De mexicanismos y cubanismos
(o de las tribulaciones de un cubano en México)

Luis Ángel Argüelles Espinosa


El castellano hablado anda por la calle, en cambio al castellano escrito lo tienen preso
desde hace varios siglos en ese cuartel de policía del idioma que es la Academia de la Lengua.
El español tendrá el destino del latín: ser madre de idiomas.

Gabriel García Márquez

 

 

Sabido es que en la América hispana se habla la lengua castellana, por lo que, al parecer, no debe existir problemas en la comunicación. En realidad, no es así, pues cada país hispanoamericano tiene sus regionalismos, expresiones idiomáticas, el significado de sus propias palabras, formas de pronunciación, lo cual puede causar confusión en el hispano parlante que llega a otro país distinto del suyo e, incluso, ser motivo de burlas e imitaciones insultantes. El español que se habla en México es muy diferente del que se habla en otro país

En mi caso personal, oriundo de Cuba, los problemas relacionados con la lengua en México (el país de adopción) se pueden dividir en dos grandes tipos: uno, vinculado tanto con la velocidad o rapidez con que hablo como con la forma de pronunciar las palabras; dos, con el significado de las palabras. Sin dudas, las dos cuestiones son problemas básicamente socio-culturales y no personales. Acaso tenga que aceptar el hecho de que los cubanos –como se dice de los andaluces– hablamos el idioma sin sus complicaciones técnicas: no respetamos la gramática.

Por esta razón, algunos mexicanos me han llamado la atención en cuanto a la manera tan rápida de cómo hablo y la forma de articular las palabras, pues me dicen que no se me entiende nada. Al principio, me sentía confundido y hasta molesto. A veces en la forma de cómo te lo manifiestan uno puede sentirse ofendido, pero como he llegado a entender que, muchas veces, no existen ofensas, sino personas ofendidas y que, sobre todo, depende de tu habilidad para salir de situaciones embarazosas. En mi caso, me ha funcionado el sentido del humor (que siempre sirve para deshacer conflictos). Por ejemplo, cuando me preguntan por qué los cubanos se “comen” las “s” y la “r” (decimos “do peso” en lugar de “dos pesos” y “tlanquilo” en lugar de “tranquilo”) normalmente les respondo de que existe una “poderosa razón histórica y económica” para esto: sencillamente “porque algo hay que comer”. Y a veces continúo burlándome de mí mismo expresando que soy un fervoroso devoto del número cinco, por aquello de que “sin comer no se puede vivir”, dicho muy popular en Cuba entre los jugadores del dominó, ya que cada número tiene su frase específica. De esta forma, me libero del problema.

Cada país tiene su particular forma de hablar. Incluso dentro de cada nación existen regiones o zonas que se diferencian lingüísticamente unas de otras. En Cuba existe una notable diferencia entre el occidente (donde se ubica La Habana) y el oriente (donde se halla Santiago de Cuba). En México existen diferencias entre el norte, centro y el sur del país. Una de las características comunicacionales de los cubanos es que varios pueden hablar, gritando fuerte, al mismo tiempo sin estar enojados y todos logran entenderse. Ninguno espera a que se les dé la palabra, la toman sin pedir permiso, acaso porque entienden que la palabra es un derecho fundamental que no debe mendigarse sino, simplemente, arrebatarse. He estado en reuniones con amigos cubanos y he observado que las pocas mexicanas que allí se encuentran se muestran muy nerviosas y hasta han pedido por favor que hablen más bajo y que no todos hablen a la vez. Al principio, se atiende la demanda; poco después se cae en lo mismo, pues no se puede ir contra natura.

He llegado a la conclusión de que el lenguaje y la política tienen una cosa en común: lo que funciona en la vida cotidiana son las reglas no escritas, Los académicos de las reales academias de la lengua y los legisladores en el congreso hacen sus preceptos y normativas para los ciudadanos, pero estos no la cumplen como los primeros esperan y, sobre todo, inventan formas de comunicarse y actuar que no están contempladas en los ordenamientos institucionales. Al menos, en el mundo hispánico, el incumplimiento es proverbial. Un viejo refrán español (originado en la Edad Media) sostiene que “allá van leyes, donde quieren los reyes”. Luego, leyes “a la española” traen incumplimientos “a la española”.

A continuación, y apoyándome en mi experiencial, me referiré a los problemas confrontados con el lenguaje popular de los mexicanos (comparándolo siempre que sea posible con el habla los cubanos). Para ello divido el presente texto en los siguientes cuatro grupos de palabras.

