Literatura y protesta

Santiago Gamboa


Escribir tiene algo profundamente subversivo, pues supone una rebelión contra la realidad, y esto no es sólo característico de la literatura sino de todo el arte. Por esa insubordinación el artista siente la necesidad de transformar, a veces de forma violenta, el mundo en el que vive, ese hábitat donde no está cómodo. Lejos de eso: se siente oprimido, rechazado, juzgado. El artista, como ser humano, ha sido herido, provocado, acosado por esa realidad, y su creación es su defensa y a la vez su contra ataque. Como si dijera: “Aquí les devuelvo el mundo con mis clavos ardiendo en el centro de su corazón, que es el mismo mío, para que compartan ese dolor”.

El artista en la antigüedad fue un protegido del poder. Su lugar estaba en el palacio del rey y su obligación era distraerlo a él y a los suyos, pero sobre todo labrar del soberano una imagen noble para la posteridad. Por ese extraño diálogo del artista con el porvenir es que, desde el viejo bufón de la corte, que era a la vez músico y poeta, se tuvo la costumbre palaciega de proteger a los artistas. Protegerlos para tenerlos de su lado.

Comida y vino y favores a cambio de obras amables, ese era el pacto.

Esto incluyó a los pintores, claro, pues ellos podían inmortalizar en sus lienzos las gestas del rey y su familia. La figura del mecenas le dio al artista sustento durante siglos, pues a ese mecenazgo vino a unirse la Iglesia. Esta también necesitaba darle vida a su tradición y a sus metáforas. El pintor, con su arte, permitía que el pueblo analfabeta pudiera ver las escenas de la Biblia, ver a los santos y a Jesús y la escena de la anunciación y el soplo divino de Dios bajando de los cielos. La iglesia y el palacio eran los mecenas. Por eso el arte clásico está lleno de escenas bíblicas, batallas y retratos de familias reales.

A fines del siglo XVIII y en el XIX el artista empieza a salir de la protección del palacio y de la Iglesia, con dos consecuencias: su arte empezó a ser más analítico, más subjetivo; empezó a tratar temas ligados a la condición humana y sus grandes preguntas. Pero empezó también a morirse de hambre, ese fue el costo de su independencia. Van Gogh será el caso emblemático. El mercado del arte, y el lector, en literatura, vinieron a salvarlo. A proteger su independencia. Al menos la de algunos.

Por eso el arte, a partir de ahí, estuvo casi siempre del lado de las grandes revueltas sociales. Picasso ganó su guerra civil con el Guernica. Guayasamín dignificó a los indígenas en sus cuadros. Doris Salcedo, entre nosotros, convirtió el Proceso de Paz en una experiencia estética.

Con Los miserables, Víctor Hugo le dio más seguidores a la izquierda política que cualquier tratado marxista. La literatura siempre ahí. En “Cien años de soledad” vivimos cada día la masacre de las bananeras al estilo de García Márquez; las huelgas de ferroviarios en México están en José Trigo, de Fernando Del Paso. Porque el artista, desde que salió del palacio, eligió casi siempre estar del lado más frágil de la sociedad al ser él mismo una minoría, al formar parte de los excluidos y vistos con sospecha por el poder. El poder que lo confina y rechaza haciendo listas negras y amenazantes. ¿Ha habido grandes artistas y escritores de derecha, contrarios a las protestas sociales? Claro que sí. Menos y algunos muy buenos, pero ha habido. Y aún hay.

Cortesía del autor y de El País, Colombia.

Del Autor

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Santiago Gamboa
(Bogotá, 1965). Escritor considerado uno de los más reconocidos nombres de las actuales letras colombianas y latinoamericanas. Realizó estudios de literatura en la Universidad Javeriana de Bogotá y en la Universidad Complutense de Madrid, donde obtuvo el título de licenciado en Filología Hispánica. Entre 1990 y 1997 residió en París, donde cursó un doctorado sobre literatura cubana en la Universidad de la Sorbona. Trabajó como periodista en el Servicio América Latina de Radio Francia Internacional y como corresponsal de El Tiempo de Bogotá. Ha vivido, además, en Roma y Delhi, India. Entre sus libros destacan: Perder es cuestión de método, La vida feliz de un joven llamado Esteban, Los impostores, El síndrome de Ulises y Necrópolis. El síndrome de Ulises fue finalista del Premio Médicis en 2007. “Necrópolis” fue ganador del Premio La Otra Orilla en 2009. Sus publicaciones más recientes son Plegarias nocturnas (novela, 2012) y Océanos de arena, diario de viaje por Oriente Medio (2013). Desde el 2015 reside en Colombia, luego de 30 años viviendo fuera del país.