Carlos Esquivel a fuerza de insistir, de empeño, ingenio, talento, se nos convirtió a lo largo de estos años de asperezas y desamores, en una de las voces literarias más importantes en la Isla.
De él ha dicho Amir Valle: “Un verdadero clásico de la literatura cubana… Un nombre imprescindible de la poesía y la narrativa en Cuba en las últimas décadas del siglo XX y lo que va del XXI”.
Yo tengo el honor de ser su amigo, un fiel lector y siento un enorme placer al entrevistarlo para OtroLunes – Revista Hispanoamericana de Cultura.
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Carlos, háblanos de algunos recuerdos de tu infancia y de tu adolescencia.
Mi niñez no fue normal porque a esa edad nada es normal. Decir lo contrario sería más propio de una ficción diluida por un traje que no me sirve. Unos primeros años muy tranquilos, en una zona rural, mis padres juntos, la irreprimible tranquilidad me acompañaba por todas partes. ¿Recuerdos? La fractura de mis rodillas en un accidente con mi padre (tenía tres años). Mi abuela paterna me cuenta historias espeluznantes que, por supuesto, provocarán una adicción inmediata con algo que en ese momento yo no sabía que existiera: la creación literaria. Jugar con mis perros (soy, desde la mínima edad, un ser muy sensible con los animales). Mi primer día de escuela (el olor inolvidable de las libretas y libros aun permanece en mi almacén de cosas imperecederas). A los seis años desnudo a una niña, pero mi padre nos descubre. Perder una pelea con un niño que era mucho más pequeño que yo (ahora no me da vergüenza admitirlo). Escuchar las canciones que le gustaban a mi madre (unos grupos pop españoles, ciertos boleristas), después, algún día, las que me gustarán a mí, de Los Beatles, Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, Billy Joel, o Rubén Blades, aun siendo niño (después navegué por géneros y músicos disimiles hasta quedarme casi anclado en el jazz, la música clásica, algunos roqueros y trovadores, otros malditos como yo). Escuchar los juegos de béisbol que escuchaba mi padre. La primera borrachera, con catorce años (luego de juntar cerveza y alcohol en una misma vasija y permanecer bebiendo algunas horas con unos primos muy queridos). El primer beso. La primera muchacha de la que hui (entonces me pasaban cosas como esas, después corregí tales impulsos). De cómo perdí la virginidad, detalle que, inevitablemente, dejaré para ficciones más improbables.
¿Por qué escribes?
Escribo porque soy muy mentiroso y llegado el tiempo de rectificar, me volví más mentiroso. Escribo para que mis personajes hagan lo que yo jamás pude. Escribo para que la locura disfrazada pueda detener a la locura real. Escribo para comprender a mi familia que jamás pudo comprenderme. Escribo para enterarme por mi mismo de los sentimientos, emociones y demás trastos que me acompañan. Escribo porque a veces me falta Dios. O tal vez escriba porque quizás yo sea el último hombre vivo sobre la tierra, pero nadie va a creerlo, ja, ja.
¿Cuándo decides ser escritor?
Fui un pésimo alumno por todas las escuelas que pasé; sin embargo, desde muy niño, las lecturas estuvieron entre mis privilegios y bendiciones. Escribí una supuesta novela a los diez años y poco más adelante poemas que, para mi extraviado instinto, podrían haber funcionado como canciones. Cualquiera se arropa en atolondramientos semejantes. No pretendía ser escritor sino músico, futbolista y hasta bandido (la más lógica de mis pretensiones). Nada diferente a lo que les sucede a muchos. De una forma seria, la literatura aparece a mi rescate, cuando nada de lo que me rodea ofrece señales de acierto. Estoy en una guerra y en una guerra solo cuenta la sobrevivencia diaria, el extrañamiento, la suerte de parecer vivo e imitar esa suerte hasta que Dios se acuerde. Allí escribí mis primeros poemas, páginas de un diario donde la poesía era más testimonial, más “verídica”, en fin, poemas “explosivos” notas descarnadas. Un diario, y más en situación tan delicada y peligrosa como en una guerra, siempre descubre lo que la ficción reproduce, reinventa o enmascara.
¿A qué edad estuviste en la guerra de Angola, por qué, y qué te dejó?
A los veinte años me fui a una guerra y en una guerra unes y desunes glorias y vacíos en esa especie de justa inmemorial que solo sirve para acumular pérdidas. Conocí personas extraordinarias en Angola, viví momentos traumáticos, leí los libros que muy pocos leían, resistí, fui valiente mientras tenía mucho miedo y tuve miedo las escasas veces que fui valiente. Vi amigos morir en un lugar, en un tiempo, en el que no debían morir. Vi medallas siniestras y humildades que denigraban las supervivencias más hostiles. Vi un mar ajeno (azul grisáceo, pálido, temeroso, como deben ser todos los mares ajenos). Vi (y sentí) bombas que explotaron cerca de mí. Vi a uno de los nuestros derribar un avión nuestro. Vi cómo fusilaban a un soldado de nuestra tropa por violar y matar a una nativa. Vi a tres o cuatros oficiales sudafricanos (que, en teoría, eran mis enemigos) beber ron o whisky con varios oficiales cubanos (celebraban un acuerdo firmado por funcionarios que lo celebraron bebiendo igual). Vi a una mujer muy joven de las que nos enamoramos todos en mi unidad (por supuesto, solo los más pícaros tuvieron acceso. ¿Yo? Tendrías que preguntarle a ella). Y he aquí el resumen de esos muchachos que van (que vamos, o fuimos) a una guerra. Cuerpos enjutos. Almas desiertas. La maniobra de sobrevivir. Día a día. Año a año. Un especialista en comunicaciones es enviado a una unidad de infantería. Un instructor de arte va de cabeza al pelotón de tanques. El barbero no fungirá de barbero (o sí, pero a escondidas). El chofer pocas veces será chofer. La vida continúa allá afuera, o lejos, a miles de kilómetros, adentro ocurren cruentas transformaciones. El niño en hombre. El hombre en bestia. La bestia en oficial al mando. La guerra sigue lejos y sigue cerca.
Las guerras están en tus azimuts, la que viviste en Angola, o las que trataste en algunos de tus libros, Balada de los perros oscuros, Perros ladrándole a Dios, Bala de cañón, Toque de queda… ¿Qué eres más, un soldado poeta o un poeta soldado?
Las excepciones en que no fui un escritor liberado de ataduras políticas o sociales fui un excepcional hombre muerto. El poeta dispone de similares armas que las del soldado. Yo he vivido en guerra (o en una escaramuza que la imita) y sé que el acto de la poesía pasa por descargar un fusil casi invisible. Las jerarquías resultan inferiores. El héroe poeta es el héroe soldado. Quien dispara y no quien ordena. Excepciones existen, pero llegamos tarde para contarla o, porque como ocurre muy a menudo, estamos en el otro bando. Cualquiera de los cubanos va a una guerra (Angola, Etiopía, Congo, Nicaragua, El Salvador, Argentina, Chile). Cualquiera hace lo que no debe hacerse en una guerra: mata a su semejante. O lo salva. Cualquiera comete errores así. Por eso las guerras existen, o para eso. Estar en un punto o en el otro no distiende el verdadero dilema de la elección. A veces hay que perder las guerras para que se terminen. Duro axioma de perdedor, pero la derrota será una leve reconciliación con las sombras que deja el heroísmo. Nadie es héroe si no salva o mata. No adoro los héroes, tampoco los desprecio. Diré que son necesarios. Necesarios para idealistas de capas embarradas. Necesarios para políticos que arengan a través de esos héroes, viven de ellos, de un canibalismo patriótico ensordecedor.
¿Por qué el fútbol, el béisbol, el cine?
Porque uno es un ser demasiado irracional para parecerse siquiera a lo que uno quiere parecerse. Porque uno se parece más a los demonios ajenos que a los propios, a los que te acompañan. Porque nací en un cine, si entiendo que ese era el lugar donde se refugiaba mi madre con sus hijos y que más tarde yo estructuré con aire, o mejor, imágenes, a mi favor, para reconstruir mi película personal, que no es otra que la película de todo el mundo. Porque nací en un estadio, si entiendo que mi padre convertía todo lo que tocaba en béisbol, y después yo, para llevarle la contraria, hice lo mismo, solo que incorporé al futbol. Porque soy un perdedor que asimila con tortuosa fidelidad las derrotas de mis equipos amados: Barça, Yanquis de Nueva York, y en las series de béisbol cubanas, primero a Camagüey y luego a Pinar del Río, sin descartar unos leves amoríos con otros equipos, Villa Clara, Habana o Las Tunas, ya sabes que mis promiscuidades son enjundiosas.
Los grupos, asociaciones, cofradías entre escritores existen desde que existe la literatura, ¿qué es, o fue, el Círculo de Las Parras?
Una franja libre, un pedazo de nosotros, de quienes nos reuníamos ahí, en ese lugar llamado Las Parras (un montecito paradisíaco, a medio camino entre Las Tunas y Holguín), con la idea de independizarnos de las brumas que dejaban (y dejan) las supuestas élites, y razonar, desde la aspereza y la irreverencia, sobre temas más dados a nuestras encrucijadas literarias, o arroparnos en nimiedades necesarias para resistir y no parecernos a muchos de nuestros contemporáneos. El anfitrión era José Alberto Velázquez, extraordinario poeta y narrador, y le acompañaban los no menos extraordinarios Frank Castell, José Luis Serrano, y este aquí condenado. Después que José Alberto se fue a vivir a Miami, el cuarteto injurioso desapareció de la faz cultural y ahora solo nos pertenecen los símbolos que interpretamos, los recuerdos de bebederas platónicas, comidas exóticas, y muchos pellejos al aire.
¿Qué sensaciones vienen a ti cuando menciono estos nombres: Alberto Garrido y Guillermo Vidal?
Dos hermanos. Dos seres humanos muy especiales. Dos escritores con un liderazgo difícil de imitar en el contexto cubano. Guillermo cambió la narrativa que se hacía en Cuba hacia finales de los años ochenta y principios de los noventa del pasado siglo. Aún su nombre, su obra, no están donde debían de estar, en un trono de confluencias imposibles de derrocar. Fue contestatario, estuvo aliado a los divergentes y a los que no podían, o no sabían, defenderse. Apoyó, desde una coherencia admirable, todo diálogo contra lo dictatorial y lo ampuloso. A la par de eso creó una obra literaria tan atractiva como espinosa (espinosa para quienes no lo querían). Para mí es el más grande cuentista nacido en este país de grandes cuentistas. Libros como Los iniciados, Se permuta esta casa, Los enemigos, Donde nadie nos vea, y, sobre todo, Confabulación de la araña, pueden confirmarlo. Su novela Matarile resulta un ejercicio desquiciante, demoledor, febril, de nouvelle de alta poesía (Céline, Cartarescu, Nathanael West, Gaddis, Guillermo Rosales, Reinaldo Arenas, Beckett, Fante, Martin Amis, y Alberto Garrido con La leve gracia de los desnudos, saben de qué hablo). Lo he dicho varias veces, Alberto Garrido es el más talentoso de los escritores de su generación. Con solo dieciocho años casi gana el premio Casa de las Américas con un libro de una visceralidad y donosura mayúsculas, El otro viento del cristal. Estaba muy por delante de la mayoría de los escritores en Cuba, de las generaciones que fuesen. Su honestidad humana (intelectual ni se diga), su humildad, su desapego de las mascaradas institucionales que ofrecían limosna a cambio de palabras de bonanza, sus idilios entre una banda (en el mejor sentido) de irreverentes “almados” y otra de los expuestos a las travesuras de los tres o cuatros tristes (y alegres) tigres que le acompañaban. Es un orgullo para mí que sea uno de mis mejores amigos, mi hermano de batalla, alguien a quien admiré y admiro con una fidelidad definitiva.
¿Por qué no has abandonado Elia, lugar donde naciste y has vivido toda tu vida?
Porque no quise alejarme de las únicas cosas que puedo aún llamar mías. O porque tuve miedo. O porque Dios me dejó aquí, al cuidado del maravilloso rebaño de una única persona: yo. Al final, o desde siempre, uno es el actor principal de la película que actúas para Dios. Los tres, diez, quince millones de personas que habitan tu ciudad mientras permaneces en ella, o los cuatrocientos que lo hacen en tu aldea (los lugares no importan, la película tiene parecidas secuencias y el mismo e infalible director) son personajes secundarios, con alguna o ninguna incidencia en la trama central de tu película. Para eso existen, y como tal actúan. La película termina cuando tú termines. Pero Dios es un director muy caudaloso e incansable y sigue dirigiendo películas, vidas, hasta que el the end (o el koniec) corra asustado hacia la pantalla en blanco.
¿Libros y autores imprescindibles?
De una u otra manera, todos los libros y autores que leí fueron imprescindibles, a favor o en contra, lo que no admite el remilgo de la reiteración necesaria, ahondar en celebraciones canónicas, en el pleito de permanencia, en la fidelidad de un promiscuo literario que deja plantado a unos para embarcarse con otros. Pero esa es una tradición vieja, como todas las tradiciones que se permiten gentilezas parecidas. El primer poeta que me estremeció fue César Vallejo, y después vinieron otros que, como Vallejo, permanecen intocables: Ezra Pound, T.S Elliot, William Carlos Williams, Kavafis, William Blake, Rubén Darío, Apollinaire, Rimbaud, Pasternak, José Martí, Baudelaire, Eliseo Diego, Gastón Baquero, Ángel Escobar, José Kozer, Dylan Thomas, Seamus Heaney, Simic, Lezama Lima, Ashbery, y una lista larga de poetas contemporáneos, cubanos, y de otras regiones. En la narrativa la cuenta es mucho más abundante porque comienzo por uno de los monstruos sagrados y cierro el círculo y vuelvo a él. Puede que sea Flaubert, o Céline, o Tolstoi, o Kafka, o Faulkner, o a lo mejor Borges. Y el círculo se ensancha y caben cientos, porque mi glotonería literaria no admite despistes, terrenos resbaladizos, y sí amplitud de bordes, una mezcla dispersa de tiempos y luces: Francis Scott Fitzgerald, Roberto Bolaño, John Cheever, Kjell Askildsen, Nikolái Gógol, Richard Ford, Mircea Cartarescu, César Aira, Slawomir Mrozek, Cormac Mccarthy, Sergio Pitol, Witold Gombrowicz, Philip Roth, Leon Bloy, William Gaddis, Reinaldo Arenas, Thomas Bernhard, Mario Vargas Llosa, David Foster Wallace, Leonardo Sciascia, Joan Didion, Guillermo Rosales, Mathias Enard, Guillermo Cabrera Infante, Kurt Vonnegut, Robert Walser, Malcom Lowry, Mario Levrero, Robert Musil, Karl Ove Knausgård, Fiódor Dostoyevski, Raymond Carver, Gonzalo Tavares, Danilo Kis, Anthony Doerr, Enrique Vila-Matas, Denis Johnson, Severo Sarduy, y muchísimos más.
¿Filmes?
Fellini, Buñuel, Bergman. Ese sería mi tridente goleador. Pero armaría alineaciones con ilustres de varias épocas: Robert Bresson, Andréi Tarkovski, Yōjirō Takita, Todd Solondz, István Szabó, Bertrand Bonello, Alain Escalle, Felix Van Groeningen, Emir Kusturica, Sam Peckinpah, Giorgos Lanthimos, David Lynch, Krzysztof Kieślowski, Kim Ki-duk, Aki Kaurismaki, Lars Von Trier, Chen Kaige, Pier Paolo Pasolini, John Waters, Lech Majewski, Apichatpong Weerasethakul, Robert Altman, Grigori Chujrái, François Truffaut, Woody Allen, Carlos Reygadas, Abbas Kiarostami, Gaspar Noe, Alexandre Sokúrov, Fatih Akın, Costa-Gavras, Michael Haneke, Pálfi György y Andrzej Wajda. Veo películas como si prolongara sueños que no me pertenecen. Mientras veo excelsas películas, corrijo hacia la fabulación de un voyeurismo que permite mirar hacia el interior del ojo. Un ojo que extraña lo que padece, a la manera de Kieślowski, y con el gran Seamus Heaney en la cartuchera: Soy el vouyerista artístico/ de la cresta oscura.
¿Tu hijo?
Con el permiso de Dulce María Loynaz (y pudiera buscarme una respuesta más sentimental o truculenta), juego a alterar unos hermosos versos de la gran poetisa cubana): Yo digo que es el más hermoso. Es mi hijo, mi país, mi sangre.
¿A la hora de escribir qué terreno prefieres, la poesía, el cuento, la novela o la crítica?
Soy Jekyll y Hyde en una misma ruleta rusa. Solo ocurre un cambio, despiadado, de máscaras. Un poeta que revuelve un nido ya revuelto de antemano. Escribir metiendo un pie en el manicomio y otro en el salto del suicida (a mitad de camino estaría la taberna llena de procelosos y orangutanes de la masa idílica). Parece poco probable que en términos de escritura los dos pies caminen juntos, aun sin saber que irán al lugar que más deseas, allí donde nadie nos llama o espera.
¿En tu entorno literario a cuáles escritores y artistas resaltarías?
No sé cuál es mi entorno, porque lo que pudiera llamarse así es una simple cueva de insurgencias y delirios. Leo a todos los que puedo y celebro a quienes se lo merecen. Cuentas equilibradas. Pero quién soy yo para legitimar lo que se legitimará a favor de Dios o de una naturaleza comprensiva, o a un tiempo que canibalea con tiempos vecinos. Solo te digo que hay muy buenos escritores ahora mismo en Cuba, en cualquier parte, y también excelente autores de este país que viven en el exilio. Y ocurre muy parecido con otras manifestaciones artísticas. Las artes plásticas cubanas pueden ganar un mundial, y, por demás, concurren valiosos músicos, dramaturgos, cineastas (independientes). Ocurre que no es el tiempo quien ha transformado al arte y la literatura que me rodean, sino que ellos se han permitido cambiar ese tiempo.
¿Y de los artistas y escritores que crecieron junto a ti?
En mi pueblo había una hornada de sobresalientes escritores, Jesús Machado, el primero de ellos, un gran amigo también, quien decidió dedicarle más tiempo a criar cerdos que a escribir poesía. Su talento escritural no era poco, pero mis hijos tienen que comer y vestir, me confesó, atribulado por tan resignada elección. Colegas igual de muchos años: Samuel Perdomo, Norge Sánchez, Marcelo Leal, Luis Mariano Estrada, Reinjarth Jiménez, Miguel Piñero. Y crecieron cerca (geográficamente hablando) con atrevidas ínfulas, otros suntuosos autores: Ray Faxas, Nuvia Estévez, María Liliana Celorrio, Jorge Luis Peña, Osmany Oduardo, Carlos Zamora, Nelton Pérez, Rafael Vilches, Ana Rosa Díaz, Lucy Araújo, Antonio Borrego, Diusmel Machado, Daniel Laguna, Obdulio Fenelo, Odalys Leyva, Carlos Téllez, Lourdes Jacobo, Adalberto Hechevarría, Lucy Maestre, y algunos más.
¿Amigos?
Los que pueden merecer mis propias cicatrices. Muchos. Pocos. Según las cicatrices.
¿Enemigos?
Soy un hombre de paz y algún día lo fui de guerra. No quiero tener enemigos, pero a veces los enemigos vienen a ti sin tú buscarlos. La mayoría descree de rivalidades más profundas. Estoy más, y mejor, ocupado en más, y mejores, cosas: entender los singulares pasos de mis semejantes (aquellos que en el escalón intelectual afianzan pasos como el mío, algunos, o muchos, por encima). La escritura en contra es necesaria para depredar fosilidades de la vida en contra. La escritura en contra es necesaria para presumir de escrituras a favor: a favor de un infinito de fervores (aislados, pero siempre tangibles), a favor de las buenas causas (deshechas del mapa de oxígenos humanos de algunos escritores). Me gustaría decir a esos supuestos enemigos las cosas que ellos esperan que diga. Pero las relaciones entre escritores (quiéranlo o no mis enemigos) son un negocio que por lo menos garantiza hostilidad a tiempo completo, más los derechos a comparar a unos con otros, servirse de las virtudes que parecen trastornos y de los pocos caminos sanatorios que deja la naturaleza de la escritura. O para explicarlo desde una broma: conquista a enemigos y luego conviértelos en amigos. Es más fácil una receta así. Evitarás dolorosas traiciones.
Esquivel, para mí eres uno de los escritores de nuestra generación con más publicaciones y premios en Cuba, y un merecido reconocimiento entre los que te leemos, pero aun no creo tengas el sitio que mereces fuera de la Isla. Algo injusto. Tu último libro acaba de salir en Alemania por Ilíada Ediciones, ¿qué opinión te merece este acontecimiento? ¿Crees que sea la obra que al fin te dé a conocer ante el gran público lector y la crítica literaria Internacional?
Agradezco la bondad de esta excelente editorial, de su tropa de altruistas a prueba de balas y países por publicar Dos novelitas infieles. Ojalá este libro remueva paredes, desvíe cursos, salve unos espacios de ignorada libertad y abra otros. Son tiempos difíciles para la literatura y para lo que se parece a ella, y yo no voy a ajustar, o desajustar, mecanismos que funcionan en órbitas o dimensiones muy alejadas de la cultura e, incluso, del pensamiento intelectual. La mayor parte de mi obra narrativa (y la mejor, supongo) se mantiene inédita. Varias novelas y cuentos habitan un desperdigado silencio, unas sombras casi asesinas.