 

Grupo I. Palabras iguales, significados diferentes:

El primer viaje a México (realizado a mediados de 1984) fue el que más sorpresa me llevé con las palabras. Pagué la novatada, pues uno piensa que los vocablos significan lo mismo. De esa primera experiencia, recuerdo lo que me sucedió con los términos siguientes:

Licuado: en Cuba no se utiliza este término, pues se emplea la palabra “batido”. La primera vez que pude salir a caminar por la ciudad de México, me detengo en un puesto callejero donde vendían jugos y licuados. Le digo a la empleada: “por favor, un batido de mamey”, pues era mi preferido y hacía muchos años extrañaba, pues esa fruta estaba desaparecida en la isla desde principios de los años sesenta. La empleada me miró extrañada y me respondió que no había. Como me percaté de que el lenguaje no funcionaba, me apoyé en el primer sistema de señales: el gesto, y señalé con el dedo lo que quería. Así lo pude disfrutar. Moraleja: mantener el vocabulario del país de origen, impide el disfrute de los bienes y servicios del país de acogida. O cambias o no comes.

Posada: en Cuba esta palabra tiene una connotación muy específica cómo se verá más adelante. El hecho es que me encontraba en una librería de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y empecé a conversar con una empleada administrativa de esta casa de estudios que había aprovechado su hora de comida para hojear los libros. Recuerdo que me dijo que si me llegara a interesar algún ejemplar, que se lo dijera pues como era empleada le daban un importante descuento. Al final de la amable conversación ella me invitó a una posada, pues era el mes de diciembre. Ante mi cara de asombro, me preguntó si sabía lo que era una posada. Le respondí que sí, que en Cuba es un tipo de hotel de tránsito muy solicitado, donde acuden las parejas a hacer el amor. Recuerdo que ella me interrumpió y exclamó: “O sea donde las personas van a lo que van”. “Efectivamente”, afirmé. Entonces, ella me dijo que a eso se le llama “motel” en México y a continuación hizo una breve explicación histórica de las posadas mexicanas. Sentí una tremenda pena. Moraleja: existen equivocaciones que cambian la vida del mundo (por ejemplo, cuando Cristóbal Colón se equivocó y encontró a América en lugar de Asia) y también equivocaciones que pueden dejar una amarga experiencia en tu existencia y hasta provocar cachetadas.

Chorrillo: otro día llegué a la casa de una tía poblana y ella me invitó a comer. Me dijo que no había hecho comida, pues tenía “chorrillo”. Pensando que era un tipo de comida mexicana especial (algo así como a lo que en Cuba se llama “arroz a la chorrera”) y con la proverbial hambre que traía, le digo: “sí, tía, me gusta mucho el chorrillo”. Se me quedó mirando estupefacta. Después, entendí que chorrillo equivalía a diarrea.

Lana: en México se utiliza como sinónimo de dinero. En Cuba el vocablo “lana” rara vez es usado como dinero (para esto es más común utilizar “baro”, “astilla”, “guano”, “pasta”, “fulas”, “dolores”, etc.), por lo cual “lana” es comúnmente la tela que se utiliza en las temporadas de invierno, especialmente las camisas. Por eso, la primera vez que visité a mis familiares poblanos, uno de ellos me preguntó si traía “lana” a lo que respondí que sólo traía una camisa viejita de algodón, pensando que podía darme alguna camisa de lana que en la isla era un verdadero lujo. Acaso por esto, una tía poblana me dice que soy “cachetón” (en el sentido de querer recibir las cosas de manera gratuita). Pero los cubanos que viajan a otro país tratan de llevarse todo lo que puedan a su regreso, pues conocen las múltiples carencias que existen en la isla.

Tortilla­: en Cuba con este término se refiere tanto a un tipo de comida (el resultado de combinar en el sartén papitas, previamente fritas, con la clara y yema de los huevos) como a la actividad sexual entre las lesbianas. En México, se le denomina a la torta circular y aplanada hecha con harina de trigo o de maíz. Mi madre mexicana (residente en Cuba desde el 1946) me comentaba que cuando mi hermano y yo éramos muy niños y estando de visita en México en 1953, no queríamos comer las tortillas mexicanas y por eso jugábamos con ellas y las lanzábamos al aire exclamando: “estas no son tortillas, son platillos voladores”. Acaso actitudes como estas hayan influido para que tuviéramos que regresar rápidamente a la isla de Cuba.

