Jorge Luis Borges incluyó en su libro El hacedor (1960) uno de sus más famosos textos breves: “Borges y yo”. Algunos dicen que es un cuento, otros que es un poema, pero yo me decanto por llamarlo ensayo, una forma en la que lo narrativo, lo poético, la imaginación y la reflexión pueden confluir. Me imagino que habrá por allí muchos sesudos análisis del texto, pero yo no los he leído. Lo que puedo declarar aquí es que “Borges y yo” siempre me ha gustado mucho, sobre todo por su humor y, ¿por qué no?, por esa renuncia ante algo que nos excede y que nos supera, algo que nosotros mismos hemos creado y, tal vez sin saberlo, hemos deseado. En el año 2013, Ricardo Piglia dio una serie de conferencias sobre Borges en la Televisión Pública argentina. De las muchas cosas interesantes que presenta Piglia, hay algunas que me deseo utilizar como marco para mi propia lectura de “Borges y yo”. La primera es la afirmación de que Borges no salió de Buenos Aires entre 1923 y 1961, es decir que su obra más importante fue pensada y ejecutada desde Buenos Aires, con los libros disponibles en esa ciudad y con el ambiente cultural que estaba a mano. La segunda es que Borges quedó ciego en 1953 y que a causa de la ceguera su capacidad de estilo quedó destruida porque, explica Piglia, ya no pudo leer sus manuscritos. Como consecuencia, Borges siguió siendo un escritor muy bueno, pero no el mismo. Tercero, Piglia precisa con mayor claridad el periodo de mayores logros de Borges: de 1933 a 1953. La última idea provocativa se relaciona con 1946. Dice Piglia que en ese año Borges, luego de perder su trabajo por su rechazo al peronismo, da su primera conferencia pública. Este dato es importante porque el Borges que la mayoría de nosotros conocemos por fotografías y entrevistas es el conferencista o, aún más, el conferencia ciego, el anciano de bastón y mirada perdida que destila sabiduría y gracia. El año 1961 marca el inicio del Borges viajero, el del personaje de fama internacional. Para entonces tenía 62 años.
“Borges y yo” fue publicado por primera vez en 1957 en la revista Biblioteca. Tal vez ese era un momento de transición entre Borges el autor bonaerense y Borges el autor internacional, ¿quién sabe? O tal vez ya estaba recibiendo un nivel de reconocimiento que le hizo pensar en la figura pública (el escritor y el conferencista) en contraposición al sujeto privado, en ese otro en el que se reconocía aunque tuviera que admitir que no muy bien, una situación irónica en la que la criatura engulle al creador. O tal vez estaba viendo el futuro, se pensaba a sí mismo en un tiempo que no era el presente. Especulo todo eso porque, como también diría Piglia, yo estoy leyendo “Borges y yo” como lector del siglo XXI, no como uno de mediados del XX, y uso mis referencias e improviso mi propio contexto para admirar y establecer conexiones con ese brevísimo texto.
Hay en el ensayo, de modo evidente, un contraste fundamental entre la persona privada y la persona pública. La primera sostiene a la segunda, pero hay una cierta sospecha de que ese ser público la sobrepasa. Como ser humano, Borges tiene ritos como los paseos por la ciudad o disfruta esos modestos gustos que hacen la vida agradable (el coleccionismo, el estudio o aprendizaje, las comidas y bebidas, los autores que le acompañan). También es el sustento físico del otro Borges, y por esa misma razón es el doble que está destinado a morir, es decir es el que está consciente de su fragilidad como ser vivo. Entonces, cuando deja ver la idea de que su persona pública, su otro, le sobrevivirá afirma también que el Borges privado va a desaparecer, será consumido por el intelectual famoso. Aquí puede radicar una primera ironía, pues eso no ha sido así, y los libros sobre la vida de Borges se multiplican, así como los análisis de las tomas de posición de ese hombre privado ante grandes acontecimientos nacionales y mundiales, como por ejemplo el avance del nazismo y la Segunda Guerra Mundial.
El Borges privado, quien también es lector, menciona lo siguiente: “Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre”. No voy a presumir de saber nada de Spinoza, ni siquiera en ser un lector agudo de filosofía. La cita, sin embargo, me inquieta. Veo en la referencia a Spinoza un intento de volver al absoluto. Si el tigre y la piedra son objetos, ambos son fieles a lo que significa ser tigre y piedra, a lo que los fundamentalmente los define. El Borges privado, sin embargo, no tiene esa posibilidad. “Yo he de quedar en Borges”, dice como si su destino fuera desaparecer en la figura pública, la que no representa su ser, en la que el Borges privado no se encuentra tanto, como sí se encuentra con lecturas que le complacen. No hay sentimentalismo en esa renuncia, no es –me parece– una renuncia que ni siquiera duela. Aparece casi como un mero dato. La breve sentencia también anuncia una suerte de canibalismo, otra vez la idea de la criatura que engulle, que sobrepasa al creador.
