Fumar un tabaco habano es sencillo, como comer o amar. Pero el que quiera complicarse la vida tendrá disponible reglamentos, advertencias y sabiduría acumulada por los viejos fumadores. No obstante, conviene no hacerle caso a todo el mundo, ni siquiera a mí: aférrese a su método cuando lo encuentre, no se desvele pensando si cometió algún error. Se fuma por placer y no por masoquismo evaluativo. Lo que reúno en este catauro son rudimentos del arte de fumar, un par de consejos útiles y varios términos del fumador esnob, para impresionar a las mujeres o a los cigarreros novatos. Fumar es algo mucho más honesto, más simple y visceral que cualquier cuerpo legislativo. Fume, sea feliz, lo demás es literatura.
1 · Selección e interrogatorio del puro

El beneficio del tabaco, es una de las tareas más importantes en la producción de este rublo exportable, en la Unidad Empresarial de Base (UEB) V-13-0, en San Luís, Pinar del Río, Cuba, el 4 de julio de 2018. ACN FOTO/ Rafael FERNÁNDEZ ROSELL/ rrcc
El puro se mira, se toca, se huele, se escucha cómo suena —es el instrumento más sutil de la música cubana— y se saborea. Por suerte, el placer del puro no está vedado a quien carezca de alguno de los sentidos (excepto el del gusto, señores, no exageremos). Nunca he visto a un ciego fumando, pero no por eso rechazo la posibilidad de su existencia. E incluso a mí, que tengo dañado el olfato —no hubo nariz más quevedesca y decorativa— nada me ha impedido disfrutar el habano, el vino y mucho menos la comida.
El puro, como el amor, entra por la vista. Lo que no se ve no se fuma. Uno debe examinar el color de la capa, que puede ir de claro a maduro, o sea, a más oscuro. Ortiz, aludiendo a García Galló, dice que hay tabacos claros, colorado-claros, colorados, colorado-maduros, maduros, ligeros, secos, mediostiempos, finos, amarillos, manchados, quebrados, sentidos, broncos, puntillas y así, hasta que se descomponga la memoria. No debe perder la compostura si descubre breves manchitas blancas o verdes en la hoja, que le quedan al tabaco como recuerdo de origen: ya las traía consigo desde la vega o la fábrica.
La piel del habano es flexible, brillosa, seca pero viva. Hay que preguntarle al puro cómo está de salud; y si está enfermo, con disimulo y con un poco de lástima, devolverlo a la caja, que a partir de ese momento será su sarcófago.
(No obstante, hay fumadores con vocación redentora: cuando ven un puro agujereado, cojo, manco o con la capa descosida, enseguida lo prefieren por encima de los otros. Pueden y quieren glorificar el defecto).
Que a nadie se le ocurra agarrar el puro como si fuera un timón o algo peor. Se palpa ligeramente, vigilados de cerca por Freud, entre el pulgar y el índice, para chequear ese crujido que indica que todo está bien allá adentro: las hojas juntas pero no revueltas, las venas abiertas y la tripa bien acomodada. Al finalizar esa radiografía táctil, el puro nos habrá hablado con su lenguaje tranquilo y explícito, como las instrucciones del país de las maravillas: fúmame.
El tabaco se rellena con la tripa —una combinación obsesivamente planeada de cuatro hojas: volado, seco, ligero y, cuando hay, medio tiempo— que es lo que le da esencia y sabor. En habanos más finos, el ligador nos dispensa de ciertas hojas para acentuar el gusto, sin distraerse con preliminares. La tripa se cubre con el capote, que es la hoja que aprieta y entra en caja a las demás; y todo se abriga con la capa, una hoja perfecta y lisa como la piel de una mulata.
El fuego arde de la boquilla a la perilla, que son la introducción y las conclusiones del tabaco. El diámetro, cuyo grosor determina cuál lento arderá el puro, se llama cepo, como recuerdo de los instrumentos de la esclavitud.
2 · Genio y figura
En el mundo del puro, la vitola es una palabra mágica. Tiene una tradición antigua en el idioma de los criollos —la vitola era la medida de las balas de cañón en el arsenal y también la plantilla de los barcos—, y de ese mundo marítimo, de piratas y batallas navales, entró a la casa de tabaco. Decir que la vitola es la forma del puro es imperdonable: lo es, pero no solo. Ortiz diría que su elección, más que definir al tabaco, define al fumador —dime qué vitola fumas y te diré quién eres. Ezequiel Chong habría dicho que la vitola es la figura del tabaco, su esencia, su forma ideal en el cielo de los platónicos: es el universal puro del puro universal.
