"2020 y la pandemia de Coronavirus:
¿el año en que la Humanidad aprendió a mirar?

¿Qué opinan los escritores?

Guillermo Orsi (Argentina) - Ramón Barbosa Franco (Brasil)
Álvaro Castillo Granada (Colombia) - José Ramón Gómez Cabezas (España)
Giovanni Agnoloni (Italia) - José Antonio Martínez Coronel (Cuba)


Guillermo Orsi (Argentina, 1946). Escritor y periodista. Ha dedicado su carrera literaria a profundizar en el género negro, en el que está considerado como uno de los actuales maestros en lengua española. Ha publicado los siguientes libros: El vagón de los locos (Argentina, 1978-Premio Emecé), Cuerpo de mujer (Argentina, 1983), Tripulantes de un viejo bolero (Argentina, 1994), Sueños de perro (España, 2004-Premio Umbriel/Semana Negra), Buscadores de oro (Argentina, 2007), Nadie ama a un policía (España, 2007-Premio Internacional Ciudad Carmona de novela negra), Ciudad santa (España, 2009-Premio Dashiell Hammet a la mejor novela negra publicada en lengua española) y Segunda vida (Argentina, 2011). Su pasión por la novela negra se originó, curiosamente, en lo que él mismo considera una confusión. Al comienzo escribía novelas psicológicas, hasta que una de ellas, Sueños de perro, fue rotulada en España como policial, y en ese carácter ganó el Premio Umbriel destinado a obras del género, por lo que fue invitado a la tradicional Semana Negra de Gijón, donde comenzó su exitosa andadura como escritor negro-criminal.

 

Empiezo por lo que debería ser una conclusión: lo único que no cambia después de las catástrofes es la condición humana. Las durísimas experiencias de posguerra desencadenaron en los países afectados profundas crisis económicas y sociales. Las revoluciones que accedieron al poder prometiendo mundos nuevos acabaron fosilizadas e instalando relaciones sociales tanto o más retrógradas que aquellas que se habían propuesto transformar.

¿Cabe esperar algo nuevo al final de este “cisne negro” llamado pandemia?

La caída del Muro de Berlín hizo suponer a un tal Fukuyama que la Humanidad había llegado “al fin de la historia”. Grandilocuencias de gurúes bien alimentados, cegueras de unas clases dominantes para las que la consolidación de sus privilegios debería resistir cualquier desvío apocalíptico, fortalezas presuntas, castillos de cartón prensado a los que el aliento de un dragón reduciría a cenizas.

¿Qué cambió después de Hiroshima y Nagasaky? La misma potencia que arrasó esas dos ciudades con un arma cuya radioactividad se extendió sobre miles de sobrevivientes como una maldición bíblica, financió la reconstrucción japonesa y su crecimiento económico hasta transformarla en un enclave asiático del capitalismo triunfante.

¿Qué cambió tras casi medio siglo de dominación soviética sobre el este de Europa? En cuanto esos países pudieron elegir, abandonaron precipitadamente el “socialismo real” y en muchos de ellos se instalaron regímenes capitalistas casi tan autoritarios como el comunismo que les había soltado la mano en 1989.

Revisando éstas y otras tantas experiencias históricas de la tragedia humana, cabe preguntarse: ¿qué queda en el hombre como especie después de cada destrucción auto infligida, qué cultura sobrevive o se recicla entre los escombros?

El Renacimiento tras la Europa medieval, el siglo de oro español, el esplendor de las letras y las artes en toda Europa, el surgimiento como lava volcánica durante el siglo 20 de las letras en una Latinoamérica subsumida por las luchas internas y el imperialismo triunfante, ¿dan lugar a la esperanza?

Sería necio negar la capacidad regenerativa de nuestra especie. Tanto como caer en la desmesura de muchas utopías al uso.

Los equipos de gobierno a los que les tocó en suerte dirigir esta desigual batalla global contra un enemigo microscópico no operan, como en los antiguos combates, sobre mesas de arena sino en laboratorios y hospitales. La búsqueda contra reloj de una vacuna no puede acelerar los tiempos y se ven obligados a imaginar y ejecutar políticas de avance y repliegue, donde el ensayo y error se cobra por estos días miles de vidas. Algunos de esos equipos son liderados por sicópatas como Jair Bolsonaro en Brasil o Donald Trump en los Estados Unidos. Las consecuencias de esos liderazgos nos aterran cada día porque tememos que el contagio de tales conductas rayanas en el genocidio contaminen a sectores de la dirigencia internacional cercanos a ensayar versiones sigloveintiunescas de la solución final dispuesta por el nazismo durante la Segunda guerra mundial.

