Dominó de dictadores
Alfredo Antonio Fernández
Ilíada Ediciones, Alemania, 2020
Leo la novela Dominó de dictadores (Ilíada ediciones, 2019) del novelista y catedrático universitario, Alfredo Antonio Fernández, actualmente Profesor Asociado Prairie View A&M University.
Permítanme una pedantería.
Los profesionales de la Historia (como tendencia y nunca verdad absoluta) dividimos la evolución social humana en cinco grandes bloques para intentar someterla a las leyes estrictas de la investigación científica.
Prehistoria (desde que se conoce la existencia del hombre hasta la aparición de la escritura), Historia antigua (desde la aparición de las primeras ciudades hasta el 476 D.C), Historia de la Edad Media (desde el 476 hasta el 1453), Historia Moderna (desde 1453 hasta 1789) y, por último, la Historia Contemporánea (desde 1789 hasta la actualidad).
Cada división entre uno y otro período tiene como base un hecho histórico de gran trascendencia para la humanidad, que ya no fue la misma tras esa circunstancia. Y existen (¿cómo no?) divergencias entre seleccionar unos hechos u otros según la ideología o sesgo del historiador que ejerce su profesión.
Pero ser historiador, no importa el método que se escoja para la investigación, obliga a la búsqueda de la verdad. Es una enseñanza que me contagiaron los profesores de Filosofía e Historia, los mejores catedráticos posibles que pude tener en Cuba, y de los obtuve aprendizajes diferentes y algo en común: la ideología no ayuda a la búsqueda de la verdad.
Y esta pedantería que me han permitido es para exponer un pretexto. Esas máximas las llevo en el ADN, y aunque ya no ejerzo profesionalmente como historiador, me es imposible evitar la búsqueda irrefutable de una verdad y el hecho de que la verdad está más allá de mis gustos, deseos o ideología; y las dos siguen bloqueando mis intentos de escribir novela histórica, que tanto me gusta como lector.
No sé cuántas novelas, llamadas históricas, habrán pasado por mis manos, desde Sinuhé, el egipcio, Quo Vadis o El médico, pero al final, las que emocionan más, las que llegan con más fuerza, las que quedan en la memoria colectiva de los lectores más allá del momento histórico, son aquellas que tienen menos Historia, y más de indagación general sobre el alma humana.
Por eso me satisface ver que uno de esos catedráticos culpables de mi cultura en la Universidad de La Habana, y que me instaron a la búsqueda de una verdad más allá de las ideas en las que creo, es capaz de crear novela y, cuya base es –y que me perdone el autor– la novela histórica. ¡Y de qué manera!
Alfredo Antonio Fernández aclara en cada entrevista, y con razón, que Dominó de dictadores no es una novela histórica sino una historia de narrativa histórica, pero mientras la disfrutaba no podía evitar que esa reflexiones y aprensiones para la novela histórica como elemento creativo, se agolparan en mi cabeza como presas acorraladas. Fernández no es un improvisado; además de historiador, es un perpetrador experimentado de novela, y esta no es siquiera su primera novela histórica, por lo que no existen temores de encontrarnos con improvisaciones. Sin embargo, al leer la sinopsis y ver la portada, no podemos menos que preguntarnos qué nos vamos a encontrar en estas cuatro historias de la historia contemporánea que nos propone.
La novela parte de la premisa de una elaboración de un bien concebido plan de espionaje de la Alemania hitleriana sobre América Latina, usando sucursales esparcidas por toda Hispanoamérica del Instituto Iberoamericano, con sede principal en el país germano.
El primer arrojo de esta novela es que ocurre en cuatro espacios temporales:
-Cuba: inicios de la década de 60-70 en el contexto de la llamada Guerra (o invasión, según la ideología de quien cuenta) de Bahía de Cochinos o Playa Girón.
-También Cuba: década de 1930 en plena lucha contra Gerardo Machado, el quinto presidente de la República de Cuba.
-Alemania: 1934, en el contexto de la llamada Noche de los cuchillos largos que aupó a Hitler hacia el poder político.
