El año pasado, Narciso J. Hidalgo presentó este libro, vía Zoom, en las ferias del libro de Bogotá, Cali y Medellín, Colombia.[1] En una de ellas, estuvo acompañado por James Conrad[2] y quien esto escribe. Es miembro de la junta editorial de Afro-Hispanic Review y ha publicado desde 2005 hasta el presente varios artículos sobre la presencia africana en el Caribe como parte de antologías y publicaciones académicas.[3] Es también autor, coautor, compilador/editor de las obras: Bajo el sol naciente: Latinos en Japón. Antología. (Editorial Fridaura, México, 2007), con Rafael Reyes-Ruiz; Choteo: irreverencia y humor en la cultura cubana (Siglo del Hombre, Editores, 2012) y José Lezama Lima. Universo poético. Recopilación y edición (Ediciones Unaula, Medellín 2016).[4]
Antes de pasar al contenido del título en cuestión, se deben pormenorizar dos detalles muy importantes, analizados en las sucesivas promociones del texto que nos va a ocupar. El primero está relacionado con la formación educacional y personal de Hidalgo. Antes de trabajar como docente, sobre todo en los Estados Unidos, estudió actuación en la Escuela Nacional de Arte de La Habana.
Una vez graduado, se integró a varias agrupaciones teatrales donde tuvo la oportunidad de colaborar con dramaturgos y especialistas en la herencia y vigencia africana en la isla: Eugenio Hernández Espinosa (1936), Gerardo Fulleda León (1942), Tito Junco (1944-2003) y Rogelio Martínez Furé.[5] El segundo, tiene que ver con su biografía familiar: “El barrio de la Cruz Verde fue escenario de mi niñez, que me vio crecer y que dejó una huella permanente en mi formación y personalidad. Mi propensión por las religiones y las prácticas de origen africano, mi interés en el ámbito de la cultura popular, mis inquietudes por estudiar la música, el teatro y el quehacer de mis conciudadanos nacieron y tuvieron un significado propio en Guanabacoa.”[6]
El contenido incluye nueve artículos, dos a cargo del propio Hidalgo más una entrevista hecha por él: “Introducción: Historia breve de la diáspora africana” (11-30) y “La regla Ochá en Cuba: asimilación, oralidad y diferencias” (65-82); “Testimonio de un sacerdote de Ifá: Nelson Álvarez Freires” (151-156); Los restantes son: Fernando Giobellina Brumana, “Sobre el candomblé” (31-49); Ivor L. Miller, “La sociedad secreta abakuá” (51-63); José Ignacio Urquijo Valdivieso, “El Caribe: santería y vudú dominicanos” (83-132); Patricia González Gómes-Casseres, “ La Nganga, centro motor cósmico” (133-150); Isabela de Aranzadi, “La máscara acústica en las sociedades secretas de África Central y sus trayectorias atlánticas” (157-220); William Luis, “Homenaje a Manuel Zapata Olivella en el Centenario de su muerte. Changó, exilio y retorno al origen” (221-259). Al final, hay una lista de colaboradores que ayuda a comprender el amplio registro de zonas geográficas, currículos, áreas de investigación y publicaciones indicadas en el libro (261-266).
Al cierre de esta reseña, haré una evaluación de las metodologías críticas aplicadas, y acerca de cuán efectivos son los autores a la hora de exponer sus ideas en un lenguaje expositivo de gran transparencia, en comparación con ciertas corrientes críticas al uso en Canadá, Estados Unidos, Europa (España, Francia e Inglaterra) y Latinoamérica, en el plano de los análisis críticos y filosóficos.
Algunas de las tesis exploradas por los autores son: llegada de africanos al bautizado Nuevo Mundo, los cabildos de nación, las diferentes reglas, Ifá-Ochá y Palo de Monte, el impacto cultural y no solamente religioso de estas aportaciones (Hidalgo); Giobellina Brumana estudia el candomblé, equivalente al vudú haitiano y a la santería cubana por el parentesco con el fuerte catolicismo. Más que una religión, subraya, se trata de un emblema estético y de eros no binario, pues los sacerdotes, con frecuencia, son gays. Están enraizados principalmente en las zonas de San Salvador y Recife, estados de Bahía y Pernambuco, Brasil, respectivamente.
