"Creo firmemente en la libertad personal, siempre con responsabilidad, con civismo, con respeto a los demás"

Entrevista con la poeta y periodista cubana Lidia Señarís

Por Amir Valle


Cada persona lleva en sí misma muchas facetas que la multiplican. Eso, precisamente, es lo que nos permite conocerlas mejor o, como suele suceder mayormente, no comprenderla, si nos aferramos a una sola de esas multiplicidades. La complejidad humana, y he aquí un gran reto, se hace aún más intrincada en las sociedades que habitamos, donde la simulación, el doble discurso, la doble moral, la preeminencia de los intereses de la supervivencia por encima de los sentimientos humanos se convierten en el más habitual mecanismo de la existencia de nuestra «especie superior».

A Lidia Señarís la conozco desde que, con 19 años, en 1986, llegué a la Facultad de Periodismo de la Universidad de La Habana, luego de haber cursado dos años en esa misma especialidad en la Universidad de Oriente. El guajirito que yo era entonces recibió de todo en aquellos días: el abrazo solidario de «los machos» del grupo (Valesy, Terry. San Miguel, Hugo, Mario, Ulises, Baxter, Ortelio), las miradas burlonas de unas cuantas de las hembras por mi peinado cheo y mis ropitas pobres, y la admiración de algunas profesoras porque ya a esa edad yo portaba uno de los premios literarios más importantes del país y tenía ganada cierta fama en el terreno de la literatura. Sin embargo, y creo que no lo he dicho otras veces, la mano más abierta, sensible, cómplice y comprensiva que recibí entonces (hoy, mirando atrás, confieso que sus palabras y su afecto fueron esenciales para mi adaptación a la gran Habana) fue la que recibí de Lidia. No faltó en nuestra fórmula de hermandad el influjo venenoso de ciertas víboras (convertidas hoy en amanuenses oportunistas del poder político que perpetra el poder en nuestro país) que en algún momento nos distanciaron. Pero ambos (lo hemos conversado) siempre supimos que había algo más allá de nosotros mismos, en lo espiritual, que nos mantendría (y nos mantuvo siempre) unidos por encima de todas esas miserias externas. Desde entonces, y aunque la vida nos llevaría luego de graduarnos por derroteros muy distantes y distintos, no veo a Lidia como una colega periodista, ni como una compañera en este difícil mundo de la literatura, ni simplemente como alguien con la que comparto intereses, sueños y, en algunos momentos, proyectos comunes. Lidia es, para mí, para mi familia y para mis hijos, esa hermana que, por añadidura, está casada con otro hermano, español, Carlos Villalba, uno de los hombres que más admiro y respeto.

Publicarle su poemario En una calle sin mar, en la editorial que fundé y dirijo, Ilíada Ediciones, ha sido un privilegio y un gozo. Privilegio, por la calidad de ese poemario, reconocida por alguien como el poeta y periodista Manuel Vázquez Portal (que en cuestiones de medir la excelencia poética siempre anda con un cuchillo afilado entre sus ya afilados dientes), y un gozo porque es un libro que siento como mío, como no podía ser de otro modo: son pedazos del alma noble y sincera de mi hermana. Cuando en el 2021 casi la obligué a prometer que se sentaría a reunir su poesía para publicársela (el calor y la cerveza compartida en la terraza de un apartamento en la playa, en Guardamar del Segura o en otro sitio similar, son buenos ingredientes para lograr ciertas confabulaciones), también le anuncié que, como corresponde en este tipo de eventos editoriales, también la entrevistaría. Así nació esta charla que ahora les comparto.

–***–  

En una calle sin mar, tu más reciente poemario, ha sido considerado por algunos amigos comunes como un manifiesto de vida. Sin embargo, si miro que Lidia Señarís es más que esa poeta que habla desde estas páginas, considero que sería un manifiesto incompleto. ¿Me equivoco? Además de lo que dices en esa calle sin mar, ¿qué faltaría, cómo definirías tu manifiesto de vida?

El único manifiesto de vida posible se construye, simplemente, viviendo. Y se demuestra haciendo. Podría hilvanar aquí un montón de frases estupendas y luego ser una perfecta idiota, malvada, ególatra y egoísta, en la vida real. Así que, si tuviera que pensar en una primera regla de ese teórico manifiesto de vida, quizás sería ésta: huir del ego y de la impostura, no darle lecciones a nadie.

Pero no te equivocas, por supuesto. Todos tenemos nuestro manifiesto de vida, unos valores esenciales que nos guían en el camino. Ante todo, creo en la bondad y en la solidaridad, en la necesidad de la ternura y de saber escuchar; en ese «honrar, honra» tan martiano y necesario; prefiero, como en aquel poema de Borges (Los justos) que los otros tengan razón (o al menos, no me aferro testarudamente a mis razones); creo que «amar es el único modo de crecer», otra vez Martí. Creo en la necesidad de reír, de mirar el mundo no sólo con amor sino también con humor, y sobre todo en la necesidad de reírnos de nosotros mismos, la mejor medicina para no considerarnos el ombligo del mundo. Pienso que la cultura es el otro modo eficaz de crecer, de cultivar el jardín interior: la literatura, el teatro, el cine, la plástica, la danza, todas esas formas del espíritu humano me parecen imprescindibles. Confío mucho en el poder ­—y la necesidad— de la ciencia para cambiar el mundo, pero sin perder de vista su dimensión ética y humanista, alejada del mercantilismo voraz.

