Rumores y cantatas, pertenece al género de la poesía amorosa. En este eclosiona con la sabiduría, gracia y ternura de un yo lírico vivo, una enfebrecida e imaginativa exaltación de la mujer.
El libro está dividido en diferentes apartados, titulados de la manera siguiente: A modo de exordio, Cuaderno número 1. Rumores, Cuaderno 2. Breve cantata para tres temas. Este cuaderno queda estructurado con su correspondientes epígrafes en tres tema: Tema 1. El encuentro, Tema 2. La despedida, Tema 3. El olvido. Cierra el libro el Cuaderno 4. Te pareces al mundo.
Ernesto R. del Valle tiene predilección por las formas cortas, rítmicas y rimadas. Las décimas y el soneto predominan en Rumores y cantares, donde también comparecen no obstante algunos pocos poemas de más largo aliento de verso libre y suelto (“Como si la lluvia”, “En la paz sagrada de mis sueños” y “Poema casi oratoria por nuestro amor”), y aun incluso algunos fragmentos de prosa poética.
En el “Cuaderno 4. Te pareces al mundo”, el propio poeta nos describe, en una breve nota, la naturaleza de los poemas que conforman el contenido del referido cuaderno:
“En el presente cuaderno –expresa del Valle-, el autor desborda todo el caudal imaginativo y lubrico. La mujer centra la atención del poeta para convertirse en ese mundo mítico o en esa realidad palpable que a veces nos traen los sueños. La ternura y la delicadeza están a descubierto en cada verso, como el latido del corazón a través de cada línea. “
La acertada descripción o comentario de del Valle que acabamos de leer más arriba, puede ser perfectamente extrapolada a la totalidad del poemario, en el que la mujer es el epicentro, y la visión que de ella se tiene es la de una presencia necesaria, benéfica y reparadora, que ya con el simple sonido de su voz hace florecer la primavera y brotar la lluvia en el interior del poeta:
Cuando escucho tu voz /es como si por dentro /de mí rompiera/la primavera /y una llovizna muy fina,/humedeciera mi corazón lentamente. (“Como si la lluvia”)
Por el contrario, la ausencia de la amada genera incertidumbre, malestar y vació en el poeta: “Un día sin verte/ es el vacío más extraño./ en que mi alma cae.”
La añoranza, la nostalgia, el dolor ante la ausencia de la amada, se manifiestan aguadamente en el corazón del poeta en los lugares en los que ya esta no está (la casa, las calles, la plaza): “Mira tú que desconsuelo/andar sin ti por las calles.”
Si hubieras visto la casa
como aquel día la ví
vacía y sola de tí
¡qué tristeza la traspasa!
¡La plaza sin ti, rebasa
la soledad que encontré!
Hay breves descripciones, casi apuntes del acto sexual (“Con ansias tu cuerpo bajo mi tendías/entregándote plena a mis antojos/que se amansaban tiernos en tu sexo”.), añorado ahora desde la herida de la ausencia, “la ausencia que aniquila”.
La ausencia y sus rigores no le hacen olvidar al poeta a su amada: “de nada vale la ausencia/para olvidar tanto ayer.” La voz lejana de la amada le llega “como remota fragancia/de la flor que más se añora”.
La amante, que ahora por primera vez adquiere nombre propio, (“Marina”), embellece y adorna el mundo y lo metamorfosea, lo ilumina y lo hace amanecer: “cuando tú no estás, Marina,/no parece que amanece.”
El poeta se consume de amor, y así lo canta, esto a pesar de lo que le recomiendan y de sus muchos años y de la fuerza de la costumbre (“Las aguas de la costumbre/no apagaran esta lumbre”): “No quiero dejarla, muero/de nostálgica querencia”
En el poema titulado “La paz sagrada de mis sueños”, el poeta (que lee a su vez allí un poema Fernandez-Larrea, “Canción de invierno”) se revuelve contra la idealización de la mujer como la canta el poema (“una mujer que no es mujer sino un endiablado e irremediable hechizo”, “ no es mujer, sino un encantamiento”) y quiere, en la añoranza, sentir la suya viva y real:
Que no eres fantasma, ni sueño,
sino este insomnio que me dejas en la piel:
tú, que no estas idealizada
sino viva en mí como los latidos
más íntimos de la sangre
y en los símbolos luminosos de la noche.
En “Poema casi oratoria por nuestro amor”, el amor queda convertido en barrera, protección, escudo contra todo mal y toda adversidad:
nuestro amor allí, en medio de tanta locura, sangre, hechizo,
mantiene incólume su emblema.
Ante el manotazo de la soledad, el amor.
Ante el ocaso de los grandes y fallidos amores nuestro amor.
Ante las tempestades y silencios, nuestro amor.
Ante las palabras que nos niegan, nuestro amor.
Y, finalmente, el poeta eterniza la memoria de la amada con la palabra, con sus versos, haciéndola trascender el tiempo y la muerte:
Debiste nacer de mí,
de estas palabras
que en definitiva
te van a eternizar
ante la lluvia, el tiempo
y la cabrona muerte.
Una imagen expresa con fuerza y exactitud la ruptura y la perdida de la amada: “Hay argumentos, sombras, palabras incineradas, canciones, desesperos. ¡Entre el olvido y tu cuerpo navega un barco de ceniza!”
