Realidad y compromiso

Sobre Poesía, Ideología e Historia. Siglo XX y XXI, de Juan José Lanz

Rafael Morales Barba


Poesía, Ideología e Historia. Siglo XX y XXI
Juan José Lanz

Visor. Madrid, 2021

  

Nadie en España un poco atento a cuanto ha ocurrido en la poesía peninsular en la segunda mitad del siglo XX fundamentalmente, pero también por algunas incursiones en el estudio del actual, desconoce el nombre de Juan José Lanz, el investigador y profesor vasco. Uno de los nombres de referencia de la crítica española del momento junto a Ángel Luis Prieto de Paula o Araceli Iravedra, sin duda alguna.

Juan José Lanz, profesor Titular de Literatura Española en la Universidad del País Vasco, además de un consumado especialista en la lírica del siglo XX (desde Unamuno a Luis García Montero y más allá) es, además, uno de los pioneros en el estudio de las poéticas del fragmento. Y aunque ha estudiado a fondo a Juan Ramón Jiménez, por ejemplo, y ni qué decir de sus investigaciones sobre Blas de Otero, no anquilosa en el ayer su mirada. Ni mucho menos, a pesar de llevar cuatro décadas dedicándose a esta tarea de pensar el hecho poético. Y así, a esa renovación de la poesía española, a las poéticas del fragmento en el siglo XXI, dedica también en esta inexcusable recopilación de trabajos de una década bien aprovechada, un artículo teórico (“Poéticas del fragmento y esquirlas dialógicas en la poesía española reciente-1992-2014-”). Junto a un extenso trabajo mío, Poéticas del malestar (2017), constituye uno de los pocos acercamientos existentes a sus rutas, lecturas y características. En efecto, tal y como hemos adelantado, todo se anuncia en el título. Y este es honesto, no engaña al lector de cuanto luego vendrá, tal y como alguna vez he escrito con este propósito y tras unas palabras de Joan Maragall. Hace más de un siglo, en 1905, tal y como ahora reitero, escribió el poeta catalán un artículo titulado “La obra y el título”. Y allí reflexionaba sobre el título en la obra de arte, aunque sea perfectamente aplicable aquí y resumo: “(…) Y el nombre que dé a esta realidad, el título de la obra no esclavizará nada, porque será una mera indicación de lo que se formó en libertad antes de que él naciera, y a lo cual debe él su nacimiento: y tampoco engañará a nadie, porque, si el artista es sincero al bautizar la obra, su título no dará sino una justa esperanza de ella”.

Y aquí ocurre lo mismo, aunque sea un libro de breves ensayos o artículos. Esta suma de trabajos responde a cuanto se anuncia. El riguroso filólogo y atento conocedor aborda y enfrenta además un tema espinoso: las implicaciones existentes entre la historia, la ideología y…la poesía. Como no podría ser menos en este especialista, siempre puntilloso en el dato concreto hasta la extenuación, pero amplio de mirada en lo tocante a la interpretación del documento histórico sin recetas, mecanicismos, no evade la cuestión. Ni tampoco el estudio de la aventura formal y estilo, del estar en su época de cualquier poema que así pueda llamarse. Parte para su análisis, eso sí, desde la “poesía histórica” de que habló Blas de Otero, de sus caminos a través de los senderos propiamente líricos en las declaraciones y textos de sus protagonistas. O a través de quiénes a ellos se han acercado y teorizado hasta ser hitos inexcusables (por citar por lo breve de cuanto el lector podrá encontrar). Y así los nombres sobresalientes de Claudio Guillén, Fredric Jameson, Pierre Bordieu, Slavoj Zizek, Terry Eagleton, o quiénes el lector quiera buscar, y encontrará. Tanto como corrientes, senderos que se bifurcan, perspectivas, desde el Habitus a los “ideologemas”, en un intento logrado de considerar los textos poéticos por serlos y “no como meras excusas o accidentes de un discurso teórico-crítico o como meros pretextos de un discurso ideológico o histórico, en el que en última instancia se integran como documentos de cultura. Interesa el texto poético como núcleo de trabajo e investigación para subrayar su imbricación en el discurso de la historia literaria, de la historia cultural y de la historia de las ideologías y las sociedades”. No se puede ser más claro.

Y así vamos viendo una sucesión de trabajos. Algunos de ellos inexcusables, como el que aborda las relaciones entre popularismo y cultura revolucionaria, entre alta cultura y cultura popular…en el primer tercio de la poesía española del siglo XX. No era tarea fácil resumir un mundo en un artículo de treinta páginas, nada aburrido por otra parte (pues un libro de ciencia es un libro de ciencia, pero ante todo un libro, es decir, bien escrito, dijo Ortega), y con la gracia de entresacar opiniones bien traídas. Así la del desdén de García Lorca por la poesía revolucionaria de Alberti, y el fin de su buen hacer. Al menos para el poeta granadino, que se las tuvo con el del Puerto de Santa María, tanto como Vicente Aleixandre, aunque esto es menos conocido (ya habrá tiempo). Una perspectiva que, mutatis mutandis, se vuelve a reproducir, en las acusaciones, tras la Guerra de 1936, y donde las imputaciones a la poesía social, fueron a veces de índole parecida. No es el momento, ni tenemos el espacio suficiente, para desgranar pormenorizadamente ese gran angular con que fotografía Lanz el compromiso poético en el ecuador del siglo XX, y al que dedica igualmente un trabajo de referencia. Y desde ahí a los poetas concretos los estudios van tejiendo un hilo. Desde Blas de Otero y Gabriel Celaya hasta Antonio Gamoneda, desde Miguel de Unamuno y Antonio Machado a uno de los poetas de referencia de los 50: Claudio Rodríguez. Analiza Juan José Lanz el poema “Hilando”, sobre uno de los cuadros de referencia de Velázquez “Las hilanderas”, y al que Claudio Rodríguez dedicó el poema citado. Tuve la suerte de acompañarle al Prado una vez de las muchas en que salíamos a dar paseos por Madrid, y ver el cuadro que tanta fascinación le producía. No puede ser más perspicaz el análisis concreto desde una “mística de lo real”, frente a los postulados de José Ángel Valente y la teoría místico-zen, por otra parte, ya en Mallarmé, en buena medida. Félix Grande, recientemente fallecido, Diego Jesús Jiménez (en el que es un destacado especialista, si no el nombre de referencia al abordar al entrañable poeta de Priego) son también objeto de su estudio. O qué decir de Agustín Delgado y la revista “Claraboya”, de aquel mundo comprometido y donde se dieron cita las grandes firmas del momento entre 1963 y 1968, donde también es referencia el nombre de Lanz. O Carlos Sahagún, tan desaparecido voluntariamente antes de tiempo del panorama poético, pese a ser una de las voces más atractivas. O la promoción del 60, con el gaditano Antonio Hernández como motivo de estudio. Si a todo ello le añadimos un trabajo sobre “La Otra Sentimentalidad” en su contexto inicial, y que diseñaron Javier Egea, Juan Carlos Rodríguez, Álvaro Salvador y Luis García Montero un poco antes de los años 80, el amplio abanico queda cumplido.

Un trabajo, además, me parece que, junto a algunas miradas de Díaz de Castro, es de lo mejor relatado al respecto. Si a todo ello le sumamos una amplísima bibliografía donde recuperar fuentes y orígenes, sabremos que la aventura de este libro era necesaria y no ha sido en balde.