Si las masas pueden amar sin saber por qué, también pueden odiar sin mayor fundamento.
William Shakespeare
Tengo hoy la misma edad que ayer tenía mi tocayo, Jorge Larrañaga, Ministro de Interior (Seguridad) de la Administración Lacalle Pou, un carismático dirigente de 64 años con una extensa trayectoria politica reconocida por Tirios y Troyanos, que ya es bastante decir en tierra de rencores luengos.
Una muerte sorpresiva siempre mueve y conmueve, y cuando eso sucede, del ser humano brota lo mejor, y también, lo peor, lo que nos niega como tales. Si la muerte toca a una figura pública, ambas cosas serán potenciadas por lo que fueron en vida y lo que, de ellos, cada uno creía saber. Agréguese que en medio de una Pandemia la muerte sienta sus reales en la puerta misma de tu casa, en la pantalla de tu televisor, en la llamada que nunca querrías recibir. En un año, cuatro de estas muertes – por públicas y sorpresivas- son paradigmáticas para el Uruguay: la del ex-Presidente Tabaré Vázquez -aunque de edad avanzada y con una enfermedad terminal, era uno de los últimos caudillos de la izquierda local- Andrés Abt -un joven Alcalde montevideano, judío, muerto por Covid, Alberto Sonsol -un periodista deportivo multifacético, presente en todos los medios, también joven y también judío- y el mencionado Larrañaga. Si en dos de estas muertes menciono su condición racial, es porque ofician como agravante a su exposición pública, en la generación de fidelidades como de odios irracionales.
Es que, apenas terminado el trabajo de la Muerte, en la instantaneidad del mundo en que vivimos, se desatan las pasiones: amor y odio, individuales y colectivos. Del odio, del odio uruguayo por uruguayos, es que quiero hablar. Del que, por estos días, en los desagües de las Redes (anti)Sociales se expresan en festejos y alegrías por muertes ajenas, por una suerte de «terrorismo sanitario» que exacerba los espíritus y reparte culpas sin ton ni son. Del odio de hoy, pero también de su historia, de padres y abuelos de ese encono que acabó con los almuerzos domingueros de la familia grande y de las tribunas compartidas.
Del odio personal, ese rencor que anida dentro de un individuo siempre presto a salir de caza, ha existido desde que nuestros ancestros bajaron del árbol. Quizás porque, como decía Daudet «el odio es la cólera de los débiles» y tales somos, débiles que solemos odiar fortalezas ajenas.
A mi generación, y la del Guapo Larrañaga, le tocó asistir al entierro del Uruguay modélico, la Suiza de América, la de la tertulia con el adversario, la democracia que aceptaba aún a sus enemigos.
Dije enterrar a ese Uruguay y no, no es así; más bien nos tocó asumir la muerte del mito, de la Leyenda.
Este país, nacido como tapón entre los gigantes vecinos, dedicó -con denuedo digno de mejor causa- buena parte de su primer siglo de existencia a darle la razón a W.H. Hudson cuando nos bautizó «la tierra purpúrea«, a pura lanza y fusil.
Si acaso, la Leyenda comienza por 1904 tras el fin de la última gran guerra. La construcción de una democracia, y por consiguiente una sociedad, abierta y tolerante, duró menos de tres décadas. Terra, su cuñado Baldomir y apoyos diversos, terminaron con esa primera etapa, con la vuelta de las muertes políticas en Grauert y Brum.
Una década más tarde, se reencauza el proyecto de modelo. Otros veinte años para cimentar el sueño de la insularidad democrática. Hasta que principian los 60, la Guerra Fría quema, los barbudos entran en La Habana y los Soviéticos exportan revoluciones y misiles, y allí donde no haya lucha de clases, se importa, se crea, se fomenta e incita y desde la usina universitaria, se adoctrina y fogonea.
En el fervor de juventudes inflamadas de utopías, mi generación creyó poder tomar «el cielo por asalto«, en la certera definición del Dr. Hebert Gatto, y a los incombustibles sólo nos quedó sumarnos a las no menos ominosas filas de «la defensa» o intentar una improbable neutralidad, la que, en tiempos de guerra, suele ser imposible.