Ponche: en México se utiliza este término para referirse a la bebida caliente hecha con diversas frutas que se hace preferentemente en época navideña. También en tierra azteca (como en Cuba) se usa el término para referirse al bateador que ha sido eliminado por el pitcher pues le han cantado los tres “strikes”. Pero en Cuba se utiliza mucho para referirse a las perforaciones o fisuras que presentan las gomas (llantas en México) de los coches. Es popular decir: “La máquina (o el carro en el sentido de coche) está ponchada”. Cuando dejé Cuba en 1996, algunos poncheros cubanos (el equivalente a los talacheros mexicanos) colocaban letreros frente a sus poncheras (generalmente en el patio de sus casas o al frente de sus viviendas) donde se podía leer “Se cogen ponches”. Por eso, desde mi primera visita a México me llamó la atención ese aviso que se pega en las puertas o rejas de las casas mexicanas donde se dice “Se ponchan llantas gratis”. Al principio creía que significaba lo mismo que en Cuba, y que dicho aviso revelaba la solidaridad mexicana, y que si uno tenía problemas con las llantas en esos lugares se las arreglaban sin tener que pagar. Pensé que estaba en el paraíso. Y es que en Cuba “coger el ponche” significa resolver el problema de la llanta (y no crearlo como pretende el anuncio mexicano). En México se emplea más la expresión de “parchar la llanta” y también de “reparar la llanta”. La supuesta solidaridad mexicana era, en esencia, una variante de ley del talión: “si bloqueas la entrada de mi casa con tu coche, te desinflo las llantas”. Menos mal, que no llegué a tocar ninguna puerta mexicana para pedir ayuda. Probablemente, me hubieran dicho “chinga tu madre”.

Culero: en México se utiliza esta palabra con, al menos, dos acepciones básicas: persona cobarde (en Cuba se diría “rata” o “ratón”) y también de cosa u objeto de mala calidad (en la isla se dice “mierda” o “basura”). Por culero se entiende en mi tierra de origen, el pañal de tela que se le pone a los bebés o a los ancianos para recoger la orina o heces fecales. Allá el pañal desechable es un verdadero lujo que sólo lo pueden conseguir los que tienen altas posibilidades económicas. Mi madre tenía una buena amiga que cuando se enteró que yo iba a dar un viaje de trabajo a México (en la década de los 80) me pidió encarecidamente que le trajera algo de tela para hacer culeros o pañales pues una hija suya iba a dar a luz. Por supuesto, le traje la tela y saltó de alegría al recibirla.

Camión: en México se usa comúnmente para designar el transporte de pasajeros. Para los cubanos, camión es el transporte para llevar carga pesada (como los materiales de construcción), si es para llevar ganado se usa el nombre de “rastra”. En Cuba, el nombre popular para transportar personas es el de “guagua”. Por eso, la primera vez que estuve en México en 1984 y me preguntaron si quería viajar en camión o en el metro, respondí que en metro, pues había tenido amargas experiencias con los verdaderos camiones cubanos (algunos de ellos llamados “guarandingas”) cuando llegaron a sustituir a las guaguas en la isla por la falta de piezas de repuesto para estas últimas.

Pelarse: en México, se usa para indicar huida o escape. En este sentido en la isla se utiliza el cubanismo de “pirarse” o la expresión “se la dejó en los callos” (puede ser que haya huido de la casa, de la escuela, de la cárcel o hasta del país). Por ejemplo, “Fulano se piró del país”. Por pelarse en Cuba se entiende preferentemente cortarse el cabello. En una escuela militar donde estudié era común escuchar la expresión del teniente que nos decía: “Hay que pelarse al rape para que puedan salir de permiso”. En realidad, todos queríamos salir de permiso que era sólo un día al mes, pero nadie quería pelarse al rape. Como en todo, siempre existen conflictos entre la tropa y el mando, padres e hijos, patrones y empleados, alumnos y maestros, gobernantes y gobernados, pasajeros y aduana, etc.

Padre: en México significa popularmente algo muy bueno, de buena calidad, excelente. Es sinónimo de “chido”. “Está padrísimo” es una frase muy común. En este sentido, en Cuba se utilizan los términos populares de “bacán” (“un desayuno bacán”, “un tipo bacán”) y también el de “bárbaro” (“una playa bárbara”). Siempre he pensado que existe un tipo de machismo lingüístico en llamar “padre” a lo excelente, pues se da a entender que la “madre” es exactamente lo contrario.

 

Grupo II. Palabras y expresiones diferentes, referentes iguales

En este grupo entran la mayor parte de los mexicanismos, los cuales son el resultado de la mezcla del castellano con las diferentes lenguas indígenas. Por ello, lleva mucha razón el escritor colombiano Gabriel García Márquez (quien admitía que él hablaba un tipo de “esperanto latinoamericano” ya que había vivido en muchos países de este continente), cuando decía que el vocabulario mexicano es un tipo de idioma especial cuya madre es el español.

De acuerdo con mi experiencia, expongo sólo algunas de las palabras y frases mexicanas que en un inicio me provocaron un tipo de desconcierto o tribulación lingüística, pues me eran completamente desconocidas. “Despacito, muy despacito” (como dice la canción mexicana popularizada por Pedro Infante), las fui comprendiendo y algunas incorporando a mi vocabulario y por eso en la actualidad (después de haber vivido 25 fructíferos años en tierra azteca, pues llegué en tiempos zedillistas en 1996, y ahora estamos en tiempos obradoristas, en 2022) las comparto con los lectores del presente libro.