Creo que todos los seres humanos, sea cual sea su lugar de nacimiento, etnia, cultura, religión o carencia de fe, poder adquisitivo, profesión, oficio o falta de él, orientación e identidad sexual, edad, o cualquier otra circunstancia, tienen exactamente el mismo derecho a la vida, a alcanzar la mayor plenitud y bienestar posible, eso sí, sin dañar a nadie, entendiendo que vivimos en sociedad. Creo firmemente en la libertad personal, siempre con responsabilidad, con civismo, con respeto a los demás. Sé que todo eso puede resultar muy idealista, totalmente utópico, en este mundo de muros y barricadas en el que vivimos. Pero creer en ello me ayuda a vivir.

Soy atea. Por más que lo he intentado, jamás he logrado encontrar dentro de mí un átomo de fe en deidad alguna. Sin embargo, tengo una brújula moral y espiritual muy fuerte para andar por el mundo. Podría resumirla con una máxima de Bertolt Brecht que intento seguir del modo más fiel posible: «Decir tú Y yo, en vez de tú O yo, es el paso más grande hacia el futuro».

 

Manuel Vázquez Portal asegura que el libro te define, que es tu voz. Pero yo seguiré en esta entrevista cuestionando incluso a amigos que quiero, como Vázquez Portal, y ya que conozco muy bien tus valores cívicos, insisto en algo que muchos podrían preguntarse: si Lidia Señarís, la periodista, levanta su voz con firmeza y dedicación por las víctimas del terrorismo en España, ¿qué la hace ser tan cauta, tan cuidadosa, esas veces que levanta su voz para denunciar a esas víctimas de otro tipo de terrorismo, incluso más estructurado en su accionar dañino, que hay en Cuba?

No me considero cauta ni cuidadosa. Simplemente no puedo (ganarse la vida en España siendo de «letras» es muy difícil y trabajo por lo general diez horas diarias), ni tampoco quiero, pasarme las 24 horas en facebook denunciando al régimen cubano, porque, francamente, no creo que eso conduzca a ningún lado, aunque respeto profundamente a quienes confían en su utilidad.

Además de no ser cauta, lo que nunca he sido es cobarde. Soy especialista en periodismo científico, pero cuando en 2006 empecé a escribir contra ETA, por un giro irónico del destino muy largo de narrar aquí, eso podía costarme literalmente la vida. Ese grupo terrorista estaba en activo y le metía con bastante facilidad una bala en la nuca a cualquiera que le molestara; se las arreglaron para matar no ya a simples periodistas o intelectuales, sino a policías, militares, fiscales e incluso a políticos con escolta. ETA estuvo en plena actividad seis años más, hasta que en 2011 declararon «el cese definitivo de la actividad armada». Y todavía hay algunos dentro de ese mundillo que quieren seguir matando. Eso no me lo he inventado. Quien quiera verificarlo, no tiene más que consultar las hemerotecas. Y frente a esos tipos que podían meterme una bala en la nuca, un explosivo en el coche, o secuestrarme y ejecutarme, fundé y dirigí una revista entera, Andalupaz, que aún dirijo, con una versión impresa y otra digital, contra todos los tipos de terrorismo. Por lo tanto, que nadie me hable de cautela. Como periodista, hice y hago algo que consideré realmente útil en el sitio donde vivo, en España, una de mis muchas patrias. Algo que ni siquiera se paga bien en términos monetarios; mucho más rentable es dedicarse al periodismo de moda y estilismo, o al de viajes, por ejemplo. Cuando he escrito cosas muy duras y claras contra el régimen cubano, que también lo he hecho, a lo más que me he expuesto es al acoso tonto de unas ciberclarias etéreas con muy mala ortografía, o a que hablen mal de mí. Para el tiro en la nuca a larga distancia parece que no les alcanzan las remesas que enviamos los emigrantes.

Ahora, concretamente sobre Cuba. Lo que pienso sobre el tema está bien claro en mis poemas y en mi actuación cotidiana. Y como escribí hace dos décadas en unos versos de mi cuaderno Sin isla, Premio Internacional Julio Tovar de Poesía en 2001 en España: «no tengo que bajar los ojos/ ni ser pasto de la furia ajena/ soy, tan sólo, alguien más que huyó de la tormenta». No tengo vocación alguna de líder, de opositora connotada, ni siquiera de intelectual relevante y preclara. Para esos puestos entre los cubanos esparcidos por el mundo hay una larga y talentosa fila de candidatos, y respeto profundamente a todos y cada uno de sus integrantes, quienes, además, son unos magos en la gestión del tiempo, pues a mí, sinceramente, no me da la vida para habitar todos los días dos países a la vez.

Socia de Honor de la Asociación Andaluza de Víctimas del Terrorismo, 2015.