Si nada de esto prosperara y el mundo fuera encontrando el camino a un regreso a la normalidad, de todos modos buena parte de las naciones enfrentará una inquietante posguerra económica y social. Sobre todo, en nuestro llamado “tercer mundo” –Argentina, en mi caso–, fuertemente endeudado por las mismas elites financieras que nos precipitaron con su aventurerismo en la crisis de las hipotecas subprime, hace apenas una década. En sociedades profundamente desiguales como las latinoamericanas, la enorme marginalidad social –más del 40% bajo la línea de pobreza en Argentina– no augura mejores tiempos, ni parece abrir espacios para la reflexión post pandémica.

Y, sin embargo, habrá que hacerlo: reflexionar, abrir el juego a ideas novedosas e incluyentes, refundar de algún modo nuestras frágiles democracias para que dejen de ser el apetecible botín de recursos naturales sobreexplotados y de ganancias giradas a paraísos fiscales o a los tesoros del mundo desarrollado.

En la orilla opuesta, las sombras de una temible noche intelectual amparan hoy a esa fauna subhumana que se alimenta del dolor y la desolación de los pueblos y a la que, como muestra la historia, no le ha temblado nunca el pulso para empujarnos a la barbarie.

Por eso, la esperanza –si somos capaces de mantener encendidas ciertas lumbres en medio del temporal– es la certeza de que para lo peor de la condición humana no hay otra vacuna que la lucha por la libertad y la cultura de los pueblos.

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Ramón Barbosa Franco (Brasil). Vive y trabaja profesionalmente en la ciudad de Marília, Estado de São Paulo. Periodista de profesión y escritor por pasión. Fue redactor jefe de un periódico de la ciudad de Marília y actualmente trabaja para el Ayuntamiento de la misma ciudad. En su vida de escritor colecciona algunas publicaciones, incluyendo el Mapa Cultural Paulista, los libros de narrativa Cuentos de Japim, Laurinda Frade, recetas de la vida y el ensayo Getulio Vargas, un legado político. Su primera novela es La próxima colombina, una narración policial, en la que introduce en la trama policial, muchas características del campo paulista.

 

Ayer, acá en Brasil, 881 personas fueron víctimas del Covid-19. Aún no es el pico de la desgracia, según los profesores de las principales universidades de mi provincia, el Estado de São Paulo. Mientras el caos se adueña de nuestras ciudades, matando mujeres, hombres, niños y abuelos, tornando muy grises los días y las noches –tan grises como los días del hijo y su padre en el libro La Carretera, de Cormac McCarthy–, ahogando nuestros ojos en nuestras lágrimas y nuestro dolor, el mandatario en jefe de la nación solo piensa en sus hijos parlamentares, y en cómo conducir el proyecto infértil de su gobierno errático, totalmente carente de un Norte concreto. Creo que la situación se equipara a la de los tiempos de guerra, algo próximo a los días terribles en que un ejército insano y agresivo destruyen todo lo que se pone en su mirada, incluyendo vidas y luces, esperanzas y bellezas. Pero, en el caos nace un rayo del sol. La solidaridad y la caridad, hermanas de los mejores tiempos de la humanidad, se hacen presentes en muchas personas e instituciones. Siento brillar la fe en los corazones de hombres y mujeres que empeñan sus tiempos en buscar alimentos para quien nada tiene en su mesa y en sus casas. La cuarentena, interminable y fundamental, destruyó empleos, principalmente entre los trabajadores ambulantes –vendedores autónomos sin trabajo formal y beneficios. Repensar un gobierno humano, restablecer nuevas maneras de trabajar y no olvidarnos de esos que para sobrevivir dependen más de los poderes, son en mi opinión las lecciones que el covid nos está dando ahora mismo. Debemos convivir con el Covid y la vida, mirando el ejemplo del judío José, en Egipto, quien en aquella época tan distante, hace más de tres mil quinientos años, con sabiduría y la fuerza de la espiritualidad evitó el hambre y la ruina de su gente, de su pueblo, algo bien distinto a lo que hoy hace cierto gobernante de estas viejas tierras de Santa Cruz.

