De una noche infinita

Sobre Atlántica y celeste, de Ana Sofía Pérez-Bustamante

Jorge de Arco


Atlántica y celeste
Ana Sofía Pérez-Bustamante
CEDMA. Puerta del Mar. Málaga, 2021

 

Ana Sofía Pérez-Bustamante (París, 1962), gaditana de adopción, profesora titular de Literatura Española en la Universidad de Cádiz, investigadora de autores vinculados a Andalucía, nos ofrece en Atlántica y celeste, dos motivos vitales para ella, su poesía reunida.

El mejor poema en español del siglo XX lo escribió Miguel Hernández buscando desahogo eterno, “Elegía a Ramón Sijé”. Este desahogo lo busca cualquier poeta desde la donación de la palabra por parte de una naturaleza desconocida. La asunción sincera del verbo tanto teológico como mitológico y filosófico, y la consiguiente adscripción al hecho poético, resultan verdaderamente una proyección de los espejos del alma hacia la realidad sensitiva de las cosas. Todo conviene de manera exacta y melódica cuando la inspiración viene y va sin ataduras y los momentos previos a la revelación se hacen propicios. Por lo común, estos instantes se encuentran en soledad, en un espacio cerrado e invocando a un sujeto íntimo en el espacio de la escritura. En la poesía de Pérez-Bustamante, la inspiración llega de la mano de los mitos, los maestros, los sucesos y las ceremonias.  En este sentido, es importante su presentación del libro, a manera de homenaje e íntima entrega: “En la playa de Santa María del Mar escucho aún, a veces, entre las olas, las voces de Pilar Paz Pasamar, Fernando Quiñones, José Manuel Caballero Bonald y Carlos Edmundo de Ory, criaturas marinas fabulosas a quienes en la Edad de Oro tuve la fortuna de conocer”.

Existe la expresión “suspensión de la incredulidad”, acuñada en 1817 por el romántico inglés Samuel Taylor Coleridge, la cual define al privilegiado evadiéndose de la realidad pesarosa y entrando en el otro mundo, distinto cuando menos, que se presenta ante sus ojos. Esto lo lleva a cabo con fortuna nuestra poetisa en Sibilario, sin duda la piedra angular de su lírica hasta la fecha. Ella elige la mitología y la entiende de una forma exclusiva y reverencial, y le hace un hueco en su vida. Y así homenajea a “Sibila Madre”: “Abrazada a tu cuerpo, naufragada en tus ojos/ con mis ojos abiertos,/ no hay vacío, ni miedo, ni tristeza./ Tú, la almendra perfecta de una noche infinita/ que se tiñó de azul”.

En su minuciosa introducción, el profesor Mauricio Gil Cano dice de la naturaleza alta de esta lírica: “Es la voz de una excelente escritora que plantea con perspicacia los enigmas de la existencia. Es su voz y es nuestra voz, porque nos reconocemos en sus metáforas y nos ungimos de su luz”.