Una aclaración necesaria. En la mayoría de los casos los mexicanismos seleccionados poseen varios significados, razón por la cual se tuvo que elegir entre los más comunes según nuestro criterio.

Cuate: en tierra azteca significa básicamente amigo o compañero. En el argot popular he escuchado otros vocablos como “carnal” o “pareja”. En Cuba existen muchos vocablos para designar a los amigos como “ambia”, “acere”, “campeón”, “consorte”, “cúmbila”, “chévere”, “ecobio”, “nagüe”, “monina”, “mi sangre”, “socio”, “yénica”, “compay” “chico”, “pipo”, “familia”, “pariente”, entre otros muchos. Por cierto, casi todos estos estos apelativos antes mencionados el que escribe los ha utilizado, la mayor parte en los tiempos de mi juventud, por lo que puede considerarse como un vocabulario generacional. Es una verdadera lástima que ya no los pueda seguir usando. Cuando se es un adulto o profesional, se ve mal en la isla que se utilicen estas palabras. Por cierto, si cuate proviene de la lengua indígena, muchos de los vocablos cubanos antes citados son parte del extenso vocabulario afrocubano, como resultado de la fusión de lenguas africanas con el español de la isla. Recordemos que los africanos fueron traídos como esclavos a la isla antillana entre los siglos XVIII y XIX para el trabajo en las plantaciones azucareras y cafetaleras. El africano es nuestro indio.

Joto: en México significa hombre homosexual y también se usan los términos de “maricón” y “puñal”. En Cuba, tiene incontables sinónimos como “maricón”, “loca”, “pájaro”, “chample”, “cherna”, “flojo de pierna”, “cundango”, “pato”, “yegua”, “selástraga”, “pargo”, entre otros muchos. Por cierto, en el conmovedor testimonio del escritor disidente cubano Reinaldo Arenas titulado Antes que anochezca (libro del cual se hizo una película con el mismo nombre), se cita el caso de un escritor cubano (Jorge Oliva) que para huir de Cuba se fue nadando por la Base de Guantánamo (territorio norteamericano enclavado en suelo cubano) y cuando ya estaba en Nueva York le envió un telegrama a Nicolás Guillén (por entonces presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, institución de carácter oficialista) donde le expresaba irónicamente: “¿No decías que era pargo? Pues bien, me fui nadando”. Desconozco el por qué estos dos tipos de peces, la cherna (también conocido como “mero”) y el pargo, son nombres utilizados en Cuba para designar al homosexual masculino. Es de suponer que vengan de la tradición española. Asimismo, en La Habana cuando se emplea la frase de “los pájaros del Yara”, no se está hablando de las aves de un determinado lugar, sino se refiere a los  homosexuales que se reúnen en los alrededores del cine Yara que está ubicado en la céntrica esquina de L y 23 frente a la heladería Coppelia.

No mames: en México se utiliza esta expresión para señalar que no se digan cosas absurdas o sin sentido. Al principio me chocó (me parecía muy vulgar), pues el verbo “mamar” en Cuba se utiliza bien para los bebés que chupan la teta de la madre (“niño que no llora no mama”) o bien para los homosexuales que chupan el pene de los hombres a quienes también se les denomina “mamalones”. En la isla para expresar que no se digan disparates, tonterías o mentiras se usan expresiones como “no seas globero”, “no seas paquetero”, “no digas guayaba”, entre otras muchas.

Pendejo: en México es el tonto en extremo o el que pretende serlo para esquivar una responsabilidad. En Cuba se le dice a la persona muy cobarde o pusilánime. Para los significados dados en México, en la isla se utiliza términos como “Gil”, “Gilberto”, “penco”, “mongo”, “berraco”, entre otros. Por cierto, en tierra mexicana, muchos abusan de esta palabra (me atrevo a decir que “pendejo” y “güey” son los términos más usados por los mexicanos contemporáneos). Tengo un amigo que no deja de llamar “pendejo” tanto a las personas con quienes habla como de las que se habla. Nadie se salva. Para dicho amigo, la humanidad se divide en dos grupos: él y los pendejos.

