Cuando tiene tiempo viene hasta aquí y se sienta en el parque que está justo frente al monumento. Bien lo recuerda: ahí encima, como parada sobre esas dos columnas había un águila americana con las alas abiertas, tallada en bronce. ¿Adónde habrán ido a parar los bustos de MacKinley, Wood y Roosevelt? Estuvieron allí, junto al águila, hasta que ellos, aquel día de 1961, amarraron con sogas y tiraron al piso aquel bicho, símbolo del poder yanqui, y arrancaron los tres bustos de William MacKinley, que le había declarado la guerra a España; de Leonardo Wood, el primer interventor americano de la isla y del presidente Teodoro Roosevelt, inventor de esa política nefasta contra América Latina llamada “el Gran Garrote”.
Tiempo después, en una visita organizada por su centro de trabajo al Museo de la Ciudad, volvió a ver el cuerpo y las alas rotas del águila, en la Sala de la República. La cabeza, según decía mucha gente, presidía el bar de la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana, a sólo unas cuadras de ese banco en el cual está ahora mismo sentado.
¿Amanda, su novia de entonces, una de las que más gritaba contra los americanos aquel día, recordaría esos gritos, esa furia que había en sus ojos, ese otro día, poco después, en que se largó a vivir a Estados Unidos con su esposo, uno de aquellos barbudos que bajaron de la Sierra con Fidel? Y Leoncio, “el León de Manicaragua”, que llegó a ser un pincho alto de la Seguridad del Estado metiendo en la cárcel a las primeras bandas que se organizaron en la ciudad para combatir contra la Revolución, ¿se acordará de cómo se cagaba a gritos en la puta madre del presidente yanqui de turno, ahora, mientras revela en la Televisión de Estados Unidos secretos de los altos dirigentes que fueron sus socios? O Mara, que me contó en largas cartas cómo se enfrentaba a los enemigos de la Revolución desde esa embajada en Francia adonde la enviaron por sus grandes méritos revolucionarios, ¿se acordará que fue ella quien señaló a un grupo de muchachos de nuestra edad, que miraban el derribo del águila con ojos de impotencia, para que luego los pateáramos cuando alguien gritó: “son hijitos de ricos vendidos a los yanquis”? ¿Habrá olvidado todo eso al huir de la embajada y pedir asilo político en la Alemania capitalista, cuando todavía no había caído el muro?
Y Leonardo, y el mulo Daniel, y la mulata Dora, y el bizco Jiménez, que ahora andan desperdigados por esos mundos, viviendo dulces vidas de capitalistas, desertores todos de los puestos oficiales que la Revolución les ofreció por largos años de lucha a favor del socialismo y en contra de la opresión imperialista, ¿habrán borrado de sus mentes todas esas cosas que un día, años atrás, los unieron en una hermandad que él creyó jamás se rompería?
¿Quién ha traicionado a quién o a qué? ¿De qué lado está la razón? Ya no lo sabe. Y piensa que ni siquiera le importa. Sólo tiene claro que sigue intentando entender porqué hasta ellos mismos están rotos, dispersos, expuestos en sitios distantes del mundo como piezas de museo, igual que los trozos de esa águila de bronce que hace más de cincuenta años ellos arrancaron de lo alto de esas columnas que él, ahora, contempla en silencio.