Es verdad. La vitola es un puro que no existe en ninguna parte o, si nos ponemos escolásticos, es el puro que vive en cada tabaco de su linaje. Está anunciada —en potencia— dentro los modelos de madera que guardan las tabaquerías, y en los cepos y plantillas con que se calibra el habano.
A los efectos prácticos, hay vitolas de galera —que conoce el tabaquero cuando las tuerce— y vitolas de salida, que es la que se declara en la caja. Es decir, cada puro tiene un nombre de bautizo y un nombre de guerra. Además, hay denominaciones populares entre conocedores, para que uno salga loco o especialista.
Las vitolas ostentan todo tipo de nombres, que van delineando una mitología particular. Cada fumador elige la que le gusta más o compra la que puede. Las Marevas, Coronas o Cañonazos son vitolas convencionales, regulares en su longitud y en el tiempo que hay que invertir para fumarlas. Las de cepo grueso, como los Petit Edmundo, los Edmundo —sin apellido— y los Robustos, son tabacos gordos y bajitos, pero muy ardorosos. Hay habanos que se han ido en vicio, como dicen apropiadamente los viejos, por lo largos que son —el célebre Lancero, delgado y rematado en una perilla— o casi patrimoniales, como el Julieta número 2, llamado Churchill por ser una de las vitolas favoritas del inglés. Algunos puros conservan el formato clásico que se denomina figurado —es decir, terminado en una punta afilada, como el Pirámide— o doble figurado, si el cuerno es fatalmente doble, como el Exquisito.
De las vitolas de gente apurada, no hay ninguna que disfrute más que la nombrada por algún goloso Panetela; o la otra, la teatral Entreacto, que son brevas breves para fumar después de almuerzo, en un café, antes de regresar al tedio y al trabajo.
No son las únicas vitolas que hay, desde luego. Solo en La Habana —con su famosa fábrica El Laguito— se confeccionan a mano doscientas cincuenta vitolas, distribuidas en las veintisiete marcas canónicas, sin contar las manufacturas apócrifas, los puros cimarrones y el vasto, imposible mundo del habano fuera de Cuba, cada vez más autónomo con respecto a las viejas técnicas insulares.
El vitolario que nos ha tocado en suerte es añejo y venerable, y ojalá el cepo del bolsillo fuera proporcional al diámetro del tabaco que se expone en las vitrinas. Por desgracia no es así, y el fumador de a pie sigue encariñándose con las vitolas que ha podido conseguir o —para ser fieles a nuestra larga tradición corsaria— las que ha sido posible contrabandear.
3 · La ejecución
Las herramientas del verdugo son muchas, pero en Cuba ya son raras las tijeras y más aún las cuchillas llamadas de troquel o de bala, que hacen una mordida circular sobre la cabeza del puro. Lo común y más piadoso con el tabaco es la guillotina, de una o dos hojas. Se debe cortar justo encima de la juntura entre el gorro y la capa —tres milímetros es lo razonable—, un tajo limpio y elegante.
Nunca se debe apuñalar el tabaco con un palillo y menos aún romper la cabeza con los dientes o las uñas, que ya es descender a la pura animalidad.
Advierto a los fumadores sensibles que el bárbaro es capaz de decapitar un puro con cualquier cosa: un cuchillo, un hacha, una cuchara, la rueda de un tren a punto de pasar por el camino de hierro. En fin, hay de todo en la vega del Señor.
4 · Auto de fe
Si a los herejes relapsos se les entregaba al brazo secular, para que fueran tostados por la candela purgativa, tampoco hay que tenerle misericordia al puro. Una vez que el tabaco se quita el sombrero ya no hay vuelta atrás: él sabe a lo que vino.
Como el sarcófago de un tabaco es de cedro, pues ese también debe ser el origen de la llama que lo elimine. No se sienta culpable, el puro nació para eso. Ya reencarnará en la próxima vitola. Como alternativa a la llamarada limpia y apacible de la tea de cedro, se puede usar un fósforo de madera. De los mecheros, una fosforera de gas, pero jamás de gasolina —le estropea el sabor—; tampoco fósforos de cera o velas encendidas en cuartos de solar: aprenda de la desgracia de Tula.