-República Dominicana: 1959, en los preparativos del dictador Rafael Leónidas Trujillo para enviar una invasión en aras del derrocamiento del recién llegado Fidel Castro al poder.
Estos espacios temporales, que también lo son espaciales, nos ofrecen una panorámica de cuatro formas de ejercer el poder, cuatro ideologías o maneras de enfrentar la maquinaria de gobernar a los demás, pero con un axioma simple: sólo yo decido y tengo la razón.
Pero no espere aquí el lector encontrar como argumento la dictadura y sus consecuencias, asistimos a los tejemanejes del poder y a quien lo enfrenta, las oscuras artimañas de unos y otros para imponer sus criterios, y en especial, una mirada desde arriba, de cómo cuatro gobiernos de disímiles ideologías, se complementan entre sí, por sus formas de ejercer el poder, pero también por la necesidad de enfrentarse o aliarse entre sí a través de unos hilos invisibles o evidentes.
Si tuviera que dar al lector una metáfora de lo bien logrado que está el empaste entre estas cuatro historias que ocurren en lugares y tiempos más o menos diferentes, le diría que, más que un dominó donde cada uno de estos dictadores intentan mover sus fichas para que encajen, yo me veía montado en un dron, como avezado testigo de un tablero inmenso donde múltiples figuras históricas (Adolf Hitler, Rafael Trujillo, Fulgencio Batista, Fidel Castro, Antonio Guiteras, Leni Riefenstahl, Abelardo Nanita) se entrecruzan con personajes ficticios en una suerte de ajedrez donde sólo apreciamos a las piezas interactuar en una batalla perfecta sin que podamos ejecutar un movimiento.
Mientras leía más a gusto me sentía con las historias, porque me percaté que, para Alfredo Antonio Fernández, la Historia no es una ciencia sagrada y perfecta a la cual es imposible hacer descender de su pedestal. El autor asume el desarrollo histórico como una sucesión de hechos más o menos claros y probados, pero los argumentos que los unen, las doctrinas que intentan explicarlos, no importan en absoluto; o importan apenas, y si es necesario, podemos imaginar aquello que pudo pasar, aunque no tengamos evidencias de su objetividad.
Fue Hemingway, con su extraordinaria afición al boxeo, quien dijo que la novela le ganaba la pelea al lector por puntos, pero que el cuento debía hacerlo por nocaut (knockout). Pero en algunos momentos esta novela nos tira a la lona:
El jefe ordenó contraatacar a las baterías de morteros de Castro: desde el pantano, disparaban sobre nuestras posiciones. Nos metimos en el lodo hediondo cubierto de mangles hasta la altura del pecho. Los disparos de las ametralladoras de la milicia castrista cercenaban los árboles. Comenzó el combate. Las sombras de los milicianos aparecían y desaparecían ¡Patria o Muerte! Disparaban sin cesar mientras retrocedían. Ripostábamos el fuego. Los milicianos caían por montones. Al pasar por el lado, los cadáveres se erguían, disparaban y gritaban ¡Patria o Muerte! El jefe le ordenó a Mogollón y a tres brigadistas regresar a Playa Girón en jeep en busca de refuerzos. Un morterazo explotó al pie del vehículo, se abrió un cráter enorme en medio de la carretera. Vi al jeep y a sus ocupantes desaparecer en medio de un remolino de humo. Levitaron y cayeron y rebotaron sobre el asfalto caliente y se desprendieron en tiras de piel y se desarticularon los brazos y las piernas y ardió una masa de pellejo y tripas. Corrimos a ver. Vimos el cuerpo mutilado de Mogollón, las tripas afuera, un boquete en el cuello. Otro jeep vino de urgencia. Cargamos a los heridos y al cadáver de Mogollón y partimos de vuelta a Playa Girón.
Otro momento de auténtico placer literario. Uno de los personajes más llamativos de esta novela es Leni Riefenstahl, la brillante realizadora de cine alemán, directora de El triunfo de la voluntad (Triumph des Willens) una película nacionalsocialista cuyo valor estético es altamente valorado por los cineastas y críticos de cine. Fernández recrea el estreno de esta película propagandística a la que asistió la plana mayor del gobierno Nazi desde el punto de vista del personaje Judith von Krieg, una amiga de la directora.