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Álvaro Castillo Granada (Colombia 1969). Poeta y narrador. Comenzó a trabajar en una librería en 198, con apenas 19 años. Un día decidió fundar su propia librería y así nace San Librario, un sitio realmente mítico en la cultura bogotana. Es conocido como «San Librario» y posee más de diez mil títulos en su biblioteca personal, además de los cinco mil apilados en su librería de libros usados. Fue el curador de la exposición conmemorativa del primer centenario del nacimiento de Pablo Neruda, en la Biblioteca Nacional de Colombia. Ha publicado, entre otros, El libro. Recuerdos de un lector (2004), De cuando Pablo Neruda plagió a Miguel Ángel Macau y Julio Cortázar: Una lectura permutante del Capítulo 7 de “Rayuela”, (2011). Su libro más reciente es Un librero (Literatura Random House, 2018).

 

Primero era algo que sucedía en una provincia de China. Una provincia de la cuál jamás había oído hablar. Después era un problema de los iraníes. Luego de los italianos, de los españoles… Un rumor decía que era «una maniobra del imperio» para frenar el desarrollo de China… De Irán, de… De repente, sin aviso, se convirtió en un problema de todos. De cada uno de los países. Nadie, ninguno, estaba exento. El problema empezó a ser de todos. Otro rumor decía que el virus había sido fabricado por los chinos… Que estaban destruyendo las pruebas de esto… Algo similar ocurrió en mi país, Colombia. Era un rumor, algo que les pasaba a los demás… De repente nos sucedió a todos. Todos nos vimos obligados a permanecer en cuarentena. Preventiva y luego obligatoria. Nos tocó a prender a vivir de otra manera. Cada uno en «sus circunstancias» (como diría Ortega y Gasett). Todos en las circunstancias. Esta es es, para la vida cotidiana, la mayor consecuencia de lo que estamos viviendo: viviremos el día a día. De acuerdo a las circunstancias. Proyectar, planear, organizar será imposible durante mucho tiempo. El futuro ya no existirá. Viviremos en un eterno presente. Esperando no ser uno más de los que se enferman. Y los países (el mío, todos) tendrán que aprender a vivir con la enfermedad. La enfermedad será parte de nuestra vida. Viviremos esperando desarrollar síntomas. Esperando no desarrollar síntomas. ¿Y el país? Vivirá, sí. Lo que no sabemos es cuántos podrán/podremos tener un presente en él.

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José Antonio Martínez Coronel (Cuba, 1966). Narrador, poeta y ensayista. Licenciado en Lengua y Literatura Francesas. Miembro de la UNEAC. Miembro del Consejo de Redacción de la revista Habáname. Ganador .de numerosos premios y menciones y autor de los libros de cuentos: Los hijos del silencioEdipo y la esfinge, Quiéreme mucho, Al oeste del algarroboIridiscenciaInkarrí, ¡Ay, Mamá Inés!las novelas: PalimpsestoLa paz de los vitralesLos hijos de Medea y los libros de ensayo: Estaba la Pájara Pinta y El paisaje que somosIncluido en numerosas antologías, entre ellas: Entre los poros y las estrellas y País con literasCon la Editorial Primigenios (Miami) ha publicado los cuadernos de poesía: Donde el espejo no llegaLas arenas del tiempo, Las dunas de la espera y A veces, cuando el silencio.

 

Wuhan, 10 de octubre de 1911: ocurre el Levantamiento de Wuchang, con él inicia la Revolución de Xinhai, que conduciría a la abdicación (12.2.1912) de Puyi, el último emperador… Wuhan, octubre 2019: empieza la odisea planetaria causada por el SARS-CoV-2 (Covid-19). Lo que habían explorado Jared Diamond (Armas, gérmenes y acero, Crisis), David Quammen (Spillover) y otros, se hace realidad.

En meses, la Humanidad asiste a una epopeya auténticamente mundial: luchar por seguir vivos. El distanciamiento social, que siempre ha existido, deviene distanciamiento espacial, confinamiento. Lo que empezó en Adviento, se manifiesta en Navidad, crece en Semana Santa, Ramadán, aun en la Ascensión: prohibidas las aglomeraciones, turismo en crisis, cerradas muchas industrias, el enclaustramiento deviene sorprendente retiro íntimo ante el misterio transparente de la vida, la fragilidad de lo estable, lo efímero de lo permanente, el Papa solitario en la plaza de San Pedro, La Meca sólo con trabajadores en torno a la Kaaba, Tánger-Ceuta-Algeciras demasiado lejos con el cierre de fronteras (¿alguien habla de aquel otro, prepandemia?)…

Los que habíamos disfrutado la miniserie Life After People (La Tierra sin Humanos; History Channel, 2009-2010), no tuvimos que esperar mucho: ahí están, los animales regresan al medio urbano, los encerrados humanos son observados desde las calles. La Naturaleza descansa de la Revolución Industrial: los canales de Venecia vuelven a ser transparentes, delfines y gaviotas se regodean en el Bósforo con el puente de Gálata libre de pescadores, el Estrecho de Gibraltar ve muchas más ballenas y delfines que avanzan hasta el cabo de San Antonio en Valencia, se ven más aves en las ciudades, la capa de ozono recibe menos gases contaminantes…

El Gran Ecosistema Planetario descansa del Antropocentrismo. De pronto, la mirada ontológica empieza a traducir el silencio. Las palabras beben en lo primigenio. Virólogos, microbiólogos, epidemiólogos, clínicos, tanatólogos,  paramédicos, policía, ejército, periodistas, escritores, historiadores, sacerdotes, cosmonautas, redes sociales, todos se observan y todos observan esta crónica en la que todos somos protagonistas. Poe reescribe “La máscara de la muerte roja” en Hart Island, Manaos, Madrid, Wuhan… Quienes se acuestan hoy, temen mañana empezar a toser. Ya no se habla de los incendios en Amazonía, ni de la reconstrucción de Nuestra Señora de París, aunque en esta lección mal aprendida, en pleno ejercicio, aumentan la xenofobia, los fundamentalismos religioso y político, los tripulantes y animadores viven escenas de Tarkovsky en los cruceros devenidos enclaustramientos de costa, y apenas se permiten mínimas salidas a las calles vuelven las escenas prepandemia en plena pandemia mientras algunos aseguran que ya ha empezado la pospandemia en tanto millones de contagiados y miles de fallecidos crecen cual árbol de la muerte, sin que ningún país halle la vacuna tan anhelada y un presidente invite a inyectarse lejía para limpiar los pulmones en acto tan absurdo como el de quienes le hicieron caso.

¿Qué se ha aprendido? Lo que ya se sabía: cuán frágil es nuestra existencia, cuán dependientes somos todos de todos. Las bacterias que nos salvaron en La guerra de los mundos, hoy miran a los descendientes planetarios de H.G.Wells quien, en sus últimas novelas, cada vez desconfiaba más de tanto progreso, que es poder, como el de aquel Palacio de Cristal (1851), pocos años antes de la Evolución de las especies (1859) y una Torre Eiffel (1889) mirando Europa como la Estatua de la Libertad (1886; inicialmente, en ocasión del Canal de Suez) miraba la otra orilla del Atlántico. Los chalecos amarillos no pueden manifestar, ni tampoco en el primer fin de semana de mayo se permitía en España transitar con la bandera nacional fuera del auto, miles recorren cientos de kilómetros para regresar a casa en la India, y la vacuna que casi se logra en Houston hacia 2003 para aquel otro SARS-CoV hoy es la nostalgia o luto de muchos por lo que se pudo evitar en, también, la gran enseñanza de que la información no debe tener fronteras ni pasaporte cuando de la condición humana se trata.

¿Cómo será la Pospandemia? Para muchos, igual o peor que antes. Habrá más pobreza, racismo, xenofobia, drogas, lo cual significa menos diálogo, menos ponerse en el lugar del otro. En el turismo —espejo social—, menos visitantes: de 80 000 a la Ciudad Prohibida, ahora, en un día, 5000. Cuando el turismo de circuito vuelva, está por ver si esos grupos de 50 personas serán autorizados en los megabuses, cuántos clientes podrán ocupar el mismo restaurante, cómo serán los gigantescos cruceros, cómo será el mirar sin distinguir las expresiones de mejillas-labios-nariz tras la máscara del nasobuco y los efectos del confinamiento agregado al distanciamiento social que siempre ha existido.

No seremos los mismos. Imposible no haya marcas, tratándose de una epopeya mundial en que, de pronto, futbolistas, juegos olímpicos, portaviones, escenificaciones del poder, quedan fuera de lo siempre esencial: estar vivos, aunque para muchos esto urja otra muy importante prioridad: ser feliz, algo que ninguna calidad material de vida podrá jamás garantizar y sí la condición en la que algunos vuelven a pensar: Amor.

