Literatura y psicoanálisis para curar de una enfermedad llamada Perú

Sobre El mendigo y su sombra, El cese, El conciliador, de José Zapata

Jorge Nájar


El mendigo y su sombra
José Zapata

 

En El mendigo y su sombra, la segunda novela de José Zapata (Trujillo, Perú, 1958) estamos ante un universo topográfico fácilmente reconocible para el lector limeño, aunque en su entramado nunca se mencione la ciudad. Lima no tiene nombre y el personaje central tampoco. Reconocemos la ciudad por los escenarios. Reconocemos al personaje sin nombre porque él también posee los mismos reflejos de quienes residen allí y de quienes sobreviven obsesionados por las grandes preocupaciones de sus contemporáneos: ¿Qué ha fallado en esta sociedad? ¿Por qué nos enzarzamos en confrontaciones sin fin a medida que más nos hundimos en las arenas movedizas?

Una verdadera voz narrativa nos conduce hacia las entrañas de una relación entre la psicopatología del paciente y la sociedad a la que pertenece. Hasta dónde sé, en nuestro patrimonio literario no hay novelas con estas características. Tal vez sí ensayos y testimonios, pero no ficción narrativa. O quien sabe mi información no consigue visualizarlas. Anclada en la estrategia de la cura psicoanalítica, el narrador -un paciente rechazado por su terapeuta- reflexiona en torno a los recursos naturales del país y las posibilidades humanas: el sueño del mendigo sentado en un banco de oro. En el set del psicoanalista el paciente analiza este conflicto, lo que le permite a través de la interpretación entrar en su mundo herido emocionalmente. Vuelve una y otra vez al sueño y esa obsesión termina engendrando tensiones entre el paciente y el terapeuta. Saber las razones más profundas de esa tensión es lo que mantiene en vilo al lector, así como descubrir los entresijos de los amores clandestinos entre el sujeto y la hija de uno de sus mejores amigos.

Con esos elementos en marcha José Zapata consigue una novela muy bien compuesta. Y en ella, si bien el motor pareciera la historia del “rechazo” del terapeuta a seguir ocupándose de la cura de su paciente, el fondo resulta siendo la inquietante “discusión” entre ambos. Pasan por la materia psicoanalítica el tema del complejo de Edipo, la relación madre naturaleza-madre del psicoanalizado, el de la paternidad ausente en la constitución de la personalidad de J.C. Mariátegui, el de las interpretaciones de los poemas del poeta Vallejo, pero sobre todo el de las posibilidades desaprovechadas de la sociedad peruana con relación a sus “riquezas” y los recursos psíquicos de sus ciudadanos. Los personajes como Landeras -el terapeuta-, Ángela -la amante-, Francisco -amigo personal del paciente rechazado-, están muy bien caracterizados. Así y todo, es probable que algunos lectores echen de menos más elementos topográficos, sobre todo en las primeras partes donde sólo se nombran algunos lugares cercanos al Parque Kennedy. El texto en general, y todos los elementos anecdóticos que confluyen, están marcados por las características propias de cierto humor seco, algo semejante al de aquel que ríe en sus barbas. El ejemplo más visible es el de señalar las marcas de los vestidos que llevan sus personajes para una u otra circunstancia. Personajes poco sinceros. Personajes nutridos de dobleces y prepotencias. Pero también entrañables en sus flaquezas y grandezas sobre todo cuando al final se descubre la generosidad del “detestable” terapeuta frente a los problemas del paciente “rechazado”.