Ese que llamo el Borges privado es también una construcción, tanto como su doble. Es un ente reflexivo, pero no es cotidiano. Quienes leemos a Borges, incluyendo aspectos de su vida, sabemos que hay otros Borges. Piglia, en sus charlas, dedica buen tiempo a identificar algunos de ellos. Uno que para mí es fundamental y que ya he mencionado es el escritor ciego. Dice Piglia que para 1951 Borges ya sabe que la ceguera es inevitable y desde 1953 es una realidad. Otro aspecto es que antes de ese Borges mítico hubo uno que hizo casi cualquier cosa para sobrevivir y hacer su obra. Piglia menciona múltiples trabajos, desde la escritura de artículos en revistas populares hasta charlas ante auditorios casi vacíos, eso sin contar sus trabajos burocráticos. ¿Debe “Borges y yo” mencionar todo eso? No, pues el ensayo no es autobiográfico en su totalidad. El autor toma distancia, escoge lo que necesita para establecer el contraste y la relación entre los dobles, fabula. Esos dos Borges son sujetos deseados.
Es posible que mi gusto por ese breve ensayo (o cuento o poema) se relacione a mis propios mitos. Siento algo de envidia por esos dos Borges, y quizás más por el que he llamado el Borges privado que por el público. No voy a ser hipócrita, todo escritor quiere ser leído, y la popularidad es un espaldarazo nada despreciable. En nuestros tiempos, sin embargo, ser a quien le ocurren cosas implica una serie de demandas que Borges quizás no experimentó. Ahora hay expectativas de salir a promocionar tu obra, de estar disponible para presentaciones, de acceder a dar charlas (gratis, a pesar del trabajo que conllevan), de ser uno con la obra propia pero como objeto de consumo. Es un precio muy alto a cambio de una retribución muy incierta. No, mi mito personal no es el Borges público, pues no tengo ni tendré su estatura intelectual, ni hay un nicho de mercado que me espera. Sí hay un Uriel Quesada al que le ocurren las cosas. Ese personaje recibe algunas noticias buenas sobre su literatura, las que le permiten seguir adelante. Pero no son tantas como para determinar que el Quesada literario es un personaje del cual vanagloriarse. La escritura ha sido, por ya muchas décadas, un placer y una lucha. Ha sido también un espejo en que el se reflejan tanto potencialidades como limitaciones. A veces el reflejo es amable, cruel muchas otras, opaco las más de las veces. El hecho mismo de seguir adelante prueba, al menos para mí, una firme tozudez y una sorpresiva resiliencia. Al Quesada escritor le ocurren cosas porque ese es su norte, su llamado como dirían sus colegas jesuitas. En ese sentido, así como la piedra quiere eternamente ser piedra, el escritor en mí quiere ser eternamente escritor aunque eso implique un batallar, aunque haya múltiples desencuentros y muchas veces me halle vencido.
Por eso me gusta más el Borges privado, el asidero del otro, el que se va por las calles con los sentidos alertas, pues todo puede formar parte del próximo proyecto escritural. En mi historia personal, sin embargo, ese personaje contemplativo es el más mítico, el que casi no ocurre. Identifico más mi cotidianidad con la del Borges que tenía múltiples trabajos en los treintas y cuarentas, el que escribía a pesar de todo. Es decir, hay un otro ausente que me representa mejor. Y a ese otro Uriel Quesada, el no mencionado, le pasan muchas cosas. Ha sido profesor y mentor, se ha metido a entender cómo funcionan las universidades americanas, ha tenido responsabilidades que le han estimulado el intelecto y le han quitado el sueño. Ha creado proyectos desde casi nada y los ha visto florecer o derrumbarse. También le ha permitido estar cerca del poder, pero nunca ha estado en el centro del poder. Ese Uriel Quesada oculto, del que los otros Uriel Quesada evitan hablar, escucha y guarda silencio, analiza y presenta propuestas, mira lo que pasa a su alrededor y piensa en la brevedad de las ideas y de los caprichos de quienes mandan. Es también un ser vulnerable, lleno de dudas y de contradicciones. Pero tal vez lo más extraño es que no ha encontrado un narrador que cuente sus alegrías y sus cuitas. Los otros, los que pasean para encontrar puertas cancel o publican otro libro y se creen en la cima del mundo, esos no lo mencionan, no quieren verlo, lo silencian.