Ahorita: este adverbio en México puede significar muchas cosas (que uno nunca sabe, pero sufre o padece) como “ahora mismo”, “al ratito”, “más tarde” o “hasta nunca”. Mi experiencia personal ha sido funesta. Cada vez que me dicen que “ahorita” te dan algo o es tu turno, lo que sucede es que se demora mucho o, simplemente, se olvidan de uno y no se cumple con lo prometido. Por eso, cuando me dicen que algo es “ahorita”, doy las gracias y me alejo rápidamente de ese lugar, pues lo considero tóxico. Incluso, a veces te dice la persona a la que fuiste a ver “ahoritita regreso”, creyendo que empleando el diminutivo se acorta el tiempo de la espera, pero resulta mucho peor. En Cuba también se utiliza el adverbio pero allá, como dice el lingüista Argelio Santiesteban en su libro El habla popular cubana de hoy (que nos ha servido de apoyo para elaborar el presente texto) “designa pasado o futuro, siempre que sean próximos”. Así se dice “ahorita mismo sucedió el accidente” o “no te vayas, pues ahorita mismo te doy lo que me pediste”, en este último caso está presente el sentido de urgencia. Por cierto, un tema musical bailable  que causó furor a fines de la década de los setenta en Cuba se llamaba precisamente “Te digo ahorita”, cuyo adverbio está utilizado de modo burlesco, o sea, nunca te llegan a decir a qué vino. (“Seño, seño, señorita/ Tú sabe a qué yo vine/Yo vine pa´ que me…/ Te digo ahorita”). Este tema es un merengue dominicano de Johnny Ventura pero en la isla  se escuchaba la versión cubana de la famosa orquesta Los Latinos y de su popular cantante Ricardito.

Rollo: en México, es cualquier tema de conversación (expuesta tanto por vía escrita, oral o audiovisual) cuando se hace bastante largo y aburrido. Tanto los padres, maestros y políticos pueden “echar rollo” cuando se dirigen a sus hijos, alumnos o adeptos. Es común escuchar la expresión de “tirar un rollo”. En Cuba para este objeto se usan palabras como “teque”, “muela”, “trova”, “palucha”. Así, si en México se dice “ya basta con el rollo de que el año que viene mejorarán las cosas”, en Cuba se diría “ya basta con el teque”. Por cierto, sería de interés estudiar la retórica de los discursos oficiales tanto de la Revolución Mexicana como de la Revolución Cubana, para determinar qué temas y propósitos son los recurrentes en ambas experiencias.

Teporocho: cuando escuché esta palabra no tenía la más mínima noción de lo que quería decir. Ya después supe que en México se le dice al borracho que bebe alcohol de muy baja calidad. Hay que decir que en Cuba hay muchos “teporochos” que no saben que lo son. En la isla a estas personas se les llama popularmente “curda”, aunque también he escuchado que se les conoce por el nombre de las malas bebidas caseras (o aguardientes) que ingieren, como son “chispa de tren” o de “guarfarina”. Sabido es que muchas personas, tanto en México como en Cuba, han fallecido por tomar este tipo de bebida, pero como el margen de ganancia es tan grande, no cesan de venderse y por lo mismo, no cesan de morirse.

Pinche: en México se utiliza este término para referirse a una persona que se considera despreciable o mezquina y también a una cosa que tenga muy baja calidad. En Cuba para una persona así se utiliza los vocablos de “singao” y también de “hijo de puta” (o simplemente se nombra solo las iniciales de la última expresión: “este es un verdadero h.p.”). Por cierto, en las protestas populares del 11 julio de 2021 tanto en la isla como en el exterior se popularizaron los carteles donde se calificaba al presidente cubano con este epíteto. Así aparecieron memes donde se veía un camión repartidor de la empresa Coca Cola donde se podía leer. “DÍAZ-CANEL SINGAO”. En cuanto a un objeto de baja calidad, en Cuba se emplean las palabras de “basura”, “mierda”, “pacotilla”, “baratija”, entre otras.

Gacho: en México se utiliza esta palabra para referirse a una persona vil, de mala fe, que hace las cosas de “mala leche”. Así se escucha que “fulanito es muy gacho” y también que “se lo chingó gacho” (es decir “le dio en la torre”). En este sentido, en Cuba se utiliza términos como “maricón” (que no sólo es el homosexual, sino también la persona baja o ruin, cuya abyección moral se equipara con la falta de hombría) y también los anteriores de “singao” e “hijo de puta”. También en México se utiliza “gacho” para aludir algo feo, desagradable o de baja calidad. Se escucha decir “ni en la fiesta de disfraces me vestí tan gacho”. En la isla para señalar que algo está feo o desagradable se usa popularmente la palabra “Federico”, pues guarda cierta afinidad fonética entre ambos vocablos. Ya para referirse a la baja calidad se emplean expresiones como “basura”, “mierda”, “bartavia”, “catana”, entre otras.

