El 14 de mayo el poeta salvadoreño Roque Dalton fue ejecutado por sus propios compañeros. Debido a lo acromegálico y espectacular de su obra, en esa fecha se celebra el día de la poesía. Aquí unas palabras para este poeta latinoamericano, que sigue tocando corazones heridos.
Roque Dalton ha significado para mi vida una especie de manantial. Su poesía, su vida y la terquedad de sobrevivir se anidaron en el palimpsesto de mi memoria desde el primer día que lo leí.
Con Roque he creído en que un unicornio azul puede rescatarse. También he sido convencido que un país pequeño puede ser gigante, cuando autores como él, Claudia Lars, Salarrué, Claribel Alegría, entre otros, escriben como los dioses.
Roque me enseño a amar la poesía, a encontrarle lo absurdo a la palabra y encontrar cómo se cura un dolor de cabeza con una aspirina roja.
Alguna vez brindé con grandes amigos en La iguana azul, abracé a uno de sus hijos y leí las líneas de la mano de poetas que buscaron en su aliento, versos que estallan como metrallas de flores en pleno Salvador del Mundo.
En Roque he encontrado alumnos con su misma sangre, con su misma tinta-sangre, con el mismo acento y la misma costumbre de destapar una cerveza con una parábola.
Roque es a América Central, como el tapado garífuna; su alma cabalga montañas, bucea sobre lagos y ríos y se ríe constantemente de quienes lo leen con los ojos cerrados.
Dalton sonrió no pocas veces en el corredor de la muerte y seguramente emitió una sonrisa a un verdugo que lo llora desde ese día fatal. Con Otto René peinaron calles, arterias, venas, avenidas de un torrente sanguíneo que hasta hoy desarrolla trombos.
Algunas vez escuché su aliento en una rola de Fernando López, otras de la garganta de una poeta morazánica en Soledad y más de alguna, en Don Mulo, con Alfredo, mientras discutimos en qué año recibiríamos cada quien el Nobel o el del ISO900.
No puedo existir sin esa inyección daltoniana en mi corazón y en mis ojos. Guardo un pañuelo que encontré al lado de una rockola, aún huele a perfume barato, a ruda, a sexo, a verso, a alcohol.
Si leo existo, si recuerdo al Roque que nunca abracé, también, existo cada vez que vuelvo a sus libros y me refugio en la esperanza de invitarlo a una Regia para contarle de mis desgracias. Que sonría y luego llene la sala con perros de la calle, que me regale una fotografía, de esas, que la policía le tomó antes que a mí.
Salud, por Roque, por su música, por su forma de evitar las «eses», y decir salud por los broders y sister que ya no están para recitar con errores sus versos levemente odiosos.