Socia de Honor de la Asociación Andaluza de Víctimas del Terrorismo, 2015.

Creo profundamente en la libertad individual, en que cada uno haga su corta vida como quiera, haya nacido donde haya nacido. No critico la postura de nadie, y por tanto, no tendría que justificar la mía. Pero ya que tocas el tema, voy a confesarte algo. Cuando a inicios de 2001 llegué a España, con 34 años, a empezar de cero y sin un euro en el bolsillo, a través de un amigo me convocaron a una entrevista con el subdirector de un gran y poderoso periódico de derechas para proponerme que escribiera sobre Cuba. Pagaban muy bien y daban un contrato estable. Dije rotundamente que NO. Simplemente, me parecía que eso implicaba vivir a costa de la política, uno de los motivos esenciales por los que me había ido de Cuba. Podía estar equivocada o no, pero era (y sigue siendo) mi postura. Y tampoco quería dejarme manipular por nadie, ni de un bando ni de otro (y la mayor parte de la derecha española atufa todavía demasiado a franquismo y señoritismo para mi gusto). Quería conservar mi libertad a toda costa. Y me juré a mí misma que nunca usaría «el tema Cuba» para ganar un solo céntimo ni para vender una sola letra. Sin embargo, y lo digo de corazón, tengo amigos periodistas que han dedicado su exilio a escribir únicamente sobre Cuba y los admiro y respeto profundamente. No son ni remotamente mercenarios, ni mucho menos están a sueldo de la CIA, como quieren hacernos creer desde Cuba. Simplemente ésa no ha sido mi elección. Y me he mantenido fiel a esa línea en los últimos 21 años. Con la única excepción de muchos de mis poemas, aunque tampoco he usado la política para vender un solo libro de poemas, aparte de que la poesía, ya se sabe, no da para comer.

Y, por supuesto, el 11J, la salida de los cubanos a la calle el 11 de julio de 2021, pidiendo libertad y una vida mejor, marcó un punto de inflexión. Quizás porque pienso que el cambio en Cuba tiene que venir, esencialmente, de quienes viven allí y la padecen. Me lancé al facebook, la única tribuna que tenía a mano, como si no hubiera mañana, y escribí cosas muy duras sobre la represión ejercida contra los manifestantes. Están en mi «muro» de FB, totalmente públicas, para quien quiera leerlas. No creo que hayan servido para algo, ni cambiado nada. Hay iniciativas que sí considero útiles, por mencionar un solo ejemplo, lo que está haciendo Cubalex para visibilizar, con pruebas, testimonios y documentos, la cantidad de personas injustamente encarceladas y juzgadas en Cuba, sin garantía legal alguna, por el simple hecho de haber participado pacíficamente en esas manifestaciones o de querer una Cuba diferente. En su mayor parte se trata de gente humilde, una buena parte de ellos negros y mestizos, de barrios muy pobres; la mayoría no son intelectuales, a esos por lo general los destierran.

¿Qué sí he hecho? Pues NO poner un pie en Cuba en los últimos 21 años, a pesar de tener familia allí; renunciar a heredar la maravillosa y amplia casa de mi infancia en el municipio habanero de Playa, que heredará íntegramente mi hermano; NO caer en la trampa de la repatriación, de los viajes a Cuba; por no tener, ni siquiera tengo pasaporte cubano. Todas esas son vías que le dan dinero y oxígeno al régimen. ¿De verdad queremos los exiliados cubanos acabar con el régimen? Pues pongámonos de acuerdo en acciones concretas: ¿Qué pasaría, por ejemplo, si dejáramos TODOS a la vez de enviar dinero a Cuba, aunque sea por unos seis meses o un año? Enviar únicamente las medicinas esenciales por temas humanitarios, pero ni un dólar, por ejemplo. ¿Qué ocurriría si dejáramos de repatriarnos por temor a perder una casa o lo que sea; si dejáramos de viajar a la isla y renunciáramos a esos pasaportes carísimos con los que les entregamos directamente al régimen una cantidad increíble de dinero, más tasas de aeropuertos, seguros médicos y demás? ¿Qué pasaría si dejaran de existir las famosas «mulas» que llevan y traen dinero y pacotilla a la isla para lucrarse con la necesidad de ese pueblo? ¿Que no podemos, que no queremos, que no nos parece bien o humanitario y preferimos caer en el chantaje de quienes se creen dueños de Cuba? Pues perfecto. No juzgo a nadie. Cada uno conoce sus razones y argumentos para hacer lo que hace. Pero, por favor, dejemos de juzgar a los demás. No hay un único modo de ser y sentirse cubano. Cada uno debe ser libre de ejercer (o no) su cubanidad como le dé la real gana. Incluso toda persona debería ser libre de sentirse de Timbuctú, haya nacido en La Habana o en París, y defender a saco la causa de las ballenas azules si esa es su elección. Y quién sabe, a lo mejor mis poemas son un granito de arena, o no, en la defensa del pueblo cubano. Pero nadie tiene derecho a darle lecciones de vida a nadie. Esa es la verdadera libertad, con el único límite de no dañar a sabiendas a nuestros semejantes y de respetar las normas cívicas y de convivencia democrática del sitio donde vivamos.