Ese tipo de personajes es en realidad algo que ha venido evolucionado a lo largo del corpus narrativo creado por José Zapata. Hasta enero de 2018 en que tuve la oportunidad de presentar ante el lector francés este universo narrativo, la obra del autor se componía de diez cuentos y una novela: El conciliador y El cese. En esa oportunidad señalé que El cese, publicada por primera vez en París, en el año 2000, y luego reedita en Lima, era una novela extraña dentro del paisaje narrativo peruano; extraña porque sus preocupaciones no van por el análisis de los traumas engendrados por la guerra interna, ni por el combate identitario de nuestras regiones más íntimas, ni por el ancho camino de la novela confesional : “mi papá es más malo que el tuyo”· No. No está en eso. El narrador opta por recrear la metáfora de una jaula y dentro de ella la vida de un burócrata. Así consigue pintar la psicología de un individuo atrapado en las redes de un complot urdido por sus colegas. Hay que sumar a ello los relatos que componen El conciliador, cuya primera edición apareció en Buenos Aires en año 2004; se condensa en ellos un universo de subordinaciones y frustraciones marcados en gran parte por la idea de la escritura como destino salvador. Recuerdo que después de señalar estas características me atreví a formular la siguiente interrogante: “¿Qué le ha pasado al creador de Benítez, al creador de los diamantes oscuros de El conciliador para que desde entonces no haya vuelto a publicar?”

Pues bien, atrevámonos a suponer que el personaje sin nombre, el paciente rechazado de El mendigo y su sombra (Santo Oficio, Lima, 2021) es la suma y destilación de los componentes del universo que ha venido creando. Atrevámonos a suponer que la estrategia del paciente es una manera de aludir al ser peruano, al Benítez expectorado del vientre de la ballena, o a alguno de los tantos habitantes de la galería de subordinados de El conciliador. En la historia del pájaro dentro de una jaula de felinos, hay un discurso no manifiesto pero que de manera subterránea lo sostiene. Por debajo de los acontecimientos externos y del drama de Benítez, el narrador está contando otra historia, y esa es la de las miserias de la vida burocráticas pero en clave de humor negro. Benítez es en realidad un rebelde, pero a pesar suyo. Este pájaro insumiso, al parecer, no está capacitado para ser funcional dentro de la jaula burocrática que le exige uniformidad con el entorno. Siguiendo las huellas del personaje el lector asiste al montaje y desmontaje de la ligazón existente entre muchos “colegas” contra uno que se resiste a obedecer a ciegas las “reglas del juego” para conseguir el ascenso y la promoción. El tal Benítez es un joven funcionario del “Servicio Superior Público” -el lector nunca llegará a saber en qué sociedad funciona este “servicio superior”- cuyo comportamiento es por momentos conmovedor por sus reacciones chaplinescas tanto en el terreno de lo privado como en público. No por eso hay que suponer que nos encontremos únicamente ante una loca y angustiosa historia de crítica social. El argumento enlaza una serie de situaciones, al igual que lo van haciendo los personajes, y así se va formando una enorme bola que terminará estallando al final de la novela con la revelación de lo que parece ser la clave del mundo burocrático: el entendimiento y aplicación de las normas contenidas en “el libro magno”, “el código de conducta institucional”. Un libro vacío.

¿Distopía? ¿El estado policial? Se dice y se repite que la literatura distópica se utiliza para proporcionar nuevas perspectivas sobre prácticas sociales y políticas problemáticas que de otro modo podrían darse por sentado o considerados naturales e inevitables. He ahí la clave de la figura rebelde de Benítez. En su manifiesta incomodidad frente a esas prácticas, la carcajada puede escapar fácilmente ante las situaciones desproporcionadas de la tragedia en la que él mismo se va metiendo por su exceso de celo profesional, por sus obsesiones, por su afán analítico de lo que dicen los otros, e incluso de sus propias ideas que terminan por dominarlo; palabras e imágenes que se imponen en su mente de forma repetitiva y con independencia de la voluntad. Por eso mismo, dentro del espantoso universo en el que se mueve, Benítez es, probablemente, la versión moderna de un Quijote luchando contra los molinos de la mediocridad. Un Quijote que cree ver fantasmas y agresiones por todas partes. Más aún, Benítez en su quijotismo llega incluso a convertirse en el antihéroe perfecto entre personajes del aparato administrativo cuyos tentáculos resultan más largos de lo que él mismo imagina. Su tragedia pone al descubierto a “la élite del servicio público” entrampada en luchas individuales de sumisión en pos del ascenso en la carrera. Entre personajes del aparato burocrático, pero también en el terreno doméstico -novias, familiares y vecinos sumisos y perversos- Benítez adquiere las características del rebelde que se resiste a caer en las trampas de la burocracia dorada. Y esa rebeldía contra la hipocresía, contra la conjura de sus colegas que lo van marginando y confabulando para destruirlo, terminan por convertir al personaje en el ejecutor de su propia destrucción y expectoración.