En la Sociedad Secreta Abakuá, Miller hace hincapié en su influencia en la cultura popular, digamos los carnavales de La Habana (comparsas Los Alacranes, Los componedores de bateas, La jardinera, Los marqueses del barrio de Atarés), el movimiento obrero (sobre todo entre portuarios, tabacaleros y carnicerías) en la capital y en la provincia de Matanzas, en la historia de la nación (La conspiración de José Antonio Aponte, 1812), en la aceptación de hombres blancos en dicha sociedad a través de la potencia Okobio Mukarará, su innegable repercusión en la música gracias a compositores como Ignacio Piñeiro, miembro del juego Efóri Komó, Arsenio Rodríguez, Chano Pozo, Los muñequitos de Matanzas, Los Papines, Pello el Afrokán, y un largo etcétera (Miller). Apunta a una de las diferencias con la cultura africana: en aquel continente hay alrededor de cuatrocientos orishas y en Cuba se conservan unos treinta. Menciona a Obatalá, dios creador yorubá, que ha absorbido a otros dioses del panteón original. Asimismo, aclara que los rituales de consagración son distintos.
En el análisis de la Regla de Ochá, Hidalgo arranca con la definición de transculturación avanzada por Fernando Ortiz (Cuba 1881-1969). Luego acude a explicar las consecuencias de las condiciones de migración [forzada], desgarramiento y disociación en los esclavos. Enseguida aclara algo que usualmente se olvida, las distintas etnias y lenguas que hablaban los transportados al desembarcar a las tierras americanas (Norte, Centro y Sur) y del Caribe: los había lucumís, mandingas, ararás, bibís, minas, gangas, carabalíes y congos. Además, las leyes españolas de coartación favorecieron que ya en el siglo XVIII se había propiciado, en medio de la economía de plantación, el surgimiento de negros libres, hecho que asombró a Alejandro de Humboldt. Al igual que Giobellina Brumaná y Miller, comenta que la interacción e influencia mutua entre negros y blancos españoles, dieron pie a una cultura mestiza donde las religiones africanas y la católica son las fuentes predominantes. Sin embargo, Hidalgo anota que la Regla de Ochá (yorubá) es una forma de resistencia al eurocentrismo de la cultura colonial.
En cuanto a religiones comparadas, el estudio de Urquijo Valdivieso dedicado a la santería y el vudú dominicano es modélico. De entrada establece que tanto el haitiano como el dominicano son diferentes, la santería cubana y la dominicana también, aunque ambas gozan de sólido arraigo en la población, son sincréticas, se expresan en los ámbitos públicos y privados, muestran un saludable vitalismo a través de las danzas en áreas urbanas y rurales, hay altares privados.
No obstante, el vudú dominicano carece de templos aunque sí existen pequeñas capillas locales; carece de un sacerdocio organizado; a diferencia de Haití, la población dominicana coexiste en alto mestizaje con la blanca; ausencia de jerarquías, adoran a personalidades de otros países, digamos el médico venezolano Gregorio Hernández, Papá Liborio y caciques indígenas.
En “La nganga…”, González Gómes-Casseres, señala que ésta es la matriz y la esencia de lo desconocido. Añade que la Regla Palo de Monte se puede resumir en el concepto de nganga, el ícono central de esa religión. Para explicar más esta aseveración, cita el libro de Lydia Cabrera (La Habana, 1899-Miami, Fla. 1991) sobre las Reglas de congo: palo Monte Mayombe (1979). También acude a Joel James y su Cuba, la gran nganga (algunas prácticas de la brujería), 2006.[7] Para éste, la Regla Conga o Palo de Monte, consiste en el culto a Inzambi, dios supremo.
El resto de las ideas discutidas se resumen en el aserto de que Palo Monte es más sincrética que otras religiones de origen africano en la isla, que los rezos incluyen vocablos en español (bozal), a diferencia de los rezos en Ochá donde se emplea la lengua yorubá; es una religión monoteísta, se acude a ella para obtener resultados inmediatos. González estipula que “la Nganga ocupa el más alto nivel de todos los elementos porque todo gira alrededor de ella” (143).