«En una calle sin mar» en Santiago de Chile, pasaje Bombero Ossa.

El mejor favor que le podemos hacer a nuestros compatriotas y la mayor victoria contra ese régimen despótico que se ha adueñado de Cuba es rescatar la dignidad que nos robaron, y ser libres, pero libres de verdad. Libres del totalitarismo mental que nos lleva a juzgar alegremente a quienes no viven ni actúan exactamente como nosotros pensamos que deberían hacerlo.

Y voy a terminar esta ya larga reflexión con una cita de una poetisa exquisita, que vivió fuera de Cuba sin irse de ella durante muchos años, Dulce María Loynaz. En una conferencia sobre Gertrudis Gómez de Avellaneda (otra escritora a quien le cuestionaron siempre su cubanidad), Loynaz afirmó en Camagüey en enero de 1953: «Y es que la tierra no está en la circunstancia, sino en la sangre. No está siquiera en la voluntad, sino en el amor. La tierra se lleva a veces sin saber y sin querer como un ala dormida o como una cruz de nacimiento… Pero se lleva siempre, a pesar de todo y sin contar con nada (…) Se es de la tierra como se es de la madre, sin previo acuerdo y sin posible o efectivo arrepentimiento». Jamás me arrepentiré de ser cubana, pero defenderé hasta el final mi derecho a serlo y ejercerlo del modo que me dé mi soberana, libre y real gana.

 

Continuando por ese camino, si menciono las palabras Revolución y desilusión, en lo personal, ¿qué formula armarías?, ¿qué reflexión te provocan?

En una calle sin mar, en Berlín.

Te respondo con unos pocos versos de mi libro En una calle sin mar: «los creadores del amanecer/ eran ya sepultureros a la noche,/ ebrios de tener la razón a toda costa,/ y no cualquier razón/ sino la razón única». Sus propios hacedores convirtieron la Revolución en Robolución. Traicionaron a quienes sí creímos y nos educamos en ella. Y lo peor de todo, nos inocularon el virus del totalitarismo mental, del caciquismo, de la intolerancia y la soberbia, del cual, lamentablemente, resulta tan difícil curarse.

 

Has dicho que escribes poesía para complementarte. Pero… ¿te sirve de algo el periodismo? ¿Puede Lidia Señarís existir sin esa porción?

El periodismo es posiblemente una de las profesiones peor pagadas y más vilipendiadas de esta modernidad líquida que tan bien definió el filósofo y sociólogo Zygmunt Bauman. Está, incluso, en peligro de extinción. Pero sigo creyendo en su necesidad y, simplemente, me apasiona. Escuchar a la gente, contar lo que ocurre (sobre todo lo que determinados poderes, de todo tipo y signo, no quieren que se sepa), tomarle el pulso a la cotidianidad, contrastar fuentes y hechos, realizar una exhaustiva labor de documentación e investigación (difícil, incluso a veces aburrida pero imprescindible), encontrar las palabras e imágenes precisas para narrar una historia, comprender que tu papel es el de cronista, no el de protagonista narcisista (un error frecuente entre quienes no terminan de entender este oficio), ponerte en la piel de otros seres, afinar la mirada para captar los detalles más sutiles pero reveladores, interrogar a la realidad a contrapelo de tus propios prejuicios y creencias; esa posibilidad de resultarle mínimamente útil a alguien, esa utopía de cambiar —aunque sea un milímetro— el mundo con palabras… En fin, es una profesión esencialmente noble y muy adictiva.

Hace un par de años publiqué en España un libro de periodismo literario, por enmarcarlo en algún género, un poco en ese camino que ahora se llama tan pomposa e innecesariamente con el término inglés «storytelling». Contenía 15 capítulos, 15 historias de ingenieros con proyectos punteros y muy especializados de investigación. Cuando se publicó, me escribió desde la frontera entre Suiza y Francia el protagonista de uno de los capítulos, quien trabajaba en el Gran Colisionador de Hadrones (LHC) del CERN y me contó, muy entusiasmado y con un montón de signos de exclamación: «¡¡¡Al fin toda mi familia en España ha comprendido en qué trabajo (…) has logrado lo que jamás pude lograr yo en todos estos años!!!». Ese libro se presentó en la Universidad Politécnica de Madrid, en un teatro muy bonito, con bastante público, pero puedo asegurar con total sinceridad que nada me dio más alegría que ese elogio casi humorístico en forma de un simple correo electrónico.

 

Regresemos a una esencia que solemos olvidar: el individuo y sus circunstancias. Ahora que llevas más de dos décadas en España, ¿qué significó haber nacido en Cuba, vivir el tiempo histórico que vivimos allí, en la comprensión del nuevo escenario que llegó a tu vida, en tu caso y aunque sé que ya estabas desilusionada de muchas cosas, de la mano del amor?

