Nostalgia del paraíso

Fragmento de novela homónima publicada por Camelot América en 2021

Marco Tulio Aguilera Garramuño


marco-tulio-aguilera-otrolunes32Marco Tulio Aguilera Garramuño(Bogotá, 1949) Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez, pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002 Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amor, Mujeres amadas y Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida y La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía «El libro de la vida», cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buenabestia / Las noches de Ventura. Es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.

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Días después Mariño Riascos, en plena selva de Araracuara, me daría en un aforismo su filosofía del amor: «Cuando una mujer dice no, es que sí. Cuando dice que sí, hay que echarse a correr». A las siete de la mañana salimos de la estación de autobuses de Bogotá —muy semejante a la TAPO de México, con la diferencia de que las diversas líneas de transporte colombianas conservan el color de las regiones a las que se dirigen, hay restaurantes con todos los sabores, con todos los acentos y matices del país, un país tan diverso y difícil como quizás no haya otro— rumbo a Villavicencio. Una hora antes de llegar, nos impidió el paso un tronco atravesado sobre la carretera. De la espesura salió un grupo de hombres armados. Yo iba a montar en terror cuando vi la sonrisa sosegada y superior de Mariño Riascos. Tranquilo, hermano, son conocidos, amigos del ELN, guerrilleros decentes que luchan por el futuro de la patria o por lo menos de su propia cuenta bancaria. Eso en Colombia es rutina.

—¡Ayuda para la revolución, caballeros! —preguntó entre sonriente y agresivo un adolescente de anteojos Ray ban, reloj Citizen y uniforme recién planchado. Portaba a la espalda una ametralladora que parecía estar a punto de desgajarle la columna vertebral. En la mano derecha una pistolita bruñida como de juguete. En torno al autobús se apostaron varios personajes armados, aparentemente más nerviosos que el optimista muchachón. Una espléndida cabellera, algo sucia, hay que decirlo, y unos ojos de mujer apasionada, bajo una gorra militar y con traje de fatiga, recorrieron los rostros de los pasajeros en busca de alguien que finalmente no halló.

—Claro que sí —respondió Riascos, sacando un billete de 10.000 de una cartera que parecía un auténtico archivo muerto.

Agradecimos el don de la vida, que en ese territorio parece no ser tan frecuente. Seguimos nuestro camino. Llegamos a Villavicencio sin mas contratiempos que dos o tres falsos infartos motivados por la afición suicida del conductor. Lo suyo era dar el volantazo una milimicra antes del choque. Jamás he tenido emociones más intensas que las que me proporcionaron los viajes entre las ciudades colombianas. Nunca olvido una travesía entre Tunja y Bogotá. El autobús de Los Libertadores me llevó de regreso a la capital, en una carrera vertiginosa que me tuvo al borde del pánico. El chofer parecía un loco furibundo, rebasando en curvas, echando carreras contra trailers y contenedores de gasolina, bajando de manera suicida a unos abismos aterrorizantes. Cada vez que daba una vuelta estaba a punto de volcarse. Le pregunté a una monjita que por qué los pasajeros iban tan tranquilos si estábamos a cada instante al borde de la muerte, y ella me respondió impasible que aquello era perfectamente natural en Colombia. Le dije que por qué no nos uníamos para protestar y me respondió que no lo hiciera, pues el chofer, que ella conocía por haber hecho el mismo viaje varias veces, se enfurecería y correría aun más. Ni siquiera cuando subí al rocket de Cancún (que es una cauchera gigante que lanza al incauto hacia el cielo a una velocidad que le ha ocasionado paro cardiaco a más de un turista —antes de subir al roket el incauto debe firmar una especie de testamento, en el que libera a la empresa de toda responsabilidad— tuve una emoción y un terror tan grandes. Leonardo —quise que se llamara Leonardo Da Vinci, pero Antonia se opuso y juró divorcio si me atrevía a ponerle ese nombre a la pobre víctima—, mi hijo menor, subió dos veces al rocket y regresó tan tranquilo como si hubiera dado una vuelta a la cuadra en triciclo. Leonardo tiene cinco años y una terquedad de neurótico obsesivo.) Las monjitas que iban a mi lado rezaban su rosario tan sosegadas y quietas como si estuvieran en una sacristía mientras por un lado rozábamos los abismos y por otro las espantosas maquinarias de guerra que eran los otros autobuses, trailers o camiones.

