Negaciones y otros poemas


Félix Anesio (Guantánamo, 1950) Ingeniero de profesión. Ha publicado los libros de relatos Crónicas aldeanas y su versión en inglés A Tale of Two Villages, Voces de Hoy, 2011-2012 y los libros de poesía La cosecha, Entre Líneas, 2013, El ojo de la gaviota, Entre Líneas 2015, Betania, 2016, Los cuervos y la infamia, 2016, Betania, Entre Líneas y País sin moscas y otros poemas, Primigenios, 2020.

Sus cuentos y poemas han sido publicados en numerosas revistas literarias como: Arique, EE.UU. 2013-2015, Linden Lane Magazine, 2010 y 2012; Conexos, 2013-2017-2018, Nagari, 2013-2017, Crear en Salamanca, 2016, 2018, Altazor, 2020, 2021, Santa Rabia, 2020, entre otras. Sus poemas aparecen en antologías de Cuba, EEUU y España: Bojeo a la isla infinita, Betania, y Entre Líneas, 2013; Puede parecer un bosque, La Insula Barataria, 2014; Antología Poetas del siglo XXI, Editor Fernando Sabido, España; Balseros, Entre Líneas, 2015, La isla invertebrada, Ed. Capiro 2017, Postales Guantanameras, Exodus, Editor Augusto Lemus, 2018, La Habana convida, Primigenios, 2019 y La floresta interminable, Editor Luis de la Paz. Artes Miami, 2019.

Ha obtenido dos premios editoriales Carmenluisa Pinto en narrativa y poesía y el Florida Book Awards (medalla de bronce), 2017. Aparece reseñado en el Diccionario de escritores guantanameros, El Mar y la Montaña, Cuba. 2012. Reside en Miami desde el año 2000. Leer más…

Para dejar pasar la primavera

Cauces
Antonia Álvarez Álvarez

Ediciones Eolas. León, 2021

 

Lleva Antonia Álvarez Álvarez en su palabra un sabio son que torna gratísima música. Son muchos títulos y reconocimientos -premio “Flor de Jara”, premio “Paul Beckett”, premio “Leonor”, premio “Victor Jara”- los que atesoran su obra y, uno más, se suma ahora a su atractiva trayectoria. Leer más…

El espejismo de ser

La fragilidad
Diego Doncel

Visor. Madrid, 2021

 

Quiere el premio “Loewe” ser representación y espejo de la poesía española al día de hoy, canon de lo más representativo o conocido. Viene desempeñando esa tarea, junto a algunas editoriales, y ciertos premios en la mente de todo lector de poesía española. Y así surgen nombres y libros apetecibles, trayectorias donde se reconoce el talento y el oficio, momentos en que un poeta se construye finalmente con perfil propio. Libros que merecen ser leídos y el poeta considerado como tal. Leer más…

En el aire del ayer

Versos que habitaron la memoria
Milagros Salvador

Torremozas. Madrid, 2021

 

Con más de una veintena de poemarios ya editados, Milagros Salvador suma una nueva entrega a su brillante trayectoria. Estos Versos que habitaron la memoria llevan un prefacio de la propia autora, en el cual afirma: “Los poemas de este libro se entretejen con el tiempo, el tiempo que es parte de la infancia, del tiempo lírico que engarza con la existencia”. Al cabo, un ayer y un presente que son la precisa ecuación que sirve al yo para afrontar un futuro bañado de experiencia y sabiduría. Mas la inquietante finitud, la sólita incertidumbre del mañana, batallan frente una gramática plena de madurez, pero heterogénea en su acontecer. Leer más…

De su vida y obra – Instantes

Recorrido breve por su obra poética

Carlos Esquivel Guerra

(Cuba, 1968) Ha obtenido múltiples premios nacionales e internacionales. Ha publicado, entre otros, los libros de poesía Perros Ladrándole a Dios (premio a la Mejor Opera Prima del año en Cuba, 1999), Tren de Oriente (México, 2001), El boulevard de los Capuchinos (2003), La Segunda Isla (2004), Bala de Cañón (2006), Matando a los pieles rojas (2008), Los hijos del kamikaze (2008), Cuarteaduras (2013), Once (2014) y La autopista cero (2016). Otras obras suyas editadas son las novelas Un lobo, una colina (2010 y 2018, España), Diario de Caín (España, 2016), Los elefantes las prefieren rubias (2019), (Panamá, 2020). Los libros de cuentos Los animales del cuerpo (2001),  Hablando mal de los otros  (2014), La historia del lobo contada otra vez (2018), Diez cuentos que estremecieron a Cuba (Estados Unidos, 2019), 69. La sexualidad vigilada (Ensayos, 2019). 90 minutos (Estados Unidos).