“Hacer del uno” o “hacer del dos” en México es una expresión popular utilizada para distinguir si uno va a orinar (es el uno) o a defecar (es el dos). El que escribe siente que se va a morir sin haber nunca atinado a la opción correcta. Ya son como tres veces que me han impedido el acceso a los sanitarios de centros comerciales por responder de forma indebida. Suele suceder que cuando están limpiando estos espacios te dejan entrar según la necesidad fisiológica que vayas a realizar. Como yo racionalizo o intelectualizo estas operaciones, lo entiendo exactamente al revés: para mí lo más importante y urgente es defecar (por eso lo considero el uno) y no tan importante el hecho de orinar (por eso lo catalogo como dos). Así cuando en los primeros tiempos me preguntaba la empleada (siempre me ha tocado ver mujeres, pues parece que los hombres rehúyen estos trabajos) qué voy a hacer, si del uno o del dos, mi respuesta había sido la misma: “es sólo del dos”, lo cual recibía como contra respuesta: “no, entonces, no puede” y tenía que retirarme con la vejiga llena. Como sé que ya estoy bloqueado mentalmente con los dichosos numeritos, en los últimos tiempos, respondo más gráfica y escuetamente a la pregunta de qué voy a hacer: “orinar” y me ceden rápidamente el paso. Moraleja: el precio de la intelectualización es la insatisfacción. Menos intelecto y mayor goce. Haberlo sabido.

 

Grupo III. Palabras con pronunciación parecida y con significado muy diferentes

Generalmente, la cercanía fonética en los idiomas o regionalismos es causa de confusión o desconcierto entre las personas. Como dice el viejo refrán, “las apariencias engañan”. Los  falsos cognados no sólo existen entre idiomas diferentes sino también entre regionalismos de una misma lengua.  En lo personal, me desconcertaron los dos vocablos siguientes:

Chingar: en México significa molestar, dañar, romper, descomponerse. Unas expresiones muy mexicanas son las de “chinga a tu madre” y “vete a la chingada”. La palabra “chingado” o “chingada” aluden a personas bajas o inmorales. El verbo chingar guarda una semejanza fónica con el verbo “singar” que en Cuba significa básicamente realizar el coito o acto sexual. Por ello, para el que escribe, cuando escuchaba “chinga a tu madre” lo asociaba al principio a “singa a tu madre, maricón” que en Cuba es una expresión muy fuerte que obliga al que la recibe a responder con golpe, si tiene algo de dignidad. Por ello, conocer el significado real de las palabras cuando estamos en otro país, nos puede evitar que cometamos errores y discusiones infructuosas. Incluso, es conocido que algunas reuniones internacionales en la búsqueda de la paz han fracasado por que una de las partes desconoce la lengua y las costumbres de la otra, lo que ha determinado que se suspendan las conversaciones.

Uta: en México es común escuchar esta expresión que es un apócope eufemístico de “¡puta!” y que se emplea tanto para expresar  sorpresa como fastidio. No tiene un sentido peyorativo. Tiene cercanía fonética con la palabra “puta” que en la isla se emplea  para referirse despectivamente a la mujer prostituta así como también para insultar a un hombre por su bajeza moral.  Cuando la escuché por primera vez me resultó muy repulsiva: la segunda vez, menos repulsiva, la tercera vez, ya empecé a tolerarla, la cuarta vez, ya me pareció normal y la quinta vez ya  era yo  el que la pronunciaba. Suele suceder

 

Grupo IV: Vocabulario erótico

Tanto en México como en Cuba existe un muy variado vocabulario erótico que de momento no es posible comprenderlo por los que llegan a residir en el país azteca. En mi caso, al salir de la isla conocía una buena parte de esos vocablos cubanos eróticos (no todos) y poco a poco fui conociendo el vocabulario mexicano. Por problemas de espacio, vamos a referirnos solo a tres referentes básicos (pene, vagina y coito).

Pene. En México existen diversas formas para referirse a este órgano genital masculino que muchas veces enfrenta y vence al cerebro (hormonas matan neuronas). Entre ellas tenemos voces como “verga”, “polla”, “pito”, “picha”, “pija”, “miembro”, “pistola”, “rifle”, “palo”, “vara”, “cabezón”, “macana”, “la del burro”, “pelón”, “chile”, “leño”, “tranca”, “el amante de tu hermana” y un muy extenso etcétera.

Por cierto, aquí se juega mucho con “la hermana” (“preséntame a tu hermana”, “pregúntaselo a tu hermana”), algo que no había escuchado en Cuba. Por lo que he oído (tanto de forma personal como, sobre todo, a través de los medios de comunicación) la palabra erótica más usada es “verga”. Quien lo dude, lo invito a ver programas humorísticos como “Stand up”, “La culpa es de Cortés”, “La culpa es de la Malinche” o  “La cagué”.  En cuanto a usos semánticos, la “verga mexicana” es comparable con la “pinga cubana”, pues puede significar algo muy bueno como algo muy malo, Así podemos escuchar «este jugador es bien verga para el fútbol», en el sentido de que es muy bueno o «me fue de la verga en la entrevista laboral», en el sentido de que le fue muy mal. También se dice que “esa película está bien verga” (buena) o que “la película está de la verga” (mala).

