Vaya por delante que respeto muchísimo el trabajo realizado por aquellos que tienen la paciencia de sentarse a escribir un poema, un relato u otro de los tantos posibles textos literarios, cualquiera que sea el resultado final de su trabajo. A lo largo de mi vida de escritor he tenido la oportunidad de contribuir a la formación de numerosos principiantes en el oficio. Con ellos he aprendido a saber qué les preocupa, cuáles son sus sueños y cuáles las dificultades que encuentran en el camino. Pero escribo estas líneas sin pretensiones de enseñarle nada a nadie. Mi única intención es compartir experiencias en un terreno que yo mismo he andado y que para algunos puede hacérseles algo escabroso. Dejaré aquí mis impresiones sobre lo que he visto y veo cada día en el mundo de la escritura de textos literarios, con independencia de si estos han sido escritos para la revista del ayuntamiento del pueblo, o publicados con honores en una gran editorial de un determinado país.
Me apasiona la literatura, la verdadera, esa que ha sido escrita con garra y oficio, con naturalidad, la que sale del alma y va directamente al alma; la que parece sencilla porque usa las palabras precisas y evade los castillos de fuegos artificiales, la que nos cuenta una sublime mentira y nos hace creer en una legítima verdad. La literatura que me gusta es la que remonta el vuelo tan alto como el gavilán, esa que fue escrita con afán de trascender, incluso si a veces termina quedándose en la gaveta del autor. Es una rara avis que, desgraciadamente, se vende poco y se compra incluso menos, que se pierde porque no se paga y no llega adonde debería llegar, que es cada vez más una profesión de fe y un objeto de culto; una literatura, en fin, que enseña, entretiene y te hace disfrutar al mismo tiempo. Puede que esto sea una quimera; pero en Suecia hay un programa de la televisión nacional que se llama “Apunta a las estrellas”. Pues bien, si apuntamos a las estrellas tal vez hagamos blanco en alguna nube pasajera. Y esto ya no es poco.
Aunque no todos piensan lo mismo, yo soy de los que opinan que el escritor debe dominar el lenguaje literario. Puede aprender a hacerlo en la universidad o en un taller de creación. Pero debe, sin falta, conocer las leyes que rigen la construcción del texto, las posibilidades y limitaciones de la palabra escrita, las reglas de la sintaxis y un largo etcétera de cuestiones similares. Todo ello puede ser aprendido y aprehendido en algún lugar donde se impartan tales conocimientos. Pero hay otra cosa, un asunto tan importante o, si cabe, más importante aún que todo lo anterior. Me refiero a las cualidades innatas del escritor, a su capacidad de sentir el pulso de la sociedad en que vive y crear personajes auténticos, de embrujarnos con sus palabras y hacernos ver el mundo que él ha imaginado y quiere que imaginemos nosotros también. Y esta es una facultad que, si Natura o Dios no te la dio, puede ser difícil de conseguir después de haber venido al mundo.
La importancia del binomio “saber–saber hacer” es difícil de sobrestimar. Estos dos polos se complementan y enriquecen mutuamente. Son los dos platos de una misma balanza, y en el equilibrio entre ellos se dirime el triunfo o fracaso de cualquier texto literario. En mi opinión, hoy en día buena parte de las obras publicadas en el mundo fallan por uno de estos extremos.
En mis próximas entregas en OtroLunes, espero poder seguir desarrollando el tema.