La novela está dirigida con una paciente estrategia de desvelamiento de los pasadizos, corredores, despachos, fronteras y límites más turbios de la administración pública. Así el autor logra mantener el interés del lector con el retrato de un abanico de personajes infieles, desleales, traidores, arribistas interactuando dentro de la maquinaria destructora. A través de la tortuosa y enrevesada personalidad de Benítez, asistimos a un repaso del comportamiento psicosocial de la época que le tocó vivir en un tono de burla que contrasta con la triste visión de las vidas de los personajes retratados. Decíamos que no es solamente una loca y angustiosa historia de crítica social. La clave parece ser sacar a luz lo oculto en el mundo burocrático: la obediencia ciega, la sumisión y, por lo mismo, la conversión en cómplices de abusos y destrucciones de sus propios colegas.

Con El Conciliador, José Zapata continúa con la puesta en escena de personajes oscuros, pero profundamente peligrosos, precisamente por ese comportamiento de seres subordinados desarrollado en su novela. Pero en esta entrega hay un cambio radical. El creador de ficciones parece haberse cansado de la distopía y se enfrenta ahora con la historia y las situaciones otorgándoles nombres propios. El conciliador se compone de 10 cuentos, varios de ellos marcados por las preocupaciones de la “escritura”, pienso en el magnífico Opus Magna y, singularmente, en este momento del relato: “ya despierto, tuve la sensación de que por la noche, profundamente dormido, había logrado escribir esa gran obra que en la vigilia me es completamente inalcanzable.” El sueño de la imposibilidad de la obra maestra resumido en cinco páginas. Entre tanto el narrador consigue crear una atmósfera poblada de mujeres bellas, chamanes, médicos en un rincón perdido de la sierra del norte peruano. Otro de los componentes de este conjunto marcado por la misma preocupación creadora es el cuento denominado Descargo. Desde las primeras líneas escuchamos esta confesión: “Soy de esos autores que después de escribir una única novela, se sumergen en la más absoluta improductividad.” Se trata de un escritor peruano, para mayores datos residente en Trouville, Francia, en estado de sequía y que se escuda en la interpretación musical para disfrazar su situación. El caso de otro escritor truncado aparece en Melitón: Werner Cevallos, también peruano, jubilado de la Universidad de Lyon, regresa a su patria, a Trujillo, para instalarse definitivamente. Regresa con un cúmulo de inéditos. El debate gira en torno a una novela inédita, el enigma de un hombre enjuto que confunde la teoría con la realidad, la especulación con la acción práctica. Y allí el descubrimiento de esta perla: “En la realidad y no en la ficción, el lenguaje se usaba fundamentalmente para mentir.” En realidad, el relato plantea el eterno dilema existente entre el crítico literario y el autor. El problema del escritor polígrafo sin editor y que a pesar de todo sigue escribiendo sin saber lo que ha ido acumulando a lo largo de su vida. Estamos pues ante un mundo de escritores frustrados. De hombre cobardes. De mutantes y asesores hinchados de vanidad, todos ubicados en un espacio y en tiempo preciso. Y entre ellos, el revelador Leviatán, es el cabo, el nudo, que enlaza la tragicomedia de El cese con el universo mediocre en el que pululan los personajes de El conciliador. Pero el monstruo con el que en esta oportunidad se enfrenta, no es un ser difuso. Tiene nombre y características propias. Nos dice que Leviatán vive en realidad en cada uno de nosotros, en nuestros arrebatos, en nuestras frustraciones. Se nutre en nuestros propios consentimientos.

