Arístides Vega Chapú (Santa Clara, 1962). Poeta y narrador cubano. Ha publicado, entre otros, los poemarios Breve estancia de Cristo en la ciudad de Matanzas (Ediciones Vigía, Matanzas, 1989), Revelaciones en las postales del viajero (Editorial Universidad Central de Las Villas, Santa Clara, 1993), El riesgo de la sabiduría (Ediciones Capiro, Santa Clara, 2000), Mensajes del pan (Ediciones Orto, Manzanillo, 2003), Que el gesto de mis manos no alcance, Antología personal (Ediciones Unión, La Habana, 2008) y El discreto encanto de los oficios (Editorial Voces de Hoy, Miami, 2013), las novelas Un día más allá (Editorial Bluebird Editions, Miami, 2008; Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2010), Soñar el mar (Editorial Capiro, Santa Clara, 2002; Letras Cubanas, La Habana, 2009) y Te regalo el cielo (Editorial Cauce, 2007), y el libro de testimonio No hay que llorar (Ediciones La Memoria, Centro Pablo de la Torriente, La Habana, 2011). Textos suyos han aparecido en varias antologías de Cuba, Estados Unidos, Canadá, Costa Rica, Puerto Rico, Venezuela, Panamá, España, Brasil, México y Suecia. Ha obtenido el Premio Internacional de Poesía Nicolás Guillén(2002), el Premio Memorias del Centro Pablo (2009) y el Premio en Proyectos del Concurso Ciudad del Ché de la Uneac en Villa Clara (2009), entre otros reconocimientos.
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No hay nada más impersonal que los pasillos de un hotel. Paredes lisas, casi siempre de un color pastel solo interrumpido por las puertas de las habitaciones. Protegidos por una mullida alfombra sobre la que los huéspedes van hundiéndose con la sensación de andar sobre una nube. Sensación a la que también ayuda la agradable temperatura, que no llega a ser molesta sino la exacta para no transpirar, pese a que la mayoría de los hombres prefieren andar con camisas de mangas largas, bléiser e incluso sacos y las mujeres con los hombros cubiertos por un chal, o cualquiera de sus variantes. Más que por esa temperatura disfrutable de los espacios climatizados para estar a tono con la elegancia de esos sitios.
Caminar por esos pasillos es para un cubano ascender al cielo. No por la sensación que propicia el paso por su acolchonada alfombra, sino por el privilegio de poder acceder a la categoría de huésped, sobre todo después que sus precios de reserva se multiplicaron por veinticinco pesos a uno por sobre el salario que perciben. Y desde que ya no existen la posibilidad de que todos los recién casados tengan el derecho a una reservación a precios asequibles, como merecimiento a una memorable luna de miel, ni aquellos premios que permitía hospedarse por unos días a los trabajadores que alcanzaban la proeza de ser elegidos vanguardias provinciales o nacionales.
Adquirir el envidiable rango de huésped es algo que para una mayoría se hace imposible.
Para un insignificante número de la población una rara y por tanto efímera y casual posibilidad que en casi todos los casos se asume como una suerte que puede nunca más repetirse.
De allí que quien la alcanza se propone vivir la experiencia con toda la intensidad posible. Y esto explica de algún modo la ansiedad de los nacionales por probar la amplia variedad de una mesa bufet, disfrutar de todos los canales por cable disponibles en los televisores de las habitaciones y extender al máximo el horario de las salas de juego o de la piscina, aun cuando en casi todos estos lugares se prohíbe el baño nocturno. Se entenderá, entonces, que a pesar del sueño o el cansancio se vulneran las rutinas y costumbres de la cotidianidad, las noches se extienden hasta la madrugada para aprovechar todas las opciones que se ofrezcan, incluidos un show de cabaret o la simple presentación de un mínimo espectáculo en el bar o en los alrededores de la piscina.
