Otra vez, los amigos

Pedro Crenes Castro


En una noche de tragos por Madrid, después de la presentación de una antología de cuentos, nos fuimos comprometiendo los unos con los otros: esto es literatura, nos diremos si flojeamos en nuestra escritura, nos abriremos puertas los unos a los otros, no dejaremos de apoyarnos ni alentarnos nunca. Y hasta la fecha, hemos cumplido.

Recuerdo que Vargas Llosa dijo en Casa de América, cuando “La ciudad y los perros” cumplió cincuenta años, algo así como que el famoso boom no sólo fue un asunto de escribir, fue un grupo de amigos escritores que convergieron en un momento histórico vital para América. Esa reunión de escritores, de amigos que escriben, de hombres y mujeres que se encuentran y hablan y escriben de lo que les pasa y de lo que nos pasa, produce un arte que creo más duradero, más genuino.

La figura del escritor contra el resto del mundo o buscándose enemigos a los que disparar constantes diatribas, es un fenómeno estúpido del pasado, aunque hay grandes enemistades literarias que han dado fecundas obras a la imprenta. Pero imponerse la búsqueda de enemigos con los que partirse la cara es, una vez más, estúpido (aunque una opción personal e intransferible), pero, encontrase en la República de las Letras, en La Mancha Universal, con un amigo lúcido e incondicional, es de los mejores pagos del oficio de escribir.

Amigos de miradas inteligentes, cómplices vitales, confidentes a deshoras, esas son las cualidades de los amigos que van resultando del caminar literario. Me fascinó lo que escribe Eloy Tizón hablando de Andrés Neuman en los agradecimientos finales de su libro “Herido leve” (Páginas de Espuma,2019): “Al amigo cuya mirada me mejora”. Esa es la esencia, la noción, el gesto.

La amistad, se lo leía a Andrés Trapiello estos días en, “sólo puede tener lugar bajo contrato no escrito de que en tal relación nadie es más que nadie, ni menos, pues la amistad es precisamente ese estado en el que se suprimen todas las barreras, salvo las del respeto, y todas las jerarquías, menos las naturales de la edad, la inteligencia o la sensibilidad”. Y es precisamente allí donde la amistad con otros escritores produce, no sólo el natural enriquecimiento personal, sino, muy especialmente, el crecimiento de la propia obra.

Porque un buen amigo, que comparte la mirada del oficio, siempre te mejora. Ningún amigo sería capaz de dejarnos caer en nuestras propias trampas y autocomplacencias, no nos dejaría sabotearnos estéticamente, discutiría con nosotros, nos señalaría los puntos ciegos, arriesgando el pellejo, pero dentro de la jerarquía de la edad, la inteligencia y la sensibilidad, como decía Trapiello. Allí está el riesgo y la salvaguarda de la amistad entre escritores: en atender y no traicionar las barreras ni las jerarquías, en mirarse y mejorarse.

Del Autor

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Pedro Crenes Castro
(Panamá, 1972), es columnista en el diario panameño La Prensa y OtroLunes - Revista Hispanoamericana de Cultura. Es autor de los cuentos de El boxeador catequista (Sagitario Ediciones. Panamá, 2013) y de los microrrelatos de Microndo” (Editorial Casa de Cartón. Madrid, 2014). Es antólogo de la sección española de Puente levadizo: veinticuatro cuentistas de Panamá y España (Sagitario Ediciones. Panamá, 2015) y aparece en diversas antologías en España y América. Ha obtenido dos veces en Panamá el Premio Nacional de Literatura Ricardo Miró: en 2017 por los cuentos de “Cómo ser Charles Atlas” y en 2019 por la novela Crónicas del solar. Vive en España desde el año 1990. En Vigo, imparte talleres literarios en “Párrafos. Talleres de escritura”..