La amada ausente y ya perdida en la distancia se metamorfosea en otra, en una desconocida (“ya no eres aquella que yo amé/tienes otro rostro”), y también el poeta amante mismo cambia, ambos son ya “dos fantasmas/ que una vez fueron felices.”
El poeta está decidido –enamorado del amor y de los dones que este sentimiento prodiga y los muchos inenarrables placeres que brinda–, a inventar el cuerpo de la amada en el que tanto gozo encuentra: “Si eres sueño, si no existe/ Tu cuerpo, ¡yo me lo invento!”
La amada se enciende de lujuria (“y en lujuria te enciendes”). El cuerpo de la mujer amada se percibe en erupción (de tu cuerpo en erupción”) como un volcán. Las noches que brinda la amada son “noches de fuego y miel.”
De nuevo surge la necesidad del poeta de inventar el cuerpo deseado de la amada que tanto placer le ofrece, pero que percibe de forma difusa y desconcertada entre el sueño, la “realidad” y el “mito”: “Tu cuerpo yo me lo invento/si eres sueño.”
Las manos de la amada son pródigas en caricias que llevan al frenesí al amante: ” ¡Que lentas se enrumban por /senderos de frenesí/ y ponen fuegos en mi/piel ardida en su fragor.”
Fuego, volcán, ardor, lumbre, se enciende, ardidas, son vocablos que dejan su marca persistente de significación y sentido a lo largo de los poemas de Rumores y cantatas, clara expresión de la pasión amorosa que recorre la totalidad del poemario. Es bueno asimismo destacar (así sea brevemente), los epítetos, los símiles y metáforas con los que el poeta describe el cuerpo de la amada trozo a trozo, detalle a detalle (“Cuaderno 4. Te pareces al mundo”), como descomponiéndola en una imagen cubista que debe el lector atento reconstruir por sí mismo.
Así, el rostro der la mujer amada es «desamparado y pequeño» y en el mismo hay juventud , el pelo espejeante, cargado de reflejos, las orejas «dos diminutas hogueras», los ojos son vistos como «aves nocturnas» (“Aves nocturnas tus ojos.»), las pestañas como «abanicos de reseda» o «breves follajes frondosos», los labios son como «cerezas» («cereza/de jugos prohibidos»), el cuello «dulce nido», girasol los brazos, los senos de la amada son «de luz y viento», y el ombligo «punto homicida y el eje de tu elegancia.», los pies son «breves», «acariciables y finos».
El poeta se acerca al trovador provenzal, asume los valores del amor cortés, postrándose reverencial a los pies de la amada, ser superior. Y así lo canta: «En mi camino yo estrecho/tus dos pies contra mi vida.»
En conclusión, Rumores y cantares de Ernesto R. del Valle es un poemario en el que se prodiga a manos llena imaginación, sensualidad, delicadeza y ternura, en el que definitivamente se siente de forma persistente el arte de quien domina los tropos, las estrofas y los versos, pero sobre todo el latir de un corazón vivo (“el latido del corazón a través de cada línea“ como dice el mismo poeta ) entregado irrefrenablemente al amor y a la exaltación del objeto de su deseo: la mujer. Todo ello hace que Rumores y cantares se lea con atención y extremo gusto, buscando el lector sensible con deliberación y entusiasmo no perder detalle alguno del sutil y bien elaborado entramado lírico del poemario.
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Ernesto R. del Valle es un prolífico y contumaz escritor cubano estadounidense que persiste a través de los años en generar belleza sirviéndose de la palabra de todos, esto a pesar de los muchos males, quebrantos y pesares que aquejan a nuestro mundo contemporáneo, o quizá precisamente y justamente por eso mismo, buscando con obcecada deliberación aliviarlos y aun incluso conjurar esos males, que es lo que en definitiva debe hacer todo verdadero poeta -y es lo que impone hacer realidad y materializar con su magia verbal e imaginativa la poesía.
Nacido en Camagüey, ciudad cabecera de la provincia del mismo nombre el 9 de junio de 1940, Ernesto quedó claramente inoculado por los espíritus que en esa maravillosa isla antillana esparcen y fomentan la cultura y la creatividad, como quien expande y prodiga el límpido aire indispensable para vivir (no en vano es la patria de José Martí y José Lezama Lima) y se lanzó pronto a la generosa tarea de la docencia, la gestión cultural y ¡cómo no,! el cultivo pertinaz de la narración y de la poesía. Su obra se prodiga en foros y revistas de la Internet, en numerosas antologías internacionales, tales como Poesía cósmica cubana Tomo II (México, 2002.), la poesía universal Siglo XXI (España) de Fernando Savido, Eclipse II y Cuba poética (Editorial Hispana US de EUA, 2018).
Entre sus muchos títulos se encuentran: el libro de relatos Miércoles de cenizas (2012), y los poemarios: Alabanzas y alucinaciones (2011), Emboscadas del sueño (2012) y Amén de Mariposas. Ha cultivado nuestro autor asimismo la literatura infantil con títulos tales como: Carrusel de rondas. Poesía infantil (2019), Duendería. Relatos infanto-juvenil (2019), Aquellos niños que somos (Relatos para niños y jóvenes). Su obra ha merecido numerosos galardones y ha sido traducida al gallego, italiano, portugués, inglés, húngaro y alemán.
