Para dejar pasar la primavera

Sobre Cauces, de Antonia Álvarez Álvarez

Jorge de Arco

Cauces
Antonia Álvarez Álvarez

Ediciones Eolas. León, 2021

 

Lleva Antonia Álvarez Álvarez en su palabra un sabio son que torna gratísima música. Son muchos títulos y reconocimientos -premio “Flor de Jara”, premio “Paul Beckett”, premio “Leonor”, premio “Victor Jara”- los que atesoran su obra y, uno más, se suma ahora a su atractiva trayectoria.

En Cauces, la poeta leonesa reaviva su pulsión lírica en una entrega límpida, solidaria con el ámbito de la naturaleza, de la ausencia y del corazón. Elementos, al cabo, que se articulan como temas preeminentes en las dos partes de las que consta el volumen: “”Cauces de luz” y “Cauces de Amor y Dolor”.

En la primera de ellas, el sujeto poético parece fragmentarse y adquirir una multiplicidad de maneras en donde participa de una sostenida comunión con elementos terrenales. Y así, los ríos, los árboles, los pájaros…, se hacen materia latente en el íntimo bordón de la autora: “En el monte, las urces florecidas./ Muchas pequeñas flores blancas/ o malvas: flores-almas/ como mariposillas/ que abrieran la cancela de las horas/ para dejar pasar la primavera”.

En ese reino de libertad que otorga la citada naturaleza, hay también espacio para la celebración y la dicha, para el desconsuelo o la tristura, mas lo que perdura es un halo de esperanza, de bondad, desde el cual “…los siglos y la greda/ restallan en la vida,/ regocijan los labios”.

Su segundo apartado signa una contemplación madurada de la desnudez de lo amatorio, del doliente paso del tiempo. El verso de Antonia Álvarez Álvarez va acerándose y traza desde la orilla de la existencia ese complejo conjuro que no termina de redimir lo acontecido; sin embargo, su discurso pretende ser  bálsamo y remedio, mirada detenida “en los ojos que se aman con los ojos (…) Porque corté deseos como flores/ para que no muriera la pureza”.

Un decir, sí, alimentado por experiencias muy concretas, que goza de la vecindad del verbo con el alma, que bebe de la complicidad con lo celestial y divide su escritura, en suma, en sugestivos estadios: “…me dolería/ más vivir sin dolor:/ es la costumbre/ de encariñarse con quien te acompaña”.