Una década entera de calle en lucha, las cloacas como trincheras, los asaltos diarios a mano armada para «hacer finanzas», los secuestros de empresarios, políticos y diplomáticos, recluidos en cárceles clandestinas y tratos propios de la tortura. La lógica de la espiral que encuentra a un Presidente -Pacheco Areco- accidental dispuesto a dar batalla, aún al borde (de dentro) de la legalidad con una policía no preparada para ello. Hasta llegar a la formalización del Estado de Guerra Interno, declarado por dos tercios de un Parlamento recién electo, lo que lanzó al Ejército a las calles. Pocos meses después el absurdo había sido derrotado.
Militarmente un bando caía derrotado y el otro triunfante. Pero, como ya se sabe, es más fácil ganar la guerra que la paz, el odio había vuelto para quedarse. El de los ganadores, en la arrogancia de la revancha de años de miedos y humillaciones. En los derrotados, en el saldo de persecución, exilios y cómo podría faltar, tortura.
Y puestos a capitalizar su triunfo militar, los generalotes -en complicidad con los Mariscales de la derrota guerrillera, identificadores de futuros cabeza de turco- echaron las bases de una sobrada década de plomo y silencio, durante los cuales el odio y el resentimiento habría de macerar hasta convertir al vino en vinagre.
Agotada la Dictadura, muchos dentro de los que me cuento, vivimos una suerte de «primavera» democrática en pos de recuperar lo que muchos, antes, habían denostado. El «espíritu del Obelisco» -por aquella maravillosa gesta cívica reclamando libertad- solía llamarse a esa ilusoria pacificación de los espíritus. Duró lo que un lirio.
Bastó instalar el primer Gobierno para que las cosas volvieran al principio. Y con el transcurrir de los años, el bando antes derrotado se aplicó a una nueva modalidad de guerra: sin armas, la del desgaste del Poder, la paciente construcción de un relato y una épica desde todos los ámbitos -universitario, sindical, intelectual, periodístico, territorial- que terminó convirtiendo a derrotados en ganadores, de victimarios en víctimas y al combate a las bases de la salida que había dado la falsa ilusión de paz y concordia. Tras 20 años de ese paciente trabajo, con los incendiarios jóvenes de otrora convertidos en curtidos maniobreros del poder, se hicieron con él, y tras ello, la instauración de lo que podríamos llamar un «revanchismo de buenas maneras» pero que no sólo no apaciguó nada, sino que echó las bases para el mesiánico propósito de ir a por todo. Lo que no había conseguido la bomba, podía lograrlo el discurso. Y mientras, sentados a la mesa del festín, los que antes la miraban desde la tribuna, engordaron y se pusieron avaros, sintiéndose precozmente eternos y prematuramente impunes.
El revolcón electoral reciente y la puesta en penitencia de todos ellos en el rincón del salón y señalados con orejas de burro, sólo sirvió para exacerbar los ánimos y hacer del rencor un chocolate espeso y amargo.
Eso es lo que hoy toca, a todos, de desayuno almuerzo y cena. Por eso se festejan muertes. Por eso se militan fracasos. Por ello es que se organizan «resistencias» y se sueña con volver al sesentismo. Por eso y porque el barrio ayuda -un vistazo a Chile, Colombia y Argtentina bastan- los uruguayos hemos vuelto, una vez más, a odiarnos con paciencia y vocación, aun cuando muchas veces no sepamos por qué, quizás porque como decía Shakespeare «las masas suelen odiar sin fundamento» de la misma manera que son capaces de amar a ídolos con pies de barro sin más razón que la pasión. Porque es la masa. Y los individuos que hoy expresan ese odio, no lo hacen como tales -en tanto han sido anulados en su capacidad de individuos con pensamiento propio- sino que son la expresión de la turba en la plaza pública vociferando la quema de los libros y los templos.
Así las cosas, olvidemos la leyenda y no esperemos a los utópicos bárbaros de fuera, porque los que hay ya están aquí y nunca se fueron.
Suena pesimista, y lo es. La lucidez, tan esquiva como dolorosa, suele serlo, y a uno, individuo solo en la soledad de su pensamiento, solamente le queda la esperanza de estar equivocado. Así sea.