Ciertos salvajes han llegado a encender el puro con la lumbre de un fogón. Otro lo puso diez minutos en el horno de microondas, pero no logró prenderlo. Nada de bombas, pólvora, piedras de cavernícola y que nadie se trepe en un techo, durante una tormenta, para usar el tabaco de pararrayos.
El encendido debe ser lento, como si uno estuviera alimentando al habano. La boquilla situada perpendicularmente con respecto a la llama (aunque alguna vez vi a un español encender un tabaco sin destaparlo, para que no se le escapara el alma del puro por miedo al fuego).
A medida que se oscurece el borde hay que irlo girando, para que el encendido sea parejo y todas las hojas se enteren de que hay que empezar a trabajar. No permita que el puro, como dicen los guapos, lo coja para el trajín. Usted vino al puro a descansar, a ser feliz, y el trabajo de un habano es ser su mejor amigo durante una hora.
Luego el puro va por fin a su sitio legítimo, la boca, y se le vuelve a aplicar la llama para empezar a fumar en serio. Vale la pena extraer de nuevo el tabaco y soplar la boquilla como si le ofreciéramos el aliento que nos va a quitar de todas maneras.
Cuando compruebe que todo va a bien y que la boca del tabaco está colorada y caliente, ya puede aflojar un poco la tensión y saborear el habano. Eso no quiere decir que pueda echarse en el abandono. El puro, y más si es cimarrón, tiende a la libertad y al orgullo: cuando no se le presta atención, por venganza, permite que la llama se le escape.
5 · Muerte y velorio del tabaco
No es bueno quitar la anilla al comienzo de la fuma, ni siquiera cuando va bien adelantada. Se recomienda dejarla en su punto de origen y hay quien pide que la entierren junto al tabaco. Pero yo comprendo al fumador coleccionista: la anilla no solo protege al tabaco del dedo insolente, mantiene las hojas concentradas y sirve de adorno, sino que es la única prueba que tenemos de haber fumado el puro. La anilla es como una vieja carta de amor: hay que guardarla junto a las cosas que más queremos, no botarla entre las cenizas como si la quisiéramos olvidar.
Respete la muerte del tabaco y guárdele luto. Después puede usted profanar el cadáver y romper el último sello, que es el que desata el apocalipsis. Si se le arrebata la corbata al puro cuando aún respira, le descose la capa y abre una chimenea por donde se escapa todo lo que le podía ofrecer.
El puro, en su último tercio, nos revela su verdadera historia. Por eso no comprendo a los fumadores intermitentes, que pasan el día abrevando en un mismo tabaco, húmedo, mascado, infame. En los tabacos figurados o doble figurados, la plenitud se alcanza en el justo medio aristotélico: la parte más gruesa. El resto es buenas y adiós.
Lo peor de fumar es recordar, cuando uno carece de tabaco, el puro que alguna vez incineró. Nada más parecido a recordar amores imposibles o difuntos. Por eso todo acto de fuma entraña una esencia de amargura, de recordatorio de la muerte. Como el puro, también nos estamos gastando hasta parar en la ceniza y el olvido. En el fondo, víctima y verdugo son —como siempre— una misma cosa.
Cuando usted fuma, aunque no se percate, siempre va pensando en la muerte.
Y no porque le entre remordimiento por los cientos de profecías malignas de los buitres antitabaquistas, sino porque fumar sintetiza —en una hora o el tiempo que sea— todas las verdades importantes de la vida. Por supuesto, en esta y cualquier filosofía fúnebre, lo que importa no es el final sino la música, la humareda, la conversación, la candela, la mujer que nos pide una cachada, el cañonazo de ron o de café que colabora con el habano, y esa soledad, tan agridulce y serena, que le apacigua el alma al fumador.
Ya está claro que el arte de fumar tiene su liturgia, su repertorio de pecados y su derecho canónico. Y aunque, como habrá visto el lector, no tengo moral para legislar en ninguno —soy amante del puro, no purista— dejo este compendio de reglas que he seguido o me he inventado, en mi corta vida de fumador, para que le sirvan de catecismo:
