La fragilidad
Diego Doncel
Visor. Madrid, 2021
Quiere el premio “Loewe” ser representación y espejo de la poesía española al día de hoy, canon de lo más representativo o conocido. Viene desempeñando esa tarea, junto a algunas editoriales, y ciertos premios en la mente de todo lector de poesía española. Y así surgen nombres y libros apetecibles, trayectorias donde se reconoce el talento y el oficio, momentos en que un poeta se construye finalmente con perfil propio. Libros que merecen ser leídos y el poeta considerado como tal.
A Diego Doncel (1964) le ha ocurrido algo así, o me lo parece al menos, a pesar de aciertos parciales en otros ejercicios anteriores y que este difumina, pues brilla sobre ellos. Quizá el asunto, la madurez de guardar contención, el saber construirse como artista y filtrar cierta tendencia amplificadora previa, se han acendrado en esta elaborada elegía. La fragilidad (2021), resultado de un buen hacer, saber crecer, donde resuelve pasados ejercicios, no siempre tan diáfanos. Con el cordón umbilical del llanto por la muerte del padre, el versículo y la evolución de la poesía realista de los 80-90, ha escrito un moderno “planto” donde un mundo interior se revela en sus relaciones y tempestades, pero no solo.
La fragilidad es un volumen complejo porque no solo atiende al dolor por la muerte del padre o a la relación con los progenitores, sino por establecer un diálogo consigo mismo desde la culpa, la duda, y las fragilidades. También de traiciones íntimas y desencanto personal en la absorbente sociedad de consumo, donde se olvidan esas figuras humildes que van surgiendo intermitentes. Evidentemente, el propio envejecimiento, la memoria y los ajustes de cuentas forman parte del ramillete de asuntos que, al hilo de la elegía, dejan sus cuchilladas aquí y allá. Los veintitrés poemas divididos en seis secciones van construyendo así ese discurso que a veces carga la mano en lo concreto de la enfermedad, la evaporización y el espejismo de ser, y, otras, en sus efectos.
En cualquier caso, más allá de lo exacto, de cuanto se particulariza en cada apartado, la “deriva” y “confusión”, o si prefieren “conmoción”, sobrevuela en todos obsesivamente. Esa es la “inventio” diría Quintiliano y su verosimilitud. Siempre desde ese dolor y esa niebla, tan presente, donde el extrarradio urbano y el emocional se alían y conjugan por la desazón y “el influjo de la muerte”, o ese gran caer en la cuenta de la orfandad. El desamparo del yo en la urbe, bajo luces “de ginebra que el invierno derrama” y un viento gris como un “mendigo arrastrando/ el contenedor de la basura de la tristeza”, sitúan el imaginario de Doncel en una encrucijada urbana, impura, atenta a la realidad circundante como exponente de su decir, plasticidad y ornato. Su versículo rara vez suena a Antonio Gamoneda, como a veces ocurre en alguno de sus contemporáneos. Diego Doncel ha madurado su decir y sabido ceñirlo desde un lenguaje generacional para contarse con perfil propio, indagar en los propios caminos, en una cuidada accesibilidad por la vía del dolor, donde no “podemos cerrar/ los ojos porque se nos abrasarían de lágrimas”
Y así surgen los mundos de fantasmas, los de la pobreza, el de la incomunicación y la traición, el de la memoria y la duda que baja como esa sempiterna niebla “por el aluminio/ de las fachadas, por tu cara y la mía/ y dibuja el retrato de lo que la razón se negó a comprender” y donde el “silencio”. La incomunicación hace culpable al yo caído en la cuenta y conmovido, agónico ante la inclemente realidad, la fragilidad, la memoria y la carencia. Y en ese sendero, el poeta va hacia atrás y hacia adelante, recuperando emociones y lugares, personas y paisajes, reconocimientos nunca dichos antes y que ahora el amor destapa. De reflexiones igualmente más allá de lo elegíaco sobre esa huida “de nosotros mismos, de este modo de/civilización/ para no ser ahogados por el malestar”, fantasmas donde no cabe la palabra “revolución”. Y de ahí la desazón, la reflexión sobre la inconsistencia, la tentación abisal, que hablan de fracaso y decepción en el amor, en el yo, en la circunstancia geopolítica, desde la levedad del ser.
La fragilidad es todo eso, y sin duda algunas cosas más, desde esa obsesiva idea de pérdida y extravío, de irrecuperabilidad y llanto, desconsuelo y apoteosis de la infamia. También del deseo de conjurarla desde este duro, estupendo y apetecible libro que es, sin duda, una de las gratas sorpresas del año. Esta vez, porque no siempre es así, ha dado el “Loewe” en la diana.