Leer más…

Breve Historia Elemental del Odio Oriental del Uruguay


Si las masas pueden amar sin saber por qué, también pueden odiar sin mayor fundamento.
William Shakespeare

 

Tengo hoy la misma edad que ayer tenía mi tocayo, Jorge Larrañaga, Ministro de Interior (Seguridad) de la Administración Lacalle Pou, un carismático dirigente de 64 años con una extensa trayectoria politica reconocida por Tirios y Troyanos, que ya es bastante decir en tierra de rencores luengos.

Una muerte sorpresiva siempre mueve y conmueve, y cuando eso sucede, del ser humano brota lo mejor, y también, lo peor, lo que nos niega como tales. Si la muerte toca a una figura pública, ambas cosas serán potenciadas por lo que fueron en vida y lo que, de ellos, cada uno creía saber. Agréguese que en medio de una Pandemia la muerte sienta sus reales en la puerta misma de tu casa, en la pantalla de tu televisor, en la llamada que nunca querrías recibir. En un año, cuatro de estas muertes – por públicas y sorpresivas- son paradigmáticas para el Uruguay: la del ex-Presidente Tabaré Vázquez -aunque de edad avanzada y con una enfermedad terminal, era uno de los últimos caudillos de la izquierda local- Andrés Abt -un joven Alcalde montevideano, judío, muerto por Covid, Alberto Sonsol -un periodista deportivo multifacético, presente en todos los medios, también joven y también judío- y el mencionado Larrañaga. Si en dos de estas muertes menciono su condición racial, es porque ofician como agravante a su exposición pública, en la generación de fidelidades como de odios irracionales.

Es que, apenas terminado el trabajo de la Muerte, en la instantaneidad del mundo en que vivimos, se desatan las pasiones: amor y odio, individuales y colectivos. Del odio, del odio uruguayo por uruguayos, es que quiero hablar. Del que, por estos días, en los desagües de las Redes (anti)Sociales se expresan en festejos y alegrías por muertes ajenas, por una suerte de «terrorismo sanitario» que exacerba los espíritus y reparte culpas sin ton ni son. Del odio de hoy, pero también de su historia, de padres y abuelos de ese encono que acabó con los almuerzos domingueros de la familia grande y de las tribunas compartidas.

Del odio personal, ese rencor que anida dentro de un individuo siempre presto a salir de caza, ha existido desde que nuestros ancestros bajaron del árbol. Quizás porque, como decía Daudet «el odio es la cólera de los débiles» y tales somos, débiles que solemos odiar fortalezas ajenas.

A mi generación, y la del Guapo Larrañaga, le tocó asistir al entierro del Uruguay modélico, la Suiza de América, la de la tertulia con el adversario, la democracia que aceptaba aún a sus enemigos.

Dije enterrar a ese Uruguay y no, no es así; más bien nos tocó asumir la muerte del mito, de la Leyenda.

Este país, nacido como tapón entre los gigantes vecinos, dedicó -con denuedo digno de mejor causa- buena parte de su primer siglo de existencia a darle la razón a W.H. Hudson cuando nos bautizó «la tierra purpúrea«, a pura lanza y fusil.

Si acaso, la Leyenda comienza por 1904 tras el fin de la última gran guerra. La construcción de una democracia, y por consiguiente una sociedad, abierta y tolerante, duró menos de tres décadas. Terra, su cuñado Baldomir y apoyos diversos, terminaron con esa primera etapa, con la vuelta de las muertes políticas en Grauert y Brum.

Una década más tarde, se reencauza el proyecto de modelo. Otros veinte años para cimentar el sueño de la insularidad democrática. Hasta que principian los 60, la Guerra Fría quema, los barbudos entran en La Habana y los Soviéticos exportan revoluciones y misiles, y allí donde no haya lucha de clases, se importa, se crea, se fomenta e incita y desde la usina universitaria, se adoctrina y fogonea.

En el fervor de juventudes inflamadas de utopías, mi generación creyó poder tomar «el cielo por asalto«, en la certera definición del Dr. Hebert Gatto, y a los incombustibles sólo nos quedó sumarnos a las no menos ominosas filas de «la defensa» o intentar una improbable neutralidad, la que, en tiempos de guerra, suele ser imposible.

Una década entera de calle en lucha, las cloacas como trincheras, los asaltos diarios a mano armada para «hacer finanzas», los secuestros de empresarios, políticos y diplomáticos, recluidos en cárceles clandestinas y tratos propios de la tortura. La lógica de la espiral que encuentra a un Presidente -Pacheco Areco- accidental dispuesto a dar batalla, aún al borde (de dentro) de la legalidad con una policía no preparada para ello. Hasta llegar a la formalización del Estado de Guerra Interno, declarado por dos tercios de un Parlamento recién electo, lo que lanzó al Ejército a las calles. Pocos meses después el absurdo había sido derrotado.

Militarmente un bando caía derrotado y el otro triunfante. Pero, como ya se sabe, es más fácil ganar la guerra que la paz, el odio había vuelto para quedarse. El de los ganadores, en la arrogancia de la revancha de años de miedos y humillaciones. En los derrotados, en el saldo de persecución, exilios y cómo podría faltar, tortura.

Y puestos a capitalizar su triunfo militar, los generalotes -en complicidad con los Mariscales de la derrota guerrillera, identificadores de futuros cabeza de turco- echaron las bases de una sobrada década de plomo y silencio, durante los cuales el odio y el resentimiento habría de macerar hasta convertir al vino en vinagre.

Agotada la Dictadura, muchos dentro de los que me cuento, vivimos una suerte de «primavera» democrática en pos de recuperar lo que muchos, antes, habían denostado. El «espíritu del Obelisco» -por aquella maravillosa gesta cívica reclamando libertad- solía llamarse a esa ilusoria pacificación de los espíritus. Duró lo que un lirio.

Bastó instalar el primer Gobierno para que las cosas volvieran al principio. Y con el transcurrir de los años, el bando antes derrotado se aplicó a una nueva modalidad de guerra: sin armas, la del desgaste del Poder, la paciente construcción de un relato y una épica desde todos los ámbitos -universitario, sindical, intelectual, periodístico, territorial- que terminó convirtiendo a derrotados en ganadores, de victimarios en víctimas y al combate a las bases de la salida que había dado la falsa ilusión de paz y concordia. Tras 20 años de ese paciente trabajo, con los incendiarios jóvenes de otrora convertidos en curtidos maniobreros del poder, se hicieron con él, y tras ello, la instauración de lo que podríamos llamar un «revanchismo de buenas maneras» pero que no sólo no apaciguó nada, sino que echó las bases para el mesiánico propósito de ir a por todo. Lo que no había conseguido la bomba, podía lograrlo el discurso. Y mientras, sentados a la mesa del festín, los que antes la miraban desde la tribuna, engordaron y se pusieron avaros, sintiéndose precozmente eternos y prematuramente impunes.

El revolcón electoral reciente y la puesta en penitencia de todos ellos en el rincón del salón y señalados con orejas de burro, sólo sirvió para exacerbar los ánimos y hacer del rencor un chocolate espeso y amargo.

Eso es lo que hoy toca, a todos, de desayuno almuerzo y cena. Por eso se festejan muertes. Por eso se militan fracasos. Por ello es que se organizan «resistencias» y se sueña con volver al sesentismo.  Por eso y porque el barrio ayuda -un vistazo a Chile, Colombia y Argtentina bastan- los uruguayos hemos vuelto, una vez más, a odiarnos con paciencia y vocación, aun cuando muchas veces no sepamos por qué, quizás porque como decía Shakespeare «las masas suelen odiar sin fundamento» de la misma manera que son capaces de amar a ídolos con pies de barro sin más razón que la pasión.  Porque es la masa. Y los individuos que hoy expresan ese odio, no lo hacen como tales -en tanto han sido anulados en su capacidad de individuos con pensamiento propio- sino que son la expresión de la turba en la plaza pública vociferando la quema de los libros y los templos.

Así las cosas, olvidemos la leyenda y no esperemos a los utópicos bárbaros de fuera, porque los que hay ya están aquí y nunca se fueron.

Suena pesimista, y lo es. La lucidez, tan esquiva como dolorosa, suele serlo, y a uno, individuo solo en la soledad de su pensamiento, solamente le queda la esperanza de estar equivocado. Así sea.