Me resulta difícil hablar de mis peripecias vitales más íntimas. Las publico en mis poemas, sin duda, pero es complicado resumirlas fuera de ellos. Provengo de una larga familia de aldeanos asturianos y gallegos, por vía paterna, más un abuelo materno tinerfeño de apellido Cejas que jamás conocí y a quien (según leyenda familiar) mi abuela Lidia, una dama de armas tomar, casi le puso una pistola en la cabeza para que reconociera oficialmente a mi madre. Entonces, en primer lugar, nacer en Cuba (como en cualquier otra parte) fue un peregrino accidente.

Dicho esto, debo reconocer algo, porque es la verdad, o al menos, MI verdad. Nacer en la Cuba de los últimos días de 1966 me regaló varias cosas: una infancia bastante feliz, con escasez de zapatos y de ropa, por ejemplo, pero con abundancia de amor, libros, y un entorno social muy diverso y sano, no sólo en mi familia, sino también en el sentido de que jugábamos en la calle (aunque a mí no me dejaban hacerlo con demasiada frecuencia porque era requeteflaca, asmática y algo delicada), pero, a lo que iba, nos relacionábamos en plan de total igualdad (al menos en mi calle) los hijos de una maestra divorciada (como yo) con los de una eminencia médica, o una humilde «limpiapisos», o quien fuera, y de todos los colores. Eso me enseñó a valorar a las personas por su esencia interior y sus acciones, no por sus posesiones externas ni por sus discursos. Y precisamente porque en mi casa había un montón de libros, pero poco dinero, mis vacaciones de verano se concentraban, en gran medida, en maratones de lectura, con un litro de agua al lado y si acaso un «cartucho» de galleticas dulces de la bodega, de la cuota de la cartilla de racionamiento.

Todo cambió a finales de los 11 años, al comenzar los estudios secundarios, cuando ingresé en un internado llamado «Escuela Vocacional Lenin», una de las mejores escuelas de Cuba en cuanto a medios materiales, calidad de los profesores y demás, pero con un estricto programa diario de estudio y trabajo (en el campo, o en una industria de fabricación de radios o en otra de artículos deportivos) que a mí me resultó una dura cárcel, amén de que era un ambiente muy propicio para el acoso, el matonismo, la envidia y tantos otros males, propios de cualquier adolescencia en cualquier parte del mundo, pero acentuados allí de manera particular por la doble moral imperante en aquella estricta formación de «hombres nuevos», plagada de consignas y exigencias. Allí empezó mi largo camino hacia la desilusión, que prosiguió luego en la Universidad de la Habana, en el servicio social en las montañas de Guantánamo, y en los diversos medios de comunicación en los que trabajé antes de marcharme definitivamente.

«En una calle sin mar» en Londres, frente al Támesis.

En todo caso, para cerrar el círculo de esta pregunta, educarme en Cuba me sirvió mucho en el plano humano y cultural; con toda humildad puedo afirmar que la gente de letras de mi generación en Cuba conocía mejor el Siglo de Oro español (o ya puestos, incluso la gramática española) que varios profesionales de nuestra misma generación españoles que he conocido. Pero en otro sentido, me marcó negativamente: en el idealismo extremo, en no saber cómo funcionaba de verdad el mundo (porque la Cuba en que me formé en cierta medida vivía fuera del mundo real), en no saber «venderte» en el buen sentido, es decir, autopromocionarte como profesional, en lagunas tecnológicas que tuve que remontar a la velocidad de la luz, y en muchos otros aspectos. Me marcó incluso en esa sensación culposa, totalmente absurda, de que irse de Cuba era traicionar algo, cuando en el mundo entero desde tiempos inmemoriales la gente emigraba por las razones más variopintas.

 

Voy a mencionar algunos momentos de tu vida que conozco fueron esenciales también y que, con toda intención, quiero que definas en lo que te cambió o impactó en lo personal/profesional (y espero notes que no separo estos dos elementos):

– La facultad de periodismo en la Universidad de La Habana

Aprendizaje intenso, humano y profesional; amigos y colegas hoy dispersos por el mundo, a quienes quiero con un afecto y una lealtad a prueba de balas (entre ellos tú, por cierto). También varios conatos de rebeldía y creatividad frente a los uniformes mentales.

– El caso Sandra

La ilusión (pasajera, efímera) de que se podría hacer otro tipo de periodismo en Cuba.

– La reunión de los periodistas con Fidel Castro en 1987

Aunque se conoce con ese nombre, en realidad fue la reunión de los estudiantes cubanos de todos los años de la Facultad de Periodismo de la Universidad de la Habana. En un ejercicio de inusitada democracia, recuerdo que previamente organizamos una recogida de preguntas y planteamientos por todos los grupos y luego nos reunimos todos para aprobar, a mano alzada, una selección de ellas, de un modo absolutamente transparente y libre. Realmente inolvidable. Como presidenta de la FEU (la organización estudiantil) de la Facultad de Periodismo me tocó dar la cara y hacer la primera intervención en aquella famosa reunión con Carlos Aldana, a la que se incorporó sorpresivamente Fidel Castro. Se desarrolló en un gran anfiteatro de la sede del Comité Central del Partido. Dicen que Fidel lo miraba todo por circuito cerrado de TV antes de incorporarse, y aunque no tengo pruebas de ello, parece algo bastante posible. Recuerdo que defendí nuestro derecho generacional a criticar la sociedad cubana desde nuestra «exuberancia de los 20 años». Sobre esa reunión mucha gente ha escrito ríos de tinta, incluso gente que nunca estuvo allí, pero a mí personalmente me costó (un año y medio después) que al graduarme me enviaran a lo más recóndito de Guantánamo, a hacer el servicio social en varias zonas del llamado Plan Turquino, para «fortalecerme ideológicamente». Ideológicamente no sé, pero físicamente por poco no salgo viva, por una graciosa combinación de pertinaces amebas, escasa alimentación y accidentadas carreteras de montaña.