Las luces se apagaron y comenzó la proyección. Una hora y cincuenta minutos de marchas de soldados y obreros y campesinos. Parecía un desfile de noticiero de propaganda comunista pero eran fascistas de verdad. No voló una mosca en el teatro. Cuando las luces se encendieron el público de pie aplaudió diez minutos. Llamaron a Leni a escena. Se inclinó. Bajaron las cortinas y tuvo que regresar un par de veces. Nadie quería marcharse. La atención puesta en el escenario. Leni resentía la ola de aplausos. Vi al Führer levantarse del asiento. Un edecán le entregó un ramo de rosas. Hitler subió al escenario. Leni no supo qué hacer si darle un beso o echarse a llorar o ponerse de rodillas. Ante la duda se adelantó a recibir las rosas. Como el de Leni en el escenario mi cuerpo también tiraba hacia delante en la hilera de butacas. Nos íbamos a dar en la frente contra el piso. En el último momento Leni y yo dimos un traspié y ambas nos íbamos al suelo. Hitler sostuvo a Leni del brazo y sentí alivio. Había evitado la caída de ambas. Hitler escoltó a Leni por el pasillo hasta la platea. Leni se sentó al lado de Hitler y los reflectores mostraron a todos que la directora de cine era su acompañante de honor.
Es interesante que el lector se pregunte qué pasará si algún día por descuido, en una máquina del tiempo, alguien viaja al pasado y se colocan de frente a las cuatro figuras principales que retrata esta novela. Las consecuencias serían impredecibles y, quizás, hasta catastróficas, pero como testigos de lo pasado, sería un placer atolondrarnos por las consecuencias.
Por algún motivo, esta novela de Fernández, trasciende a sus personajes y sus situaciones para convertirse en disímiles indagaciones del carácter humano, de la relación del hombre frente al poder, de la búsqueda casi desquiciada de un ideal humanista que, a veces, por enfrentarse a una autoridad totalitaria, termina siendo a su vez otra forma arbitraria más.
Dos últimas reflexiones. La historia de América Latina acumula no pocos hechos que, vistos desde un punto de vista europeo clásico, desconciertan y llevan a una teorización imperfecta que poco encaja en esos cánones establecidos para el resto del mundo. De ahí el surgimiento de otras “teorizaciones” que confluyen en lo “real maravilloso” o “real mágico” en el ámbito latinoamericano.
Basten citar obras ciertamente monumentales como El Señor presidente, de Miguel Ángel Asturias, El recurso del método, de Alejo Carpentier, El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez y más reciente La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa, para establecer un paralelo dialéctico, pero natural, entre todas ellas y la novela de Alfredo Antonio Fernández.
De la misma manera, siguiendo este hilo invisible de las herencias literarias, es inevitable reflexionar sobre el término Post-Boom, la corriente literaria de la década de los 70 del siglo XX que entronca de aquella otra que nació sin el sufijo “post” y que, a la vez se desata de ella en aspectos como un estilo más directo y por ende más comprensible, una preferencia de la novela histórica con anclajes en el realismo y la precisión histórica, así como un basamento común en el tratamiento de temas como el exilio y la sexualidad femenina, que son abordados con mayor atrevimiento social y estilístico.
Nombres como Alfredo Bryce Echenique, Manuel Puig, Severo Sarduy, Reinaldo Arenas y Antonio Skármeta nos muestran que esta corriente literaria fue algo más que un alejamiento comercial del Boom latinoamericano e, igualmente, desborda el simple desprendimiento postmodernista de la modernidad que aportó aquel a la literatura universal.
Si lo pensamos, Dominó de dictadores puede inscribirse como una novela de narrativa histórica que ilumina esos puntos de vista del ámbito latinoamericano con aspectos menos conocidos de la historia contemporánea de El Caribe y Europa y retoma esos aspectos del Post-Boom previamente esbozados. Y lo hace en una prosa ficcional que gratifica y consigue lo fundamental, el entretenimiento reflexivo de unos hechos que, aunque desconcertantes, motivan a la lectura.