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José Ramón Gómez Cabezas (España, 1971). Psicólogo y profesor de la UCLM. Combina su actividad profesional con el área literaria, colaborando en la mayoría de los festivales de género negro y policial de toda España como ponente o jurado. Es presidente de la Asociación de amigos de la literatura policial (Novelpol) que concede un premio todos los años en la Semana negra de Gijón. Sus novelas publicadas son: Réquiem por la bailarina de una caja de música (Ledoria 2009), Orden de busca y captura para un ángel de la guarda (Ledoria 2012) y El ataque Marshall (Ediciones Serial, 2016) dentro del género negro. Un cuento infantil y un libro sobre actitud y deporte. También ha publicado relatos en la antología de relatos de la revista Fiat Lux, en la revista Prótesis y en la página especializada Solo novela negra. En el año 2016 y 2017  fue finalista de varios premios literarios: Alfonso el magnánimo, Ciudad de Santa Cruz, La orilla negra. Sus obras más recientes son las novelas Metástasis y Ojos que no ven, ambas en 2019.

 

Son tiempos de incertidumbre y duda, a pesar que en las redes sociales había sabios de sillón que ya conocían perfectamente lo que se debía haber hecho y lo que no, lo cierto es que a día de hoy la comunidad médica, científica y la mayoría de la política, siguen teniendo más miedos que certezas. Son ellos precisamente lo que deben sacar las conclusiones más certeras, quizá la importancia de la sanidad, pública a ser posible, de la inversión en I+D+I, de mejorar los mecanismos de protección a los sectores más débiles, de la gestión de los recursos, de las dimensiones de la palabra “prevención” y de tantas otras muchas cosas.

A otro nivel más de superficial, algunos hemos aprendido a hacer pan, que las mascarillas erosionan la piel cuando las llevas mucho tiempo, que sin abrazos se puede sobrevivir, pero se vive mal,  que el ser humano tiene, a pesar de lo que él cree, muchas debilidades, que los aplausos a los sanitarios, según pasan los días y se facilita la desescalada, se oyen con menos eco y que sobre todo, se ha de desconfiar en aquel que te dice esto ya lo sabía yo.

Pero esto son reflexiones del momento, superfluas y a lo mejor hasta banales. Cada uno debería sacar de todos estos días en que la pandemia ha puesto tantos y tantos sistemas, individuales y colectivos, a prueba, sus propias conclusiones. Hay quién dice que saldremos de esta situación siendo mejores, más fuertes, yo sólo espero, sinceramente que no salgamos iguales y podamos retrasar un poco más ese meteorito que no supieron ver venir los dinosaurios.

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Giovanni Agnoloni (Italia, 1976). Escritor, traductor y bloguero. Ha publicado, entre otros, Tolkien e Bach. Dalla Terra di Mezzo all’energia dei fiori (Ensayo, Galaad, 2011) y las novelas Sentieri di notte (Galaad, 2012), Partita di Anime (Galaad, 2014), La casa degli anonimi (Galaad, 2014) y L’ultimo angolo di mondo finito (Galaad, 2017). Ha traducido ensayos sobre J.R.R.Tolkien y Roberto Bolaño, así como libros del papa Francisco, Peter Straub, Noble Smith, Amir Valle y Christiane Taubira. Más en: www.giovanniagnoloni.com

 

El aislamiento de este largo periodo de cuarentena ha ocasionado muchas reflexiones y una actividad cultural intensa por medio de internet, y en particular de las redes sociales. A pesar de la difícil situación emocional y económica (en muchos casos) en la que nos hemos encontrado, hemos tenido la oportunidad de meditar sobre nuestra vida y nuestras verdaderas pasiones, y de consagrar más tiempo a la lectura. Como escritor y traductor, he trabajado mucho en dos importantes proyectos que, por suerte, no se han interrumpido, y he grabado varios clips en vivo en Facebook, además de crear, junto con una amiga periodista, una página que, significativamente, se llama “Anticorpi letterari” (Anticuerpos literarios) para ofrecer a escritores, traductores y editores un espacio de promoción de sus trabajos y de comentario sobre la necesidad de reaccionar interiormente a la presión del momento. La resiliencia tal vez es el aspecto más importante que este tiempo nos ha enseñado, junta con la necesidad de focalizarse sobre nuestra verdadera vocación existencial. Sin la literatura y los otros artes (por ejemplo, la música – yo estudio guitarra clásica), como también sin la espiritualidad, por los que creen, la capacidad de vivir con plena satisfacción y de accionar efectivamente en el contexto social se reduce mucho, especialmente en un momento en el que las posibilidades de contacto están muy limitadas. Me parece que los artistas italianos han demostrado saber utilizar excelentemente este tiempo para estimular una conciencia más sutil y sensible de lo que pasa en el mundo y en el interior del espíritu humano.