Alcanzar el rango de huésped no solo es un privilegio sino un acto que en el ejercicio de las múltiples posibilidades que otorga desgasta y puede, en casos extremos, ser demoledor, sobre todo por la ansiedad con que se asume la posibilidad. Por querer extender las fuerzas para experimentar todo lo que solo por esos escasos días se tiene al alcance. Un placer que se sabe efímero e incluso en muchos casos irrepetible.
Lo más traumático es cuando esos días terminan, mucho antes de haber satisfecho todos los deseos, y se avecina un período de inadaptación en que se rechaza las rutinas de siempre, a las que se debe irremediablemente regresar. En muchos casos ese regreso se convierte en agónico y precisa del paso de los días para su recuperación.
Pero por muchos años no había sido esa mi experiencia sino más bien el resultado de la observación en mis largas estancias en los hoteles. Contrario a la mayoría y reconociendo que alguna vez estuve dentro de ese mínimo e insignificante porciento de privilegiados, prácticamente viví por años en variados y confortables hoteles. Padecí, entonces, de ese confort, que llega a ser frío e impersonal, incluso incómodo, cuando se sostiene por rutina.
Contrario al placer y el descanso que se asocia a quien precisa de una habitación en un confortable hotel, me hospedé en ellos como una inversión a favor de la que fue mi profesión, como parte de los sacrificios que precisa el tipo de oficio que por años sostuve.
Pude ser tildado de trabajador sexual. Pero verdaderamente, aunque andaba en el límite de esa denominación, fui, a diferencia de quien ejerce esa clase de profesión, una persona cabal. Falto de audacia para dedicarme a un oficio en que se precisa traspasar los límites de todo tipo de escrúpulos, pude ser confundido, a simple vista, con un proxeneta o en el mejor de los casos con alguien que ejercía la prostitución, labores que, a pesar de ser tan antiguas, cuentan con tanto rechazo y prejuicio que han llegado a generar leyes de castigo para quienes las ejercen. Aun cuando, por las ventajas económicas que devienen de ese ejercicio ─sobre todo en los últimos veinte años─, muchos en Cuba lo consideran un buen negocio, incluso para sus hijas e hijos. Al punto que se consideró juicioso dejarles de nombrar con términos tan despectivos como proxenetas o prostitutas, para llamarlos jineteros. Es decir, alguien que cabalga con la vista puesta en el futuro.
Para ser competente en el oficio que por años ejercí, por el contrario de esos otros, se requiere de una imagen impecable, de una cultura general muy sólida, de paciencia y comprensión, de ser desprejuiciado y amable, educado y correcto, de dominar varios idiomas y temas de una conversación que precisa ser sumamente agradable.
Debía ser el hombre ideal para ese tipo de clientas, que suelen ser demasiado exigentes. No por gusto se han quedado solas o han preferido esa soledad. Tenía un oficio de rigor y consagración. De una entrega para la cual se precisa un especial don por no establecer límites al servicio que se presta.
Tendría que perdonárseme la inmodestia, pero con seguridad he sido un excelente profesional. Por eso no creo que fuese casual el hecho de tener siempre clientas, en cuanto brindaba mi compañía por el tiempo en que se hospedaban solas en un hotel. Casi todas coincidieron en apreciar la ventaja de ese servicio y que pese a la complejidad de la responsabilidad que asumía quedaran agradecidas, con múltiples y variadas maneras de hacerme saber su satisfacción.
Tuve absoluta claridad de que mi primer deber era complacer a quienes, por algún motivo, a veces complicado y desconocido por ellas mismas, se atrevían a emprender un viaje sin compañía de nadie. Mujeres solas, obstinadas o defraudadas de matrimonios que perdieron su encanto. O simplemente que por costumbre o por su cultura se premian con esos espacios de libertad como merecidas vacaciones de una rutina sostenida por todo un largo tiempo.
Me comporté siempre con justeza brindándoles mis servicios a todas por igual. Conversar y conocer la ciudad, compartir todas o partes de las rutinas de un hotel y de cuanto pudieran precisar de un hombre que se mantenía atento a cada uno de sus necesidades, pedidos y reclamos. Sin que mediara mi gusto ni pesaran de modo alguno mis intereses personales. Sin importarme cuál era su edad, color de piel, profesión o nacionalidad, exigencias y manías.