 

Apuntes sobre literatura y creación literaria I   


Vaya por delante que respeto muchísimo el trabajo realizado por aquellos que tienen la paciencia de sentarse a escribir un poema, un relato u otro de los tantos posibles textos literarios, cualquiera que sea el resultado final de su trabajo. A lo largo de mi vida de escritor he tenido la oportunidad de contribuir a la formación de numerosos principiantes en el oficio. Con ellos he aprendido a saber qué les preocupa, cuáles son sus sueños y cuáles las dificultades que encuentran en el camino. Pero escribo estas líneas sin pretensiones de enseñarle nada a nadie. Mi única intención es compartir experiencias en un terreno que yo mismo he andado y que para algunos puede hacérseles algo escabroso. Dejaré aquí mis impresiones sobre lo que he visto y veo cada día en el mundo de la escritura de textos literarios, con independencia de si estos han sido escritos para la revista del ayuntamiento del pueblo, o publicados con honores en una gran editorial de un determinado país. Leer más…

Muestrario de su obra

Literatura y protesta


Escribir tiene algo profundamente subversivo, pues supone una rebelión contra la realidad, y esto no es sólo característico de la literatura sino de todo el arte. Por esa insubordinación el artista siente la necesidad de transformar, a veces de forma violenta, el mundo en el que vive, ese hábitat donde no está cómodo. Lejos de eso: se siente oprimido, rechazado, juzgado. El artista, como ser humano, ha sido herido, provocado, acosado por esa realidad, y su creación es su defensa y a la vez su contra ataque. Como si dijera: “Aquí les devuelvo el mundo con mis clavos ardiendo en el centro de su corazón, que es el mismo mío, para que compartan ese dolor”.

El artista en la antigüedad fue un protegido del poder. Su lugar estaba en el palacio del rey y su obligación era distraerlo a él y a los suyos, pero sobre todo labrar del soberano una imagen noble para la posteridad. Por ese extraño diálogo del artista con el porvenir es que, desde el viejo bufón de la corte, que era a la vez músico y poeta, se tuvo la costumbre palaciega de proteger a los artistas. Protegerlos para tenerlos de su lado.

Comida y vino y favores a cambio de obras amables, ese era el pacto.

Esto incluyó a los pintores, claro, pues ellos podían inmortalizar en sus lienzos las gestas del rey y su familia. La figura del mecenas le dio al artista sustento durante siglos, pues a ese mecenazgo vino a unirse la Iglesia. Esta también necesitaba darle vida a su tradición y a sus metáforas. El pintor, con su arte, permitía que el pueblo analfabeta pudiera ver las escenas de la Biblia, ver a los santos y a Jesús y la escena de la anunciación y el soplo divino de Dios bajando de los cielos. La iglesia y el palacio eran los mecenas. Por eso el arte clásico está lleno de escenas bíblicas, batallas y retratos de familias reales.

A fines del siglo XVIII y en el XIX el artista empieza a salir de la protección del palacio y de la Iglesia, con dos consecuencias: su arte empezó a ser más analítico, más subjetivo; empezó a tratar temas ligados a la condición humana y sus grandes preguntas. Pero empezó también a morirse de hambre, ese fue el costo de su independencia. Van Gogh será el caso emblemático. El mercado del arte, y el lector, en literatura, vinieron a salvarlo. A proteger su independencia. Al menos la de algunos.

Por eso el arte, a partir de ahí, estuvo casi siempre del lado de las grandes revueltas sociales. Picasso ganó su guerra civil con el Guernica. Guayasamín dignificó a los indígenas en sus cuadros. Doris Salcedo, entre nosotros, convirtió el Proceso de Paz en una experiencia estética.

Con Los miserables, Víctor Hugo le dio más seguidores a la izquierda política que cualquier tratado marxista. La literatura siempre ahí. En “Cien años de soledad” vivimos cada día la masacre de las bananeras al estilo de García Márquez; las huelgas de ferroviarios en México están en José Trigo, de Fernando Del Paso. Porque el artista, desde que salió del palacio, eligió casi siempre estar del lado más frágil de la sociedad al ser él mismo una minoría, al formar parte de los excluidos y vistos con sospecha por el poder. El poder que lo confina y rechaza haciendo listas negras y amenazantes. ¿Ha habido grandes artistas y escritores de derecha, contrarios a las protestas sociales? Claro que sí. Menos y algunos muy buenos, pero ha habido. Y aún hay.

Cortesía del autor y de El País, Colombia.

Leer más…