– Estados Unidos, el gran enemigo, en carácter de anfitrión durante tu visita a ese país en 1995.

Los profesores de la Facultad de Periodismo y Comunicación de la Universidad de Carolina del Norte, en Chapel Hill y su decano Richard Cole, fueron los anfitriones más amables y respetuosos que imaginarse pueda. También pude entrar al Capitolio, en Washington, al Senado y presenciar, con acreditación periodística gestionada de un modo muy simple y ágil, un debate y una votación en vivo, o decirle a uno de los policías tamaño armario de cuatro puertas que cuidaba la Casa Blanca que yo era periodista, que venía de Cuba, y pedirle que posara conmigo para una foto, a lo cual accedió con su mayor sonrisa. Nuestro pequeño grupo de cinco periodistas representábamos oficialmente a la Universidad de la Habana, que más estatal e identificada con el gobierno cubano no podía ser.

Luego de nuestro paso por la University of North Carolina, tres del grupo se dirigieron a Nueva York y otro colega y yo fuimos a Washington, esencialmente porque a mí me interesaba el periodismo científico. Me recibieron en el canal de Televisión de la NASA, en la redacción científica de Univisión en Washington, en el USA Today, en la redacción de CNN allí, en ese maravilloso templo de la ciencia y la cultura que es la Smithsonian Institution, incluso nos recibió un funcionario de cierto nivel de la ya desaparecida Agencia de Información de los Estados Unidos (USIA). Y en ningún sitio, que me parta un rayo aquí mismo si miento, absolutamente ningún colega o funcionario estadounidense, en ninguna de las instituciones o medios de comunicación que visité, me hizo la menor crítica sobre el gobierno cubano, el sistema político cubano ni nada por el estilo. Cuando regresé a Cuba y conté públicamente esto mismo en una reunión en mi trabajo de entonces, la agencia de noticias Prensa Latina (PL), el entonces presidente de PL me soltó bastante exaltado: «Y dices que no te influyeron ni te quisieron convertir, y mírate, debería darte vergüenza, ya vienes hablando bien de ellos».

– La muerte en el mar de tu hermano escapando hacia ese gran enemigo

–  Tristeza devastadora, sensación de impotencia. Pero, sobre todo, un complejo de culpa terrible por no haberlo impedido. Por irracional que resulte, pues no estaba en mis manos impedirlo.  Podría decir más, pero lo dije casi todo en uno de los poemas de En una calle sin mar.

– Prensa Latina y Chile

– Cualquier agencia de noticias constituye una escuela mayor para un periodista, pues las agencias son una especie de «suministrador mayorista» de la información. En una cobertura donde un colega de un periódico o de una emisora de radio redacta uno o dos trabajos, tú tienes que hacer mínimo cinco o seis, prácticamente una cobertura en tiempo real durante todo el día y luego un «overnight», además de materiales de mayor profundidad y diferentes géneros (crónica, artículo de fondo, reportaje, entrevistas) para revistas y otros clientes de la agencia. Allí fui reportera, jefa de la redacción de Ciencia y Tecnología, corresponsal en el extranjero, editora… en fin, fue un entrenamiento intenso. Y sobre Chile podría escribir un libro entero. Es un país que amo, donde hice amigos entrañables y viví situaciones límite, desde fuertes temblores de tierra, hasta el acoso al que me sometió una banda terrorista de extrema derecha durante la llamada Crisis Pinochet en 1998, por el solo hecho de ser una periodista cubana. Pero en mis recuerdos, Chile es, sobre todo, una franja de belleza y diversidad natural y humana, apretujada entre los Andes y el Pacífico.

– Tu época como periodista científica en Cuba

– Otro aprendizaje intenso, sobre todo en temas de medicina y biotecnología. «Donde yo encuentro poesía mayor es en los libros de ciencia…», escribió una vez José Martí y a mí desde muy joven me ha ocurrido exactamente eso. Ese sería mi ideal de vida, hacer divulgación científica de modo permanente. Desgraciada e incomprensiblemente, no se puede vivir profesionalmente de eso, al menos en España, o yo no he sido capaz de encontrar un medio de comunicación o una editorial que me pague decorosamente por hacer divulgación científica seria y a la vez entretenida en lengua española. Algo he hecho, escribí un libro del que estoy muy satisfecha; he sido correctora de estilo de otros de este género, pero de manera ocasional.

– Carlos Villalba

– ¿Cuánto espacio y tiempo tenemos? Puedo escribir diez libros sobre él. Es un abogado madrileño, procedente de una humilde familia de izquierda y republicana, tremendamente culto, lector infatigable, socarronamente castizo, dueño de un gran sentido del humor y la ironía, alérgico a todos los «ismos», sobre todo a los «ultrismos» y los nacionalismos, excelente cocinero (de hecho, mis amigas le llaman «el chef»), uno de los pocos hombres de España a quien el fútbol le da absolutamente igual; dueño de una inteligencia, una capacidad de análisis y una seguridad en sí mismo alucinantes y nada fáciles de sobrellevar en el día a día. Más allá de todo eso, es simplemente mi esposo, mi mejor amigo, mi maravilloso amante, mi más divertido interlocutor, mi lector más incisivo, mi mejor crítico y a la vez mi mayor y más auténtico apoyo, desde hace 21 años. Despertar a su lado cada mañana de esos 21 años es uno de los mayores regalos que la vida me ha hecho.

– Asturias vs. Madrid

– No quisiera ofender a nadie. Ahora vivo en Madrid por razones familiares y profesionales. Pero si pudiera elegir, me quedaría con Asturias sin dudarlo un minuto. Asturias es mi tierrina hermosa. El lugar del mundo donde he sido más feliz.

– Asociación Andaluza de Víctimas del Terrorismo y ese fenómeno en España.

Una ONG con la que colaboro desde hace 16 años y donde confluyen más de dos mil personas de las más diversas ideologías, votantes de los partidos más diferentes, unidos por el solo hecho de haber sobrevivido directamente o haber perdido a un ser querido muy cercano en un atentado terrorista y decididos a deslegitimar socialmente toda forma de terrorismo y violencia política. Una lección vital para mí. En 2015 me hicieron socia de honor, por mi trabajo como comunicadora en ese reto de deslegitimación del terrorismo. Y a través de la AAVT he entrado en contacto con todo el colectivo de víctimas del terrorismo en toda España. Además de la revista Andalupaz, escribí para ellos un breve libro sobre su historia. Pero siento que les debo mucho más. Varios países de Latinoamérica, y sobre todo Cuba (o mejor dicho, sus gobiernos), vieron en los etarras a una suerte de justicieros libertadores, pletóricos de sueños. Nada más lejos de la realidad, fueron unos asesinos implacables, deshumanizados, que acabaron a sangre fría con la vida de 853 personas, entre ellos, 21 menores de edad, por no mencionar los secuestros, acosos y extorsiones. España ha sufrido, además, con particular ensañamiento, el terrorismo yihadista. No hay excusa alguna, ni conflicto alguno, ni ningún tipo de ideal o reivindicación capaz de justificar el asesinato puro y duro de seres humanos.

 

Sin isla y En una calle sin mar… ¿diferentes, distantes, cauces de un mismo río…?

Cauces de un mismo río. No podría definirlos mejor. Son libros con voluntad de fluir, donde el «sin» se convierte en «con», o al menos ambos se funden y confunden. La vida es dialéctica y hermosa, «sin» y «con» todo, hasta el último instante. Pero no escribo poesía para fardar sobre ella, ni teorizar, ni elaborar discursos epatantes. Que los lectores juzguen por sí mismos. Y ojalá encuentren una brizna de belleza, el rumor de una idea, el consuelo y también la alegría de algún verso, en el que podamos reconocernos y abrazarnos esas metáforas caminantes que somos los humanos.

 

Recuerdo haber leído trabajos tuyos que, en buena lid, clasificaban entre lo mejor que se escribía en Cuba dentro de lo que algunos entienden como “nuevo periodismo”: historias que en algunos casos podían leerse como “literarias”. He querido hacerte esta pregunta otras veces, así que aprovecho ahora: ¿por qué nunca te has lanzado a la narrativa: al cuento o a la novela, como sí lo han hecho otros colegas periodistas que tú y yo admiramos – Miguel Terry Valdespino es el caso que primero me salta, pero hay otros?

En Perú, Ivette Zuazo, colega y amiga de la Facultad de Periodismo en Cuba, lee «En una calle sin mar».

En parte, por la misma razón que te comentaba al inicio de la entrevista, ganarse la vida en España en el mundo de la comunicación y las letras en general es extremadamente difícil, competitivo, duro, a veces casi imposible. Requiere muchísimas neuronas, tiempo y energías. A lo más que llego es a «ganado tengo el pan, hágase el verso». A veces escribo un poema en la servilleta de un bar o un café, viajando en metro, o en los momentos más increíbles y fugaces. Y muchas veces hasta extravío los poemas. Me aparecen de pronto en algún bolso, en un cuadernillo de apuntes, en papeles varios. Pero una buena novela requiere tiempo, investigación y documentación, horas de escritura y reescritura, además de un talento inmenso. Soy una lectora casi compulsiva de novelas. Admiro inmensamente a mis compatriotas y amigos novelistas, entre ellos a mi editor, devenido hoy entrevistador incisivo y cáustico, Amir Valle. Y ya sé que me dirán que García Márquez escribió Cien años de soledad a contrarreloj, en medio de la precariedad económica. Pero él era un genio. Ojo, no estoy diciendo que la poesía sea un género menor ni fácil. Simplemente, a mí me sale de manera más natural. Y en cuanto al cuento, a pesar de que mi colega y amiga Ivette Zuazo siempre me dice que mis poemas son como pequeños cuentos, como mínimas piezas narrativas con finales en ocasiones inesperados, creo que el cuento es un género todavía más difícil que la novela. Quizás algún día retome un par de novelones que tengo por ahí, apenas iniciados, cogiendo polvo en una gaveta, o peor aún, en los cajones menos visitados de mi mente.