Eran, en su gran mayoría, personas muy sensibles que habían sobrevivido a situaciones difíciles y buscaban la ayuda emocional de quien pudiera escucharlas y mimarlas. Aplacarles su ansiedad y aliviar su baja estima. Sanar-las o complacerlas a través de un desbordante cariño que podría ser paternal o carnal, explícito o implícito, según el momento del intercambio.
Muchas venían con expectativas bastante altas, esperaban ser llevadas a una aventura, ya fuera intensa o mesurada, pero que les dejara la sensación de estar viviendo de verdad. Contaba a mi favor con un prestigio ganado, que casi siempre traían por referencias de quienes practicábamos esa profesión en el país; pero no ejercía al azar, a ojo de buen cubero. No me gustó nunca la improvisación, dejarme llevar por el instinto, que no dudo ya había desarrollado en todos esos años de experiencia.
Como en las carpetas de los hoteles todos estaban deseosos de ganar algo más que sus menguados salarios, compraba información sobre la llegada, nacionalidad, tiempo de permanencia, número de habitación y hasta el nombre de posibles clientas. Lo demás dependía de mi habilidad por establecer un vínculo, del manejo de las pericias que había ido perfeccionando con el día a día. Puede que me sentara a tomar el sol, alrededor de la piscina, al lado de una posible clienta, atento a su decisión de bañarse para extenderle mi mano y auxiliarla mientras descendía al agua por la escalera.
Otras veces, si ya estaba en el agua, me situaba en el borde más visible para la elegida, me lanzaba en una espectacular tirada y, nadando por debajo, solía emerger justo frente a ella, mostrándome sin falta de aire ni un mínimo de fatiga para saludarla por lógica cortesía y amabilidad.
Obvio que la piscina y sus alrededores eran la zona ideal para desplegarme. No sería sincero negar que el estar ligero de ropa ayudaba, pero podía ser en cualquier otro lugar, en el lobby o el gimnasio, en un restaurante, en las múltiples actividades nocturnas de un hotel o, sencilla-mente, en uno de sus bares, donde, a pesar de que se aislara con un trago manteniendo cierta distancia, después de un tiempo prudencial, lograba llamar su atención con extrema delicadeza.
Tenía en mi contra que, por lo general, eran mujeres no habituadas a conversar con extraños, por lo que ese primer acercamiento exigía ser preciso, muy parco. Casi siempre comenzaba por preguntarles la hora o con un simple comentario sobre lo agradable de ese lugar. Solo si me percataba de su disposición para establecer un intercambio aclaraba mi preferencia por disfrutar de una cerveza para aliviar el calor, aclarando que no gustaba de beber y mucho menos solo, pues era necesario no mostrar la imagen de un bebedor habitual que para muchas mujeres representa a un hombre sin compañía en un bar.
Insistía en ese primer diálogo solamente tres veces, teniendo en cuenta la sabiduría popular de que a la tercera va la vencida. No podía permitirme excesos, ser impertinente era fatal para mi oficio. Solo tres intentos por si se trataba de una mujer tímida que necesitara reconocer mi compañía. Fueron pocas excepciones, pero cuando no se daban por enteradas o no precisaban realmente de mí, mantuve un comportamiento respetuoso con esa indiferencia.
Algunas preferían que las acompañara a la recepción para registrarme en su habitación, simulando ser una feliz pareja. Otras, por el contrario, exigían no dejar rastro alguno de nuestro vínculo; muchas eran tan discretas que en los espacios públicos les gustaba que nos presentáramos solo como buenos amigos.
Aun cuando la mayoría era consciente de que les brindaba un servicio que cesaba justo el día que se marcharan del hotel, hubo algunas que, vulnerando un comportamiento maduro y racional, intentaban extender ese vínculo.