En “Testimonio de un sacerdote Ifá”, Hidalgo conversa con Nelson Álvarez Freires, quien afirma cuáles son los objetivos de esta religión: prosperidad para todas las personas, larga vida, y bendiciones para que el ser humano pueda desarrollar el potencial favorable a su destino (151). En este sentido, se refiere a que las personas, en principio, se acercan a esta fe para hallar una respuesta espiritual y terrenal ante los desafíos que las inquietan. Luego “deben recibir las divinidades guerreras para su defensa y apertura de caminos” (151). A continuación se enumeran los nombres de los orishas y sus atributos. Esta entrevista así como el artículo sobre la Regla de Ochá debieron de aparecer una al lado del otro como introducción para que los lectores no especializados se beneficien con la comprensión y entendimiento de estas prácticas y filosofías.
En “La máscara acústica…” de Arazandi, las áreas de estudio saltan a Camerún, Guinea Ecuatorial, Gabón y Congo. Se explica que la voz del espíritu detrás de dicha máscara es un “sonido público” (159) actuante en diversos lugares y presente análogamente en la sociedad abakuá. A propósito, se especifica que esa sociedad comparte nombres comunes con los utilizados en regiones de África, y tienen una idéntica misión y característica: un grupo de hombres, reunidos en el objetivo de servir como organización encaminada a la ayuda económica y la protección espiritual de sus afiliados.
Resulta interesante conocer el caso de la leyenda de Sikán, voz escuchada por primera vez por una mujer, las reflexiones sobre el simbolismo del leopardo y el tambor sagrado.
Finalmente, Luis enfoca su ensayo sobre Changó, el gran putas (1983), de Zapata Olivella, en el vínculo de esta novela con otras obras de la literatura latinoamericana de la época y el movimiento conocido como ‘boom’. Changó se nutre de elementos históricos: la esclavitud, las campañas por la independencia, la contribución de los afrodescendientes durante la pasada centuria. Del mismo modo, hace una comparación con la obra de Alejo Carpentier (Lausana, Suiza, 1904-París, Francia, 1980), especialmente en cuanto al tema del realismo mágico y El reino de este mundo (1949), con la Autobiografía (primero traducida y publicada en inglés,1840, casi un siglo más tarde, en 1937, en español) de Juan Francisco Manzano (Cuba 1797-1854).
Luis puntualiza que la perspectiva de la novela no es occidental sino que está basada en las tradiciones narrativas propias del bantú. Por lo demás, comenta el capítulo titulado “Los ancestros combatientes,” donde el narrador crea una conexión con el presente y el pasado histórico, mediante la presencia de figuras antiesclavistas del Caribe y de los EE.UU., incluyendo a Marcus Garvey (Jamaica 1887-Inglaterra 1940) y Malcolm X (EE.UU. 1921-1965).
Insisto en que ésta es una muy sólida contribución a los estudios del legado africano, debido al rigor de su pensamiento crítico y de su plasmación en la escritura ensayística, lo cual facilita una lectura inteligible de los textos.
Es fama convertida, convertida en persistente mala costumbre, que una buena cantidad de los ensayos publicados en los tres decenios más recientes, apelan al uso y al abuso de un lenguaje críptico, tan alambicado como incomprensible para los no iniciados. Lamentablemente, ciertos académicos prefieren estar a la moda en materia de teorías literarias, antes que demostrar talento inquisitivo para analizar obras sin tener que recurrir a terminologías impuestas por la escuela de turno. Simplemente, funcionan como cajas de resonancias de estas.
En ocasiones, al leer revistas especializadas y asistir a conferencias uno siente la inequívoca impresión de que está leyendo o escuchando un mismo argumento infinitamente repetido, con independencia de las obras que escogieron para comentar. El escritor Reynaldo González (Cuba, 1940), ha calificado estas corrientes críticas con un prodigioso adjetivo, metatranca.[8]
Por eso reitero al lector que, gracias a esta obra, tiene la ventaja de enterarse muy bien de una serie de aspectos esenciales de las culturas del Nuevo Mundo, donde se aplica correctamente un principio esgrimido por Julio Cortázar en su polémica con el escritor colombiano Oscar Collazo: “…todo juicio de la obra de Borges exige armas borgianas, es decir la más alta inteligencia y el más implacable rigor” (102).[9]