En Cuba también existen numerosas formas de referirse al pene. Menciono las más comunes: “pinga”, “palo”, “estaca”, “leña”, “vela”, “morronga”, “pito”, “rabo”, “tranca”, “tubo”, entre otras muchas. El que escribe piensa que la palabra erótica más usada en la isla es la de “pinga”, pues tiene diversos y contrapuestos significados ya que, como la “verga mexicana”, puede significar lo mejor o lo peor de cualquier aspecto o situación. “Aquí no hay ni pinga” (no hay nada), “Está bueno con pinga” (tiene una extraordinaria calidad), “El jefe es de pinga” (es bajo o ruin), pero si se dice “el jefe es un tipo de pinga” (es que es muy buena persona, tiene valores). También la palabra tiene sus derivados: “pingadulce” que significa mujeriego, “empingado” que significa furioso, “pinguicidio” que alude a la violación de mujeres y niños y pingú que explico mejor a continuación.

Cuando tenía entre 10 y 12 años de edad, me gustaba asistir a los juegos de pelota (béisbol en México) de las personas mayores que se desarrollaban en unos terrenos baldíos cerca de donde vivía. Eran juegos callejeros (“cascaritas beisboleras”), pero muy emotivos. Soñaba que cuando fuera grande, sería como ellos, pues ya destacaba entre los de mi edad. Como era pobre, esa era una de las dos diversiones de mi infancia (la otra era, la de los circos itinerantes que es tema para otro texto). Me pasaba horas viendo los juegos de pelota. En una ocasión, sucedió una discusión entre dos hombres (el catcher o receptor que se llamaba Cirilo y era nuestro vecino, con un integrante del equipo contrario) y recuerdo que Cirilo tiró al suelo la careta de hierro que protegía su rostro y encaró al otro jugador y le dijo de modo agresivo: “Vete pa´la pinga, pues de pingú a pingú, yo soy más pingú que tú” (traducción libre: “vete al carajo, pues de hombre a hombre, yo soy más hombre que tú”). La frase se me quedó bien grabada, y al otro día llegué a la escuela primaria (estaba en quinto o sexto grado) y la solté entre mis compañeros del aula, la mayoría de ellos más fuertes que yo. Al regresar a casa, mi madre me preguntó qué le había pasado a mi nariz.

Vagina. En México al órgano sexual femenino se le denomina de muchas formas como son “raja”, “chocho”, “pucha”, “panocha”, “pantufla”,  “pepa”, “raya”, “triángulo”, “cañón del sumidero”, “chango”, “peludo”, “araña”, “muñeca”, “tarántula”, “mono”, entre otras muchas. En Cuba, a este órgano femenino también se le conoce de distintos modos: “bollo”, “chocha”, “chocho”, “crica”, “papaya”, “pepita”, “raja”, “bacalao”, entre otras. En la isla a la fruta de papaya se le conoce como “fruta bomba”, pues, especialmente, en la capital del país (La Habana) el nombre de “papaya” se reserva para el genital femenino. No olvido que la primera vez que viajé a Cuba con mi actual esposa mexicana fuimos a comprar frutas y verduras en un conocido agro mercado ubicado en la zona del Vedado. Al ver la fruta bomba, ella empezó a gritar “quiero papaya”, “quiero papaya”, lo que provocó la risa de los vendedores y de paso, se delató como extranjera, algo que yo quería evitar a toda costa para que no le fueran a cobrar de más, pues suele pasar que algunos comerciantes y taxistas se aprovechan del desconocimiento de los extranjeros para subir los precios. Moraleja 1: lo que se planea con muchos detalles generalmente no sucede. Moraleja 2: si estás casado(a) con una(o) extranjera(o) y visitas a tu país de origen, tú eres el que debes llevar todo el dinero (tampoco vayas a comprar todo lo que se te antoje, no seas cachetón).