Ya en el aeropuerto de Villavicencio, una vez superado el susto, tomé un DC3 y volé sobre el llano. Vi ríos anchísimos y sosegados, inmensas planicies cubiertas de pasto, una soledad increíble, vacas en medio de la llanura, pocos árboles. Incendios limitados apenas por los ríos carcomiendo los pastizales. El humo impedía toda visibilidad. La ironía del piloto fue tranquilizadora.

—He hecho este trayecto tantas veces que podría hacerlo con los ojos vendados; además antes de chocar con una montaña se nos acabaría el combustible.

Cuando pasamos los incendios, pudimos ver de nuevo el llano y un río tan ancho que en tramos parecía un lago.

—Mira, en ese río La Nena y yo pasábamos las horas de calor, sentados sobre las piedras, con el agua a la cintura y bajo enormes sombreros. Allí leímos al viejo Tolstoi. Sólo así podíamos soportar el tedio del llano, el calor seco que nos permitía cocinar los filetes sobre las piedras y que nos impulsaba a una lujuria desesperada. Omití cualquier respuesta. La majestad de aquel territorio me llamaba. Tenía razón Humboldt: contemplar un horizonte inmenso tiene algo de prodigio, de instante irrepetible. La inconmensurabilidad del espacio se refleja en nuestras almas. Cualquier límite que se ponga a nuestros ojos —un edificio, por ejemplo— es una venda que nos prohíbe ir más allá de nuestra nimia vanidad. El espacio abierto se relaciona con ideas de orden más elevado, ensancha el espíritu del que encuentra su gozo en la paz de la contemplación solitaria. Toda guerra, toda ansia de conquista nace del odio a los espacios cerrados.

El vuelo sobre la selva fue breve y apasionante. Tanto vieron mis ojos que hoy no queda nada en mi memoria y al intentar recuperar fragmentos sólo vienen a mí palabras vulgares e imágenes planas. Dos horas después del despegue aterrizamos sobre una pista muy brillante, que parecía de acero.

Esta pista, dice Mariño, la tallaron los reclusos a puro cincel, miles y miles de reclusos dándole al cincel bajo un sol del infierno.

Araracuara fue durante muchos años —agregó— una colonia penitenciaria. Era imposible salir de aquí. Mira —dijo tomándome del brazo y llevándome hacia el borde de la pista, en el que se despeñaba un acantilado vertiginoso— al otro lado está la selva invulnerable: un hombre que no esté bien equipado no puede sobrevivir allí más allá de medio día: serpientes, pantanos, fieras salvajes, nubes de mosquitos implacables, garrapatas, niguas, todo lo que se pueda imaginar en el infierno para lastimar al hombre se halla en cada metro cuadrado.

—Y aquí puedes ver—dijo lanzando una piedra al vacío—, un cañón de ciento veinte metros de caída libre, y al fondo las aguas salvajes del Caquetá azotándose contra las rocas por kilómetros y kilómetros. Cuando un recluso de los tiempos de la colonia penitenciaria se rebelaba, lo amarraban de pies y manos, lo ponían al borde del cañón y le daban una patada en el culo.

Recorrimos la pista del aeropuerto de Araracuara, enteramente de piedra, y vimos tallados a cincel los nombres de los reclusos que quisieron dejar memoria de su miseria. Mira, dijo Mariño, el Caquetá, antes de meterse como una serpiente por un hueco, al Cañón del Desbarrancadero, tiene tres kilómetros de ancho y aquí se estrangula. En esos estrechos basta estar cinco segundos en el agua para ganarse la muerte segura.

Le pregunté que cuál sería nuestra ruta. Dijo que bajaríamos por un camino de cabras hasta Araracuara, caminaríamos por un sendero a lo largo del río durante varias horas, llegaríamos a un muelle y allí embarcaríamos en La vaca loca, una lancha que había hecho el trayecto mil veces sin naufragar. Le dije que yo no iba a hacer eso, que estaba loco. Respondió: Bueno, doctor, entonces te quedas en el Hollyday inn de Araracuara. Sobra decir que lo que llamaba Hollyday Inn era una especie de pocilga de madera que parecía mal cortada hachazos y que tenía lonas agujereadas en vez de vidrios en las ventanas. Como te digo, doctor, si quieres aquí te quedas. Pero una cosa te advierto, aquí los desconocidos no duran más de 24 horas.

