Carlos Esquivel Guerra
(Cuba, 1968) Ha obtenido múltiples premios nacionales e internacionales. Ha publicado, entre otros, los libros de poesía Perros Ladrándole a Dios (premio a la Mejor Opera Prima del año en Cuba, 1999), Tren de Oriente (México, 2001), El boulevard de los Capuchinos (2003), La Segunda Isla (2004), Bala de Cañón (2006), Matando a los pieles rojas (2008), Los hijos del kamikaze (2008), Cuarteaduras (2013), Once (2014) y La autopista cero (2016). Otras obras suyas editadas son las novelas Un lobo, una colina (2010 y 2018, España), Diario de Caín (España, 2016), Los elefantes las prefieren rubias (2019), H (Panamá, 2020). Los libros de cuentos Los animales del cuerpo (2001), Hablando mal de los otros (2014), La historia del lobo contada otra vez (2018), Diez cuentos que estremecieron a Cuba (Estados Unidos, 2019), 69. La sexualidad vigilada (Ensayos, 2019). 90 minutos (Estados Unidos).
–***–
El primer día el mundo se iba a terminar. El primer día del mundo es hoy. Ese primer día tiene tres fechas, tres años: mil novecientos ochenta, mil novecientos ochenta y ocho, dos mil tres. En mil novecientos ochenta yo tenía doce años y mi padre se iba del país por El Mariel. En mil novecientos ochenta y ocho yo derribaba un avión enemigo en una selva africana. En el dos mil tres mi padre me había invitado a que nos reencontrásemos en los Estados Unidos.
Lo que une todos esos años, que son, por lógica, un único día (el día en que se iba a terminar el mundo), es el desglose tortuoso de una familia y recuerdos degradados a la sombra de otros recuerdos.
Es domingo cuando voy hacia Miami. Un domingo mi padre se despedía rumbo al mar. Domingo el día en que ese avión Mirage F-1 cruzaba una línea de fuego, el piloto confiando en su destreza aérea, inseguro tal vez entre los órdenes posibles: volar hacia escenarios de un bombardeo indiviso o el regreso a la parásita vida de acuartelamiento. Nunca dije, mucho menos en las barreras de un río llamado Cuito, que el avión casi se estacionó encima de mi lanzacohetes. Un solo disparo. Una medalla.
El domingo veintiséis de enero de dos mil tres llegaba al aeropuerto de Miami. Durante el vuelo intenté revisar los apuntes para un libro que escribía con desmejorada calma. Solo un escarceo de lectura: los tormentos se tomaban en serio diluirme en ese bosque de interrogantes fastuosas. ¿Cómo me recibiría mi padre? ¿Podría reconocerlo a una simple y primera mirada? ¿Y él a mí? ¿Pudiera entender que nuestros universos estuviesen separados por siglos de revanchas familiares y políticas? ¿Deduciría que mi supuesto heroísmo de antaño no era más que una sombra de supervivencia entre selvas de soledad y resentimiento?
Mi nombre estaba en un cartel desprovisto de peores o mejores señas. Junto al cartel alguien que adivinaba como mi padre (no era difícil, supongo), y otro hombre, casi de mi edad, su amigo, tal vez, su ayudante, o las dos. Teresiano, presentado por mi padre en la prolongación de su abrazo.
Mi padre se parecía tanto mí, o yo a él, y no me resultaba suficiente para comenzar la lógica de una concurrencia con peores similitudes. En poco más de una hora me enumeró veinte años de sacrificios, resignaciones y otras (y exageradas) volutas sentimentales, mezcladas con tragos de whisky y el asentimiento de su compinche. Diseñó estrategias de viaje que agradecía sin fascinación, sin un peligroso ánimo de viaje.
Me pareció raro que yo escuchara a mi padre hablarme de los paraísos que él había construido para mí. Me parecía más raro aún reconocerme hijo de ese hombre.
Estábamos en la casa de Teresiano en Coral Gables. La de mi padre anclaba en Nueva York, y allí su familia. Dos hijas. Ni siquiera sabía sus nombres pero eran mis hermanas.
Si pudiera intercambiar algo de Miami con La Habana haría numerosos cambios. Piensa en voz alta mi padre. Se parecen mucho para ser tan diferentes. Debía preguntarle si yo y mi madre estábamos entre esos cambios, pero escruté mi monólogo en penumbras, luego quise saber sobre un bolso de tierra que me hizo traer de La Habana, y si era parte de esos canjes que procuraba. Mi pregunta sonaba sórdida, la cínica marea de tribulaciones tendiendo un manto invisible sobre nosotros.
Es para una amiga, una necesidad trágicamente simbólica. La conocerás.
Conocería el Imperio de Neón que como mañoso pintor él dibujaba.
La Poeta Nacional, dijo con eufórica somnolencia el Teresiano.
Yo me creía poeta y aún no publicaba mi primer libro. Un poco de timidez, algo de orgullo y la compartida angustia de olfatear distinciones que no merecía. Gimotee en mi interior a la caza de poetas del exilio. No muchas mujeres.
Poeta Nacional, de dónde. Me atreví a preguntar.
Aquí las cosas tienen parecidos nombres y no significan lo mismo. Un poeta no tiene que ser exactamente un poeta. Lo de nacional es más bien una contraseña idílica.
Contraseña idílica para mi padre. Quién dijo que la bruma estaba en su mapa, me advertía mi madre. No sirve para mucho más que para decir, a cualquier precio, o consecuencia, lo que piensa.
No supe si eso sería un cumplido, una exagerada deyección de culpas o la madre de todas las advertencias. Peor asumir que yo no era todo aquello que otros interpretaban en mi nombre, por mí. No un héroe real ni un hijo real. Los dos hechos se columpiaban sobre una aritmética que deslindaba destinos ulteriores.
Te gusta la literatura y el rock y Carlos Marx y toda su patrulla, no me importa. No quiero cambiar lo que te importa. Ese es tu mundo, yo no estoy en él de la manera en que hubiese querido. No puedo obligarte a que aprecies y te encante lo que podríamos llamar “mi mundo”. Me atrevo a desafiarte con la convicción de que el pleito no es entre nosotros y sí entre los mundos que nos gustan y están más allá de nosotros.
Su soliloquio. Y ahí estaba mi nube de silencio, la recíproca subversión a una alquimia hacia deslealtades, oprimidas por esa guerra de mundos que ambos librábamos.
Todos los poetas de tu país no valen, juntos, lo que vale ella. La voz de mi padre sonaba estruendosa, acalorada. Debí extender la nube de silencio, debí interrumpirlo para hacerle reconocer los aparentes derechos que tenía sobre mi mundo, para saber si eso que llamaba mi país no era, por razones ontológicas supremas, también su país. Estaba borracho y pronunció el nombre, un eco de nombre envuelto en la contorsión tibia del alcohol.
Celia.
Celia Cruz. Teresiano arribaba al mismo puerto de mi padre, después de él, pero a un puerto seguro.
Intuí las marcas contagiosas de lo real. Mi padre ganaba dinero como empresario de una disquera latina en los Estados Unidos y Celia Cruz debía ser la carta infalible del negocio. Memoricé fugazmente los sones guarachosos, los boleros cantados por ella.
La vida era proporcional a la velocidad del dinero. Suntuosa filosofía newtoniana de Teresiano. ¿Era otra contraseña idílica en el juego que mi padre jugaba como pocos? ¿Esa sería la “contraseña idílica” que yo debía usar para que nuestros mundos estuviesen en armonía?
Mientras tanto la salsa cae con insistencia. A mi padre le asusta la contemporaneidad de los ritmos, ruidos, manchas de música. Nada como lo clásico, y hurga en los archivos de Teresiano: Héctor Lavoe con la Fania All Stars, Tito Puentes, Johnny Pacheco, Eddie Palmieri, Rubén Blades.
Héctor es el poeta nacional de Puerto Rico. Mi padre se levanta, da un ligero traspié, puede mantenerse aunque la bebida lo desborda. Teresiano le tiende una mano, mi padre vuelve a sentarse. Habla.
Héctor tuvo una vida como la de un poeta trágico. De los trágicos trágicos de verdad. ¿Sabes cuál es el camino más corto? Ese que no te atreves a recorrer.
Yo estaba ahí pero navegaba por otros sitios, por otras fechas. En mil novecientos ochenta, mi madre lloraba sin consuelo en una vieja casa de un viejo barrio de la vieja Habana. En mil novecientos ochenta y ocho, yo disparaba hacia un casi inmóvil avión enemigo.
Me aturdía la música y las risas de mi padre y su amigo. Me aturdía el calor de Miami; detestaba que la ciudad fuese recortada por planos que parecían la ruda mezcla de imágenes entre fauvistas y de pop art.
Compartía mi primera noche lejos de casa, dos desconocidos beben junto a mí. Mañana volaremos a Nueva York, conoceré a mis hermanas y de paso podría cumplir el encargo de la “Poeta Nacional” de mi padre y de Teresiano. En unas pocas semanas regresaría a Cuba.
Luego vino el cansancio. Luego el sueño. Luego el día de mañana que era una extensión del de hoy. Luego dos horas en avión que sirvieron para que mi padre hablara de las zonas trascendentales de su vida en el exilio. Unos primeros años a la deriva, de una ciudad a otra (Miami, Orlando, Texas, Los Ángeles, Carolina, y al final Nueva York), trabajos de variadas magnitudes, y se volvía elíptico cuando esos trabajos atravesaban franjas muy conflictivas. A la música (a la armazón que la rodea) llegó como (a través) de una carrera de relevos, y obstáculos también, diligencias menores hasta apostarse como crack de la Industria, no un magnate, me aclara, y después ofrece un aburrido inventario de jerarquización en tal ejercicio.
Le creo o finjo creerle. Su camino llevaría a partes iguales los destinos infaustos de sus relaciones. No solo el abandono de su familia en La Habana con ineficaces promesas de reencuentro, igual naufragaba con dos matrimonios, puros desastres. Más tarde se repuso y encontró a una mujer que le cambió su vida. Me muestra las fotos de mis hermanas. No percibo parentesco razonable conmigo, tal vez porque no encontraré otro parentesco que no sea oprimido por las consecuencias que ya nos fueron impuestas desde tiempos remotos. Su esposa, una nicaragüense que no parecía serlo (apreciación que solo incumbía a mi persona). Una nicaragüense que me recibió, digno es de admitir, con apreciable euforia.
Insistí (en todas las escalas posibles) que no me gustaba aumentar gastos y obligaciones hacia mí, que mi regreso a Cuba no tardaría demasiado. Una de mis hermanas tenía quince años, la otra algo más de doce. Puras neoyorquinas, enfatizaba un risueño padre. Después bromeó con la historia de un héroe cazador de aviones supersónicos. Su ilustración resultaba tan falsa como las imágenes de esos turbios héroes de cómic.
Salíamos a sitios que resultaban oscurecidos por las ensoñaciones y el matiz fabulador que tramitaba mi padre. Clubes de salsa con orquestas que tocaban más allá de la medianoche. Mis hermanas preferían mostrarme otros suvenires turísticos: viajes en bicicleta por el Central Park, ir a una pista de skate y a otra de bowling, recorrer el Museo Queens, apostarnos en los colorines de Time Square. Como una suerte de complot, después yo hojeaba libros en algunas de las librerías independientes de Manhattan.
Cuándo visitaríamos a la cantante, le pregunté a mi padre. Estábamos en Salsa Groove, bebíamos cervezas casi heladas mientras comenzaba a tocar una banda de house y merengue. Miró a mis ojos, una ligera sonrisa y la voz que parecía mi voz, imitándola.
La poeta, dirás.
Asentí ligeramente.
No está en un buen momento. Tendré que resignarme a esperar solo pedacitos de buenos momentos. Está enferma. Un cáncer que avanza lento y toma territorios, territorios ganados sin mucha resistencia. Lo que hiciste le hará reagrupar mucho más sus fuerzas.
Después de sus palabras recordé esa tarde en Luyanó mientras cavaba y recogía la tierra, los transeúntes curiosos, el rumor extendiéndose sobre múltiples rumores.
El viernes vino Teresiano para acompañar a mi padre, y a ti (me sorprendió), a un cartel de boxeo en el Garden. No era mi fuerte el boxeo. No era mi fuerte disentir tan rápido de mi padre. Teresiano dilucidaba tácticas de los boxeadores para la pelea estelar y mi padre esgrimía asuntos contrarios. Danny “El Chino” Regueiro era pura pólvora, poca técnica, el ideal fajador mexicano; su oponente Everett Pryor, no estaba muy lejos de esos atributos. Más dotado con la destreza boxística, pegaba como un supermediano, cuando la división era de ciento treinta libras.
Teresiano prefería al gringo. A lo único que le tiene miedo un negro es a otro negro, pero más grande.
Un broma. Y mi padre bombardeaba con la suya. A lo único que le tiene miedo un mexicano es a otro mexicano, pero armado.
La pelea fue una pantomima. O dos. El mexicano persiguiendo al gringo negro, y este pegándole en unos mañosos contragolpes. Golpes parejos, pero la iniciativa influye en casos así, y el mexicano luchó más por la victoria. Era mi padre. Teresiano lo resumía de otra manera. Cada cual usa las estrategias que cree más lógicas. La decisión fue unánime para Everett Pryor y mi padre armó una imponente rechifla desde donde estábamos.
Luego pasamos por una discoteca llamada Columbus 72 y nos bebimos varias copas. Allí me dijo que iríamos a ver a Celia en la mañana. Pedro, el esposo, lo había llamado. Con superior ánimo y sabiendo que la tierra ya estaba casi en sus manos, las puertas se abrían a todo aire.
Quizás la tierra resultaba un símbolo demarcado por razones mucho más siniestras. Pensé en ritos diabólicos (yo conductor, eje, de esa ceremonia), el enjambre de puniciones que otros llamaban sagradas. Pero desconocía que no hay peor (o mejor, incluso) símbolo que el de la pérdida irrenunciable. No lo sabía, ahora sí, y me obligo a desconocer mi propio argumento de la pérdida como renuncia transparente a la escena inicial, un único día que son tres días y que como siempre ocurre se convierten en el día final.
Mis hermanas me llevaron a comprar ropas nuevas, aunque mi padre insistió para que me colgara un traje suyo. Me quedaba chirriante, se lo dije, mis hermanas se burlaron de los dos y la nicaragüense que no parecía nicaragüense me dijo que estaba chupete.
Creo que agradecí. Tomé el bolso con la tierra y aún así quise envolverlo, arroparlo con un bolso más grande, y mi padre trajo una bandera de Cuba para que lo cubriera. Me pareció un gesto kitsch, guiño oprobioso y sensiblero, y no se lo dije porque en un par de horas ya no lo tendría conmigo. Nos montamos en el auto. Me pidió que oliera Nueva York, una ciudad con olores propios, fragancias únicas. Me puse un walkman con audífonos y en mis oídos cayó la jubilosa voz de Celia cantando un son que hablaba de supervivencias y añoranzas.
Mi padre escuchó cómo yo chasqueaba con la melodía.
¿Te gusta?
La he escuchado por otros.
Es diferente. Con ella todo es diferente.
Entiendo que además de su instinto como empresario musical (con garras florecidas), él sentía un afecto gigante por Celia.
Necesitas una cerveza, un trago que bombardee los nervios. Hay que tenerlos de nuestro lado a cualquier precio.
Le dije que estaría bien. Mis nervios estaban acostumbrados a blandir muchos límites. La he visto cientos de veces. Shows, carnavales salseros, los Grammys, cantando con la Sonora Matancera, con Cheo Feliciano, con Oscar de León.
No es lo mismo tenerla frente a ti. Además, tiene cáncer, lo que supone una situación más imprevisible, de las dos partes. Celia es muy sentimental y muy religiosa. Todo te puede parecer ilógico o fuera de una lógica razonable. Lo que hace más increíble y admirable su personalidad son esas contradicciones, ese pleito entre lógicas. Ella es hogareña y patriota hasta extremos irracionales. Bueno, de la manera en que entiende lo patriótico, lo que encarna Cuba en su vida. Tiene discos de Lecuona y de Cervantes y muchos que te ruborizarán al descubrirlos. Y libros, Martí, Heredia (tenemos una foto en las mismísimas cataratas del poema).
Me puse otra vez los audífonos y Celia cantaba un montuno con Ismael Miranda. A los pocos minutos llegamos a una casa que me recordaba el señorío de algunas mansiones habaneras.
Tiene cáncer. Es difícil para ella, le murmuré a mi padre. Difícil hablar, difícil recibir visitas. Los resultados estaban ahí, y los resultados no eran muy halagüeños. Mi padre se detuvo, yo me detuve. Me pasó uno de sus brazos sobre mis hombros.
Ella quiere que esto suceda. Dejemos tranquilo al cáncer por un tiempo.
En la puerta nos esperaba Pedro Night, el esposo de Celia, también estaban allí su representante y un hijo que ellos llamaban adoptivo. Mi padre prefirió que fuese el presentado.
El poeta, dijo Pedro, y me abrazó como si me conociera desde tiempos infinitos.
Me hicieron pasar al interior de una casa robusta y de pulcritud llevada a destalles supremos. Butacas floreadas (no a mi gusto), unas cortinas mecidas por brisa tenue.
Hubiese deseado que alguno dijera las palabras mágicas. Cero visitas. Evitemos este encuentro.
No hubo palabras así, solo el parpadeo de olores y la tonalidad cálida de Pedro confesando que Celia anhelaba mi llegada.
La tierra, pensé. Un poco de tierra en el bolso. Una simple y descarnada alegoría telúrica.
Mañana vendrá Willie Colón. ¿Sabes quién es Willie Colón? Mañana él y después un manager de la Sony y un sonero de Filipinas. Está abarrotada de esa sinfonía. Ella necesita un cambio de ritmo.
Yo era un cambio de ritmo. Sonreí con cinismo para aplaudir las palabras de Pedro. Celia tenía mucho dinero, tenía el planeta música a sus pies, más allá de eso, cambiar de ritmo no estaba mal.
Nos sentamos en un cómodo y silencioso lugar de la casa. En el planeta música no hay música. Bebí un par de whiskys sin hielo. Tomé una cerveza y luego otra más. Me atreví a insinuarles a estos habitantes del planeta música que yo suponía que en Cuba hubiese buenos músicos, sino mejores, que acá. Hablé de un gordezuelo que tocaba una flauta mágica y de los trepidantes e iconoclastas coros de su iconoclasta orquesta. Les hablé de un bolerista que no cantaba boleros pero tenía toneladas de filing en sus pulmones. Les descubrí a una escamosa mujer de escena que deshacía las piedras con su canto. Luego más cervezas, más whisky, y Celia no aparecía.
Apareció. No como en las fotos o como en los rastreros vídeos. Estaba más delgada y sonriente. No habló, seguía sonriendo.
Mi padre me empujó levemente hacia ella. No supe qué hacer. Un beso tímido en la mejilla, un abrazo, la mano extendida, sonreír paralizado por ese instante que nos igualaba en distinciones. Ninguno era un héroe para el otro, aunque convivíamos en un mundo deformado por heroísmos diferentes.
Le ofrecí el bolso. Una acción singular al estilo de ya terminó mi encomienda, ya puedo irme. No me fui. Esperé la frase hueca de mi padre. Él no habló. La nube de silencio otra vez sobre nosotros. Celia abrazó la tierra.
Vamos, cuéntame. ¿Es de Luyanó?
Mi padre le aseguró que jamás la engañaría. Excavó a pocos metros de la casa donde naciste. Es un hecho real. Después conminó para que hurgara sobre su ciudad.
Celia evitó toda respuesta y debí acompañarla por un pasillo adornado por esbeltos cuadros que intuí obras sagradas y originales de pintores como Kokosha, Robert Indiana y Ana Mendieta.
La Habana está cada día más despellejada. Un barrio lleno de miles de barrios. Celia caminaba con bamboleante ritmo.
Sentados en una amplia terraza. Aire a nuestro aire. Cómo sabía de La Habana. Los testimonios de sus visitantes se exageran si vienen de emigrados adoloridos por el destierro.
Películas. Veo películas. ¿Estoy obligada a ver lo que esos artistas quieren que vea? Es cierto. Ese es el riesgo del arte. Un tren a una velocidad a la que debes adaptarte. Eso o bajarte en la próxima parada.
Me nombró algunas de esas películas. No creo las historias que cuentan. Me dijo casi en susurros. En la mayoría todo lo que se cuenta es lo que dice la mayoría. Viene una pequeña pausa, pienso que debo hablar pero ella termina la idea. El precio del boleto de viaje es soportar.
Ese es el precio de todos los viajes. Me atreví a decirle y pensé en mis oscuras y sempiternas travesías.
Aunque todos los viajes no terminan en el mismo lugar. Declinó la voz. La muerte condiciona ese viaje mayor, que no es más largo. Soy muy católica y mi relación con la muerte no es de oveja apacible, como cualquier oveja. En eso soy algo descarriada. ¿No crees que la muerte resuma una especie de vida alterna, vida que transcurre en silencio o en aparente silencio?
Me pareció un comentario sincero pero yo no tenía explicaciones, ni réplicas brillantes. Intenté desviarla a otro curso. El silencio. Me parecía el tema que mejor nos unía. Hablé del silencio como forma o circunstancia ulterior a todo lo que existe sin silencio.
Es improbable que algo respecto a mí se represente desde el silencio.
Una especie de truco de feria convertía a Celia en otra mujer.
Tú eres un héroe demasiado silencioso.
Todos los héroes son héroes silenciosos, o así me gusta entenderlo, estuve a punto de decirle, mi timidez buscó otras señas. Aquí soy un héroe trágico.
Los héroes trágicos tampoco son muy humanos, improbable en tiempos como este. Solo en el cine, en los libros.
La tragedia es el modo no el fin, pensé.
Fíjate en esos destructores de monstruos que primero deben acabar con los monstruos de adentro para después luchar contra los de afuera.
Solo tenemos monstruos adentro. Entré en su territorio, queriendo impresionarla desde mi manera de percibir el mundo moderno.
En fin, somos héroes trágicos. Sonrió, pidió que buscaran algún medicamento. Mi padre, Pedro y el representante se unieron a nosotros. Luego apareció una enfermera y le dio unas cápsulas largas. Tomó aliento y continuó.
Eres poeta. Qué más. Héroe. Héroe trágico. Suspiró unos segundos, sigilosa. Gracias por la tierra, ya Ollita puede dormir tranquila.
Ollita era su madre. Me secreteó Pedro. Luego le dijo a Celia que por hoy era suficiente. Tienes que descansar.
Una despedida y ya la puesta en escena pasaba a otra dimensión. Después volvimos a aquellas fiestas a las que mi padre me llevaba como si yo fuese un Tarzán deprimido. Volví a visitar librerías independientes con mis hermanas, y mi padre y Teresiano me empujaron a una pelea de Óscar de La Hoya contra un revoltoso argentino.
Me estaba cansando de la diversión, quiero un trabajo, le pedí a mi padre. Él pretendía que estuviese unos meses más junto a su familia y yo necesitaba que la perenne marea de beneficios sintiera un apoyo de mi parte, igual me era provechoso acumular un poco de dinero para mi regreso. Vino el previsible monólogo de mi padre. Su dinero es mi dinero.
El dinero es la poesía de este siglo, duélanos o no, me dijo una vez. Yo contuve mis esperanzas de enfrentarlo, sopesadas ya, nulas. Si cambiaba el orden de la oración me encontraba con una atolondrada elegía: la poesía es el dinero de este siglo.
Ahí estaban, columpiándose, enfrentándose, esas ideas, las de mi padre (el dinero) y la mía (la poesía). El resultado era lógico: cada uno vivía bajo tales confluencias.
Atrapados en los suntuosos laberintos, escuché música, la que me gustaba y la de los discos coleccionados por mi padre, muchos de ellos con explícitas dedicatorias. Rubén Blades, Gloria Stefan, Frankie Ruiz, Juan Luis Guerra, Charlie Aponte. Las líneas procuraban nombres idolatrados por él. Sus poetas.
Casi todas las noches teníamos discusiones insoportables sobre música y muchas de esas discusiones personalizaban nuestros bien marcados itinerarios. Mi padre creía que los mejores músicos cubanos estaban en el exilio, sobre todo en los Estados Unidos. Ellos crecieron y crearon bañados por vigorosos aires de referencias, con un provocador mercado y, más que todo, con la libertad de no ajustarse a patrón rítmico, cultural o político alguno.
Entonces yo devolvía el ataque. ¿Por qué esos músicos cubanos en el exilio, tan llenitos de influencias a su alrededor, vivían al tanto de todo lo que los humildes músicos en Cuba lograban crear? ¿Por qué, en considerables casos, raptaban, a cara descubierta, muchas de esas creaciones?
Las disputas amainaban cuando la nicaragüense que no parecía nicaragüense alertaba sobre el matiz funesto de las mismas, que hallásemos puntos en los que, sin estar totalmente de acuerdo, pudiéramos reconocer o alabar los ejemplos del otro.
Yo rezongaba un poco y después admitía que la madeja de ritmos armados por algunos de estos músicos del exilio (el jazz, el jazz afrocubano, el mambo, la oleada caribeña) rozaba atractivos singulares. Cachao era rey en esa lista. Y mi padre alababa la suntuosa organicidad de algunos conjuntos o grupos muy antiguos asentados en Cuba que, a pesar de las múltiples avalanchas de sonidos contemporáneos, no abandonaban la consecución de un estilo auténtico y fresco. Mencionaba septetos sublimes, orquestas gloriosas, tríos envueltos en una atmósfera de cantina cincuenta o sesenta años atrás.
Leo un poema de Dylan Thomas. Celia y yo, en un salón, rodeado de medallas y trofeos. Un poema de Dylan Thomas que resume un viaje de muerte.
Era mi año treinta rumbo al cielo/ desperté en mi escuchar desde la bahía y el vecino bosque…
Me dijo que le gustaba. Me gusta tu poema. Traté de corregirla. No es mío, es de un poeta galés, Dylan Thomas. ¿Lo conoces?
Su respuesta fue un titubeo, un gesto de negación.
¿A Bob Dylan lo conoces?
Claro. Coincidimos en algunos lugares. Su música es de buen ambiente.
¿De buen ambiente?
Está fuera de cualquier clima.
Bob se puso Dylan por Dylan. ¿Entiendes?
Celia no entendía y yo estaba jugando un juego tonto y poco afectivo. Le pedí disculpas. Intenté conciliar mis deseos. ¿Tenía alguno? De acuerdo, me ocuparé de las circunstancias. Tenía aire libre, tiempo y dinero de mi padre. Me convertía en elegido sin que me importara serlo. Yo y la Poeta Nacional.
Mi padre me había dejado cerca de la casa y aseguró venir a recogerme en unas dos horas. Celia necesitaba conversación.
¿Y los tuyos, tus poemas? Inquirió.
Ni muchos ni muy buenos. Mejor evitarlos, seguro no te gustarán.
Qué sabes. Tengo casi dos vidas. Digo casi porque en ninguna de ellas, que son casi una, puedo hacer lo que en la totalidad quiero hacer. En una de esas vidas casi soy cantante, en otra casi una persona normal. Dios no me puso a escoger porque si lo hace seguro se formaría un gran embrollo. Ahora viene lo que me gustaría que supieras. En esa vida casi normal que tengo soy muy adicta a los libros.
La cultura es dañina para la salud. Si más lees más frágil eres. Hecho y deshecho, las variantes oprobiosas de una ecuación que deforma las estampas del consumo. Entoné el filo irónico de mi confidencia. No hablé sobre ello, preferí saber qué leía.
Estarás de acuerdo en que con una casi vida no se puede leer todo lo que se desea. Soy muy curiosa, no casi curiosa. Las biografías, diarios personales.
No mucha poesía. Le dije.
Yo creo que la poesía, y perdóname el atrevimiento, resulta un acto demasiado individual.
De frívola individualidad. Añado. La observo con insistente imprudencia.
No toda la poesía ni todos los poetas. Prosigue. Habrá que separarla de lo que es, aislarla, convertirla en otra cosa.
El planteamiento era intrigante, un chillido. Preferí que hablara de los cientos de musiquillos que pululaban como la mala hierba. Frívola e individual, la poesía dejaba fuera devaneos superfluos. No todos entraban. La poesía ripostaba con silencios.
El silencio. Fort Street era silencioso, como el más inferior de los poemas, le dije. Ese era el hilo que nos unía, desde el primer encuentro.
Dulce María Loynaz. Pronunció en gorjeo metálico.
Qué podía ocurrir para que mencionara a la que yo entendía como “una poeta de verdad”. Quise saberlo.
Mira alrededor de su silencio. Es algo que se puede ver, yo lo he visto, y qué hay allí. ¿Más silencio? Más silencio es inadmisible. El silencio no reproduce otros silencios. No frivolidad ni murmullo individual. ¿Puedes entenderme ahora?
Asentí para no parecer indiferente.
¿Le gusta la poesía de la Loynaz?
Me gusta su silencio, su silencio en forma de poesía.
Estuvo callada y yo la imité. Más tarde su voz sufrió un ligero cambio, se hizo más melosa. Hubiese querido conocerla. A Isadora Duncan también y a Gabriela Mistral, y a no sé cuántas mujeres. La enumeración es larga y desafortunada. Como las vidas que ellas tuvieron.
Volvió su silencio. Intenté adivinar qué le unía a esas mujeres. No tuvieron hijos. Ella sumaba otras razones.
No estar con tu madre cuando tu madre se muere. Que el país en el cual naciste se te cierre como se cierra una puerta extraña.
Armaba yo la más despiadada de las respuestas. Conocerás a esas mujeres en el cielo.
¿Y los hijos, y la madre muerta, y el país cerrado para ella?
Tuve la preocupación de mantenerme callado.
Celia comenzó a llorar y yo no supe si calmarla o esperar a que ella misma se calmara.
Se levantó y fue por otras medicinas. Me preguntó si me apetecía beber algo. Antes de llegar a su casa, le pedí a mi padre comprar una botella de whisky. Mi padre no había bebido ni una pizca y la botella descansaba casi vacía en su auto. Negué entonces, agradecí.
¿Y la tierra? Le pregunté a su regreso por el destino de aquella masa de minerales oscuros arrancados de suelo habanero.
Yo me estoy muriendo. La tierra donde nací me acompañará en mi tumba. Nada más simple que creer que esa es la tierra y que me servirá como sustento. Todo no queda ahí. Cruce de delirios. ¿Qué tal si llevas un poco de tierra, un poco de esa tierra que he pisado por muchos años, llevarla hasta la tumba de mi madre? Es un detalle cursi, disculpa.
Hablaba distanciando las palabras, con miedo a que sonaran falsas, y para remediarlo, o eso creía ella, o eso creía yo, fluían sus lágrimas otra vez.
Tembló su voz. Temblaron sus manos. Me sedujo el dolor transformado en dolor ajeno. No respondí aún.
No estar con mi madre cuando ella murió me trastornó. Me hizo más mujer, más fuerte, pero nadie quiere ser más fuerte, o más mujer, o más hombre, experimentando tragedias así. Por eso le dije a tu padre que debía mandarte a buscar.
Me asombró su confesión, la atmósfera deprimida por el sufrimiento personal. Me asombró apartarla de ese sufrimiento y recolocarla en una historia llena de fechas vacías, de familias vacías.
Se lo recriminé a mi padre, con toda la dureza que pude.
No nació de ti. Yo vine porque ella te lo sugirió. Ningún sentimiento de padre. Solo cumplir el mandato divino de tu diosa divina.
No se defendió, no pudo, o no quiso, o se estaba defendiendo de la manera más increíble y cruel, dejándome todas las líneas de ataque.
Me levanté y salí a la calle. Mis hermanas no estaban en casa e intenté que Nueva York me tragara como lo haría un monstruo apocalíptico.
Comencé a tener un destino más allá de mis impulsos. Cuando llevaba más de dos horas caminando me di cuenta que no conocía a ese monstruo apocalíptico llamado Nueva York. ¿Que ese monstruo me siguiera tragando era buena o mala idea? Cada paso hacia adelante significaba, lo entendí en ese momento, un paso en mi contra. Estaba huyendo de mi padre. Estaba huyendo de mi pasado. Todas las huidas reclamadas hacia ningún horizonte. Estaba solo. No era héroe ni poeta. Cuándo despiertes todo habrá terminado. Era la voz de Celia que me perseguía. Qué significaba todo, qué significaba despertar.
Mi padre vivía en Greenwich Village, la dirección no era difícil de memorizar. Un taxi me llevaría a donde yo quisiera. No había taxis a Cuba, sin embargo.
Decidí no regresar. Pensé en el apacible Fort Lee y en una poeta cantante dispuesta para mimos exagerados. Supe que no despertaba aún del más simple de los sueños, el de la realidad. Llegar hasta la casa de mi padre reconocería mi derrota.
Me senté en un parque rodeado de mugrientos edificios. El monstruo tenía, como todos los monstruos, partes feas. Había hombres negros y hombres blancos que vociferaban cerca de mí. Al principio no les interesé. Después se inquietaron. Me llamaron puto mexicano.
No tenía miedo (estaba anestesiado por rencores que ninguno de ellos entendía), pero me levanté y caminé en dirección contraria. No me persiguieron. Caminé casi una hora hasta que me atreví a detener un taxi y anunciarle la dirección de mi padre. Regresar a él como un derrotado, aunque la derrota, lo tomaba como aliento, no simplificaba nuestra relación. El laberinto es más subterráneo que nunca. La batalla está perdida.
Me recibió su mujer. Celia fue llevada de premura al hospital. Pinta mal el asunto, me dijo. No se interesó por mi ausencia ni demostró que a mi padre le importara otro tanto.
Mis hermanas dormían. La mitad de Nueva York dormía. Me puse a ver un juego de los Mets en el que Mike Piazza batea un Gran Slam y José Reyes, un debutante dominicano, atrapa una línea que parece inatrapable. Los Mets pierden y extienden la racha de derrotas. Me entretuve con una película viejísima de Cary Grant y Katharine Hepburn, sobre un paleontólogo que trata de ensamblar el esqueleto de un brontosaurus al que le falta un hueso. Mi padre llamó unos minutos después de medianoche. Celia había mejorado ligeramente. Le pidió a su esposa que me pusiera al teléfono. Escuché un mar de justificaciones y volví a sentirme vencedor, pero un vencedor horrible. Él era un derrotado honesto y yo igualaba el match. Me preguntó si ya había decidido sobre la propuesta de ella. No recordé propuesta alguna, mi mente anclada en pleitos sin terminar, y dije que ya estaba decidido, para que la conversación terminara lo más pronto posible. Me deseó que durmiera bien. Mañana en la tarde nos encontraríamos en la casa de Celia. Nuestra poeta se está muriendo. Fueron sus últimas palabras.
El “nuestra” me importó tanto o más como el hecho terrible de reconocer que se estaba muriendo. Nuestra poeta. ¿Qué más compartíamos él y yo? No mucho. Inevitables imágenes de infancia. Recuerdos que parecen remotas ficciones. No lograba dormirme. Reuní todo lo que mi memoria encontraba. Mi padre me levanta por encima de sus hombros, empuja hacia arriba, unos segundos en el aire, y me retiene. Susto, alegría: sensaciones intermitentes e interminables. Mi padre me espera para abrazarme tras el primer día de escuela. Mi padre camina junto a mí cerca del mar.
Dormí poco. Luego una ducha. Esperé noticias. Ninguna noticia. La menor de mis hermanas estuvo un rato de la mañana conmigo. Casi al mediodía llegó Teresiano. La poeta se está muriendo. Fue su saludo. Venía a llevarme a casa de Celia, mi padre nos esperaba.
¿Ya ella (quise decir la poeta, pero un recelo tímido me lo impidió) no está en el hospital?
Tu padre llamó preocupado por ti, buscó la mirada que yo eludí, sus palabras tuvieron un declive. Celia quiere a tu padre como un hijo, y en esa relación tú complementas lo más sagrado.
No hablé. Prosiguió. No sabes a cuánto renunció, una renuncia a la fuerza. Prácticamente no tuvo madre y creció como hombre lejos de ti.
Pude interrumpirlo, pero me gustaba el sonido de sus palabras, el sonido más que lo que decían.
Teresiano preparó un almuerzo rápido y nos fuimos en un auto que había alquilado en alguna agencia cercana al aeropuerto.
Mi padre me abrazó lloroso. No muchas palabras. Le dio unas instrucciones a Teresiano y me pidió que lo acompañara. Tuve miedo. Un miedo que desconocía, un miedo embarrado de lástima. Deduje que el verdadero y crucial momento de mi vida estaba por venir.
Celia intentó levantarse cuando me vio. Pedro estaba con ella, también el representante, su hijo adoptivo y dos enfermeras.
Los abracé, brindé una medrosa reverencia a las mujeres, besé en la frente a Celia.
Aún no estoy lista para irme. Sonrió Celia. Después la tos, el carraspeo de tos. Pedro le pidió que encontrara calma.
Cuando estuvo más serena quiso que nos quedáramos ella y yo. Unos minutos y se lo devuelvo sano y salvo. Sonrió, una sonrisa más triste. Más herida.
Ya solos, Celia extrajo entre las sábanas un álbum de fotos y me lo entregó. Imágenes de triunfos, conciertos enjundiosos, giras, viajes a lugares exóticos, a fiestas privadas, cenas con magnates y políticos encumbrados.
Eso pensaba encontrar, pero quien estaba en las fotos era yo. Un bebé de cuatro meses. Un niño vestido de escolar. Otra en la que estoy a pocos metros de un león en un zoológico de La Habana. La foto cuando termino mi escuela primaria. Incluso aquellas que supuse mi padre desconocía: la adolescencia más gris de todas las adolescencias. Una foto de guerra, yo encima de un tanque T-55. Y la que poso junto a mi hijo.
Cómo mi padre pudo tenerlas. Fotos sepias la mayoría. Unas vidas sepias, cuando más. Celia se estaba muriendo y dedicaba sus últimos destellos a mí. Privilegio terrible. Si una poeta nacional fuera la verdadera Poeta Nacional. Celia se estaba muriendo y yo sopesaba tales disyuntivas.
Tu padre sigue sufriendo y hasta que se muera seguirá en lo mismo. Él no es más fuerte de lo que puede ser. Muchas explicaciones no son posibles porque el tiempo ya las hizo imposibles. El tiempo cura pero también mata.
Volvió a carraspear. Iba a buscar a mi padre y ella me lo impidió.
Estoy mejor. Por unos minutos nada empeorará. Tu padre quiere que un día vivas acá, que un día tengas su negocio.
No me interesa vivir acá y mucho menos me interesa su negocio. Disculpe si va en dirección opuesta a sus deseos.
Eres igual a él. Me dijo. No podía esperar otra respuesta. No te obligará a un exilio demasiado aburrido. Cree que los Mets volverán a ganar una Serie Mundial. Volvió a sonreír. No sabes que fue al África cuando estabas en África. Intentó verte, aunque sabía que luchaba contra un absurdo, o contra muchos; entonces no era lo que hoy es ni tenía las relaciones que ahora tiene. No pudo moverse más allá de la capital. Un país en guerra y en las guerras no hay lógicas. No le digas que te lo conté.
Sus palabras son compartidas con pausas cada vez más extensas. Imaginé a mi padre en aquellos turbios días de Angola. Lo veo en un purulento hotel de Luanda inventándose razones para reencontrarse con su hijo.
¿Llevarás la tierra a la tumba de mi madre?
Celia procuraba mi respuesta.
Pronuncié un sí tímido, pero a cambio yo quería que ella cantara unos de esos boleros que se enredaban como lúgubre planta. Un intercambio de rarezas simbólicas. Un pedido como los de cualquier persona normal, aunque yo no la fuera.
Haré lo que pueda, con el permiso de mis pulmones y con el de Dios. Antes tendré que escuchar uno de tus poemas.
Un poema. Quise forcejear con ese asunto pero ella equilibró el precio del chantaje heroico. Un poema, una canción. Recité algo breve y ella aplaudió con exaltación. Vinieron todos los que esperaban del otro lado de la puerta.
Voy a cantar para él. Dijo Celia, y le pidió comprensión a Pedro. Nada de molestias, querido, me repondré para un concierto especial para ti.
Escuché una voz que casi ya no era su voz. Escuché. Siento la nostalgia de palmeras, de un danzón silbándome en la brisa, nostalgia de un mar azul y verde con calidez de manos que acarician…
Tuve lástima por ella y lástima por mi padre que lloraba como un niño. Nos despedimos con la ilusión de que La Habana nos uniera más allá de nosotros, en un futuro que los dos sabíamos quimérico. A los cuatros días Celia estaba muerta.
No hablaré del luminoso sepelio. No me devorará, como a tantos, ese luto que necesitaba una belleza envuelta en fulgores vanos. Perdoné a mi padre como pude y dos semanas después un avión me devolvía a Cuba. Mis hermanas clamaron por regresos que yo admitía (para mi interior) como imposibles. El padre abrazaba al hijo pródigo y ambos intentaban recomponer un mundo dibujado desde tiempos vacíos.
Desde la altura, Miami se parecía a La Habana. Dos ciudades recortadas por una misma niebla irascible. Dos ciudades hundidas en un naufragio de banalidades y rencores entre ellas.
Aterricé en La Habana una tarde muy ardorosa. Chequee mis documentos y todo estuvo en orden. Cuando iba a recoger mi equipaje, dos agentes de seguridad me pidieron que los acompañara. Ni siquiera llevaba un kilo de más en mis maletas. Nada que temer. Las explicaciones llegarían en su momento, dijo uno de los agentes.
Estaba en una oficina. Preguntaron los motivos del viaje. Pura rutina. Luego llegó otro oficial, con más rango. Yo era un héroe de guerra, así que no tenía por qué simular que nunca lo fui. Se lo dije. Cero maltrato. El oficial de más rango se colocó un guante en una mano y extrajo de una bolsa más grande el bolso con la tierra que Celia me había entregado pocos días antes de morir.
¿Qué es? Quiso saber con resuelta bravuconería.
Tierra. Mi respuesta pretendía ser impasible, demostrarlo.
Nadie trae tierra de Miami. De la manera lógica que uno cree que se puede traer algo como eso.
Yo sí, tampoco viene de Miami. Es de New Jersey.
¿New Jersey? Existe una razón más enmascarada para que esa tierra no sea lo que aparentemente es.
De qué habla.
De drogas.
Yo no quería que el nombre de Celia estuviera allí, entre esos hombres rústicos y serios y, aunque dudé por largos segundos, sucumbí a las alternativas.
Celia Cruz es como si fuera la Poeta Nacional, debía serlo. Les dije. Revisen lo que deseen. Esa tierra es para llevarla a la tumba de su madre.
El oficial de mayor rango buscó una silla y la puso frente a mí, a centímetros. Después de sentarse, habló.
No me gustan los cuentos románticos. Aquí tenemos que oírlos diariamente, los finales son siempre previsibles.
La tierra me la entregó antes de morirse.
Un detalle muy sentimental. Una cantante que es poeta. Quizás el final no sea previsible, pero no voy a escucharlo.
Repulsión. Odio. Miré hacia todas partes pero no había mucho que mirar. Una oficina, unos carteles, oficiales intentando convertir en criminal a un héroe.
Es una promesa y las promesas se cumplen. Llevaré la tierra al cementerio. Pueden ir conmigo o pueden comprobar que la tierra estará allí.
En mil novecientos ochenta yo tenía un padre y a las pocas horas ya no lo tenía. En mil novecientos ochenta y ocho yo tenía un lanzacohetes encima y más tarde una medalla. En dos mil tres yo tenía un boleto de avión hacia Miami. Meses después las cuentas eran diferentes: ya no era un héroe, había recuperado a mi padre, o a uno de sus fragmentos. No tenía la tierra que Celia me entregó como albacea divina. Quise tenerla. La tomé en mis manos, o eso creí. Uno de los oficiales me empujó contra la pared y el de más rango se llevó el bolso con la tierra.
Después me liberaron y fui hasta mi madre y mi hijo, en las afueras del aeropuerto. Después estuve unos días esperando a que me devolvieran la tierra. Después reclamé en distintos lugares: en el propio aeropuerto, en la aduana. Después me convencí que esas reclamaciones eran inútiles. Después hablé con mi padre y no tuve valor para relatarle mi promesa incumplida. Después mi hijo creció y mi madre se hizo más anciana. Después publiqué algunos libros y viajé a otras ciudades. Después La Habana y Miami comenzaron a parecerse demasiado, para mi dolor. Después mis hermanas tuvieron hijos y mi hijo tuvo un hijo. Después Celia fue venerada con estatuas en mi país, su país. Después volví a ver a mi padre y fuimos a la tumba de Celia con toda la familia y cantamos varias de sus canciones que ya comenzaban a olvidarse. Después murió mi madre y murió mi padre, casi a la misma vez. Después entendí de qué trataba esta historia. Después me hice más viejo y casi me iba a morir. Después vino otro día y otro, y al próximo se terminó el mundo. Después Dios se quedó dormido.