Nunca timé a ninguna. Mi oficio no precisaba de algo tan deplorable como las mentiras o los engaños. No prometí lo que no estaba asociado a las estrictas obligaciones de mis funciones. A ninguna hice una declaración de amor ni les dije siquiera que las extrañaría cuando partieran. Mucho menos prometí reservarme para un posible regreso que casi todas me aseguraban.
Sin embargo, en las despedidas muchas no sabían decir chao, bye, o hasta luego. O cualquiera de las miles de formas con que se puede despedir una persona que les ha ofrecido un servicio estrictamente profesional. Y me decían que nunca me olvidarían, o que no les sería posible obviar todo lo que les había sucedido en esos días a mi lado. Y más de una se me abrazaba como buscando un consuelo que no me era posible ofrecerle.
Hasta que casi todas, al final de esa retardada despedida, se arrodillaban frente a mí, dejando que fluyera un llanto desbordante y desconsolado, mientras me acariciaban por encima del pantalón lo que consideraban les pertenecía, pidiéndome con vehemencia no las olvidara, prometiendo un pronto regreso.
A muchas tuve que darles como recuerdo una prenda interior usada o un mechón de pelos a falta de llevar, por razones higiénicas, todo el resto del cuerpo rasurado. O simplemente me solicitaban posar desnudo para una foto, jurando no subirla a Facebook, sería solo para su consumo. O me imploraban dejarme medir con una cinta lo que tanto habían disfrutado en esos días y por lo que más halagos recibía de ellas, prometiendo llevar esa medida siempre encima, tal y como si fuese un amuleto o recordatorio de felicidad.
No faltó la humillante experiencia de que me mostraran antes de partir mi nombre de profesión, que obviamente no era el real, tatuado bajo su vientre, sobre su parte íntima, o en sus glúteos, que luego me rogaban se los golpeara por última vez. O que les permitiese guardar parte de mi semen en algún estuche de su maquillaje o que se lo vertiera sobre un pañuelo que conservarían por siempre.
Muy distante de mi propósito, casi todas valoraban más que nada esos momentos de intimidad que solo les ofrecía como parte de un acompañamiento emocional al que poco valor le concedían. Desgraciadamente era minimizado ese esfuerzo por escucharlas y complacerlas en todos sus caprichos, de aceptar sus horarios y rutinas, de reservarme mis criterios, de guiarlas en un país sin rutas exactas, con códigos tan particulares, de aceptarlas tal y como eran.
Era la zona más decepcionante de mi trabajo, que fuera más valorado el disfrute con mi cuerpo que todo lo que debía generar como estrategias para ser competente en un oficio que a pesar de proporcionar muchas gratificaciones también estaba expuesto al más abominable de los comportamientos. Se sabe que una mujer airada, celosa, despechada, puede condicionar una perversidad sin límites. Dicho así parecería injusto o poco probable de una labor que se asocia solo al placer. Pero hay ciertas ingratitudes de la que no está excepto ni siquiera un oficio pensado para lograr una máxima satisfacción en quienes lo eligen.
Mi última clienta, de la cual he decidido no recordar su rostro y ni siquiera su nombre, era una tailandesa residente en París. Tenía veintidós años y estaba marcada por un trauma que le ocasionaba un insaciable apetito sexual. El mismo día en que me llevó para su habitación, mientras se retiraba la ropa, me contó que había estado casada con un francés que la sorprendió sobre su propia cama con un adolescente que no rebasaba los dieciséis años. El esposo no quiso saber nada más de ella, y como ella no concebía la vida sin él, se lanzó hacia un río helado desde un puente.
Pese a su intención, salvo algunas fracturas, todas solucionables con varios meses de inmovilización, y una pulmonía que fue tratada con antibióticos intravenosos de última generación, no le quedó otra secuela que el no poder amar nunca más a un hombre. Ni involucrarse en otro tipo de relación que no fuese para satisfacer un deseo carnal que, según reconocía, era insaciable.
Hacíamos el amor y luego ella pasaba todo el resto del tiempo acariciando mis partes, sin permitir un descanso o un intermedio reparador.
