer, algún vínculo con su designación para aquella responsabilidad artística. Desde todos los puntos de vista, Lilian era una mujer encantadora. En algún momento de mi adolescencia yo había admirado su suave  belleza, si bien entonces carecía de armas para apreciar su talento como actriz.

La casa estaba llena de libros de Martí o sobre Martí. Allí trabajaba diariamente Lilian en compañía de Molina, que ya casi se había metido en la piel de nuestro héroe nacional. Molina estaba, como todo entre aquellas paredes, impregnado de la misma pasión que Lilian. Aquel fue el ambiente que encontramos a nuestra llegada a la casa de Lilian. Ella había rastreado en las bóvedas de la Biblioteca Nacional, donde al parecer fue tratada con mano generosa por algún jefe que le permitió llevarse a casa una enorme cantidad de literatura relacionada con Martí. Eran en su mayoría libros viejos, publicados muchos de ellos cuando el centenario del natalicio del apóstol. Si aquella casa no era el campamento de un ejército en campaña, se le parecía muchísimo.

Así, pues, me incorporé a aquel equipo que estudiaba a Martí con una meticulosidad y rigor dignos de la obra que realizaba. Siempre dirigidos por Lilian, analizábamos los más herméticos versos del poeta. Al estudiar atentamente las frases escritas por Martí cien años atrás, construíamos lo que debió haber sido su mundo interior, hurgando con insaciable avidez en el ánimo del autor. De tal suerte fuimos descorriendo una tras otra las capas de su retórica, muchas veces herméticas a primeras lecturas. Y creo que en gran medida llegamos a conocer no sólo la manera de pensar, sino el modo de sentir de nuestro más insigne cubano. En las habitaciones del apartamento de 19 y J podíamos casi sentir las vibraciones del alma de Martí. Con los días llegamos a identificarnos con su modo de amar y, sobre todo, de sufrir, que es quizás lo que mejor supo Martí entre tantas cosas que supo tan bien. Estudiando sus escritos reconstruimos su alma casi del mismo modo en que los científicos modernos reconstruyen con ayuda del ADN la imagen de seres humanos barridos por el viento de los milenios.

De aquella dolorosa manera de trabajar nos nació el rostro verdadero, íntimo, del hombre que fue Martí. De entre las montañas de frases del brillante pensador emergían las desgarraduras del hombre. Fue así como descendió del monumento y se convirtió en uno más entre nosotros. Martí, tantas veces falseado, constantemente tomado por gentes de todos los bandos como instrumento para las más disímiles campañas políticas, vino, sencillo como era, a nuestra mesa de trabajo. Recuerdo con emoción el día en que leí, en la cocina de la casa, la primera versión del guion terminado. En ese tiempo era solo eso, un guion para una gran serie de TV que nunca llegó a realizarse. Sentados a la pequeña mesa estaban Lilian, Molina y la bella y entrañable Lily, a quien en algún momento su madre identificó con la María García Granados de mi entonces naciente manuscrito. Aquella tarde resultó bien pagado cualquier esfuerzo hecho o por hacer.

La crónica sobre el proceso de creación de Las largas de la noche no termina aquí. Tal vez un día escriba la historia completa de por qué esta novela no fue publicada en Cuba, de cómo debió esperar algunos años para una primera edición en Costa Rica y luego, pasado algún tiempo, para la segunda y definitiva en Puerto Rico, esta vez en la Editorial Plaza Mayor y a cargo de la editora y amiga Patricia Gutiérrez Menoyo. Sobre todo esto habría mucho que contar. Pero hoy no. Hoy mi pensamiento se ha escapado por los caminos del recuerdo agradecido: he hablado de Lilian Llerena, de su pasión por Martí y su intención de realizar una serie de TV que nunca se llegó a filmar. Tal vez algún día ocurra. En cualquier caso, esa será, hasta mejores tiempos, la gran asignatura pendiente de la cinematografía nacional. Me duele que Lilian no haya vivido lo suficiente para leer mi novela sobre Martí y La Niña (como ella solía decir), un libro que con tanto amor y respeto dediqué a su memoria, dondequiera que esté.

Del Autor

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Antonio Álvarez Gil
(Melena del Sur, La Habana, 1947). Ha publicado Una muchacha en el andén (Ediciones Unión, La Habana, 1986), Unos y otros(Ediciones Unión, La Habana, 1990), Del tiempo y las cosas (Ediciones Unión, La Habana, 1993),Fin del capítulo ruso (Ediciones Vintén, Montevideo, Uruguay, 1998), Las largas horas de la noche (Editorial Universidad de San José, Costa Rica, 2000; Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003), Naufragios (Algaida Editores, Sevilla, 2002), Delirio nórdico (Algaida Editores, Sevilla, 2004), Nunca es tarde (Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2005), La otra Cuba (Centro Cultural de la Generación del 27, Málaga, 2005). Entre sus muchos premios destacan el Premio de novela Ciudad de Badajoz (España, V edición) y el Premio de novela del Ateneo ciudad de Valladolid (España, en su LI edición). Álvarez Gil aparece incluido en varias antologías del cuento contemporáneo. Cuentos y artículos suyos han aparecido en publicaciones de España, Italia, Suecia, Estados Unidos y Latinoamérica. Es miembro de la Asociación de Escritores de Suecia. Desde 1994 reside en Estocolmo. Acaba de publicar las novelas Después de Cuba en la editorial española Baile del Sol y Perdido en Buenos Aires (2010), con la que obtuvo el Premio Internacional “Mario Vargas Llosa”, de la Universidad de Murcia en el 2009. Sus novelas más recientes son Callejones de Arbat (2012), Annika desnuda (2015), Las señoras de Miramar y otras cubanas de buen ver (2016) y A las puertas de Europa(2018). La editorial Ilíada Ediciones acaba de publicar su libro de cuentos El pianista y la noche (2019).