Cuando llegamos al pueblo de Araracuara vi las casuchas que languidecían a lo largo del río. Formaban especies de despojos acuclillados sobre el fondo de un paisaje como no podría imaginar otro en el mundo. Una fila de casas de madera desvencijadas, hamacas tendidas de poste a poste, gran cantidad de mujeres desvergonzadas, sudorosas y harapientas, que no podían ser más que las últimas putas de los límites de la civilización, hombres blancos apoyados en puertas de cantinas mirándome con intenciones oblicuas: hebillas brillantes, sombreros y pistolones al cinto; muchos indígenas semidesnudos, borrachos, algunos simplemente durmiendo la mona bajo el sol en plena calle. En un destello de memoria comparé las descripciones que hizo Cristóbal Colón de los primeros hombres que vio en la isla de Guaraní con las descripciones que hizo Humboldt varios siglos después. Cantaba el descubridor los más hermosos y bien proporcionados cuerpos, mientras el botánico insistía en comparar a los otomacos con los más espantosos monos que se puedan hallar. Y, en ese pueblo perdido de Araracuara, ante mí, estaban los despojos de las razas amazónicas, entre perros flacos rodeados por aureolas de moscas verdeazules, bandadas de monos asediando a los pobladores con sus gestos humanos y sus burlas de borrachos y cerdos hozando escandalosamente.

Yo aquí no me quedo, le dije a Mariño. Una decisión bastante prudente, doctor: aquí basta respirar para contraer una sífilis o una puñalada. El próximo DC3 llega dentro de una semana. En el momento en que yo te dé la espalda, tendrás cinco brazos amistosos sobre tus hombros, serás llevado casi a rastras a un juego de dados, beberás una chicha del demonio y sin que sepas cómo ni cuándo tus nuevos amigos tirarán tu cuerpo encima de los que ves ahí sobre el barro. Si tienes suerte y eres simpático, estarás vivo, y si no, te harán una autopsia prematura y serás alimento para los perros callejeros y los gallinazos.

Bajamos por un camino que sale directamente del pueblo de Araracuara, bajando tras una cantina que tiene el augural nombre de El último hueco, transportamos las cosas con ayuda de dos mulas, que avanzaban como señoritas de tacón alto por un trecho de tres cuartas de ancho, llegamos a las orillas del Caquetá y seguimos un sendero al lado del río. En una zona en que la corriente se sosiega —agua tan resplandeciente que no pude resistir la tentación de meter medio cuerpo a ella aferrándome a la roca, y recordar con atroz espanto la oportunidad en que se me ocurrió lanzarme a las aguas del Coatzacoalcos, el río más contaminado del mundo—abordamos La vaca loca, una especie de cajón grande y puntiagudo con dos motores fuera de borda, que Mariño manipula como si fuera de su propiedad y de la que tomó posesión tras ceder unos cuantos billetes. Casi dos horas pasó Riascos amarrando bultos, maletas, bidones de combustible a la lancha, lo que, aunque me hizo sospechar alguna jugarreta, dejé pasar, entregado como estaba a la emoción del principiante. Al principio usamos uno solo de los motores. El río comenzó a llevarnos maternalmente, hasta que nos instaló en el centro de un flujo veloz y aparentemente seguro, lejos de los laberintos de piedra que nos rodeaban y que en ocasiones se estrechaban tanto en la cima que parecían tornar el día noche. Busqué, bucólico y erudito, sin duda absurdo, un subrayado en mi libro de Humboldt y leí: La exhuberancia de la vegetación aumentaba en un grado inimaginable, incluso para el que está familiarizado con el espectáculo de la selva tropical. No hay ya campo raso: una empalizada de árboles de espeso follaje constituye la orilla. Se extiende delante del viajero un canal de 390 metros de anchura, enmarcado por dos enormes muros de hojas y bejucos. Intentamos desembarcar repetidas veces, pero no hubo modo de poder hacerlo.

Si será menso, doctor, estar leyendo mentiras mientras tiene la verdad al frente, dijo Mariño.