Coito. Tanto en México como en Cuba al acto sexual se le denomina de diversos modos. Seleccionemos algunas de las formas más comunes para cada país. Para el caso mexicano tenemos las voces siguientes: “coger” (coincide con el verbo comodín de los cubanos, por lo cual generalmente cometemos errores en México, pues en la isla todo se coge, desde la guagua hasta un turno en la cola), “el delicioso” (aunque no se coma), “el mañanero” (célebre por la discusión en el congreso del país ante su presunta desaparición por el cambio de horario), “la cena de Pancho” (no sólo de Pancho), “cachondearse” (el preámbulo del coito, el equivalente cubano es “matearse”), “el sin respeto” (y también sin vestimenta). Una anécdota: recuerdo que en una de las primeras clases que impartí en una universidad mexicana, cité un viejo refrán español que sostiene: “Quien presta un libro, merece que se lo cojan”. Ante la hilaridad de los alumnos, y al percatarme de mi desliz, tuve que precisar: “por supuesto, me refiero al libro, pues yo no me meto en la vida privada de nadie”. Más risas todavía. No se puede contener a la juventud.

En el caso cubano, tenemos para el coito los vocablos siguientes: “singar” (el más popular y el que tiene más derivaciones como “singao”, “singón”, “singadera”, etc), “templar” ( no equivale a entibiar), “dar cabilla” (así se le llama en la isla a la varilla de hierro), “dar cintura” (excelente ejercicio de abdominales), “clavar” (no precisamente un clavo), “entollar” (no es ningún atolladero), “rabazo” (aunque el rabo o pene sea chiquito), “dar espuela” (no al caballo ni a la yegua ), “echársela” (sin matarla o desaparecerla), “pasar por la piedra” (tan atractiva como la piedra filosofal), “fuetazo” (como un domador de circo, dar con un fuete o látigo).

Finalmente, pues ya se hace extenso el capítulo, debo mencionar que el migrante no sólo incorpora nuevas palabras a su vocabulario, sino también, en muchos casos, las formas de pronunciarlas. Por eso, cuando he viajado a Cuba de visita, mis familiares y amigos me dicen que tengo un tipo de “cantadito” al hablar (parece ser que los  hispanoparlantes perciben como “cantadito” al que no habla su regionalismo)   y me preguntan por el significado de expresiones utilizadas como son, entre otras, “híjole” (para expresar asombro o sorpresa ante algo inesperado) o “¿a poco?” (expresión que en forma de pregunta, indica incredulidad). Por cierto, mi madre mexicana  y padrastro cubano  (ambos ya fallecidos) me llegaron a bautizar con el apodo de “a poco”. “¡Qué bueno, ya llegó a poco’!”, solían decir cuando llegaba de visita a Cuba.

A su vez, al regresar a México, mi familia poblana me dice que hablo ya más como cubano. Parece ser que al reencontrarse con las raíces afloran las expresiones de antaño. Y en este “toma y daca” no hay que olvidar que también las palabras y frases del migrante impactan a su nueva familia (en mi caso, a esposa e hija mexicanas) como resultado de la convivencia. La lengua aprendida de niño (tanto en vocabulario como en su forma de pronunciar) ya se incorpora a su idiosincrasia. Mi madre mexicana se fue para Cuba a los 16 años y allá vivió más de 70  y conservó tanto palabras y expresiones mexicanas como su forma de pronunciarlas. Al emigrar, la persona se convierte en un tipo de exponente lingüístico de su tierra de origen. Puede cambiar de nacionalidad, pero no de identidad y la lengua es un elemento básico de dicha identidad. Esto lo sabe bien las autoridades migratorias que en una primera selección, clasifican a los migrantes por su sola forma de hablar y, de existir alguna confusión, les exigen cantar el himno nacional de la patria a la que dicen pertenecer. En ocasiones, tu nacionalidad de origen puede convertirse, de hecho, en una verdadera calamidad. Cosas de la globalización.

*El presente texto es un capítulo del libro Nacer en Cuba. Vivir en México (Autobiografía) en proceso de elaboración.

Del Autor

Luis Ángel Argüelles Espinosa
Natural de Cuba y nacionalizado mexicano desde 1996. Licenciado en Historia por la Universidad de La Habana (Cuba) y Maestro en Historia de México por El Colegio de Puebla, A.C. Cursó estudios sobre Psicoterapia Dinámica y Humanística en España (en línea) y tiene un Diplomado sobre Psicoterapia en la BUAP. En Cuba trabajó como investigador en la Biblioteca Nacional “José Martí” (1977 a 1990) y en el Centro de Estudios Martianos (1991 a 1995). Desde  febrero de 1996 radica en la ciudad de Puebla en México. Es autor de  distintos libros  y artículos sobre las relaciones entre Cuba y México así como de testimonios personales. Ha publicado títulos como Temas cubano mexicanos, Martí y México, Martí y Puebla, Juárez en Cuba, La Modernidad y yo, Alicia, la Mexicana, Puebla y yo, Puebla y Cuba, La Revolución Cubana y yo, Mi vida en 10 imágenes y Mi querida Biblioteca Nacional. Como profesor, ha impartido distintos cursos en universidades e instituciones mexicanas tanto sobre historia, metodología de investigación como de   temas de desarrollo humano.