 

En tu entrevista para Ilíada Ediciones hablabas de la Cuba que deseabas mostrar en tu poemario. Hablabas de “Una Cuba inclusiva, diversa, plural, próspera”. En el mundo que vivimos, ¿no es iluso pretender que, desde la literatura, se pueda ayudar a reconstruir, recuperar o reinventar esa Cuba que propones? ¿No crees que la literatura ha perdido, como ha repetido Vargas Llosa en los últimos tiempos, el lugar que tuvo alguna vez en la humanización de nuestras sociedades?

En el mundo actual casi todo es iluso y tremendamente difícil. Pero no por ello hay que renunciar a intentarlo. Pero no seré yo, ¡Dios me libre con Dios me ampare! (como dice una gran amiga), quien le enmiende la plana a Vargas Llosa. Estoy convencida de que él sabe muchísimo más sobre literatura que yo. Además, estoy de acuerdo en que no sólo la literatura, sino la cultura en general, han perdido peso en nuestras sociedades líquidas, leves, insulsamente frívolas. Antes, la gente se avergonzaba de una falta de ortografía, de no conocer determinados libros. Ahora, de un modo creciente, hay quienes se ufanan de su incultura. Pero quién sabe qué ocurrirá en el futuro. Creo en las espirales dialécticas, a lo mejor tocamos un poquitín más de fondo y nos despertamos. A no ser que acabemos de una vez por todas, no con el planeta, porque el planeta seguirá vivo, sino con nuestra vida en él.

«En una calle sin mar», en Miami.

Y, por supuesto, los verdaderos cambios no se logran solamente con palabras, ni en un papel ni tampoco en las redes sociales y el mundo virtual. Se logran haciendo, viviendo, confluyendo y con otros muchos gerundios, todos muy activos. Y sobre todo desde el interior de los escenarios que precisan tales cambios y en tiempos históricos a veces demasiado largos, con condiciones muy maduras. Y si no, ahí está el ejemplo de la esperanzadora «Primavera Árabe», que contó con el catalizador de las redes sociales e internet, pero duró lo que un merengue en la puerta de un colegio antes de regresar a la situación anterior de autoritarismo, atraso y represión, por no mencionar las guerras internas y las nefastas intervenciones externas. Los movimientos sociales son tremendamente complejos. A veces únicamente se entienden con más de un siglo de distancia. Y, lógicamente, no somos una almeja de Islandia, una ballena de Groenlandia o tan siquiera una tortuga de las islas Galápagos. Si la civilización sobrevive, nuestra época la podrán juzgar con algo de éxito los nietos de nuestros nietos.

 

Con el poeta español y actual Director del Instituto Cervantes, Luis García Montero.

Virgilio habló de “la maldita circunstancia del agua por todas partes” como una cruz que todo cubano cargaba. Sin embargo, en tu libro esa circunstancia, el mar ahí, rodeándonos, se palpa y se huele como tabla salvadora, como refugio espiritual, incluso como bálsamo en los momentos difíciles. ¿No consideras una herejía literaria ir contra ese dogma impuesto por nuestro gran Virgilio?

Soy hereje por naturaleza, pero admiro muchísimo la obra de Virgilio Piñera. De hecho, sus palabras aparecen en los exergos de varios de mis poemas. Nacer en una isla es una cruz casi claustrofóbica; en eso él llevaba mucha razón. Pero, a la vez, puede ser una bendición, porque hay pocos espectáculos en la naturaleza tan poderosos como el mar. Fíjate que la gran mayoría de los animales más longevos del mundo o alguno casi inmortal (como cierto tipo de medusa) son marinos. Dicho esto, puedes ser isleño y prácticamente odiar el mar. Del mismo modo que yo nací en una de las mecas tropicales del béisbol y mi deporte favorito es el patinaje artístico sobre hielo. Pero, volviendo a la pregunta, tanto el mar como mi condición de isleña («el salitre que te queda en las venas») son un refugio espiritual para mí.

 

Lidia Señarís y esa gran dama que es la poesía, ¿seguirán confabulándose? ¿Hay algo de eso en el tintero ahora mismo?  

Por ahí anda un libro de sonetos totalmente inédito. Y algún que otro cuaderno más. Escribir poemas (o intentos de poemas) es uno de mis modos predilectos de lidiar con la realidad. No sé si la publicaré, o únicamente la compartiré con amigos en tertulias y sobremesas,  pero… poesía hay siempre en mi cabeza.