Todos los elementos psicológicos presentes tanto en El cese como en El conciliador vuelven a emerger en El mendigo y su sombra, con otros matices, en otro entramado y en nuevos segmentos de vida, todos ellos observables en las dobleces del terapeuta, en el problema de la posibilidad e imposibilidad de la escritura al tiempo que pone al descubierto las raíces de nuestra tragedia nacional. También aquí estamos ante un ser cómico a pesar suyo en medio de sus dudas, mortificaciones, sospechas, obsesiones; un ser trágico y atormentado por el anhelo de conjugar las aspiraciones individuales con las aspiraciones sociales, por la idea de que en el Perú el recurso natural es abundante y que lo que fallan son los recursos psíquicos. En los pliegues de su reflexión el paciente rechazado parece decirnos que el recurso natural sólo podrá ser apropiado subjetivamente y transformado de forma útil, si el recurso humano puede actuar en consecuencia. Pero ese recurso, desde su óptica, está dominado por lo psíquico, y el psiquismo condiciona el comportamiento racional y práctico de la mayoría. En la metáfora “El Perú es un mendigo sentado sobre un banco de oro”, dicho individuo no se apropia del oro y no lo utiliza para su beneficio; no puede “dejar la condición de pedigüeño a pesar que debajo de sus sentaderas tiene oro puro”. En su obsesión analítica, el paciente rechazado se ha percatado que, curiosamente, el mendigo no es ciego ni demente, pero aún así no advierte el preciado material del banco donde está sentado. Esta situación le permite suponer que actúa sobre el hombre sentado en el banco de oro una prohibición, algo intangible que impide echar mano del oro y aprovecharlo. Esa prohibición puede referirse a la existencia de un conjunto de síntomas que inmovilizan y además causan deformaciones en los contactos con la realidad de los que la padecen.

La metáfora así planteada sugiere que se trataría de una enfermedad que él mismo paciente rechazado padece. Por eso él ha recurrido a un psicoanalista en pos de respuestas y alivio y éste lo ha rechazado porque le trae (el aspirante a paciente) un problema que no está considerado como tal por los instrumentos teóricos y clínicos que el terapeuta conoce y utiliza. El paciente insiste en que sus sufrimientos espirituales y su malestar tienen implicancia con el contexto social y la historia de su país y el psicoanalista no considera oportuno ni conveniente hablar sobre el Perú en el espacio terapéutico, porque entretenerse en esos temas es una forma de “evitación”, piensa, y desvía el diálogo terapéutico dejando de lado aquello que considera importante y más ligado a la situación personal y familiar del paciente. Así el psicoanalista se niega a considerar que quizás la insanía individual pueda haberse anidado en el seno de una cultura nacional que tiene componentes patológicos en su constitución y que puede afectar a sus portadores.

El paciente negado es un alto funcionario que trabaja para un organismo internacional. Y desde Trujillo, nos cuenta con una memoria de archivista sus problemas relacionales con su psicoanalista doce años después de lo ocurrido. La ciudad donde reside es descrita y pintada con precisión y eso contrasta de manera notable con los paisajes difusos de la ciudad donde padeció la mala relación con su terapeuta. La historia del paciente rechazado avanza hasta revelarnos la solución final del problema de la escritura, un “regalo” de aquel que él había calificado más de una vez como una persona que se había negado a prestarle ayuda. Llena de una alta dosis de humor frío, seco, la novela termina convirtiéndose en un libro imprescindible para esclarecer el horizonte de tantos personajes subyugados por sus ilusiones y la confrontación con la realidad.

Como decía Lawrence Durrell a propósito de El cuarteto de Alejandría: “Todos los personajes de esta historia, así como la personalidad del narrador, pertenecen al terreno de la ficción.” Solo la enfermedad es real.