Insistía con mi miembro hasta provocar una nueva erección y volverse a acomodarse sobre mí. Así pasamos una larga semana en que sentí agotadas todas mis fuerzas. Una semana que fuera de la confesión que me hizo el primer día careció de otro diálogo o intercambio.
No precisaba alimentarse ni invertir su tiempo en otra cosa que no fuese hacer el amor. Las escasas veces que me acompañó a cenar, sin que mediara un aviso, se escurría bajo la mesa para abrir con destreza la cremallera de mi pantalón. A pesar de mis protestas, solo tras obtener lo que ella consideraba su alimento básico volvía a ocupar la silla frente a mí, lamiéndose la comisura de los labios.
El último día de su estancia en el hotel, como el resto de los días anteriores, apenas nos movimos de la habitación. Hacíamos el amor, ella me acariciaba mientras yo dormitaba por un rato hasta que se renovaban mis fuerzas y volvíamos a hacerlo. En algún momento de esa rutina mordió con todas sus fuerzas lo que llevaba una semana acariciándome hasta arrancarlo. Fue tanto el dolor que perdí el conocimiento y solo tengo el recuerdo impreciso de verme trasladar por el frío pasillo de acceso a las habitaciones, envuelto en una sábana manchada de sangre, mientras escuchaba vagamente las voces de quienes me auxiliaban insistirle a ella que me devolviera lo que me pertenecía y sujetaba con firmeza en su boca.
Después de varias intervenciones quirúrgicas y disímiles tratamientos quedé mutilado para siempre.
Fue mi último día en ese oficio y por un largo tiempo lo consideré como el final de mi vida. Por suerte, tenía a mi favor la entereza forjada en una profesión en la cual se necesita una fortaleza extrema. Había adquirido suficientes saberes que me propiciaron años más tarde poder ocuparme de un parapléjico. Con la entrega, la pasión y la dedicación de mi anterior empleo me dediqué por entero a cuidar de quien requería ayuda para todo. A cambio recibía de él una meridiana comprensión de cuanto le revelaba respecto a mi vida. A un nivel en el cual podía comunicarme sin temor a rechazos o prejuicios, sin el más mínimo temor a ser juzgado. Habíamos establecido un vínculo de hermandad en el que solo necesitaba mirarlo para saber su respuesta a todas las interrogantes que a menudo y con la máxima confianza le hacía. No podía hablar ni moverse, pero en sus ojos se traducía toda una rica expresión de variados matices que las demás personas solo logramos usando diferentes tonos de voces, el movimiento de las manos y la postura corporal que adoptamos. Como él solo podía expresarse a través de la mirada, su sinceridad era extrema.
Por primera vez tuve la seguridad de contar con un verdadero afecto. Con la extrema cercanía de quien me entregaba todo su tiempo y me permitía confiarle absolutamente todo. Al faltarnos a ambos la posibilidad de contar con una mujer que cuidara y compartiera de nuestras rutinas, que nos aliviara de dudas y cansancios, que nos comprendiera y nos estimulara, ambos asumimos lo imprescindible de tenernos el uno al otro.
Vivía con su anciana madre, por lo que, salvo un día de descanso, que muchas veces no me tomaba, permanecía todo el tiempo a su lado. Incluso dormía en su propia habitación, donde me habían acomodado una cama.
Tenía solo una hermana que estaba radicada en Canadá y los visitaba todos los años. Sus últimos días junto a su familia los pasábamos en el mismo hotel en el que me habían dañado para siempre. Algo que por supuesto ninguno de ellos, salvo él, sabían. La hermana se complacía con ofrecerle ese disfrute a él y a su madre y era su manera de gratificar mi entrega por quien precisaba de mí para todo.
Empujando una silla de ruedas, por un pasillo impersonal, entre paredes de color pastel interrumpidas por las puertas de las habitaciones, recordé cuánto debía a mi anterior oficio para ahora poder cumplir a cabalidad con el que me había dado de nuevo la privilegiada posibilidad de volverme a convertir en huésped de un confortable hotel.
